GABRIEL B

1

Eran masomenos las nueve de la mañana, demasiado temprano para mí. Estuve un rato haciendo fiaca y aún así no tenía ganas de levantarme, mucho menos tratándose de un domingo. Pero mamá me había hecho prometer que no me levantaría recién para la hora del almuerzo, como hacía siempre. Ese día vendrían de visita los tíos de Pedro, mi padrastro.
Me dispuse a realizar uno de mis más sagrados rituales. Lo hacía antes de levantarme, y luego, de nuevo, antes de ir a dormir: una buena paja para despejar el estrés. Estaba en plena faena, fantaseando con Sol Pérez y con la bañera del programa de Marley, cuyo nombre no recordaba, cuando la puerta se abrió estrepitosamente.
— ¡Los tíos llegan en media hora!
Desde la entrada de mi cuarto me miraba, con una sonrisa irónica, Florencia, mi hermanastra.
Yo estaba cubierto por un acolchado, pero a la altura de la pelvis se había formado una pequeña montaña, debido al movimiento de mi mano.
— Perdón, no sabía que estabas ocupado. — dijo Florencia, largando una carcajada—. Me pidió tu mamá que te avise que te vayas preparando. Pero ahora le digo que enseguida «acabás» con lo tuyo y bajás.
— No seas boluda, no estaba haciendo eso —mentí inútilmente, poniéndome colorado— . Y de todas formas deberías golpear antes de entrar.

—Sí claro, quedate tranquilo que la próxima lo hago.
Me dejó con la palabra en la boca, totalmente humillado. Realmente me caía mal esa pendeja. Siempre buscaba la manera de hacerme quedar mal. Era todo lo contrario a mí. Florencia destacaba por su inteligencia. Terminó la escuela con promedio de nueve ochenta. Desde hace ya dos años tenía un emprendimiento de bijouterí, con el que ganaba suficiente dinero para comprarse sus cosas (la mayoría, ropa), y ahora había ingresado a la universidad, y en el primer año ya había metido ocho materias.
Era imposible no compararnos. Yo ni siquiera había pasado el curso de ingreso universitario, y eso que lo intenté tres veces. Y en mi último trabajo había durado sólo cuatro meses. Florencia me llamaba despectivamente Nini (Persona que ni estudia ni trabaja). Era realmente despreciable conmigo, no perdía la oportunidad de dejarme en ridículo cuando yo emitía una opinión sobre política, sobre cine, o incluso, sobre fútbol (Hasta en esa temática me superaba)
Su papá, Pedro, y mi mamá, Rosa, se habían juntado hacía un par de años, siendo ambos bastante veteranos. Era una apuesta por la que nadie daba dos pesos, pero para sorpresa de todos, la cosa iba muy bien, y no había la menor señal de que se tratara de una relación efímera. Más bien al contrario, parecían dos adolescentes que descubrían el amor por primera vez.
Con la muerte de papá, hacía ya diez años, los problemas económicos enseguida nos alcanzaron. El banco no se apiadó de una viuda y su pequeño hijo, y nos embargó la casa, cuya hipoteca no podíamos pagar.
Vivimos un tiempo alquilando lugares baratos. Por lo que, cuando nos unimos a Pedro y Florencia, ellos, al tener propiedad, nos recibieron.
Estar de visitante era jodido. Pedro siempre fue bueno, no sólo con mamá, a quien trata como una reina, sino que también conmigo. Pero Florencia no perdía la oportunidad de resaltar mi condición de «invitado». Y ahora que yo ya tenía veinte años, no paraba de repetirme que ya era hora de que me vaya buscando un lugar a donde vivir, después de todo, ya estaba grande. Una cosa era aceptar que mi mamá, su madrastra, viva con ellos, pero otra muy distinta era albergar a un casi adulto que no aportaba nada.
Estas cosas me las decía con sus palabras enrevesadas de universitaria petulante, y siempre me lo decía cuando estábamos a solas, asegurándose de que ante los ojos de Pedro y de mamá, era un chica buena y educada.
Básicamente estaba harto de la actitud soberbia de Florencia, y ahora que me había visto en pleno acto de autosatisfacción, sabía que iba a utilizarlo para humillarme.
Durante el almuerzo estuve tenso, esperando algún comentario ponzoñoso de mi hermanastra.
—Me parece que la carne está demasiado «dura» —comentó, mirándome de reojo.

—No, para nada —dijo, Ester, la tía de Pedro—. Está muy buena.
Mamá aseguró que la mujer estaba en lo cierto. Por lo visto ninguno había entendido el doble sentido de la frase.
—Y cómo van los estudios —. Preguntó en un momento Álvaro, el esposo de Ester.
—Genial, si sigo así, me recibo en cuatro años más — Se apuró a decir Florencia, con arrogancia camuflada. Luego, mirándome a mí, fingiendo curiosidad agregó —¿Y vos Mariano? ¿Te estás preparando para el curso de ingreso?
Sentí que la comida empezaba a caerme mal.
— Ah, no sabía que eras tan chico… —comentó Álvaro, visiblemente confundido. -Pensé que ya estarías en segundo o tercer año.
—No es chico, ya tiene veinte —se metió Florencia —Es que ya intentó entrar a la universidad varias veces, pero no pudo. Pero bueno… -Largó un suspiro-. Seguro que la próxima lo logra.
—Sí, seguro que sí — dijo pedro, con sincera esperanza.
—¿Y están de novios? —Preguntó Ester.
—¿Nosotros dos? ¡Ni loca! —Dijo Florencia, y todos rieron a carcajadas. —No, estoy sola, no tengo tiempo para esas cosas —Dijo después.
Luego, la tía Ester me miró a mí.
— Yo también, estoy soltero. —dije.
Florencia me miró con los ojos entrecerrados y burlones. Era la mirada que ponía cuando estaba a punto de hacerme pasar un mal momento. Pero no dijo nada. De todas formas me puso muy a la defensiva. ¡Pendeja odiosa!
Cuando se fueron los tíos me encerré en mi cuarto a jugar a la Play. En un momento me llegó un mensaje de Florencia al celular. Vi lo que me había puesto. Era un video de un monito que se masturbaba frenéticamente. Tenía los dientes apretados, los ojos desorbitados, y una gotita de sudor se resbalaba por su cara. No me dio ningún poco de gracia. «Idiota», le respondí.
Lo que más me molestaba de ella no era su actitud pedante y burlona hacía mí. Lo que me hacía detestarla era el hecho de que la única manera que se relacionaba conmigo era a través de sus comentarios hirientes. Si alternara eso con actitudes amistosas, hasta podría reírme de alguna de las boludeces que me solía decir. Pero cuando no me está agrediendo, actúa de forma totalmente indiferente. Como si mi existencia sólo tuviese sentido para ella, cuando necesitaba mofarse de mí.
A la noche, cuando ya era la hora de cenar bajé al comedor.
-¿Por qué no le avisás a Florcita que baje a cenar? – pidió mi mamá.
Le iba a decir que «Florcita» Ya sabía a la hora en que comíamos. Pero cambié de opinión. Le daría una dosis de su propia medicina.
Fui hasta su cuarto. Entré sin golpearle la puerta, para que se dé cuenta de lo invasivo que resulta cuando te hacen eso. Pero no la encontré. En la computadora había un video musical reproduciéndose a todo volumen, por lo que seguramente no me había oído entrar. Vi que la puerta del baño estaba media abierta. Seguramente se estaba sacando una foto frente al espejo, últimamente estaba subiendo a su Instagram muchas selfies de ese tipo, vaya a saber la atención de quién quería llamar.
Fiel a mi plan entré sin aviso. Florencia estaba con las nalgas sobre la bacha del baño. Efectivamente, sostenía su teléfono en la mano. Pero lo que me llamó la atención fue la ropa que llevaba puesta, o mejor dicho, la ausencia de ropa.
Debajo, sólo la cubría una diminuta tanga negra de hilo dental. La tela se metía sin pudor entre sus glúteos. La piel estaba pálida en las partes donde normalmente era cubierta por una lencería más grande.
Y arriba….arriba estaba totalmente desnuda.


— ¡Qué querés pendejo! —me dijo, indignada.

Pensé que me iba a cerrar la puerta en la cara, pero se me fue al humo, como queriendo insultarme, aunque no le salieron las palabras. Por primera vez vi que se sentía avergonzada.
— Ya está la cena —Dije, ffingiendo normalidad, aunque no pude evitar mirar sus pechos. No eran grandes, pero tampoco pequeños, y los pezones eran rosados.
—¿Qué te pasa? ¿Nunca viste una teta? —dijo Florencia, dándose cuenta de mi obvia mirada. Se cruzó de brazos, cubriéndose.
La miré a los ojos.
— Obvio que vi muchas. Y las tuyas no son nada de otro mundo —dije.—Apurate que se va a enfriar la comida. —Agregué después. Me di vuelta y la dejé con la palabra en la boca.

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