SILVIA ZALER & LOLA BARNON

Mi regreso a casa, ya más calmada y reflexiva, fue muy extraño. Mi conciencia empezó a despertarse a medida que me acercaba a mi hogar. Las calles conocidas, la esquina donde dejaba a mis hijos en el colegio, el supermercado, uno de los restaurantes de mi marido, la peluquería… Era como si a cada metro, todo aquello me estuviera avisando de la locura en la que había metido. Un aviso difuso y poco claro, pero real, me persiguió hasta que aparqué el coche. No fui capaz de verlo. O no quise…

5

El comienzo de mis días de sexo…

       No sabría decir qué fue lo que me impulsó a volver a ver a Axel. Ni a que esa misma tarde, después del trabajo, termináramos de nuevo teniendo sexo en su casa y puestos, otra vez, de coca. Fue a los seis días de lo sucedido en aquel cuarto de baño.

Hasta ese día, con mi marido y mis hijos, intenté llevar una vida normal, olvidando enfados, malestares y procurando que lo habitual se fuera imponiendo a la locura de aquella noche. Me mordía la conciencia, pero la iba calmando, pensando en que todo era un error que se iba a quedar ahí, en ese cuarto de baño, sin sucesión ni continuidad. Un hecho puntual que se quedaría en ese sótano en el que se guardan las miserias y errores de cada uno.

Pero me equivocaba. Aquella tarde, menos de una semana después, me llamó Axel.

—Hey, preciosa… ¿qué tal estás? —me preguntó como si nada, de una forma natural y tranquila.

Al principio me sentí un poco sorprendida. No me lo esperaba, porque en realidad suponía que él, joven y apuesto, tendría a un buen número de chicas a su alrededor. En mi mente la idea de que para él yo había sido una distracción momentánea era la excusa que a mí misma me ayudaba a no pensar en él ni en lo sucedido. Esa llamada, trastocó todo. Por simple y absurdo que pareciera, había alguna razón para que yo le atrajese.

—¿Quedamos a tomar un café? No he dejado de pensar en el cuerpazo que te gastas, niña… —me dijo con mucha naturalidad. Enseguida imaginé su sonrisa y yo sentí una atracción instantánea.

—Axel… —fui a decir que no, que me parecía inoportuno.

—Bueno, pues una cerveza… No vamos a ser unos moñas, joder —continuó con ese tono jovial y desenfadado.

—La verdad es que…

—Venga, una copa… —me cortó nuevamente—. No me rechaces que me provocas un trauma. —Se rio con ganas.

—Axel, de verdad… no creo…

—Ya no sé qué más ofrecerte… bueno, sí… un par de tiritos… que si es lo que te apetece, sin problema.

Me reí por dentro. Aquella desfachatez juvenil, inmadura y algo atolondrada, me gustaba. O al menos, me hacía sentirme bien, atractiva y deseada.

—Oye, que no te miento. Que es verdad lo del cuerpazo, tía. Me pones mucho, pero si solo quieres un café, perfecto. Me aguanto. No pasa nada… —se detuvo un instante para dejarme contestar, pero al ver que no lo hacía, continuó—. Venga, nos vemos un ratito y así se me arregla el día viéndote, guapa.

Media hora más tarde, sin tener muy clara la razón, me encontré conduciendo a un bar cercano a su apartamento, y que era de un amigo suyo. Me lo describió como una mezcla entre étnico, cutre y molón. No tuve la misma impresión cuando entré. La verdad, era normalito con algunas máscaras tribales, música extraña, un par de rincones con sombras y un camarero camello. El suyo, por lo que me dejó caer.

Me hizo reír y charlamos de sus películas, de cotilleos del famoseo y me tomé una copa. Una hora más tarde, me estaba metiendo una raya en su apartamento, ya desnuda y dispuesta, de nuevo a follar con él. Extrañamente, no pensaba en otra cosa que en ese estúpido deseo de volver a ser joven y vivir de nuevo la sensación de libertad absoluta y descontrolada, experimentada días atrás con Axel.

Estuvimos follando, esta vez con más calma y mejor espacio. Se movía muy bien en la cama. Siempre dispuesto, atrevido, con esa potencia insultantemente juvenil que un hombre osado y joven puede llegar a poseer. Me llevó de nuevo a experimentar esa mezcla de droga y sexo, de disfrute y de ausencia de control y conciencia. Hizo que me olvidara de mis buenos propósitos, de mis promesas de no volver a caer en la tentación y enterré, de nuevo, que era una esposa y madre.

Volvimos a follar una segunda vez,  a gozar del sexo y de la droga, de cada acometida, cada beso, tocamiento, lengua o dedos que exploraban con avidez desvergonzada nuestros sexos. Volví a tener su polla dentro de mí, a gemir como una loca cuando se hundía en mis entrañas. Fueron dos horas de lujuria desmedida, de sexo frenético, de urgencia que se convertía en deseo animal.

Cuando me duché en aquella casa, todavía con los fuegos artificiales de la cocaína en mi cerebro, tuve un primer acceso de conciencia. Pero a diferencia de otros anteriores, este se disipó con rapidez repentina. Mientras el agua caía por mi piel, en mi cabeza, a medida que los chispazos de la última raya se iban difuminando, me dije que esta infidelidad, tampoco era tan transcendental. A fin de cuentas, hay cientos de parejas que no son fieles y no por ello terminan rompiéndose. Se trataba, a mi modo de entender aquello, una pasatiempo, un simple divertimento. Quería a mi marido, a mis hijos y mi vida no iba a cambiar por tener una aventura que, sin ninguna duda, era totalmente consciente de que tenía fecha de caducidad. Por tanto, con una sonrisa, cínica y con la pizca necesaria de desvergüenza, me dije que ni era la primera, ni la única mujer infiel a su marido. Y que aquello, aunque reprobable, tampoco se trataba de algo que provocara un cataclismo y que el mundo se destruyera.

Conocía más hombres y mujeres que visitaban otras camas. Que tenían sus momentos de esparcimiento, de distracción, y que no por eso eran peores personas, ni dejaban de querer a su familia. No estaba bien, yo lo sabía. Pero tampoco se trataba de algo inusual en este mundo de relativización exagerada y simplista. Axel pasaría a la historia cualquier día y todo aquello quedaría como un juego en mi memoria. Una especie de ruptura de la rutina cotidiana en la que todo matrimonio se iba convirtiendo. Nada que en mi mente no pudiera manejar y perdonarme.

Opté por tanto, por no preocuparme y dejar que aquello fluyera hasta el final. Sin más preguntas, adormeciendo a mi conciencia con unas palabras que en aquel momento parecían certeras y verdaderas.

—Hey… tengo una fiesta la semana que viene. Con unos amigos. Va a ser la caña. Sexo, unos tiritos… ¿vendrás no?

Me encogí de hombros mientras me dejaba besar. Estaba recién salida de la ducha, completamente desnuda.

—Joder, tía, estás cañón… —me decía Axel besándome mis pechos—. Tienes que venirte, que nos lo vamos a pasar de puta madre.

—¿Qué día es?

—El jueves próximo. Te voy a presentar a una amiga mía que es una pasada de tía. Simpática, marchosa, y con un vicio que te cagas…

—¿Cómo se llama?

—Marta. Es una bióloga cachondísima. No sé si le gusta más follar o darle al perico… Pero te descojonas con ella.

Ambos nos echamos a reír, sin sospechar, por mi parte, que acababa de entrar, con todas las consecuencias, en mis días de sexo y que aquella Marta, sería la primer Guarri que iba a conocer.

Por supuesto, fui una completa estúpida y acudí a aquella fiesta. Follé con Axel y cuando se nos unió Marta, con un desparpajo y una facilidad para el sexo tan apabullante, se abrió ante mí un mundo desconocido.

A Marta, que resultó, en efecto, una mujer con un vicio desmedido por la coca, el sexo y la diversión, le gustaba Axel. En aquella fiesta hizo todo lo posible por meterse con él en la cama, y llegó un momento en que sentí una especio de celos extraños. No porque me gustara más allá que mis encuentros sexuales. Pero se trataba de mi amante, algo como de mi propiedad. El hombre con el que follaba a espaldas de mi marido y si había acudido a aquel sarao, era para seguir disfrutando del sexo con él. Nada más.

Pero, de forma sorprendente, todo transcurrió de manera fluida, natural, divertida y tranquila. Nos lo tiramos las dos. Y, al final, quedamos como amigas, nos reímos y nos dimos cuenta de que ambas teníamos una forma similar de divertirnos con el sexo.

En esa fiesta, fue cuando Las Guarris empezaron a formarse. Marta y yo, nos intercambiamos los teléfonos y las confidencias sobre chicos y sexo esporádico, sin preguntas ni responsabilidades.

Aquella noche sería mi lanzadera al desenfreno tan brutal que me esperaba a partir de un mes más tarde…

Mis días de sexo, empezaban sin que yo me diera cuenta. Pero eso, ya es otra historia. Una historia de excesos, locura, inmoralidad y estupideces… 

FIN

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