MOISÉS ESTÉVEZ
Comenzó a llover justo cuando llegaba a su apartamento y tras
comprobar el contenido del buzón de correos en el vestíbulo del edificio subió
por las escaleras, fiel a su bienintencionada proposición, de esas que se hacen
a primeros de cada año, y que se dejan de cumplir en menos que canta un
gallo. Intentaba suplir la falta de ejercicio físico con un sube y baja de
escalones en la medida de lo posible.
Lo primero, soltar la correspondencia, las llaves, su arma y su iPhone en
la consola de abedul que tenía en la entrada para tales cosas, lo segundo,
poner La Melita, lo tercero, sentarse a ojear el informe, si, sentada mejor, sus
rodillas se lo pedían aún más que la parte cognitiva de su cerebro.
No le llevó demasiado, y apenas notó que el café subía, ya se había
cerciorado que el forense confirmaba lo que en un principio todo el mundo
creía, incluida ella: el escenario estaba completamente limpio, y por lo que se
refería al cadáver, a pesar de las atrocidades infligidas sobré él antes de que
muriera – múltiples contusiones en la cabeza provocaron su muerte – la ciencia
no hallaba ningún tipo de prueba o restos del supuesto asesino. La muerte se
produjo en otro lugar, lo que ayudaba al hecho de ‘la escena limpia’, y lo único
con lo que se contaba eran los trozos de cuerda que aquel animal había
utilizado para con Javier y que el forense lo quiso anotar al final. Bryan le
adelantó que ‘rastros’ estaba con ello y que la llamaría si obtenían algo
reseñable, un hilo del que tirar.
Al igual que con respecto a ese flujo de información recíproca que
mantenían exinspectora y departamento de policía, en lo concerniente a que el
jefe estuviera siempre y en todo momento al tanto, nuestra investigadora hizo
lo propio con lo ocurrido en el apartamento de Javier cuando fue agredida el
día que estuvo echando un vistazo, informando de lo que pasó a su colega. No
quería que aquel encontronazo, además, supusiera un inconveniente para ella
en particular y para el resto de investigadores en general, en lo referente al
caso.

  • ¡Joder! eso no me preocupa. Por supuesto que Gregson está al tanto
    de lo nuestro. Lo que me inquieta es que podían haberte matado. Seguro que
    era el asesino que había vuelto al lugar sin imaginar que tú podías estar allí.
    ¿Pudiste verle la cara en algún momento? –
  • No. Me dejó inconsciente con un fuerte golpe por detrás, en la cabeza.
    Nada grave. –
  • ¡Joder! –

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