MUSA

Daisy

Abril de 2018 Octubre 2018

La primera dificultad con que me encontré al hacerme cargo de la fábrica, tras la repentina muerte de mi padre, fue la falta de organización. La fábrica se había asentado sobre una limitada línea de productos de gran contenido artesanal, que después de tantos años de producción, los veteranos empleados conocían de memoria.

Tanto las maderas como los accesorios, se reponían a ojos vista del encargado del sector y en cantidad suficiente para que no escasearan. Cuando el encargado consideraba que era necesario, avisaba al sector de compras y se reponía con el proveedor habitual, sin consulta de opciones o precios.

La experiencia del personal, la ayuda y colaboración de los veteranos, sumada a la actitud leal e incondicional de José, me permitieron llevar la empresa adelante y terminar la carrera. pero  años después, a pesar de mi dedicación exclusiva casi rayana en la obsesión por el trabajo, el desorden seguía vigente. Decidí tomar el toro por los cuernos y encarar el problema, si seguíamos trabajando de esa forma sería imposible incrementar la línea de productos y hacer crecer la empresa.

Tratar de organizar en grandes bases de datos toda la información, requería como primer paso informatizar la operación, colocando terminales en todas las áreas afectadas. Si bien la empresa disponía del capital necesario para la tarea, debía ponerme a la búsqueda de un profesional que lo organice y lo atienda.

Increíblemente, como si alguien me hubiera leído la mente, una mañana apareció Daisy por la empresa ofreciendo sus servicios. Una choni desenfadada, de piel blanca como la nieve, pelo platinado peinado en una gran trenza y ojos color cielo, vestida con un jardinero amplio, cuyo peto apenas alcanzaba a cubrir sus grandes tetas sueltas bajo una camiseta de tirantes, que por su amplias sisas, mostraban gran parte de su anatomía. 

Me cayó bien de entrada, poco dada a florituras en el lenguaje o a darle demasiadas vueltas a la cosa objeto de discusión, iba al grano sin perderse en trabas innecesarias. Bastó que José la  llevara a un recorrido por las diferentes secciones de la fábrica y la dejara hablando con los responsables de cada área que se perdían tartamudeando en su tetamen, para que la muchacha se hiciera una idea de lo que necesitábamos. 

Nada más volver a mi oficina y aprovechando mi ausencia temporal del lugar, se sentó en mi escritorio sin pedir mi permiso y desbloqueando mi ordenador, me hizo un listado detallado de todo el material necesario y donde conseguirlo al mejor precio, sin necesidad de mi intervención y sin importarle que la observaba divertido desde el sillón de las visitas.

Terminado su trabajo lo mandó a imprimir, lo compaginó y revisando los cajones, cogió una engrapadora y lo encarpetó. Finalmente me entregó el presupuesto en mano haciendo una reverencia, provocándome una carcajada.

  • Vaya, ha valido la pena la payasada.
  • ¿Por qué lo dices?
  • Porque a tu edad no te puedes permitir vivir hundido, la vida es demasiado corta y finita y tu destino está marcado, tienes muchas cosas por hacer y sonreír es una de ellas.
  • ¿Y cómo puedes saber tú, cómo me siento?
  • Yo sé muchas más cosas de las que imaginas y veo en tus ojos que has perdido mucho, pero tienes más por ganar. Alguien se ha equivocado contigo y yo vengo a  arreglar eso, eres una buena persona.

Me causó gracia su mensaje ostentoso y decidí pincharla.

  • ¿Eso también lo sabes por mis ojos?
  • Eso lo sé por tu actitud, otro me hubiera sacado a las patadas por mi atrevimiento al ocupar su escritorio, en cambio tú te has sonreído y me has dejado hacer mi trabajo, a pesar de que intrusé tu lugar y hackeé tu ordenador.
  • Veo que mi clave no era muy segura.
  • Como me digas que esa clave la has puesto tú, renuncio en forma indeclinable. Ja, ja, ja.
  • ¿Renunciar? Si todavía no te he contratado.
  • Eso ya lo he hecho yo.

Y me mostró todos los formularios de hacienda completos y el alta en la seguridad social con contrato permanente.

De esa forma desenfadada entró Daisy en mi vida. Verla tan optimista, tan dedicada a su tarea, me fue sacando de mi pozo de oscuridad y escucharla putear como un camionero cada vez que algo no salía bien, le hizo ganar la simpatía y el respeto de sus compañeros. 

Solo me puso una condición para aceptar seguir con nosotros, dejar que siga atendiendo el negocio que llevaba adelante con un colega amigo suyo de la infancia, sin hacer pregunta alguna sobre el tema. 

Debido a ello, de vez en cuando se marcharía sin dar explicaciones o  emprenderia  viajes de algunos días sin previo aviso, pero comprometiéndose a tener controlado siempre de forma remota el equipo instalado.

Después de seis meses de arduo trabajo, todas las terminales estaban operativas y solo quedaba cargarles el software de red, instruir al personal para la carga de datos y contratar a los encargados de la digitalización de la producción. 

Como estábamos en plena primavera, se avecinaba un fin de semana largo y el tiempo se presentaba propicio, Carmen me invitó a festejarlo pasando el feriado en un chalet de la costa perteneciente a su familia.

Partimos el viernes por la tarde directamente desde la fábrica y llegamos a la casa un par de horas después. Un chalet típico de la zona en medio de una zona boscosa a doscientos metros de la playa.

Nos recibió el cuidador, nos dió la llave y pasamos a dejar los bultos, asearnos un poco y vestidos como estábamos con la ropa de la jornada laboral, nos acercamos al pequeño centro a degustar una cena liviana y un par de tragos en un pub de la costa marítima.

Al volver a la casa, dejamos todo sin desembalar, me indicó mi lugar en  la habitación de invitados y ella se ubicó en el dormitorio de sus padres. No hubo tiempo para más, estábamos muy cansados.

Al día siguiente, fiel a mi costumbre, me levanté procurando no hacer ruido y a las seis de la mañana ya estaba corriendo por la playa. Hecho el recorrido, me detuve en un chiringuito de pescadores a tomar un jugo de naranja, para a continuación pasar a elongar y estirar los músculos en unos aparatos de hierro puestos para los turistas.

Al regresar a la casa me sorprendió el aroma a café y tostadas proveniente de la cocina, donde una exuberante Daisy, luciendo un escueto delantal sobre un bikini de infarto preparaba el desayuno.

  • Buenos días bella durmiente, me ducho y estoy contigo.
  • Buenos días culo inquieto, bien que lo necesitas. Apestas

Y así entre risas desayunamos juntos en medio de  pullas. Lavé los platos mientras ella preparaba la vianda y partimos rumbo a la playa, donde nos ubicamos en unas tumbonas bajo una sombrilla en un rincón apartado. A pesar del buen clima y el feriado, eran pocos los turistas que nos acompañaban en ese temprano feriado de Octubre.

Cuando Daisy se despojó del pareo que la cubría de cuerpo entero, quedando solo con unas mínimas bragas exhibiendo su portentoso físico y empezó a encremarse, quedé sin habla. Parecía la perfección de una mujer hecha para el amor. 

Curvas sugerentes que remarcaban una caderas poderosas, una cintura pequeña y un par de tetas erguidas que desafiaban la gravedad. La mama derecha ostentaba el tatuaje de una rosa roja, cuyo tallo, naciendo desde el ombligo, rodeaba el contorno del seno cubriéndolo pudoroso con tres delicadas hojas verdes.

A su lado, la imagen de mi gran cuerpo peludo y musculado parecía una ofensa a la naturaleza. Tomé la crema que me ofrecía y comencé a aplicarme protección sin percatarme, hasta que escuché sus risas, que me estaba pidiendo que le encreme la espalda.

Pidiéndole disculpas por mi torpeza, le pedí que se eche sobre la tumbona y me dediqué a la tarea con manos temblorosas, tratando de no excederme en las confianzas. Al llegar a sus posaderas pude apreciar dos tatuajes atrevidos contra los curiosos. Dos ojos pícaros, uno abierto y otro haciendo un guiño, ubicados en la parte superior de sus poderosos glúteos izquierdo y derecho respectivamente, sugerían al observador un provocador…

  •  *¿Te gusta lo que ves?*

Sentir sus manos en la devolución de atenciones me puso los pelos de punta. Cuando finalizó, buscando no empalmarme, me quedé boca abajo hasta normalizar la respiración. El día fue transcurriendo ameno en una creciente complicidad, alternando entre largas charlas en las tumbonas tomando sol y breves baños de mar para refrescar la piel, ya que el agua estaba muy fría.

Al caer la tarde regresamos a la casa y luego de tomar una ducha nos preparamos para salir. Verla bajar enfundada en un escueto vestido de noche fué más excitante que verla semidesnuda en la playa.

Cenamos en un discreto restaurante de una ciudad vecina a tiro de caminata y terminamos la velada tomando una copa en el reservado de un pub. Las horas en su compañía transcurrían plácidas y encontramos que teníamos muchos mas temas en común que diferencias. 

Regresamos en silencio, caminando por la playa tomados por la cintura. Sumidos en nuestras propias dudas, entramos a la casa y nos despedimos en la puerta de su habitación con un cálido beso en la mejilla. Al intentar marchar hacia mi habitación me retuvo la mano.

  • ¿Estás segura de esto?
  • No… para nada, es más…no debería, pero no puedo evitarlo. Si me juras no enamorarte podemos intentarlo.

Sin contestarle me perdí en su boca y levantándola en mis brazos, tomada bajo las nalgas sin despegar mis labios de los suyos, la deposité junto a su cama donde nos desnudamos mutuamente, trenzados en la furiosa esgrima de nuestras lenguas peleadoras.

Caímos sobre la cama y recorrí su cuerpo saboreando cada centímetro de su piel, hasta lograr sumergirme en la ácida hondonada de su entrepierna ansiosa, escuchando sus lastimeras quejas de mujer herida. 

Saboree su esencia mientras mis manos se afanaban en abarcar sus cumbres y en su explosión final, erguí mi cuerpo y penetré la rendida fortaleza después de empotrarla contra el colchón tomada de sus corvas.

Desmadejada sobre mi cuello, la recosté suavemente cruzada en la cama y reinicié la tarea arrodillado en el piso y amorrado entre sus piernas. En el límite de sus orgásmica locura me tomó de los pelos, me obligó a trepar por su cuerpo y al quedar a su altura me volteó con un golpe de caderas para poder montarse sobre mi falo.

Tengo grabada a fuego su expresión salvaje mientras me arrastraba a un abismo al que no tardamos en caer juntos, para perecer saciados en el lascivo sueño del orgásmico final.

Amanecimos saciados de sexo y satisfechos por el encuentro, seguros de ese presente y sin hablar de pasiones futuras. Preparamos el desayuno juntos con la complicidad de viejos amigos y repetimos la jornada sin agobios de exigencia, ni las mieles de los enamorados.

Al llegar la noche nos pusimos elegantes, fuimos a cenar pastas a un italiano de la costanera vecina y repetimos los tragos en el reservado del pub sobre la playa. 

Apoltronados en un cómodo sillón le hablé de mi vida y del iluso amor de infancia arrebatado, le confesé mis pérdidas y mis frustraciones y en la confianza del descubrimiento compartido quise saber de su vida. Sus desapariciones repentinas que otrora me intrigaban ahora me producían una profunda desazón.

En la ilusa sensación de una confianza simétrica, con la carga de mi alma liberada, quise llenar los espacios vacíos compartiendo sus sombras y tristezas. 

Pregunté lo que había jurado no preguntar. Buscando comprender qué era lo que de ella me inquietaba, le pedí que me hable de su colega y de su otra actividad, momento en el que se cerró completamente y me pidió que volviéramos a la casa.

La caminata de retorno se volvió tensa, no pude sacarle mas palabras. Nos despedimos hasta el otro día con un beso en la mejilla y entramos a nuestros dormitorios en silencio. Algo se había roto en la noche y ya no tenía arreglo.

Por la mañana repetí mi rutina, con la diferencia de  que al volver de mi actividad, Daisy me estaba esperando ya vestida y con el bolso preparado. Después de la ducha y negarme a desayunar, partimos de regreso. El lunes no apareció por la oficina.

Sintiéndome culpable por haberme inmiscuido en su vida privada, a pesar de su pedido expreso de dejarle libertad en su actividad particular, creí pertinente pedirle disculpas y solicitarle que retorne a completar el trabajo. La necesitaba cerca mío aunque no me hablara y el futuro de la empresa estaba ligado a su tarea.

Revisando la carga de datos de sus referencias personales, pude verificar que fijó su residencia en una casa quinta de la periferia.

El sábado a primera hora, tomé la camioneta de la fábrica y me presenté en el lugar, que resultó ser una residencia de lujo en un barrio de casa quintas y me presenté a la extraña asistente que salió a mi  encuentro, como un compañero de trabajo de Daisy, lo que me franqueó el acceso a la propiedad. 

Guiado por la etérea muchacha, accedimos al natatorio de la vivienda, presentándose ante mis ojos una imagen tan erótica, como dolorosa.

Daisy estaba echada boca abajo en una tumbona con los ojos cerrados, vestida solamente con un escueto tanga de hilo y sobre ella, sentado sobre sus muslos, un gigante rubio revivido de una escultura griega, le aplicaba crema en medio de sus ronroneos.

Cuando el rubio me vio paralizado ante la escena, esbozó una sonrisa enigmática y mirándome a los ojos, mordiéndose los labios de forma morbosa, concentró su tarea en los glúteos de Daisy, lo que aumentó el nivel de sus gemidos.

Ante mi parálisis, después de unos minutos pareció darse por satisfecho con el espectáculo y apiadándose de mí, en lugar de continuar su tarea hacia un desenlace previsible y doloroso para mi autoestima, se inclinó sobre su torso y le susurró al oído.

Daisy levantó la cabeza espantada. Cuando me vio, se deshizo de su ocasional Romeo como si tuviera la peste y cubriéndose malamente con una toalla se dirigió a mi encuentro en forma apresurada. 

Solo alcancé a escuchar algo sobre su colega, antes de salir disparado sintiéndome el hombre más ridículo sobre el planeta. Para mi sorpresa, el lunes retomó sus tareas como si nada hubiera pasado.

Los días que siguieron fueron raros, yo me sentía traicionado sin motivo alguno. Le había jurado no enamorarme para poder enrollarme esa noche, pero había resultado imposible no pensar en que nos unía algún vínculo más allá del trabajo.

Nos evitamos todo lo posible, podía entender porque había desaparecido, pero el que hubiera retornado me llenaba de zozobra. No quería hacerme esperanzas después de lo que había visto, había comprendido que tenía una vida fuera de esas paredes y yo no era quien para entrometerme.

Finalmente llegó el momento de elegir el software de red y los programas a cargar para empezar la capacitación y no tuve más remedio que reunirme con ella. La hice partícipe de mis ideas y elegimos los mejores productos en Cad y base de datos que se adaptaran a mis pretensiones y de paso decidimos comprar también un paquete de gestión para todo el manejo administrativo y contable de la empresa. Finalmente acordamos el perfil del personal a incorporar para la digitalización.

Toda la conversación la mantuvimos sin mirarnos a los ojos y con una tensión ambiente que se palpaba por todo lo sucedido. Al finalizar, se levantó para marcharse, se acercó a la puerta y antes de abrirla disparó.

  • ¿Sabes por qué me fuí?
  • Imagino que porque rompí la promesa de no preguntarte sobre tu otra vida fuera de aquí.
  • En parte sí, pero mayormente porque no quería lastimarte, hay cosas de mí que nunca entenderías.
  • Ya me he dado cuenta.
  • ¿Y sabes por qué volví?
  • No y no llego a entenderlo.
  • Porque no terminé mi tarea y no quería que te quedes con la idea de que te había traicionado de alguna forma.
  • No niego que me sentí mal al verte con ese hombre, pero tú ya me habías advertido que no me ilusionara. Y después de lo que ví, sé que no tengo ninguna chance contigo. No te merezco.

Daisy se revolvió furiosa, se me vino encima, me tomó con sus puños engarfiados de mi camisa samarreándome y echando fuego por los ojos.

  • No quiero volver a escuchar eso de tu boca, más quisieran muchos tener los cojones que tú has tenido para enfrentar la vida…Si… No me mires así…Lo sé todo de tí… y eres mucho más hombre que todos los que he conocido en mi vid…

No la dejé terminar, me le fuí encima y le comí la boca. Como pude trabé la puerta de la oficina y desnudándonos a los manotones caímos sobre el sillón grande si dejar de besarnos. Le bajé el peto, le subí la camiseta y me prendí sediento a su pecho mientras le bajaba su holgado jardinero junto a sus bragas, recorrí su abdomen con mi boca y  llegué a la meta buscando apagar mi sed.

En medio de las convulsiones por su violento orgasmo, tiró de mis pelos y volvió a comerme la boca mientras buscaba afanosa liberar mi daga, cuando lo logró subió sus piernas a mis hombros y clavándome sus largas uñas en las nalgas me conminó a penetrarla, en una cópula feroz que nos llevó al paroxismo en cuestión de minutos.

Derrengado sobre el sillón, con ella cobijada en mis brazos noté que temblaba.

  • Esto no tendría que haber pasado, me he vuelto a equivocar, pero no lo puedo evitar, no estoy acostumbrada a esto. El solo hecho de pensar en no verte mas me desespera, pero sé que te voy a lastimar.
  • No sé qué es lo que sucede contigo, pero si confías en mí, juntos podremos salir adelante.
  • En tí confiaría mi vida si la tuviera, tu no lo comprendes, pero basta hablar con los que te rodean para saber la clase de hombre que eres y lo que puedes lograr. Es en mí en quien no confío. Debes encontar tu solo el camino y debo estar a tu lado hasta el día que ya no me necesites, es mi misión, pero cuando lo logres, te dejaré.  El día que sepas todo de mi, quizás me odies y no sé si podría tolerarlo. 

Con lágrimas en los ojos, se desprendió lentamente de mis brazos, se vistió en silencio y dejó la oficina después de darme un tierno beso en los labios.

  • Espero no te arrepientas de esto, no merezco tu cariño. No soy una buena persona y mi tarea es muy ingrata. Mejor dicho, ni siquiera soy una persona.

Abrió la puerta y se marchó. Desde ese día iniciamos una relación extraña, sin juramentos, fidelidad ni promesas, llena de fuego y ausencias. El tiempo diría pronto si nos habíamos equivocado.

Mientras tanto debía preparar la entrevista con Nuria. Daisy ya me había dado el visto bueno para la incorporación y Juanita tenía preparados los documentos, solo faltaba mi evaluación.

Llevaba varios años sin verla y  me sentía extrañamente inquieto. Era cierto que había querido mucho a esa niña y también lo era que me había defraudado profundamente.

Sin embargo, estaba dispuesto a ayudarla. A pesar de las tormentosas circunstancias, que se dieron en el tiempo que nuestros caminos coincidieron, se lo debía a Juana.

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