DEVA NANDINY

Contarle a mi marido que acababa de follar con el amigo de mi hijo, que tan solo tiene dieciocho años, y al que conocía desde que iba a la guardería con Carlos, no era nada fácil.

Por mucho que excite imaginarlo puedo asegurar que, para una madre, por una mente muy liberal y abierta que esta tenga, como en mi caso, es bastante complicado de aceptar.

Por suerte, tanto mi marido como yo aún nos manteníamos en ese momento con un alto grado de excitación. Precisamente ese álgido estado, nos haría ver las cosas de otra forma, con otra pátina mucho más transigente y tolerante, hacía lo que yo había hecho.

Pero también era consciente de que cuando me bajara de la nube en la que todavía me encontraba, me invadirían unos enormes sentimientos de culpa y arrepentimiento. Estaba completamente segura, de que más pronto que tarde llegaría un día que me tendría que arrepentir por haber llegado tan lejos con el chico.

Sin embargo, tal como había hecho siempre a lo largo de mi vida, mi intención era disfrutar todo lo que pudiera del presente.

Reconozco, que esos momentos que estaba esperando la llegada de Enrique, tenía miedo a la reacción de mi marido. Mi objetivo era explicarle todo, intentándolo llevar al máximo grado de excitación posible. Sabía que cuanto más cachondo consiguiera ponerlo, mejor aceptaría el hecho, de haberme acostado con alguien tan cercano y tan joven para nosotros.

Era totalmente consciente, de que haberme follado al muchacho, era mucho más fuerte, que cuando lo hacía con algún desconocido. Temía cierta crítica o censura por parte de Enrique, y más cuando llevaba planeando junto a mi marido, la forma en que tenía que hablarle al muchacho, para que entendiera de una vez, que entre él y yo no podría haber nunca ningún tipo de relación sexual ni afectiva.

Decidí dejar la lámpara de mi mesilla encendida, esperando recibir así a mi marido. Yo permanecería en la cama tumbada, completamente desnuda, únicamente con unos zapatos negros de tacón puestos. De la misma forma, que tan solo unos minutos antes me había dejado Iván antes de marcharse.

En ese momento escuché claramente como mi marido cerraba la puerta de la entrada de casa y, segundos después, pude distinguir sus pasos avanzando por el pasillo. Mi corazón se aceleró. Intenté mantenerme tranquila y serena, tal y como esperaba otras veces su llegada después de follar con otros hombres en nuestra cama.

Miré a la puerta del dormitorio, y me topé directamente con su mirada. Enrique permanecía apoyado en el marco, contemplando la escena y el lugar, donde previamente, un mocoso de dieciocho años se acaba de follar a su mujer.

La habitación permanecía totalmente revuelta mostrando un estado completamente caótico, mi ropa tirada por el suelo, la cama desecha, con las sábanas mojadas de mi propia excitación y de algunos de los restos de semen del chico.

Pero yo sabía que así era como le gustaba encontrarse a mi marido la estancia cuando yo estaba con otros hombres, lo menos contaminada posible. Siempre me recalcaba que no tocara nada.

Yo permanecí en silencio mirándole, intentando aparentar que es estaba feliz y relajada. Tal y como siempre me mostraba después de una buena ración de sexo. Sabía que él estaba observando cada detalle, intentando hacerse una idea exacta de todo lo acontecido unos minutos antes. Enrique es como un astuto sabueso que sabe leer cada minúsculo detalle. Pocas cosas son capaces de escapar a sus perspicaces ojos.

—¿Dónde están tus bragas? —preguntó rompiendo al fin el incómodo silencio.

—Ahora mismo en el bolsillo del chico —contesté con arrogancia, intentando disimular estar tranquila.

—¡Eres una puta! —estalló contra mí de forma rotunda y soez.

—Lo sé —respondí retándolo sin dejar de mirarlo a los ojos.

—Te has dejado follar por un crío, amigo de tu hijo y al que conoces desde que era pequeño —expresó con extrema dureza.

—Lo sé —volví a repetir—. No obstante, acabó de comprobar por mí misma que ya está bastante crecidito —añadí con chulería.

Por fin atravesó la puerta y se acercó donde yo estaba, sentándose al borde de la cama. Entonces se inclinó hacia mi cuerpo, y pude sentir su lengua chupándome los pechos.

—¿Dónde se ha corrido? —preguntó más escuetamente de lo que habitualmente se mostraba en estos casos.

—¡Aquí tienes mi cuerpo! —Exclamé entregándome a él—. Encuéntralo tú mismo. Sé que te encantan este tipo de juegos —expresé juguetona.

Entonces se acostó encima de mí, y comenzó a besarme la boca con una pasión casi enloquecida. Sentí como sus labios fueron recorriendo mi cara, mi cuello, bajando nuevamente hacia mis pechos, deteniéndose y recreándose sobre mis turgentes y duros pezones.

Sentí su cálida lengua bajando por mi ombligo, acariciando mis caderas. Oliéndome y chupándome. Buscando cualquier signo o rastro de sexo sobre mi cuerpo.

—Hueles como una perra en celo —comentó sin bajar el tono.

—¿A que quieres que huela? —pregunté riéndome—. Me acaban de follar —le recordé.

Noté como sus besos recorrían mis muslos, forzando con sus manos para que me abriera completamente de piernas, y le mostrara sin ningún pudor, mi sexo en todo su esplendor, totalmente abierto, y seguramente todavía un poco dilatado.

—Está enrojecido —dijo haciendo alusión a mi vagina.

—Eso es porque se lo han follado bien —respondí con media sonrisa.

—¿Se ha corrido en tu coño? —quiso saber, cambiando ya un poco el tono.

—Dímelo tú —respondí estremeciéndome de placer sabiendo lo que sucedería a continuación.

Entonces mi marido puso su cabeza entre mis muslos, y abriendo los labios de mi vagina, mirándola determinadamente como si la estuviera examinando. Solamente un instante después, pude sentir la punta de su lengua recorriendo cada milímetro de mi sexo.

—¡Ah…! —dejé escapar un corto suspiro, junto a una pequeña sacudida de placer.

Se mantuvo unos minutos deleitándose, comiendo mi rajita con verdadero entusiasmo y dedicación. Creo que nadie come el coño de una mujer con tanta pasión y fervor, como un cornudo consentidor, cuando una polla ajena acaba de follar a su mujer.

Pero siempre que me acaban de joder, a mi marido le gusta mantenerme casi al borde de un nuevo orgasmo. Le encanta dejarme así, a las puertas, al filo de llegar al clímax.

—Date la vuelta —me ordenó.

No respondí, simplemente obedecí. Ahora le tocaba a él disfrutar por tener una mujer tan puta como yo, deseosa siempre de acostarme con otros hombres, y después compartir mis aventuras con mi marido. Lo que pasaba ahora entre Enrique y yo, no dejaba de ser la otra parte del juego, tan excitante como la primera.

Me tumbé boca abajo, mostrándole así otra perspectiva de mi cuerpo.

—Te ha dado bien —declaró al mismo tiempo que sobaba mis exuberantes nalgas —Se notan todavía sus dedos sobre tu culo —añadió con rudeza.

—Tuve que pedirle que me diera fuerte —expliqué recordando en ese momento, los azotes que Iván me había propinado sobre mis cachetes.

Entonces noté como abría mis nalgas, como revisando si tenía dilatado el ano, queriendo averiguar si había mantenido sexo anal con el chico. Al comprobar que no, volvió a soltarlas, perdiendo el interés al instante por asomarse o disfrutar, de mi zona más privada. Entonces sentí el aliento de su boca sobre mi culo.

—Le gusta tu culo —manifestó sin dejar de lamer, pasando su ávida lengua por toda la extensión, donde un poco antes se había corrido Iván.

Permanecí callada dejándome chupar por mi marido. En ese momento decidí cerrar los ojos y comenzar a recordar y a relatar, el tórrido encuentro que había mantenido con el amigo de mi hijo.

—Me encanta como me besa. Me saben muy ricos sus labios —dije comenzándole a contar cada instante y cada detalle, cada sensación, cada mirada y cada gesto; las palabras, y los gemidos; le expliqué el placer, las sensaciones, el tacto, el olor. Le conté absolutamente todo.

Pero por muy clara y diáfana que presentara mi cita con el chico, Enrique siempre encontraba una pregunta nueva que hacer. Intentando continuamente profundizar en cada minúsculo detalle que, para cualquiera, puede pasar desapercibido, y en cambio para mi marido es sumamente importante.

Entonces escuché el sonido su bragueta, en ese momento recordé que seguía vestido. Había acudido a rastrear mi cuerpo con tanta necesidad y urgencia, que ni siquiera se había desprendido aún de la ropa.

Abrí mis piernas, deseosa y entregada a la vez, justo cuando noté su glande chocar contra la entrada de mi vagina. Dejando entrar la polla de mi marido, dentro del coño, que poco rato antes había sido penetrado y follado por la dura polla de Iván.

Los movimientos alocados y desbocados de mi esposo, me hacían indicar que estaba tremendamente excitado, casi a punto de correrse. Entonces decidí dar una última vuelta de tuerca para incrementar aún más la enorme excitación que sentía Enrique. Quería llevarlo al límite.

—¿Has visto que bien ha dejado Iván el coño de tu esposa? Bien folladito y usado, tal como a ti te gusta. Me ha dejado tan dilatada, que la tuya casi ni la siento—mentí, intentando ponerlo en el punto culminante, tal como a mi marido le gusta.

—¡Puta! ¡Eres una zorra! —Estalló justo en el momento que comenzó a descargar una copiosa y profusa corrida, producto de una larga y aguda excitación.

Después de correrse lo dejé permanecer en mi interior recostado sobre mi espalda unos minutos.

—Necesito una ducha —dije de pronto apremiándolo a que saliera de mi interior.

Cuando por fin me dejó libre, me quité los zapatos y me encaminé hacia el baño. Sintiendo un punzante dolor sobre mis senos.

«Iván se ha mostrado demasiado entusiasmado con ellos» recordé. «Tal vez tenga que enseñarle la próxima vez, la forma en la que se deben acariciar unos pechos».

Sentir el agua caliente sobre mi cuerpo, poco a poco me fue devolviendo a la realidad. Odiaba ese momento, y en un caso tan especial como este, incluso lo temía.

Pero un minuto más tarde, escuché como se abría la mampara de la ducha.

—Te quiero, Olivia —dijo mi marido abrazándome, cogiéndome desde atrás, mientras el agua caliente caía sobre nuestros cuerpos desnudos.

No obstante, Enrique es un hombre muy inteligente, nunca me canso de repetirlo, él sabía cuánto necesitaba en esos momentos, ese cálido y afectuoso abrazo.

—No sé qué me ha pasado —intenté disculparme por haber follado con el chico.

—No te arrepientas de algo que sabes que va a volver a pasar. Te conozco Olivia. Sé que no vas a poder evitar volverte a entregarte a él. No te tortures por ello, simplemente disfruta. Yo estaré aquí pase lo que pase.

Entonces me di la vuelta, buscando esconderme entre sus fuertes brazos. Necesitando absorber toda la seguridad que me aportaba, su apoyo y su amparo. En ese mágico momento, nuestras bocas se juntaron y comenzamos a besarnos, de una forma más afectuosa que pasional.

Los días siguientes son difíciles de describir. Permanecía cachonda, con ganas de volverme a entregar al chico. Pero otros momentos, sobre todo cuando veía a mi hijo, todo ese furor se transformaba en un enorme sentimiento de culpa. Jurándome a mi misma que no volvería a acostarme con Iván

Pocos días después no pude aguantar más, y estando trabajando en la oficina, llamé por teléfono a Iván

Había estado a punto de hacerlo los días previos. Infinidad de veces había buscado su nombre en la agenda, pero había conseguido vencer la tentación. Sin embargo, ese día no pude dominarme más. La verdad es que me moría de ganas por hablar con el chico. No había vuelto a saber de él, desde que abandonó mi cama.

A pesar de haber pasado algunos momentos de incómodos remordimientos, casi las veinticuatro horas del día permanecía cachonda. No podía evitarlo. Las imágenes de Iván, tocándome, besándome, follándome, corriéndose encima de mi culo, me volvían completamente loca.

Yo misma, cuando me estaba despidiendo del chico a la puerta de mi casa e intercambiamos nuestros números de teléfono, le pedí como condición, que no me llamara y que nunca me enviara mensajes. Con la amenaza, de que si lo hacía lo bloquearía al instante.

En realidad, no quería que el chico se obsesionara, y que me hiciera vivir una relación casi adolescente. Le puse la excusa de Enrique, asegurándole que el pobre era muy celoso, y que a veces me controlaba el teléfono móvil.

Sin embargo, ahora era yo la que me comportaba casi como una chiquilla. Con una necesidad alocada de volver a escuchar su voz.

—Olivia, que alegría —dijo nada más descolgar.

—¿Estás solo? —pregunté cautelosa antes de seguir hablando.

—Estoy tomando algo con Carlos y con Aitor, pero justo ahora estoy en el baño.

En ese momento me arrepentí de haber llamado, no me hacía ninguna gracia hablar por teléfono con él, estando mi hijo y otro de sus amigos tan cerca.

—¿Pasa algo? —me preguntó al ver que tardaba en responder.

—No, no te preocupes. Solamente quería saber que tal estabas, después de lo que nos pasó el jueves —comenté arrepintiéndome, previamente a que la última palabra saliera de mi boca.

—Pues la verdad es que estoy que ni me lo creo. Desde el jueves pasado vivo como en una nube. ¿Y tú cómo estás? —preguntó interesándose por mí.

—Bien. Bueno… a ratos. La verdad es que no lo sé. Es todo demasiado complicado Iván.

—¿Te arrepientes de algo? —preguntó en tono preocupado.

—Como te digo depende del momento. De lo que no me cabe duda, es que más pronto que tarde, terminaré por hacerlo.

—No te preocupes, te he prometido que seré muy discreto. Ni Carlos ni tu marido, tienen porque sospechar nada.

—Eso espero —expresé dejando escapar un suspiro al final.

—¿Qué llevas puesto? —preguntó cambiando drásticamente de tema.

—Una minifalda negra, y una camisa blanca. Estoy en la oficina —expliqué.

—¿Llevas ropa interior?

—Un tanga de color blanco. Sostén casi nunca llevo. Los odio.

—Ya me la has puesto dura —manifestó sin más preámbulo.

—Eso me gusta —no pude evitar decir

—¿Le habías sido infiel a Enrique alguna vez antes que conmigo?

—Cariño, eso nunca se le pregunta a una señora casada —le reprendí.

—Lo siento —intentó disculparse.

—No te preocupes. No quiero que pienses que me acuesto con cualquiera.

—No pretendía decir eso ¿Cuándo volveremos a vernos?

—El viernes como siempre en mi casa, cuando vengas a ver a mi hijo.

—Me refería a solas —declaró soltando una pequeña carcajada.

—¿Puedo saber para qué quieres verme a solas? —pregunté juguetona.

—Para follarte otra vez —declaró de forma tajante.

Yo lancé una fuerte carcajada. Me encanta mantener ese juego con mis amantes, y con Iván no era una excepción. En ese momento, me di cuenta que la mano que no sujetaba el móvil, estaba posicionada inconscientemente, como si tuviera vida propia, en medio de mis muslos, Me estaba poniendo cachonda. Mejor dicho, llevaba tremendamente excitada varios días.

—Tantas ganas tienes de volver a metérmela —pregunté cada vez más descarada.

—Olivia, te aseguro que no pienso en otra cosa

—¿Dónde quieres correrte, la próxima vez?

—En tu chocho —expresó totalmente convencido.

—¿En mi chochito? ¿Dentro o fuera? —pregunté muerta de ganas.

 —Dentro —confirmó—. ¿Tomas la píldora anticonceptiva? ¿Verdad? —se interesó

—¿Tienes miedo a dejarme embarazada? —interpelé riéndome.

—La verdad es que no me importaría —respondió seguro de sí mismo.

—¿De verdad que te gustaría dejarme preñada? —Dije retirando la tela del tanga hacia un lado. Y comenzando a tocarme.

—Me encantaría embarazarte —respondió.

—¿Eso te la pone dura? ¿Eh? —pregunté introduciendo un par de dedos en el interior de mi húmeda vagina.

—Vamos Iván, que llegamos tarde a tercera hora—escuché perfectamente decir a su lado, la voz aguda de mi hijo

—Un momento tío —gritó Iván respondiéndole—. Estoy hablando con mi hermana. Ir tirando, que ahora os adelanto por el camino —añadió intentándoselos quitar de encima.

Yo me quede petrificada. Escuchar la voz de mi hijo mientras me estaba masturbando, hablando por teléfono con su mejor amigo, me hizo aterrizar de golpe y bruscamente sobre la realidad.

—Olivia, te voy a tener que dejar. Es que tenemos que volver a clase de Álgebra Lineal. ¿Puedo verte luego a la tarde? —preguntó ansioso.

—No Iván. No tengo tiempo —intenté zanjar el tema.

—Aunque sea un segundo. Me gustaría poder verte un momento. Si quieres voy a buscarte al trabajo ¿A qué hora sales? —interpeló casi sin darme otra opción.

—Es que esta tarde cuando termine de trabajar, voy a ir al gimnasio. He quedado con una amiga allí —intenté disuadirlo.

—Bueno, pues te acompaño. Así por lo menos te veo unos minutos.

—¿Sabes dónde trabajo? —pregunté ya casi dando por hecho que pasaría a buscarme.

—Sí, me lo dijo hace tiempo Carlos cuando cambiaste de trabajo.

—Verás, un poco más adelante de la puerta principal, hay un Quiosco de prensa. Espérame allí a las siete. Dejaré que me acompañes, pero te irás antes de que lleguemos al gimnasio. Prométemelo —le exigí.

—Te lo prometo —declaró aceptando mi petición.

—Venga cielo, pues aprovecha la clase y luego nos vemos —contesté despidiéndome.

—Ciao, Olivia. Un beso —comentó justo antes de colgar.

«Estás completamente loca de remate, Olivia» pensé justo cuando dejaba el teléfono móvil sobre la mesa de mi escritorio.

Entonces saqué los dedos de dentro de mi vagina, y los examiné con cuidado, como queriendo comprobar mi grado de excitación. Estaban totalmente empapados. «¡Cachonda como una perra en celo!», exclamé interiormente regañándome.

Sin embargo, haber escuchado la voz de hijo me impedía de alguna forma seguir masturbándome. No obstante, había quedado con su amigo para unas horas más tarde. No iba a ser un encuentro sexual, pues yo me marcharía al gimnasio, y él simplemente me acompañaría los quince minutos aproximados de trayecto.

Aun así, le estaba echando leña al fuego en lugar de sofocar el incendio, que crecía cada vez de un modo más acuciado en el interior de mi propio sexo.

Entonces me saqué las bragas y las guardé en la mochila, en la que llevaba mi ropa de deporte.

Estaba segura de que la humedad acumulada en el diminuto tanga, no me dejaría olvidarme de Iván fácilmente. Impidiéndome concentrar en el importante trabajo que estaba desarrollando en esos momentos.

Recuerdo ese día cuando salí a comer con mis compañeros. Lucía, una compañera de la sección de Estrategia con la que había cogido bastante confianza, me comentó que llevaba un par de días que me notaba ausente.

—Llevo unos días que no duermo bien —intenté excusarme.

—Ayer por la tarde —comenzó explicándome—.  Me dio por revisar unas celdas sobre unos datos de hábitos de consumo. En ellas descubrí un par de errores tuyos, viendo de ti me extraño bastante. No dije nada, los edité y ya está. No pensaba ni tan siquiera mencionártelo, a todos nos pasan a veces esas cosas. Pero al notarte tan callada hoy… No has abierto la boca en toda la comida.

—Ando cansada. Te agradezco mucho tus correcciones Lucía. La verdad es que ayer no tuve un buen día. Procuraré revisar los datos antes de entregarlos a tu sección —intenté disculparme.

Pero la verdad, es que me preocupaba que mi obsesión por Iván afectara de alguna forma, a mi trabajo o a mi vida privada.

A pesar de ser consciente de ello, no podía evitarlo. La verdad es que me pasé la tarde mirando el reloj, deseando que llegaran las siete de la tarde para poder ver al chico.

Cuando por fin salí del edificio respiré aliviada al notar el aire de la calle. Necesitaba salir de esas cuatro paredes. Sin embargo, estaba nerviosa como una quinceañera en una primera cita. Cuando por fin iba a llegar al quiosco, lo advertí de frente.

Llevaba un pantalón de chándal y una camiseta blanca de manga corta muy ajustada, me recordó a mi hijo, él casi siempre acostumbraba a vestir de una manera parecida.

Entonces me vio, no fue capaz de esperar a que yo llegara hasta donde estaba él, me dio con la mano y vino corriendo saliendo a mi encuentro.

Al llegar a mi altura, como si fuéramos una pareja corriente, me dio un beso en los labios. Me encantó sentir su boca junto a la mía. Me deshacía cada vez que el chico me besaba. Sin embargo, fui yo la que acorté el beso. Estaba casi al lado de mi trabajo, y cualquier compañero que saliera, podría verme allí, en mitad de la calle comiéndome la boca con un chaval que podría ser mi hijo.

—¿Me echabas de menos? —me preguntó con una sonrisa.

—Sí, la verdad es que tenía muchas ganas de verte —respondí sinceramente, como hechizada por su bonita sonrisa.

—¿Quieres que te lleve la mochila? —se ofreció gentilmente.

—No pesa.

Entonces nos pusimos a caminar, marchando en dirección hasta el gimnasio. Pero Iván no dejaba de sorprenderme, y precisamente esa era una de las cualidades del chico que más me atraían. Su decisión para hacer las cosas.

De pronto me cogió por la cintura, llevándome agarrada. Al principio dudé, temía que algún conocido pudiera sorprenderme caminado de esa guisa por la calle. Sin embargo, me dejé llevar, pasando también mi brazo, rodeándolo por la cintura.

Un par de mujeres se me quedaron mirando sin ningún tipo de disimulo, como horrorizadas, que una mujer pudiera ir así por la calle, agarrada por un chico tan joven. Sin embargo, siempre me ha gustado llamar la atención. No pude evitar responder a su asombro, con una descarada sonrisa.

—Parecemos novios —dijo de repente el chico como si me leyera el pensamiento.

—Pero no lo somos, recuérdalo. Mi pareja es Enrique —expliqué.

—¿Entonces que somos?

—Amantes —dije riéndome—. Creo que tampoco hay que etiquetarlo todo —añadí.

—Amantes —repitió para sí mismo —. No suena mal, sin embargo, yo te siento como si fueras mi novia.

—Cielo, si fuera tu novia me tendrías en exclusividad para ti, y recuerda que no es el caso. Además, quiero que me prometas una cosa —comenté elevando un poco el tono.

—¿Qué tengo que prometerte? —preguntó un tanto desconfiado.

—Quiero que nunca dejes de estar con una chica por mí, y que no renunciarás a echarte novia por estar conmigo

—¿Me dejarías si tuviera novia?

—Por supuesto que no. Sin embargo, no quiero que dejes de vivir experiencias porque tú y yo nos acostemos alguna vez —traté de hacerle comprender.

—¿De verdad que no te molestaría saber que estoy con otras chicas?

—Te lo prometo, en ese sentido no soy nada posesiva.

Él hizo un gesto como si no entendiera del todo lo que le estaba diciendo, como si por el hecho, de que no me incomodara que él estuviera con otras chicas, nuestra relación fuera menos importante para mí.

—Creo que la relación que tú y yo tenemos puede aportarnos a ambos momentos deliciosos. Pero tiene que ser una experiencia positiva, que sume. Podemos vivir todo esto con intensidad, sin obsesionarnos. Simplemente disfrutando del momento. Sin dejar de hacer otras cosas, porque si dejáramos de hacerlas, en realidad esta relación estaría restando. Prométemelo, Iván —dije deteniéndome un momento.

—Está bien, te lo prometo. Follaré con otras chicas, si es eso lo que quieres
—contestó en un tono poco convincente.

Verlo así de vulnerable me sobrecogió. Entonces hice lo que llevaba días deseando hacer, lo agarré y comencé a besarlo con verdadera pasión,

Allí, en mitad de la avenida con gente pasando a nuestro alrededor. Metí mi lengua en su boca buscando la suya, que salió hambrienta y juguetona al encuentro de la mía, Besé sus labios, como queriendo robar toda su humedad, toda su esencia masculina.

En ese momento él me agarró por el culo, seguramente llevado por la situación, olvidándose en realidad que estábamos parados en medio de la calle.

Cerré los ojos y decidí olvidarme de donde estábamos, disfrutando así, de ese maravilloso instante. En ese momento no escuchaba el ruido del tráfico, ni oía las voces de los transeúntes que pasaban a nuestro lado. Durante unos segundos, solo podía sentir la lengua y los labios del chico, su mano pegada, agarrándome fuerte y decididamente por el culo. También podía notar el marcado bulto de su entrepierna, pegado y casi restregándose contra mi sexo.

Estaba totalmente cachonda y entregada al muchacho, sin importarme que alguien pudiera reconocerme, sin dar importancia al hecho, de que seguramente estábamos llamando escandalosamente la atención, parados, de pies en medio de la acera, besándonos con deseo, rozando nuestros cuerpos.

Tuve que contenerme para no meter la mano debajo del pantalón del chándal del chico, hubiera matado por tocar esa polla que tanto deseaba, y que sabía perfectamente que estaba erecta y dura como una piedra.

Entonces comencé a notar mis muslos húmedos, por ellos descendían verticalmente abundantes fluidos vaginales procedentes de mi ardiente sexo. Eso me hizo recordar que no llevaba bragas, que las tenía guardadas en la mochila, porque me las había tenido que quitar unas horas antes en el trabajo, obligada por estar tan excitada por el chico.

—Me pongo demasiado cachonda contigo —dije apartándome del muchacho con todo el dolor de mi corazón

—Pero eso es bueno ¿No? —dijo sonriendo.

—Es bueno, pero también es malo. Sé de sobra que este tipo de atracción, puede llevar a obsesionarme, y a perder un poco el control de todo —respondí sincerándome, comenzando a tener verdadero pavor por lo que estaba comenzando a sentir por él.

—Yo también me pongo muy cachondo. Mira cómo me la has puesto —expresó indicándome el enorme bulto que se dibujaba debajo de sus pantalones.

—¡Vámonos anda! Ya hemos dado el espectáculo suficiente aquí. La verdad es que te follaría ahora mismo si pudiera —manifesté mientras lo agarraba de la mano y comenzábamos a andar.

—Me estoy acordando de Aitor —comentó Iván, nombrando a otro amigo de mi hijo.

—¿Qué pasa con Aitor? —pregunté extrañada de que me hablara de él, justo en esos momentos.

—A veces cuando hablábamos de ti, de lo buena que estás, y esas cosas. Él siempre me dice que tienes pinta de ser una buena cachonda. Creo que tiene razón —comentó riéndose.

Yo lancé una estruendosa carcajada. Lejos de molestarme o de sentirme agraviada, la sinceridad de Iván me gustaba. Además, en el fondo me sentía alagada, de que los amigos de mi hijo, hicieran esos comentarios, encontrándome atractiva y deseable.

—¿Piensas que Aitor tiene razón? ¿Crees que soy una cachonda? —pregunté sin dejar de reírme.

—Opino que sí —respondió en tono de broma—. El jueves pasado, cuando te estaba comiendo el coño y te corriste, me quedé impresionado.

—¿Te asombró de que me corriera con tu lengua y con los dedos? —pregunté pensando, que quizá se debía, a que yo misma le había pedido que me metiera los dedos al mismo tiempo que me comía el clítoris.

—No, no fue eso lo que me dejo flipando. Fue sobre todo tu forma de gemir, la forma en la que temblaban tus piernas, escuchar tu respiración tan agitada. Pensé que eso solo pasaba en las películas porno, donde las mujeres fingen el orgasmo. La intensidad con la que te corres me dejó alucinando.

—Sé que soy algo escandalosa —dije un poco avergonzada—. Pero no puedo evitarlo. Cuando alcanzo el orgasmo es como si flotara, como si me saliera del cuerpo. Supongo que cada persona exteriorizaremos las cosas de un modo diferente. Hay quien se ríe a carcajadas, y en cambio, otras personas únicamente son capaces de sonreír, o como el que se desahoga lamentándose por algo, y luego está el que necesita llorar a lágrima viva. Las sensaciones y los sentimientos, los expresamos de una forma personalizada —intenté explicarle.

Cien metros antes de llegar al gimnasio me detuve. No quería que me acompañara hasta la puerta. Llevaba años yendo al mismo centro deportivo, y había mucha gente que me conocía. Además, mi marido también es cliente del local y tiene algunos amigos allí.

—Dame un beso —le pedí, apoyándolo contra la pared del edificio contiguo —Tenemos que despedirnos aquí —indiqué.

—¿No quieres que te vean tus amigas conmigo? —preguntó sonriendo

—Has acertado. No quiero que me acusen de ser una asalta cunas —bromeé.

—¿Y me vas a dejar así? —dijo palpándose el bulto de su entrepierna.

—Yo también estoy cachonda, pero es lo que hay… —respondí encogiéndome de hombros

—¿Cuándo crees que podremos volver a estar juntos? —preguntó.

—No lo sé cielo, este jueves no lo creo. Aunque Carlos vaya a clases de guitarra me da miedo que Javi —comenté aludiendo a mi hijo pequeño—. Pueda venir a casa de improvisto y nos pille. Con él nunca se sabe. Opino que lo mejor será vernos el siguiente jueves. Durante la quincena, en la que mis hijos están con su padre.

Entonces nos fundimos en un último beso, pese a sentirme incómoda por la situación, al estar tan cerca del gimnasio y que algún conocido pudiera descubrirnos. Abrí un momento los ojos, y miré de izquierda a derecha, comprobando que en ese momento no había nadie observándonos. Entonces no pude resistir en meter la mano a través de la goma del chándal del muchacho.

Necesitaba tocársela. Conseguí sortear el elástico de sus calzoncillos, y por fi pude notar el calor de su verga en la punta de mis dedos. Estaba dura y caliente.

No hay nada en este mundo más hermoso para mí, que tener toda la potencia y la virilidad de un hombre en la palma de la mano. Entonces lo agarré por los testículos, tensando mi mano sobre ellos, apretando un poco, sin llegar hacerle daño

—De quien es esta polla y estos huevos? —le pregunté

Él me miró a la cara extrañado, como si no se esperara para nada ese tipo de reacción por mi parte. Entonces me sonrió siguiéndome el juego.

—Tuya. Es solo tuya —dijo volviéndose hacia mí, en busca de mis labios.

Seguimos besándonos sin que yo sacara la mano de su entrepierna. Estoy segura de que, si él hubiera insistido un poco, no hubiera ido esa tarde al gimnasio, marchándome con Iván a cualquier hotel cercano.

Estaba caliente, deseosa del chico, casi hambrienta de él. Le hubiera entregado todo lo que en ese momento me hubiera pedido, mi boca, mis pechos, mi coño, mi culo…

Media hora después, mientras calentaba en la elíptica dentro del gimnasio, pensé en todo esto.

Verdaderamente se me estaba yendo la cabeza por el muchacho. Tenía que comportarme de una forma mucho más racional, ya no era una cría y no podía pedir que el muchacho se contuviera, si me veía que a mí de una forma tan desatada.

En ese momento decidí, que no le comentaría a Enrique que había estado con el chico esa tarde. No quería que él supiera que mi deseo hacia el muchacho, era tan incontrolable. Pensé que sería mejor disimular delante de mi marido, aparentando estar mucho más calmada.

Continuará

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