JUAN CARLOS VÁSQUEZ

Se despierta de repente. Ha pensado algo. Es un cuadro sin techo rodeado de paredes. Pero ahí no había nadie, ahí era la oscuridad total, debe de haber estado nublado. No insiste, vuelve a taparse con la sábana. Al sentir la fría brisa nocturna que entra por la ventana llega una deliberación.  Ojalá (vuelve a pensar) pudiera recobrar alguna idea atractiva, flotar hacia el aire, como llevado por suaves alas de plumas. Entre uno y otro pensamiento han pasado seis minutos.

Si tuviera una vela o linterna. Si alarga la mano y toca algo para sentir una presencia; pero y si entonces se desvaneciera. Esto le asustaría, esto le llevaría al horror más absoluto. Experimenta el miedo.

¿Cuándo por fin algo será lo que dice ser? Las evocaciones se mezclaban con los mareos. Ninguna respuesta. Ninguna reacción que materialice una seña.

Y se acordó cuando le preguntaba algo, y ella respondía: «No lo sé. Que se yo. Se me ha olvidado» o «no tengo la más mínima idea». Tenía la cara afilada —ojos grandes—, cara de gato siamés. Fue su última alternativa para encontrar un concepto que nunca encontró. Aquella vez, se despidió sin más de la vida en pareja y se fue.

Debería levantarse de la cama, pero se pregunta, ¿y para qué? Debe ducharse, pero se pregunta, ¿y para qué? Debe comer, pero se pregunta, ¿y para qué…?, debe hacer tantas cosas.

¿Cuántos días habían pasado?

Ya su cuerpo estaba quemando la glucosa, descomponiendo moléculas de glucógeno.

Era un largo proceso y quería aligerarlo yendo a la cocina por un cuchillo, pero ya no tenía fuerzas.

Por momentos desconectaba de la realidad, y tenía serias dudas sobre su capacidad para tomar decisiones cuando entraba en un estado de sopor mucho más profundo. Las horas se volvían cruciales. De repente escucho el timbre y el teléfono suena.

Quería hidratarse, quería abrir la puerta, contestar el teléfono, pero lo llevarían al hospital para colocarle una vía intravenosa, o cualquier otra medida de soporte vital, invasiva, arruinando todo el camino avanzado hasta la muerte. Inesperadamente hizo un recordatorio y detalló el conejo que le regalaron el día de cumpleaños (lo pintó de rojo para encerrarlo en una jaula); un barco; la mujer vestida de novia que aparecía en la puerta de la habitación. Y paró.

Razono fría y desapasionadamente. Sintió como todo estaba cuesta abajo. El cuerpo empezó la fase de auto canibalismo interno. Sin nada en el estómago y con toda la grasa quemada se estaban acabando las proteínas finales.  Bajo un agotamiento muscular, las células comenzaron a descomponer sus propias proteínas en aminoácidos y el cerebro a devorarlas. En la fase final veía como el espacio en forma de círculo se cerraba hasta oscurecer todo lo que había alrededor. Vio aproximarse la libertad, como si hubiese estado comprimido dentro de algún lugar y de repente hubiese salido violentamente hacía afuera, pero antes de ambular en la mente del bardo, surgió un golpe y una voz, que le impidió emprender el viaje. Con un esfuerzo inaudito logró levantar la cabeza, entreabrir los ojos y ver la puerta rota.

© Juan Carlos Vásquez

https://bit.ly/juancarlosvasquez

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