GAMBITO DANÉS

Este relato es un spin-off de Inadaptado

—Jaque —anuncié orgulloso después de avanzar mi alfil.

La casa, grande y vieja, estaba especialmente fría aquella tarde de ajedrez con mi madre. Ella examinó minuciosamente la jugada, frunció el ceño, pensativa, y terminó por mover su caballo, interponiéndolo entre mi alfil y su rey.

­—No me asustan tus esbirros —dijo.

La jugada era la opción obvia, pero también la mejor. Pensé en sacrificar. Cambiar pieza por pieza. Pero eso solo funciona cuando eres mejor jugador que tu adversario, y no era el caso.

­—¿Recuerdas qué jugador era famoso por elegir habitualmente la misma defensa que yo? —me preguntó interrumpiendo mi concentración.

Agarré el móvil instintivamente dispuesto a averiguarlo, pero me detuvo:

—Estoy poniendo a prueba la capacidad de tu cerebro, no la velocidad de tus dedos.

—¿Mijaíl Tal? —respondí preguntando.

—Él nunca se defendería, atacaría hasta las últimas consecuencias.

—Pues no lo sé, mamá —me rendí.

­—Ernst Franz Grünfeld. Me decepcionas mi pequeño aprendiz, la defensa tiene el mismo nombre que su creador. Escuela hipermoderna de ajedrez, como espero que empieces a recordar.

No, no lo recordaba. Mi madre era una persona exageradamente exigente en lo intelectual, lo convertía todo en un reto, en un debate o incluso en una misión. Y lo conseguía sin enfadarse nunca o alzar la voz. A mis dieciséis años había aprendido mucho más dentro de las paredes del caserón que en el colegio. Como era de esperar, dos movimientos después, había conseguido darle la vuelta completamente a la partida, obligándome a retroceder con la correspondiente pérdida de ventaja.

­—No te enfurruñes mi pequeño —dijo al verme la expresión de decepción—. Dios aprieta, pero no ahoga.

—Claro, por eso se suicidan más de ochocientas mil personas al año —respondí.

—Hijo, deberías leer más a María Zambrano y menos a Schopenhauer.

­­—Ya sabes lo que dicen: Pocas veces pensamos en lo que tenemos, pero siempre en lo que nos falta.

—Hijo, deja al bueno de Arthur y concéntrate, estás a tres movimientos de tumbar al rey.

Un escalofrío recorrió mi cuerpo, no estoy seguro si fruto del frío o de ver que tenía razón. La casa era grande y por partes preciosa, sobre todo las que no estaban destartaladas. Pero, mal aislada como las viejas mansiones, nunca habíamos tenido dinero suficiente para aclimatarla. Era la herencia familiar de mis abuelos maternos, los únicos que tenía ya que mi padre fue un romance fugaz de la época universitaria de mi madre, ausente totalmente excepto por la pequeña pensión que aún nos pasaba.

—Bueno, querido Kaspárov, es hora de ir terminando. Tengo aún textos que enviar a la editorial y seguro que tú, deberes, basta de procrastinar ­­—dijo mostrándome con su movimiento el final de mis inexistentes posibilidades.

De derrota en derrota hasta la victoria final —contesté entregándole mi rey.

Capítulo I

Levántese señor que hoy le esperan grandes cosas —dijo mi madre abriendo ligeramente la puerta de la habitación y quedándose en la penumbra.

­—¿Ya son las siete? —me quejé con voz dormijosa.

—Eso parece, y el autobús no te esperará, así que lo mejor será que te vayas poniendo en pie, caballerete.

­—De verdad, mamá —dije aún soñoliento—. Vivir contigo es como estar atrapado en una novela del siglo XIX.

Señor, dame paciencia, ¡pero dámela ya! —insistió ella con sus citas.

—Ya voy, ya voy…no podía tener una madre normal, que me despertara sin tener que mencionar a San Agustín.

Lo siguiente fue el desayuno, la ducha y ponerse en marcha. Últimamente el aseo duraba más de lo razonable, en esos días de invierno el vapor de agua era mi mejor aliado. Vivíamos fuera de la ciudad, en un entorno tan bonito como incómodo. Treinta minutos de autobús para llegar al colegio. Coche para cualquier compra y así un largo etcétera. Sin contar que al final mi vida social quedaba reducida a los horarios del transporte público o la bondad de los padres a la hora de acercarme. Con todo, no puedo negar que era un chico feliz. Las clases no me disgustaban, aunque se me quedaban algo cortas, os podéis imaginar quién era la culpable. Mis amigos eran gente sana, buena en general, sin muchos más problemas que los de cualquier adolescente. Con las chicas me iba algo peor, según decían llamaba la atención de alguna, pero siempre era el último en enterarme y un negado a la hora de dar el paso. Sería virgen si no fuera por la bondad y el saber hacer de mi mejor amiga Jana. Generosidad, eso sí, efímera, que duró lo mismo que el último verano.

Por comodidad comía en el mismo centro, fue terminando la tarde y después de hacer los deberes cuando me sorprendió mi madre en una de las estancias de la casa, con ropa deportiva y terminando una serie de flexiones.

—Tristán, ya sabes lo que dicen, sangre que riega músculo no riega cerebro.

—Mamá, déjame disfrutar un poco de mi vanidad adolescente —bromeé recuperando el aliento.

—Pero si estás muy bien, no sé a qué viene esta repentina obsesión por el culto al cuerpo.

—Que tengo dieciséis años, ¿quizás?

—¿Y eso qué importa? Ser brillante te hará tener más éxito entre las féminas que unos músculos desproporcionados.

Cultiva tu cuerpo y tu mente —cité.

­—¿Quién demonios dijo eso? —preguntó ella horrorizada.

—Huracán Carter, un boxeador.

Mi madre se me acercó, mirándome fijamente a los ojos. Enredó sus dedos entre mi cabello y me dijo:

—Prefería cuando leías a Cioran que ahora que estudias a matones de tres al cuarto, la verdad. Juventud…

Se dio la vuelta y emprendió el camino de regreso a sus quehaceres. Quise meterme con ella por su falta de actividad física, pero lo cierto es que viéndola marchar su envidiable genética me lo impidió, así que opté por la inestimable ayuda de Pierre Benoit:

De mis disparates de juventud lo que más pena me da no es el haberlos cometido, sino el no poder volver a cometerlos.

Touché —dijo ella girando levemente la cabeza sin dejar de andar, mostrándome una orgullosa sonrisa.

Después de entrenar fui hasta el salón principal. Mi madre miraba atenta la televisión, las noticias, cómo no. Los estragos de la pandemia seguían ocupando la mayor parte del noticiero.

­­—A ver si termina ya esta pesadilla —me dijo al verme llegar—. La editorial ha aguantado más o menos, pero solo gracias a la venta online.

—No es hora de contar cicatrices, es momento de mirar hacia adelante —respondí.

—¿Quién dijo eso? —preguntó ella dándose la vuelta realmente interesada.

—Yo.

Su cara seguía siendo de sorpresa, mezclada, creo, con satisfacción. Palmeó uno de los cojines del sofá a modo de invitación diciéndome:

—Anda, siéntate un rato con tu anciana madre.

—¿Anciana? ¿Con treinta y nueve años?

—De espíritu —se justificó entre risas.

Mi madre era brillante y hermosa. Lo primero era obvio, lo segundo deducible tan solo con los socarrones comentarios de mis amigos, cruzando estos incluso alguna delgada línea. También era excepcionalmente discreta, ya que jamás había sabido de sus amoríos, aun imaginándome que los tendría. También era yo discreto, aunque tuviera poco que contar.

­—¿Invitarás algún día a Jana a venir a casa? Hace mucho que no la veo.

—Mamá, sé que te imaginas cosas que no son. Lo sé muy bien. Pero Jana y yo solo somos amigos.

—Ya, pero tu mirada cambió hace algún tiempo, ¿no es así?

Aquella situación era nueva para mí. No solíamos hablar de estos temas y mucho menos de manera tan directa.

—No sé qué insinúas, pero ni estás en lo cierto ni me gusta que lo hagas.

—Pues ya sabes lo que dice el sabio refranero español: Quién se pica ajos come.

—¿Y tú? ¿No creerás que me creo que vives bajo las más estrictas enseñanzas de los Cartujos? No es que seas especialmente explicativa en temas de corazón.

Mi madre me miró con una cara pícara que no le conocía justo antes de decir:

—¿Quieres que te cuente mis secretos de alcoba? No sabía que os gustasen esta clase de historias a los hijos adolescentes.

Con una frase y una mirada consiguió sonrojarme en tiempo récord. De nuevo, había ganado.

—De acuerdo, lo dejamos aquí —dije en señal de rendición, bajando la cabeza y mirando el suelo como un perro abandonado.

—¡Ja! —exclamó ella regodeándose.

Capítulo II

—¡Mamá! —la llamé desde el otro lado de la puerta del baño—. ¿Me oyes?

—Dime —dijo ella abriendo la puerta.

—Hoy tengo que hacer un trabajo con un compañero, creo que se nos hará tarde. ¿Podrás venir a buscarme?

—Sí, claro. ¿Qué trabajo? —preguntó mientras se secaba la larga cabellera.

—Tenemos que exponer a un personaje, David ha elegido a Otto von Bismarck.

—¿David?

—Sí. El nuevo que te conté, el que es repetidor.

—Uy, dime con quién andas y te diré quién eres.

—No lo he elegido yo, no me cae nada bien. Ha sido una especie de sorteo. Eso sí, por el nivel académico no sufras, es el tipo más inteligente y culto que conozco. Repetiría por algo ajeno a las notas.

Mi madre me miró extrañada, frunciendo el ceño como solía hacer cuando algo no le cuadraba. Dejó al fin la toalla y dijo:

—Haz una cosa, veniros aquí a casa con el autobús. Luego llegaré yo que hoy tengo reunión presencial en la editorial, cenamos, y le acompaño a casa. O si quiere que se quede a dormir.

—Mamá, sé que le quieres conocer, pero no te va a gustar. Y no es mi amigo.

—Vamos hijo, ya sabes qué diría Pete Rose: si alguien es lo suficientemente amable como para darme una segunda oportunidad, no necesitaré una tercera.

Reflexioné sobre su respuesta y respondí:

—Si no es eso, a mí no me importa que haya repetido, eso puede pasar por muchas circunstancias. Es que es la persona más cínica, hiriente y cruel que conozco.

—¿Y eso lo dice un amante de Schopenhauer?

—De verdad, hablas y no sabes de qué. El imbécil de Alberto le hizo una broma sobre sus apellidos. Pues bien, le metió tal rapapolvo que acabó vomitando del disgusto. ¡Alberto!

—Hijo, espera, no tan rápido que me estoy perdiendo. ¿Apellidos?

—Sí, se llama Macía Pajas.

Reflexionó un instante, no era especialmente ágil con las vulgaridades. Finalmente dio una pequeña exclamación como señal de comprenderlo.

—Una vez jugamos al ajedrez en el recreo y me destrozó, pero es que no me pude ni concentrar, es capaz de someterte a una tensión paralizadora. En serio, está a un accidente radioactivo de convertirse en un supervillano.

—¡Jajaja! Vamos, que no será para tanto. Además, con esto del ajedrez me he acabado de convencer, os veo esta noche para la cena.

No me gustaba nada la idea de traerle a casa, pero por lo menos me sentí tranquilo de haber sido transparente con mi madre. Cuando se lo propuse a David aceptó a la primera, me sorprendió incluso que parecía feliz con la idea. En ese momento comencé a sentirme intranquilo.

Desestabilizar: Hacer perder la estabilidad a una persona o una cosa.

Cuando llegamos a casa David estuvo un buen rato recorriéndola, aparentemente fascinado. Preguntando cosas del tipo qué es este cuadro o cuántos años tiene esta madera. Trabajamos entonces un par de horas, intensas, productivas, hasta que me dijo:

—¿No vendrá Jana?

—No, ¿por qué? —repregunté sorprendido.

—Creía que eráis muy amigos.

—Lo somos, pero hoy estamos aquí para trabajar y a ella le ha tocado Miriam si recuerdo bien.

—Ya…

Seguimos repasando la entrada de Otto en política cuando añadió:

—Pero te desvirgó en verano, ¿verdad?

—¿Tú de qué hablas? —respondí ofendido.

—Lo sabe todo el mundo hombre, no te pongas en plan mojigato conmigo, que el sexo es bueno. Y sé que te lo vendió casi como un favor, así son las mujeres, unas manipuladoras. Como si a ella no le gustara follar, como si no se hubiera corrido también.

—Prefiero no saber dónde has oído tal cosa y obviar tus comentarios misóginos.

—¡Claro! Eso sí, lo que dices sería una buena pregunta. ¿Dónde habré oído tal cosa? ¿Es quizás Jana la que va por allí contando lo santita que es por dejar que se la metas hasta el fondo?

Noté como se me aceleraba el corazón, estuve a punto incluso de ponerme agresivo cuando un aviso de mi madre desde el piso de abajo, anunciando su llegada, me retuvo. Bajamos los dos a saludarla y los presenté.

—David, mi madre. Mi madre, David.

—Encantado de conocerle señora… —dijo él de manera teatral haciendo una reverencia.

—Ariza —respondió ella imitando su gesto.

—Un placer, yo soy David Hugo Macía Pajas. No tengo apodo por razones obvias, o por lo menos no que tenga mi beneplácito.

Mi madre lo observó. Se dio cuenta enseguida de que la descripción que había hecho de él era bastante exacta, pero decidió no entrar en su juego.

—Bueno, tenéis cuarenta minutos antes de que os llame a cenar, ya sabéis lo que decía Hipócrates: Que tu medicina sea tu alimento, y el alimento tu medicina.

—Yo soy más de Lisa Hershey: No hay nada más sexy que una pera escalfada con un sorbete perfecto. Estoy seguro, eso sí, que lo que haya elegido para degustar esta noche será, sin duda, placentero. Aun sin necesidad de la sugerente intervención de una pera.

Mi madre se retiró después de la última ocurrencia de nuestro molesto invitado. Me pareció, incluso, que ligeramente ruborizada. David no perdía ninguna oportunidad de lucirse, igual que el enemigo que no tiene nada que perder. Eso no lo hacía mejor, pero sí quizás algo más libre. El resto de tiempo hasta que nos sentamos a cenar fui incapaz de concentrarme.

—Espero que te guste la sopa de cebolla —dijo mi madre sirviéndole.

—Me encanta, especialmente esta afrancesada que parece haber sido su elección.

—Sí, es una receta que nos dieron en Carcassonne, veo que tienes buen ojo. Por cierto, puedes tutearme.

—Lo haría, pero no conozco su nombre de pila. Ah, usted también puede, claro.

Ella ya le había tuteado, así que me tomé la frase como una nueva ofensa.

—Me llamo Carmen.

—Bonito nombre, me recuerda a la de una maestra de mi anterior colegio a la que le tenía especial afecto.

Saboreamos la sopa un rato en silencio, en una tensa calma, hasta que fue mi madre la que contraatacó:

—¿Cómo un muchacho como tú terminó repitiendo curso? No pareces de los que tiene problemas de aprendizaje.

David se limpió los labios con la servilleta y respondió:

—Es una buena pregunta. Dicen que hay dos tipos de personas, los rusistas y los sadistas.  Los primeros, humanistas, creen que el hombre es bueno por naturaleza y el entorno le corrompe. Los otros, más pragmáticos quizás, opinan que el hombre es corrupto y las leyes y normas sociales evitan que se deje llevar por su instinto. Yo no sé si encajo en uno de los dos grupos, lo que sí sé es que este mundo de ofendiditos, puritanos e hipócritas no va conmigo. Supongo que hice algunas cosas que la generalidad opina que son reprobables, aunque nunca nadie me ha convencido de por qué. En definitiva, me tenían manía.

—Entiendo —dijo mi madre—. Decía Albert Camus que inocente es quien no necesita explicarse.

—Sí, lo decía, aunque siempre me ha parecido una idiotez de quien no entiende el mundo. Aquí los únicos que no dan explicaciones son los ricos y poderosos. Yo soy más de Aleister Crowley: La moralidad ordinaria es solo para gente ordinaria.

Quise intervenir en aquel debate, pero no pude. Estaba completamente bloqueado, deseando que mi madre pusiera a ese fanfarrón en su sitio. Terminamos con la sopa y mi madre nos sirvió un buen solomillo, jugoso y con una pinta estupenda.

—Si está poco hecho me lo decís y lo paso un poco más —nos advirtió ella.

—No te preocupes, Carmen, me gusta que corra por la mesa.

—Sangrante —añadió ella.

—Salvaje —rectificó él.

—¿Entonces básicamente crees que la sociedad es un coñazo? —preguntó mi madre.

Me sorprendió su vocabulario, incluso hice un gesto de reprobación.

—Sí, totalmente. No tengo nada que añadir, un absoluto aburrimiento y si te sales de él te señalan como a un apestado.

—Yo soy de esos que creen que no le debes hacer a los demás lo que no quieres que te hagan a ti —intervine al fin.

—De nuevo, debo citar al Mago Negro: Haz tu voluntad, será toda la ley.

—¿Y si tu voluntad choca frontalmente contra la del otro? —pregunté.

—Entonces la ley del más fuerte, amigo mío.

—¿Violencia?

—No, para nada. Manipulación, inteligencia, chantaje, poder, esa es la verdadera fuerza. Por cada psicópata que hay convertido en un asesino en serie hay cien entre los grupos directivos de las grandes corporaciones, banqueros y políticos. Hay que saber integrarse, o el perdedor serás tú.

—¿Cómo tú que repetiste curso? —ataqué.

—Bueno… —dijo él terminándose el filete—. Desde luego eso fue una derrota, sí.

—Por lo menos un poco de humildad al fin —añadió mi madre.

—No es humildad, es una obviedad. El colegio es suficientemente despreciable como para que no sea creíble que cursé un año adicional por mi propia voluntad.

Tonto no era, eso ya lo sabíamos. La cena siguió con algo menos de tensión, terminando ahora los postres cuando mi madre dijo:

—Me han dicho que juegas al ajedrez.

—Así es, sí. Nadie me gana.

—¿Federado?

—Nunca, no necesito el reconocimiento de nadie.

—Entonces quizás no has tenido los mejores rivales.

—Ha habido de todo, grandes maestros, pero también mediocres como Tristán.

—¡Ja! Pues bien, ya que personalizas te reto, a ver si soy capaz de recuperar la honra familiar —propuso mi madre.

—¿A lo “me llamo Íñigo Montoya, tu mataste a mi padre, prepárate a morir”? Me gusta la idea, aunque te advierto que yo no soy un hortera con seis dedos y un mal afeitado.

Nos acomodamos los tres en una mesa. Yo como observador y David jugando con blancas después de ganar el sorteo. Era un auténtico duelo de titanes. Diez movimientos después el señor Macía Pajas había enrocado en el flanco de dama, toda una sorpresa, y uno de sus peones estaba avanzado y bien protegido en la mitad del tablero de mi madre. Supe entonces que ganaría.

—Reconozco que tu enroque me ha sorprendido —dijo mi madre apurada.

—Eso sería un mal menor, pero he desplegado y domino el centro, una persona con más experiencia habría tirado ya el rey.

—No me llevas ni una pieza de ventaja —se defendió ella.

—No, pero pasará, y en este punto de la partida es matemática pura. Te lo cambiaré todo hasta que mis peones sean los auténticos reyes de la partida. No podrás desplegar piezas si no es con un intercambio doloroso.

—No seas fanfarrón.

—El fanfarrón alardea, sobre todo, de lo que no es. Yo simplemente soy mejor.

La partida prosiguió y se desarrolló tal y como había predicho el invitado, a la que mi madre sacrificó un caballo David le pasó por encima, fue una derrota de lo más dolorosa.

—Bueno, amigo mío —dijo mirándome—. Tu duelo de titanes se ha convertido en una merienda de negros.

—¿Me das la revancha? —dijo mi madre visiblemente fastidiada.

—No lo creo. Solo juego una vez para demostrar que soy mejor, luego ya no juego por nada.

—¿Qué quieres? ¿Dinero?

—No, por favor, no soy tan vulgar. De hecho, lo cierto es que no quiero nada ahora mismo, supongo que tendremos que dejarlo.

Mi madre recogió las piezas nerviosa, afectada por lo sucedido.

—¿Te quedas a dormir o te llevo a casa?

—Si no os importa me quedaré esta noche, aunque no hay nada más grato que la compañía de mi madre creo que el sentimiento no es recíproco.

—Muy bien, buenas noches —dijo ella seria para irse a continuación.

—Tristán —me susurró poniéndome la mano en el hombro— Tu madre está muy buena pero no tiene buen perder.

Capítulo III

No podía dormir esa noche. Le di vueltas a todo lo que podría haber salido mejor. Mejores contestaciones, mejores jugadas, réplicas más estudiadas. Sentía que habían profanado nuestro hogar y ninguna frase escrita por algún erudito me consolaba. Seguía dando vueltas en la cama cuando vi que entraba en mi habitación David.

—¿Pasa algo? —pregunté.

—Tío, hace mucho frío en la habitación que me has adjudicado, me vengo aquí contigo.

—No jodas.

—Habla bien hombre, ¿qué pensaría la pizpireta de tu madre? —dijo metiéndose en la cama conmigo.

Respiré profundamente, hice un estoico ejercicio de contención e intenté dormir de nuevo a pesar de tener tumbado junto a mí a aquel despreciable ser. Por un momento creí que me iba a vencer el cansancio, pero me desveló con otra pregunta:

—Tristán, ¿tiene novio tu madre?

—No hablamos de estas cosas —respondí después de meditarlo.

—¿Y tu padre?

—Apenas lo conozco.

Intenté ser escueto, no darle carnaza al tiburón, pero era imposible.

—Con su cuerpo y su carácter no le deben faltar pretendientes.

—Como sigas por ese camino dormirás fuera, y allí sí hace frío.

—Tendrías que tomártelo como un halago, hombre. Yo no soy como los pajilleros de tus amiguitos que se conforman con fantasear. Mi madre también está buena, de hecho, tiene mejores tetas que la tuya creo.

—¿Es que no tienes límites? —le increpé incorporándome, acercándome más a él.

—Sí, ¿sabes dónde? En tema de culos. Es decir, el de tu madre sí, pero el mío no. Con eso quiero decirte que guardes las distancias, no soy un puto muerde-almohadas.

—Eres un homófobo, ¿lo sabías?

—Dejemos de hablar de pollas, dime la verdad, ¿vale? Respóndeme a una cosa con sinceridad y te juro que no abriré la boca el resto de la noche.

—Dime —cedí deseando que fuera cierto.

—¿Alguna vez has sentido algo por tu madre? Déjame terminar… Algo. Aunque fuera insignificante. Ganas de besarla, fijarse inadecuadamente en su trasero, ¡algo! Una fugaz y confusa erección, curiosidad por su desnudez, lo que sea.

—Eres un auténtico enfermo —respondí con paciencia.

—Lo pregunto en serio. En los últimos años me he dado cuenta de que Freud sabía de lo que hablaba. Creo que todos los hijos nos sentimos atraídos por nuestras madres, en otras culturas es incluso algo natural. Incluso los que no lo saben, se sentirían atraídos por su madre si dieran el paso, si liberaran su mente.

—La respuesta es no, ¿te callas ya?

—No me tomas en serio, no estoy bromeando. Tampoco provocándote. A mí me pasó, o, mejor dicho, me pasa con la mía.

—¿Ah sí? ¿Y qué tal te va? —pregunté casi con burla.

—Es una buena pregunta. Pensé que bien. Sentí el morbo más descomunal que se pueda describir y conseguí que fuera mía, pero después no he logrado que vuelva a pasar. Y lo peor es que hasta la insulsa y estúpida de mi hermana está empezando a gustarme.

—Para de decir estupideces para escandalizarme.

—Tristán, soy muchas cosas, pero no un mentiroso.

—Ya entiendo, así que te tiraste a tu madre, ¿es eso?

—Sí, la acosé durante algunos días y luego me la follé.

—¿Le gustó? ¿Te cobró mucho? —pregunté con sarcasmo, bajando vergonzantemente a su nivel.

—Se resistió, pero todas las personas tenemos puntos débiles. El de mi madre es la vergüenza. Es la típica imbécil que oculta cosas por el qué dirán. El de la tuya es el orgullo.

Después de escuchar la fantasiosa historia, e intentando evitar que volviera el foco a mi madre, decidí simplemente no contestar. Por la mañana nos disponíamos a ir en busca del autobús cuando apareció mi madre para despedirnos.

—Bien David, ha sido un placer.

—Te aseguro que el placer ha sido, inconfesablemente, mío.

—¿Me darás algún día la revancha? —preguntó ella casi obsesionada.

—Probablemente, cuando esté dispuesta a darme algo a cambio. Algo realmente interesante —sacó un papel con un número escrito y se lo entregó—. Este es mi número, llámame cuando estés dispuesta. Por cierto, bonita casa, ¿de quién era?

—Es nuestra, ¿qué quieres decir? ¿Sus antiguos propietarios?

—No hace falta ser un lince para saber que la heredaron. La opulencia de antaño se ha convertido en frío y descorches de pintura, lógicamente no se la pueden permitir.

—Adiós chicos —fue lo único que respondió mi madre dándose la vuelta y yéndose.

Él se acercó de nuevo para susurrarme:

—Un culo perfecto, recuérdalo.

Capítulo IV

Pasaron unos días de lo más anodinos, nada reseñable excepto la frialdad entre Jana y yo. Ella incluso me preguntó si me pasaba algo, pero no quise contestar. Pensar en cómo se habría enterado David de nuestra pequeña aventura veraniega me revolvía el estómago. Aquella tarde llegué sobre las siete a casa y fue entonces cuando vi al despreciable señor Macía jugando al ajedrez con mi madre.

—¿Hola? —saludé confuso.

—Hola cariño —respondió mi madre sin separar la vista del tablero.

—¿Qué hace él aquí?

—Hola amiguito, pues estoy dándole una nueva lección a tu madre.

Ambos tenían solo el rey y varios peones, pero los de David estaban indiscutiblemente mejor situados, con un par a cada extremo y el rey dispuesto a convertirse en su escolta. Había ganado otra vez.

—No tan rápido, estamos empatados —dijo mi madre poco convencida.

—Por supuesto que no, y lo sabes.

Ella analizó de nuevo la partida, frunció el ceño y tumbó el rey diciendo:

—Ha estado reñida.

—Debo contradecirte —insistió él— no has tenido ninguna oportunidad.

—Perdonad que insista, pero, ¿qué demonios hace aquí?

—Ya se lo cuento yo, querida —bromeó él—. Tu madre me ha escrito esta mañana ofreciéndome algo a cambio de la posible revancha que no he podido rechazar.

Tragué saliva, creo que incluso temblé. Por suerte mi madre completó la explicación:

—Si ganaba se quedaba un par de días a dormir, espero que seas capaz de soportar su soberbia hijo mío.

—Vamos, Carmen, eres mejor anfitriona que eso. Ya que os creéis especiales por citar a personas más inteligentes que vosotros os diré eso de convidar a alguno es hacerse cargo de su felicidad todo el tiempo que aquél se halla bajo nuestro techo. Lo dijo un tal Savarín si bien recuerdo.

—Me siento muy generosa tan solo por no ahogarte en la bañera —respondió mi madre medio en broma medio en serio.

—Bueno, lo que quieras, Carmen. ¿Qué hay de cena?

La cara de mi madre era un poema, y no uno especialmente romántico. La rabia casi infantil la reconcomía visiblemente por dentro.

—Yo dije que podías quedarte a dormir, nada de ser tu criada.

—Oh. Así que eres de esas que juega puerilmente con la semántica, qué decepción.

De nuevo estaba en medio de ese duelo. Paralizado como un convidado de piedra.

—Dame una nueva oportunidad de revancha y cenarás como Nerón —propuso ella.

—Carmen, Carmen, Carmen…hay que saber parar. Sino acabarás como los chinos de los bares que su brazo termina fusionándose con la palanca de la máquina tragaperras. Además, de nerón solo me interesan sus mil putas

—Sabes que de una partida a otra he recortado las distancias y te invade el miedo. Miguel Hernández dijo: Una gota de pura valentía vale más que un océano cobarde.

—Lo tuyo es ser temeraria y testaruda, no valiente, y lo mío es simple desinterés. Ya te dije que solo juego una vez por nada.

—¡¿Y qué quieres a cambio?! —alzó mi madre la voz en una versión de ella que no conocía.

—Veamos —dijo David pensativo, observándola como si fuera pescado en una lonja—.  Seré generoso, me vale con que juegues en ropa interior.

—¿Cómo dices?

—Lo repetiré porque quizás es un tema de oído y no de entendimiento, que juegues en ropa interior.

Sentí ganas de darle un puñetazo, creo que era la única persona del mundo capaz de despertar en mí violencia. De pie frente a ellos pude notar los músculos de mi progenitora tensarse.

—Creo que va a ser que no, pequeño y depravado saco de hormonas —respondió al fin.

—Mejor, me gusta más la recompensa de saber fehacientemente que soy mejor que tú. Maduritas de buen ver hay muchas en internet.

—Gentuza como tú, que cosifica a las mujeres, hace que nuestro mundo se esté yendo al garete —intervine yo en un ataque de feminismo.

—Ya empezamos con las frases gili-progres —se defendió él—. Menudo montón de basura. Ahora todo es machismo, incluso cambiar el género de los plurales dándole una patada a la RAE está de moda, no era suficientemente coñazo escuchar a nuestros políticos que ahora tengo que oírles con el “hombres y mujeres”, “ciudadanos y ciudadanas”, “bobos y bobas” …sois acólitos del peor espécimen que existe. Antes los conservadores eran los que tenían miedo al sexo, ahora es la izquierda reaccionaria y aburrida los puritanos del siglo XXI. Acusándonos de erotizarlo todo, ¡pues claro que lo erotizamos todo! ¿No es acaso el mundo lo suficientemente aburrido? ¿De verdad tengo que ir con disimulos? ¡Pues claro que me gustaría deleitarme viéndote mientras jugamos! De momento es lo único bueno que me has demostrado, que estás buena, y no creo que sea mérito tuyo especialmente. Bueno, eso, y una notable sopa de cebolla.

Pensé que mi madre lo echaría de casa arrastrándole por la oreja, o que simplemente lo echaría citando a alguno de sus mentores literarios, pero no fue así. Primero se quitó los zapatos y luego la blusa, todo de manera brusca y precipitada.

—¿Contento? —preguntó descalza y con el busto cubierto solo por el sujetador blanco.

—Bastante contento, pero para mí la ropa interior hace referencia al conjunto de bragas y sujetador, me temo que mis requerimientos han quedado incompletos.

—¡Mamá! —reprobé yo.

Ella se puso en pie y patosamente se deshizo del pantalón vaquero diciéndome:

—Déjame Tristán, a veces hay que bajar al barro para darle una lección a ciertas personas.

David repasó su figura sin disimulo, recreándose. Torciendo el cuello incluso para observarla de cintura para abajo, aunque ella intentara cubrirse con la mesa después de haberse vuelto a sentar.

Dijo:

—Verte en paños menores y hablando de barro es mucho más de lo que aspiraba cuando hoy he cogido un taxi para venir hasta aquí.

—Cállate y coloca las piezas —ordenó ella seria.

Yo me sentí completamente abochornado, en ese momento creo que los odié a ambos por igual. A él por ser un descarado manipulador y a ella por caer tan tontamente en su juego. Me hice yo también con una silla y me dispuse a ver el enfrentamiento sin mediar palabra. La cara de mi madre era una mezcla de concentración y desprecio, pero noté como había conseguido abstraerse de todo, concentrada al cien por cien en lo que hacía.

Ambos jugaban con respeto, por un impagable rato pude ver a David preocupado, jugando al ritmo que marcaba mi madre. Empatados a piezas, pero con mi madre atacando y mejor colocada, el imbatible y prepotente señor Macía Pajas se sintió al borde del abismo. Conseguí sonreír a pesar de la decepción de ver a mi madre humillada al otro lado del tablero, intentando cubrir su cuerpo con la mesa o estrambóticas posiciones de sus brazos.

—Reconozco que tu escote me ha desconcentrado un poco —provocó él.

—No, lo que pasa es que siempre juegas igual. Pasada la sorpresa es fácil conocer tus puntos débiles —rebatió ella.

—Eres tú la que juegas medio en pelotas, Carmen.

— Ya lo dijo Larry Flint: La única pregunta que debe hacerse es cuánto está dispuesto a sacrificar para lograr el éxito.

—Medio en pelotas y citándome a un editor pornográfico, esto mejora, Carmen. Recuerda esta frase cuando termine la partida. Con tu filosofía y tu cuerpo no entiendo cómo puedes ser una mediocre editora.

—No sabes lo mucho que me arrepiento de haberte invitado a tutearme.

—Mamá, por favor, concéntrate —advertí.

—He caído en mi propia trampa, te animé a desvestirte y ahora la sangre que debería alimentar mis circuitos neuronales está en el lugar equivocado.

—Mueve y calla, grosero —se quejó ella sin perder la concentración.

—Mmm, me gusta esta cita, seguro que debe ser de otro pornógrafo —contestó él justo antes de sacrificar uno de sus caballos para matar un peón.

—¡Ja! —exclamó mi madre—. Bien lo dijiste el otro día, ahora todo es cuestión de matemáticas.

—No estés tan segura…

David tenía razón, había perdido un caballo, pero el peón de mi madre era mucho más que un peón, era la pieza que equilibraba el ataque y la defensa, la que permanecía en terreno contrario molestando el despliegue del adversario. Cuando lo sustituyó por otro pude ver una importante brecha en el flanco derecho de ella, y por desgracia no me equivoqué, cinco jugadas después la sabandija no solo había equiparado el número de piezas muertas, sino que consiguió conquistar el centro del tablero por primera vez en toda la partida.

—Mi pequeña Clarice —ironizó él en una mala imitación del Dr. Lecter—. Mucha cita y pocas nueces.

Hicieron falta solo cuatro jugadas más para que mi madre tumbara el rey. Se la veía abatida. Humillada por nada, incapaz de hablar. David tenía razón, se había comportado como la típica ludópata que cree que recuperará todo el dinero perdido en la última mano. También tuvo razón cuando días atrás me habló de su orgullo.

—Carmen… ¿quieres la revancha? —preguntó él ante mi sorpresa.

—¿A cambio de qué? No, mejor no me lo digas.

—Un beso —siguió él.

—Jamás te tocaré, desgraciado —respondió ella desalentada.

—Mamá, que es solo un juego. David, vete de mi casa, anda —dije intentando que las cosas volvieran a una cierta normalidad.

—Hoy dormiré aquí, una apuesta es una apuesta —replicó él— Y no, no quiero que me beses. O sí, pero no aspiro a eso. Si pierdes tendrás que besar a tu hijo delante de mí.

Ella arqueó una ceja confundida.

—¿Tan poco te quieren en tu casa que esto te parece lo suficientemente raro como para apostar?

David se levantó y volvió con su mochila. Sacó un pequeño reloj de arena de su interior y lo depositó misteriosamente sobre la mesa diciendo:

—No un beso maternal, no, un beso de tornillo. Exactamente un beso de un minuto de duración que es lo que marca este reloj, con su lengua, sus babas, etc…el tema de los tocamientos ya lo dejo a libre erección…digo…elección.

Mi madre tenía la cabeza ladeada, con toda su melena cayendo a un lado y la cara desencajada.

—¿Tú te estás escuchando? —fue lo único que alcanzó a decir.

—Tú, Tristán, yo, Freud y el mismísimo Edipo Rey han escuchado lo que he dicho.

—Olvidemos el honor, lárgate de mi casa, imbécil.

—Uy, mira —me dijo mirándome—. Lo mismo me dijo Jana hace un tiempo y terminó haciéndome la más dulce de las felaciones.

Pensé en pegarle de una vez por todas, pero la autoritaria voz de mi madre me detuvo:

—¿Sigues aquí?

David jugueteó con el pequeño reloj de arena unos segundos antes de contraatacar:

—Carmen. Si quieres, a pesar de que mi opinión es que las apuestas son sagradas, me iré. Pero te diré una cosa, si lo hago nunca más me verás. Quizás crees que eso es lo que necesitas en este momento, pero te equivocas. Vivirás siempre con la humillación. La tuya y la de tu hijo. La deshonra familiar, la derrota y la vergüenza. Has apostado fuerte y has perdido, y lo dejas justo cuando empiezas a plantarme cara de verdad. Lo que puedes perder esta tarde es algo que no recuperarás.

—Psicólogo tendrías que ser —dijo ella.

—No, gracias, en eso están mi madre y mi hermana y son un par de taradas.

Hubo un incómodo silencio que rompió, nuevamente, nuestro astuto invitado:

—¿Y bien? ¿Me voy?

El siguiente silencio fue mucho más que incómodo, el ambiente se volvió denso, pesado y enfermizo. David hizo un gesto de marcharse, pero en ese preciso instante contestó mi madre:

—Coloca las piezas.

—¡¿Qué?! —exclamé observando de reojo la maliciosa sonrisa de mi compañero de clase.

—Tristán, no te metas.

—¡¿Pero cómo que no me meta?! ¡¿Es que has bebido? ¿Yo no pinto nada aquí o qué?

—Hijo… —me dijo mirándome fijamente a los ojos— Confía en mí, te aseguro que esta es la última partida y no va a pasar nada.

Le aguanté la mirada unos segundos hasta que la voz de David me sacó de mi obnubilación:

—¿Comenzamos?

Capítulo V

Tabú: Prohibición de hacer o decir algo determinado, impuesta por ciertos respetos o prejuicios de carácter social o psicológico.

La victoria de David fue aplastante, absolutamente incontestable. Fue entonces cuando supe que habíamos sido víctimas de un juego mucho más elaborado y a largo plazo. Habíamos jugado al ping-pong mientras él jugaba al tenis. Mi madre reposaba, vencida, la cabeza sobre sus brazos cruzados apoyados en la mesa. Yo me masajeaba el tabique nasal en busca de un consuelo que no llegaba. David, maquiavélicamente sonriente, jugueteaba con el reloj de arena.

—Vamos, alegrad esas caras, os estoy haciendo un favor.

Ninguno de los dos reaccionó.

—Ha sido divertido, y suelo recrearme en mis victorias, pero ahora me gustaría pasar directamente a la recompensa.

Ambos seguimos impertérritos.

—¡En pie! —alzó él la voz buscando una reacción.

De nuevo mi mente caviló la idea de atacarle, pero algo me decía que se defendería mejor de lo esperado. La verdad es que nunca había pulido mis habilidades de combate, por no decir que era un negado para estos temas.

Los ganadores tienen metas, los perdedores tienen excusas. No sé quién dijo esto, pero me estoy impacientando. Pensaba que esto era un juego de adultos, no de chiquillos. Ya tendréis tiempo de lloriquear, ¡en pie!

Mi madre salió de su letargo y obedeció, mostrando su excepcional figura al completo y sin obstáculos por primera vez, cubierta esta por una elegante ropa interior blanca. Tenía la piel de gallina, no sé si por el miedo o el frío.

—Solo faltas tú, Tristán, ya me lo agradecerás luego.

No reaccioné.

—¡Joder! Que no tengo todo el día, no me hagáis ser vulgar. Nada me fastidia más que un mentiroso o un mal perdedor, ¿es que no os queda ni una pizca de honor?

Mi madre me miró aceptando la situación, pidiéndome en cierta forma que le ayudara a disimular sus pecados, que no agravara ya la de por sí vergonzosa situación. Me levanté finalmente y me acerqué a ella con la velocidad de un reo camino de su ejecución. La diferencia de altura era notable, más teniendo en cuenta que ella iba descalza.

—En cuanto se junten vuestros labios le doy la vuelta al reloj.

Nos acercamos y nos miramos, no éramos madre e hijo, éramos prisioneros de una mente perversa.

Dijo:

—Antes de que empecéis, mi querido amigo, me gustaría hacerte una pequeña observación. No sé si te has fijado en el excepcional culo de tu progenitora. Vestida ya era notorio, con sus nalgas formadas, respingonas. Glúteos de esos que al andar se mueven graciosamente, superponiéndose el uno sobre el otro con cada paso. Sin mencionar su delgada cintura y sus torneadas piernas. Y claro, cómo olvidar sus pechos, más generosos de lo que parecían antes de ser descubiertos. Incómodos dentro del castrante sujetador.

Después de oír la última y repugnante frase de nuestro verdugo nuestras bocas se juntaron por primera vez, casi por instinto.

—No vale con solo tocarse, ¡eh! Dijimos de tornillo. Empezad, de lo contrario os juro que pongo el reloj a cero.

Nuestros labios se entrelazaron con un pudor y una incomodidad indescriptibles, besándonos como dos preadolescentes que no saben hacerlo. Yo apenas era capaz de moverme y ella se restregaba, interpretando la peor de las películas familiares.

—¡He dicho lengua! —siguió él con las instrucciones.

De reojo miré el reloj que parecía no avanzar cuando noté la punta de su lengua chocar contra mi boca cerrada, buscando tímidamente hacerse paso. Noté entonces la mano de nuestro invitado sobre mí, empujándome los riñones para acercarme a ella mientras decía:

—Lengua o volveremos a empezar.

Cedí. Abriendo la boca tímidamente para dejar que pasara, juntándose ambas lenguas dentro de mi boca. Sus labios se abrían y cerraban, desacompasados, casi como un besugo. David parecía conformarse con la pantomima, pero seguía empujándome. De reojo vi como hacía lo mismo con ella, sin que nadie le parara los pies. Simulábamos besarnos mientras nuestros cuerpos se restregaban.

—Tristán —me susurró el maligno—. Pon de tu parte o no habrá servido de nada. Siéntelo. Sus labios, su lengua, sus tetas contra tu pecho, su sexo rozando la bragadura de tu pantalón. Está casi desnuda y es la mujer más bella que jamás te ha besado. Lo sabes…

Moví yo también la boca. Abochornado, ultrajado. Decepcionado con ella.

—Seguid besándoos, quiero oír el ruido de vuestras bocas.

Nuestras lenguas jugueteaban forzadas. Ella parecía estar a punto de tener una arcada, pero curiosamente yo sentí que había pasado lo peor. Lo susurros siguieron:

—No quieres, pero tu entrepierna empieza a reaccionar. Es biología, es morbo, es lo prohibido. Es tu madre, te ha parido, concebido acostándose con alguien. Sus compañeros de trabajo la desean. Tus amigos la desean. La gente se gira cuando anda por la calle para repasarle el culo, la observa de perfil para ver realzadas sus tetas suspendidas en el aire. Se abre de piernas cuando no estás y gime de placer llegando al orgasmo con cualquiera.

Finalmente pude ver de refilón el reloj de arena vaciarse y me separé con un pequeño respingo. Mi madre tenía aún un pequeño hilillo de saliva, suya o mía, en el labio. Su sujetador estaba mal puesto y se lo adecentó mientras juntaba las piernas avergonzada, como una niña que se está haciendo pis. Oí entonces la risa del maquiavélico y depravado vencedor:

—Ha estado bien. Sabía que te excitarías —dijo señalando el bulto de mi pantalón—. En el fondo lo estabais deseando, ni siquiera habéis comprobado el reloj. Espero que hayáis disfrutado de los tres minutos de lengua y frotamientos.

Miré avergonzado mi entrepierna, sin ser consciente de lo sucedido. Mi madre no tardó en reaccionar:

—Largo de mi casa, tramposo degenerado.

Él siguió con una amplia sonrisa.

—Sí, Carmen, no te preocupes. He mentido y merezco que rompas la apuesta. De todas formas, mi trabajo aquí ya está hecho. Tu hijo pasará los días practicando el onanismo pensando en este momento, y tú dudo que duermas plácidamente después de haber sido restregada por su polla. Terminaré con una frase de María Félix: El perfume del incesto no lo tiene otro amor.

Capítulo VI

Ni siquiera fui al colegio, haciendo novillos por primera vez en mi vida. David había corrompido mi mente en tiempo record, me había roto como a una rama, y le había costado muy poco. Lo mismo con mi madre, quitándole incluso la autoestima. Los siguientes días en mi casa las citas, los retos intelectuales y las partidas de ajedrez se sustituyeron por los monosílabos, la incomodidad y las miradas perdidas al suelo. Cuando recobré el valor para volver al colegio, David no necesitó decirme nada. Sus ojos, ufanos y orgullosos, hablaban por él. Jana no entendía mi actitud, mezcla de sentirme traicionado en mi intimidad y lo acontecido con mi madre. Era ahora un ser perdido, vencido e introspectivo, y eso que ni siquiera era yo el que había jugado al ajedrez. Macía Pajas mancilló todo lo sagrado de mi vida.

Me pasaba las tardes haciendo deporte. Terminaba una larguísima y dolorosa serie de abdominales cuando la voz de mi madre, de la que ni siquiera había detectado la presencia, me interrumpió:

Solamente aquellos espíritus verdaderamente valerosos saben la manera de perdonar.

—Laurence Sterne —contesté incorporándome.

—No lo he hecho tan mal —dijo ella mostrándome al fin una sonrisa.

—No hay nada que perdonar, mamá, no debí traerlo a casa.

—Fui yo que la insistí. También la que entré en su juego. Lo siento, hijo.

—No pasa nada.

Ella se apoyó en la pared con la intención de seguir conversando.

—Olvidémoslo, que pronto sea historia —añadió.

—Ya lo es.

Sonrió de nuevo antes de añadir:

—Lo es, pero no debería haber esperado tanto a hablarlo. Me sentía avergonzada. Si las cosas no se hablan, se pudren. A veces, obsesionada con la literatura, me olvido de usar mi propia voz. He sido una orgullosa, no volverá a pasar. Orgullosa, ingenua e infantil.

—No te fustigues más —la animé—. Él es así. Un psicópata que disfruta con estas cosas. Y no es tonto, todo lo que tiene de perverso lo tiene también de capaz.

—Sí, es verdad. Me pregunto qué problema debe tener para actuar de esta manera. En fin…no es nuestro problema. ¿Perdonada?

—Claro.

—¿Seguro que no te estás poniendo en forma para darme una paliza? —bromeó ella.

—Ya sabes que he dejado a Ciorán por los púgiles.

—Bien. En fin, de tu culto al cuerpo ya hablaremos otro día.

Pareció que se iba cuando se detuvo un momento para añadir:

—Sobre el otro tema…bueno…no hay que darle vueltas. Son cosas que pasan.

—¿Qué otro tema? —pregunté sintiendo como mi bienestar se evaporaba.

—Ya sabes, es normal. Biología.

—¿Mamá?

—¿Qué? Hijo, es que no podemos dejar que se pudra, ya te lo he dicho. Somos dos personas inteligentes, sabemos de qué va. Tienes dieciséis años…

—¡¿Mamá?!

—Pero si te estoy diciendo que es natural, ¿qué más quieres?

—Pero si es que no sé de qué me hablas —me defendí indignado— ¿De verdad crees en lo que dijo el imbécil? Que eres mi madre, ¡eh!

—Vale, vale —dijo ella alzando los brazos y yéndose lentamente de puntillas— Yo solo quería que te sintieras mejor.

Estaba indignado de verdad, aunque no sabía por qué. Quizás mi esperanza era que no viera el abultamiento de mi pantalón el día de los hechos, por mucho que este fuera real. Ni yo entendía la razón de que se produjese. Sentía mi corazón acelerado, pensando en las conclusiones de mi madre. La confusión, cuando parecía estar al fin bajo control, volvió con más fuerza. ¿Normal? ¿La edad? ¿En qué demonios pensaba para decir eso? ¿Biología? ¿No era ese uno de los argumentos de David?

Seguí haciendo ejercicio, con la adrenalina desbordada. Sentadillas, pesas, flexiones, saltos. De nuevo abdominales y otra vez sentadillas. Me machaqué hasta que oí un crujido y sentí un fuerte dolor en mi ingle. Con las manos sobre el sitio me tumbé en el suelo y advertí:

—¡Mamá!

Al ver que no me oía volví a gritar:

—¡¡Mamá!!

Al minuto llegó ella visiblemente preocupada.

—¿Qué? ¡¿Qué?! ¿Qué te pasa hijo? No me asustes…

—Me he lesionado.

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