QWERQ

El camino de vuelta a casa se hace corto. Demasiado corto. Y casi sin quererlo, se encuentran enfrente del portal de casa. Ambas entran algo avispadas, pero Verónica se le nota mucho más. Tanto que no para de sonreír y hacer gracia. Se ríe al hablar. Alejandra sin embargo, aguanta más el tipo. Cuando llegan al ascensor, vuelven a encontrarse con el mismo problema; “ASCENSOR AVERIADO”.

—Joder… ¿Otra vez vuelve a estar el ascensor estropeado? ¿pero qué pasa aquí? Voy a tener que llamar a la administradora.

—¿Y ahora que? Tendremos que subir andando…

—Venga… Te ayudaré a subir… —dice haciendo de hermana mayor.

Ambas empiezan a subir los escalones, pero Verónica está más afectada por el alcohol de lo que parece. La mira en silencio mientras ve como sube torpemente cada escalón. «Vaya como está…» Piensa mientras la mira de soslayo.

—Ufff… Hacía tiempo que no subía las escaleras en este estado… —Dice sin ser consciente de lo torpe que está subiendo las escaleras. —Desde la facultad creo yo… —dice riéndose y sonándole gracioso. Ella no se da cuenta, pero desde unas escaleras por encima, se oye bajar a alguien. Ella no se da cuenta, pero mi madre sí.

Ambas ven como una cosa grande, muy grande está bajando las escaleras enfrente de ellas. Una vez en los mismos peldaños, ven más nítidamente que es un hombre muy gordo, mal vestido, mal afeitado…

—Por favor…— Se le escapa en un aliento muy bajo.

Don Fernando las mira.

—No le hagas caso… —Le susurra a Verónica.

—Vaya… no esperaba veros por aquí a ambas. Qué suerte la mía…— dice Don Fernando, con una sonrisa dibujada en la cara. Una sonrisa característica suya que conoce muy bien.

Tanto Alejandra como Verónica lo miran. Es una mirada desafiante, de mucho odio.

—Ni nosotros a usted.— Dice mi madre cortante.

—¿Qué tal estás Alejandra?

—Bien, bien. Ahora déjenos pasar.

—Eso… Déjenos pasar! —dice Verónica cada vez peor.

Él, haciendo oídos sordos, baja escalón a escalón hasta situarse a escasos metros de ellas. Mi madre, en modo protectora, se pone delante de Verónica, evitando el contacto directo con ella.

—Claro que os dejo pasar. Ya veo que estáis ocupadas. —El viejo se da cuenta que hay algo extraño.

Él actúa sin ningún tipo de miedo. Su mano avanza hasta coger la mano de Verónica que con un gesto limpio y rápido, se lo lleva a la boca, besándola en la mano, como si fuese un caballero.

—Vas guapísima hoy Verónica.—

Verónica retira la mano, con cara de asco. Su estado no le permite actuar como le gustaría.

—No me toque… —dice ella con el tono más desagradable que puede.

—Ni se le ocurra tocarla Don Fernando. —Dice mi madre poniéndose entre él y ella.

—Solo estoy siendo educado. —Dice Don Fernando sin ningún tipo de nerviosismo.

—Bueno, pues ya está. Déjenos pasar. —Responde mi madre, intentando salir de este trance lo más rápido posible.

Pero el viejo mira a mi madre de arriba abajo y luego a Verónica, de manera algo lasciva.

—¿Qué de donde venís vecinita?

—¿Vecinita?— Responde sin querer Verónica en una especie de susurro, algo confusa al tono que ha utilizado con su amiga.

—Le he dicho que nos deje pasar. —Contesta obviando su comentario. Intentando aparentar seguridad y determinación.

—Vamos… Solo quiero saber de donde venís.— Dice el viejo sonriente. Mientras la cara de Alejandra es de autentica seriedad.

—No le importa de donde venimos.

—De… de tomar algo por ahí… No le importa lo más mínimo.— Mi madre se gira y mira a su amiga sorprendida por el comentario de Verónica.

—Déjalo Verónica. No le contestes. —Le responde. Entiende que se le haya podido escapar, debido a su estado de embriaguez. Sabe que está mal. Consciente de que corre peligro si se mantienen más tiempo enfrente de ese viejo.

—¿Ah, si? Veo que os habéis arreglado para la ocasión, ¿no?. Vecinita, no me habías comentado nada…

—Déjese de monsergas y de vecinita. Apártese y déjenos en paz.— Mi madre se hace la dura. En presencia de su amiga, debe serlo.

Pero el viejo ya la conoce un poco y sabe que todo esa fachada cada vez es más fácil de derribar. Mientras la mira, intenta coger su mano y llevársela a los labios, en el mismo gesto que hizo antes con Verónica.—Tú también vas muy guapa con ese vestido verde.

—Apártese y déjenos pasar de una vez. Verónica no se encuentra bien, ¿Vale? —le contesta apartando la mano justo cuando roza sus labios. Justo en ese momento Verónica se tambalea como si se fuera a caer. Don Fernando, aprovecha el momento y aparta a mi madre de un manotazo y la coge, ayudándola a no caer. O más bien, intentando arrimarse a ella.

Ella reacciona tarde, pero reacciona y aparta a Don Fernando, poco para lo que le gustaría, suficiente para mantener algo de distancia.—Déjela. Ya la cuido yo.— mi madre se gira hacia Verónica, que cada vez le cuesta más mantenerse consciente.

—Vamos a casa Verónica. No te encuentras bien…— Dice mi madre girándose e intentando hablarle.

—Sí… Vámonos, no quiero estar aquí…— llega a decir.

Mi madre vuelve a girarse y mira a Don Fernando.—Bueno, dese por saludad y ahora déjenos pasar por enésima vez. No es el momento para más charla. Debo llevarla a su casa, no se encuentra muy bien.

—¿Dónde habéis ido? —dice sin apartarse de en medio.

Mi madre por primera vez toca al viejo, intentando apartarlo con una mano. Pero es demasiado grande como para ni si quiera moverlo un centímetro.—Déjenos pasar…—

—¿Por qué no se encuentra bien? ¿Qué le ocurre?— Le pregunta a mi madre haciendo referencia a Verónica.

—¿Que no ve que le ha sentado mal el vino? —ella intenta no decir que ha bebido demasiado.— Necesita acostarse.

—¿Vino?—Intenta acercarse de nuevo a ellas. Más concretamente, quiere hacerse hueco para llegar a Verónica. —¿Necesitas acostarte? —Dice claramente refiriéndose a Verónica. —Puedo ofrecerte una cama si lo necesitas…

Ella lo mira con cara seria. Casi rozando el enfado. —Ya me encargo yo de todo Don Fernando. Ella tiene su propia cama. —Dice imponiéndose en todo momento.

Pero Don Fernando sonríe mientras Verónica está callada. Le da mucho asco el viejo pero no está en posición ni de quejarse.

—Además ¿por qué no me habéis invitado a ir? Esas cosas se avisan, cariño.— ella sabe que que ahora se refiere a ella.

—¿Cariño?— Vuelve a repetir extrañada Verónica.

—Deje de llamarme así y déjenos pasar. ¿Quiere que grite y que salgan los vecinos?— Dice intentando aparentar normalidad frente a Verónica después de haberse referido a ella en esos términos.

—¿Sí? Venga, te invito a que lo hagas.— Dice Don Fernando desafiante.

Ella ya no sabe cómo convencerlo para que se aparte. «Sabe que no gritaré… Que no puedo hacerlo… He dejado que vaya demasiado lejos conmigo… no me interesa el escandalo…» Piensa mientras lo mira, sabiendo que tiene todo por perder.

Mientras el viejo intenta relajar la tensión y con una mano intenta ponerle el pelo detrás de la oreja, en un movimiento que empieza a resultarle familiar— Tranquila Alejandra… No te pongas nerviosa, somos buenos vecinos… —Dice sonriendo.

Y se deja poner el pelo detrás de la oreja, es un movimiento que empieza a aceptar. No sabe como quitárselo de en medio, empieza a temer que todo se complique más. —Por favor, Don Fernando… No ve como está… Tenga un poco de humanidad y deje que la lleve a su casa. —Dice mirándolo suplicante, consciente de que está siendo una estúpida, sabe de sobra que de eso Don Fernando no tiene nada. Sabe que ese no es el tono que debe usar, y menos delante de Verónica.

—¿Tan mal está cariño?— Le responde sonriendo Don Fernando.

Verónica se sujeta a la baranda.— Ale-Alejandra, venga… Vámonos.

—Sí, sí, ya nos vamos…

Don Fernando hace intención de acercarse de nuevo a Verónica y la toca en el hombro.—¿Estás bien?—

—¡Ni se le ocurra tocarla!— Dice apartándole la mano. —¡Apártese!

—Desde cuando te he dado permiso de hablarme así?— Dice volviéndose un tono muy seco. Mientras Verónica algo aturdida apoya la cabeza en el hombro de mi madre. —La toco si me da la gana. O acaso me vas a prohibir tú que la toque.

En un acto casi instintivo, mi madre empuja a Don Fernando con todas sus fuerzas, haciéndolo retroceder y casi tropezándose en las escaleras.

—¿Pero qué cojones estás haciendo Alejandra? ¿Acaso quieres que te castigue? —dice sorprendido por el acto de Alejandra. Él no pensaba que aún tuviera esta fuerza para resistirse.

—Déjeme en paz… Quiero que se vaya de una vez.— Después de mucho, parece que recobra fuerzas para enfrentarse al viejo, pero una voz sale de su amiga, desmontando toda su fuerza.

—¿Ca-castigar?— Dice en voz no muy alta.

Mi madre gira su cuello hacia Verónica que está apoyada en su hombro, maldiciendo que haya escuchado eso. —No le hagas caso Verónica, es un viejo loco. No sabe lo que se dice.

—Creo que me debes una disculpa.

—Déjenos en paz.

—Pídeme perdón por el empujón, joder.— Y da un pequeño paso hacia ellas. Su barriga está a menos de medio metro de ellas.— Sino, atente a las consecuencias.

—Está bien, perdóneme. ¿Está contento?— Dice cada vez más apurada.— Pero déjenos pasar.

—Dilo bien…

—¿Como quiere que se lo diga?

—Tú sabes como me gusta que lo digas cariño.

—¿Qué?— Dice Verónica medio escuchando toda la conversación.

—Cállate Verónica… Salgamos de este atolladero. —Por primera vez las palabras de Alejandra no son buenas respecto a ella.

El viejo sonríe.—Vamos Alejandra, lo estoy esperando.

—Por favor… perdóneme… Don Fernando…

Verónica levanta un poco la cabeza, extrañada.

—¿Lo ves? No es tan difícil que te portes bien cariño. —Su mano va directamente hacia ella, intentando acariciar su mejilla.

Mi madre coge la mano, pero esta vez sin brusquedad.

—Shh… Tranquila… Vengo en son de paz… Solo quiero saludaros…

—Es que… de verdad… Tengo que llevarla a su casa… pe-perdóneme si he sido brusca Don Fernando… Pero no se encuentra bien…

—No pasa nada cariño.— Se acerca un poco más.—Solo quería saludaros y ya esta… — decirte que te queda muy bien este vestido verde… Y a Verónica decirle que le queda muy bien esa blusa blanca.

—Está bien Don Fernando…— Dice mi madre, cediendo cada vez más.

El viejo mira hacia las piernas de Verónica, que sigue apoyada en el hombro de Alejandra.— Tiene unas piernas muy bonitas, ¿Verdad? Seguro que los hombres no han podido dejar de mirar su silueta.

—Pe-pero qué dice…— Dice Verónica al oír tal cosa.

—Déjalo Verónica… Solo pretende ser amable… A… Su manera…

—¿No son bonitas cariño?

—Sí… Sí lo son…

—¿Todas las miradas iban a ella?

—Ya sabe que sí Don Fernando…

—¿Y qué hay de ti? ¿Para ti no había ninguna mirada? ¿Si quieres puedes venirte conmigo a mi casa…

—Déjeme que lleve a Verónica a su casa… Por favor…— Intenta aparentar que no ha oído nada mientras el viejo intenta otra vez ponerte el pelo detrás de la oreja.

Esta vez consigue hacerlo, y eso le permite dar un pequeño paso más hacia ellas. El viejo, mientras pone el pelo detrás de la oreja, aprovecha e intenta bajar con su mano a la mejilla de Verónica.

Mi madre, sin saber muy bien qué hacer. Le coge la mano y se la lleva a su propia cara…

El viejo se sorprende ante tal acción, nunca antes había cogido la mano y se la había llevado a su mejilla. Ella lo mira, con cara seria, pero ya no muestra la furia que tenia hace un rato.

Esto le brinda una buena ocasión a Don Fernando que no la desaprovecha. —Bésala

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