SILVIA ZALER & LOLA BARNON

—La verdad es que el alcohol no me gusta mucho… —continuó Axel—. A mí me deja matado… Me entra sueño y me pongo a decir tonterías. Pero eso no quita para que aún me quede mucha marcha, guapa. —Sonreía mientras me dio una leve caricia, con su dedo índice, en mi nariz.

No lo entendí en ese momento. Ni se me pasó por la cabeza, la verdad. Y durante un par de segundos nos quedamos en silencio. Yo, sin saber qué decir y dudando si era el momento para irme a casa. Una copa más, con seguridad, me haría bien, pero también significaría alargar la noche sin un motivo claro.

No sé cómo sucedió. No tengo ese recuerdo nítido y exacto en la cabeza. Lo que sé, es que me cogió de la mano y me llevó a unos baños privados que estaban junto a nuestro reservado, alejados del resto del local.

—Ven conmigo, que vamos a pasarlo bien de verdad.

No me hizo demasiada presión, ni me obligó. Sencillamente, me dejé llevar, sin tener muy claro qué era lo que pretendía.

Cuando llegamos al baño, que era unisex y al que tan solo podían acceder los del reservado, cerró la puerta. Yo ahí, me asusté un poco.

—¿Qué hacemos aquí? Axel…

—Tranquila —me contestó con esa bonita y encantadora sonrisa y que tan bien sabía utilizar.

Sacó una bolsita de plástico de su bolsillo y en la pantalla de su móvil empezó a colocar unos polvos blancos, que no eran otra cosa que cocaína.

—Esto es la verdadera fiesta, preciosa —me decía mientras con su carnet de identidad iba separando dos pequeños montoncitos y formaba dos líneas. Ahora que conozco mucho más el percal, sé que eran pequeñas, lo justo para entonarnos y tantearme.

—No tomo…

—Venga, que un día es un día… —me cortó con suavidad y de nuevo, sonriéndome—. Meterse un par de ellas, no significa ser un yonqui arrastrado. —Terminó de manipular la coca y se apartó dándome un turulo plateado que sacó de su bolsillo.

Nunca había tomado coca. Algún porro de joven en la universidad y un par de veces, pastillas. Ni siquiera era una gran bebedora, pero, quizá movida por la novedad, por el flirteo del chico, la sensación de libertad de esa noche o el estúpido enfado con mi marido, hicieron que me agachara y aspirara el polvo blanco.

—Pínzate la nariz, aspira, y que se te meta toda, reina —me dijo sonriendo mientras él, con mucha más naturalidad que yo, aspiró de un tirón su coca—. Notarás como te va llegando el subidón…

Me reí por mi torpeza de principiante y aspiré un poco más fuerte por la nariz. Sentí el cosquilleo y a los pocos segundos, como un ciclón de alegría o disposición, se empezaba a asentar en mí.

No sé cómo ni si empecé yo o fue él. Pero unos segundos después, me estaba besando con Axel en ese cuarto de baño, mientras sentía sus manos alternando mis tetas y mi culo.

No fue premeditado, pero llegado a ese punto, con mi mano abarcando el bulto de su entrepierna, no puede decir que yo fuera inocente. De una forma u otra, estaba allí, besando y tocando a un joven actor. Si me había engatusado o yo me dejé llevar, ya no importa a estas alturas.

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Todo lo que sucedió a partir de ese momento

A raíz de aquella noche, todo se desbocó. En principio no debería haber pasado de convertirse en una estúpida travesura, por así decirlo. Una tontería que podría haberse quedado en un par de rayas y un beso excesivo. Manos dispuestas a explorar nuestros cuerpos, bocas que se fundían con las lenguas en besos con ansia… Y poco más. Pero no, todo fue a más cada segundo.

Axel me tocó los pechos, las caderas, el culo. Y yo le palpé la polla por encima de sus pantalón vaquero de caro diseño. La encontré poderosa, dura, dispuesta, joven, y me excité de forma tremenda. En mi cabeza, en ese preciso momento, no fluían pensamientos ni se encendía la chispa de la realidad ni del remordimiento. La cocaína, junto a la bebida y la sensación de irresponsabilidad o inmadurez —todo revuelto y a la vez—, se apoderaron de mí, creando una especie de vacío irreflexivo.

El baño era pequeño, con estilo, bien decorado, pero únicamente con un retrete y no demasiado especio. A pesar de eso, no me libró de que termináramos follando esa noche. Con animalidad desatada y sin claridad de pensamiento, atascado por la droga y la escasa racionalidad que en ese momento nos embargaba, Axel, despacio, mientras no dejaba de morder mis labios y manosearme, se sacó la polla del pantalón. Al momento, me quitó la chaqueta y desabrochó mi camisa, dejando al aire el sujetador de encaje blanco. Emití un suspiro y sentí que en ese momento era lo que realmente deseaba.

Besó mis tetas y le dejé hacer cerrando los ojos, paladeando el poder de ese momento. Ser atractiva para un joven menor que yo, actor, y acostumbrado a tener chicas guapas siempre, se convirtió en ese momento en un afrodisíaco que de forma explosiva me inundó.

Yo misma me bajé los pantalones y me los saqué de las piernas en un movimiento rápido, que me hizo perder los zapatos. Los recuperé para no estar descalza y dejé el pantalón en un pequeño gancho que estaba en la pared. En realidad, toda aquella maniobra no duró más de tres o cuatro segundos, aunque suficientes para que sintiera el ansia del sexo, y me volviera a buscar la boca de Axel. Este, ya estaba con los calzoncillos y su pantalón vaquero en los tobillos, mientras con su mano se masajeaba su polla joven y dura.

Nos besamos con fuerza unos segundos y le agarré el pene. Sin pensarlo mucho, y al ver su dureza en mi mano derecha, mientras le acariciaba los testículos, ya hinchados y duros, me senté en el retrete cerrado y abrí la boca. No era excesivamente grande. Quizá más ancha que las normales, o lo que comúnmente se considera un tamaño habitual, pero sí más gorda. No me costó nada engullir aquella carne hasta la mitad, Estaba caliente y noté el pálpito del deseo a través de mi boca y lengua.

—Joder… —susurró apoyando los brazos en la pared y abandonándose a mi boca.

Me dejó hacer unos segundos, quizá medio minuto, y de pronto me elevó tirando con suavidad de mis manos. Me volvió a besar e introdujo un dedo por mi vagina. Gemí echando la cabeza hacia atrás. Un instante después, subí uno de mis pies en el retrete y dejé que me poseyera apoyando la mano libre en la pared. Abrí mi coño todo lo que mi posición me permitía y me entregué a sentir el placer de una masturbación realizada por ese joven actor, guapo, desenfadado y vicioso.

Continué con los ojos cerrados, dejándome llevar por aquello. Estaba obnubilada, drogada y excitada. Y sin que yo hiciera nada más, salvo estar receptiva al máximo, empecé a notar como su glande buscaba la entrada de mi sexo. Tuve un pequeño momento de duda, apenas un par de segundos, pero se difuminaron cuando él se deslizó dentro con pausada decisión. Ni pensé en que no llevaba protección ni que me hiciera falta. En ese momento donde la coca ya se había apoderado de mi cerebro, solo cabía el sexo.

Emití un gemido prolongado, largo y de goce extremo. Me sentía en una especie de estado ajeno a mi vida normal, a mi existencia de mujer casada y madre. Podría decir que los trallazos de euforia y distensión de la cocaína fue lo que me llevó a ese cuarto de baño de aquel reservado. Pero tampoco mentiría si dijera que el hecho de sentirme atractiva, deseada y objetivo de un hombre apuesto, joven y desinhibido, me atrajo. No puedo echar la culpa a la droga. Ni a Axel. El compendio de todo ello, junto a mi escasa racionalidad de ese instante, me nubló la capacidad para negarme o advertir el camino en el que empezaba a adentrarme. Pero también es verdad que, una vez pasada la euforia y el desenfreno puntual, podría haber retomado mi vida… Y no lo hice.

Axel comenzó a empujar con su cadera, a hundir su pene en mí. Sin protección, sin condón, sin nada más que un deseo mutuo, irrefrenable y lascivo. Me entregué a él, juntando nuestras lenguas en un roce externo a nuestras bocas, diciéndonos con aquel gesto que nos deseábamos, que aquello era lo querido por ambos.

Acoplé mis movimientos a los de él haciendo que nuestras carnes chocaran en medio de suspiros, gemidos y besos entregados. Puse mi brazo alrededor de su cuello para sujetarme y hacer mis movimientos más profundos y receptivos.

—Joder, cómo follas, tía… —me decía con la respiración fatigada y entrecortada.

—Métemela… —susurré muy cerca de su boca—, no pares, joder… no pares…

Yo sonreía, suspiraba, gemía y le atraía una y otra vez hacia mi boca. Disfrutaba de aquel empuje joven, tan diferente al de mi marido, tan alejado de mi vida normalizada. Y no me di cuenta de que en ese preciso instante, mi vida iniciaba un profundo y terrible cambio, y que todo lo anterior, de forma silenciosa y absurda, se iba diluyendo y quedando atrás. Escondido y difuminado en una neblina ajena y cada momento más distante. Así comenzó mi vida de desenfreno, droga, sexo y libertinaje. Mis días de sexo…

Axel no tardó en correrse. Sacó su polla y con un rápido movimiento de sus manos eyaculó alcanzándome, aunque se retiró todo lo que pudo en aquel cuarto de baño. No me importó o no lo tomé en cuenta a pesar de las gotas que cayeron en mi camisa abierta y en mi vientre. Sin esperar apenas, y al ver que yo no había llegado, hundió sus dedos en mi coño y empezó a masturbarme de forma agitada y veloz.

—Ah… sigue, sigue… —le dije echando mi cabeza hacia atrás.

El orgasmo me fue llegando de forma potente y estruendosa. Fue algo diferente a lo sentido con mi marido. Un clímax desfogado, eléctrico y poderoso, me recorrió todo mi cuerpo. Me corrí de forma brutal y enérgica…

Tardaron unos segundos en que se fueran los estertores de aquel orgasmo tan magnífico. Y yo, en un destello de lo que sería el preámbulo de lo que me sucedería a partir de ese momento, me imaginé, de nuevo, con él. En otra noche, en otro momento, pero teniendo el mismo sexo pujante y vigoroso como el de hoy. Suspiré y besé con fuerza a aquel joven actor que me acababa de abrir, sin aún sospecharlo, la puerta a mis días de sexo desenfrenado…

En los instantes siguientes, cuando salimos de aquel cuarto de baño, no hubo, para mi sorpresa, pensamientos encontrados. Ni siquiera me pregunté a mí misma qué era lo que había hecho. Estaba drogada de bienestar, de un sentimiento de desinhibición pueril y absurdo. Una especie de estado confuso y aletargado de mi conciencia, adormecida por la coca, las bebidas y la extraña sensación de desahogo.

La noche tampoco dio más de sí. Otra copa, besos y un nuevo pellizco de coca para que no decayera la extraña fiesta en la que habíamos convertido una cena de negocios y trabajo. Pero no me fui a su casa, como me pidió durante diez minutos, a seguir manteniendo sexo con él. Al menos, en ese sentido, mantuve una pizca de dignidad o de madurez. Pero ya era absolutamente insuficiente, aunque no me imaginaba en lo que iba a terminar convirtiéndose mi vida a partir de ese instante…

(Continuará)

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