SILVIA ZALER & LOLA BARNON

2

La conversación

—¿Vas a salir?

Mi marido me miraba desde la puerta del cuarto de baño.

—Sí.

Mi respuesta fue algo seca. Seguramente, a consecuencia de la última discusión mantenida unas horas atrás. Si he de decir la verdad, no es que fuera una discusión, sino la concatenación de varias, cada cual un poco más subida de tono y de estupidez.

Mi marido es el dueño de una empresa que regenta varios restaurantes. Le va bastante bien y tiene muy buena vista para los negocios. Es listo, trabajador y todo lo honesto que se puede ser en un mundo donde existen infinidad de trampas y distracciones para el comensal. Él, en contra de muchos, se mostraba siempre íntegro y fiel a los principios de calidad y servicio. Es algo que valoro mucho de él.

Si dijera la verdad, no sé ni siquiera cómo empezó la discusión. Se que fue algo repetido, que venía de otras ocasiones en donde ambos nos enzarzábamos en querer demostrarnos que teníamos razón. Sin, muchas veces, importarnos qué era lo que había provocado que nos viéramos en esa situación. Era algo estúpidamente repetido y habitual.

Es verdad que trabajar de noche, o algunas noches, no ayuda. Mi marido tenía gente que le pudiera suplir y no era absolutamente necesaria su presencia. Pero él dice siempre que si no quiere tener disgustos con los empleados, lo mejor era estar al tanto del negocio. Se refería, sobre todo, a la calidad y el esmero con que él hacía las cosas. En la restauración, sobre todo, por el hecho de tener una caja con dinero constante y en el que entran y salen los billetes y órdenes de pago por tarjeta de crédito

El hecho era que, entre unas cosas y otras, llevaba varios días —no recuerdo si seguidos, pero sí continuados— yéndose al restaurante que más problemas le daba. El horario, por tanto, se convertía en algo bastante caótico. Sobre todo a la hora de las cenas, porque, además, se trataba de uno de los locales que en aquellos días más estaba de moda. Una actriz bastante conocida, en su Instagram, había subido varias fotos cenando un par de veces allí.

Eso provocó dos cosas. La afluencia de gente y algunos problemas de suministro y de servicio que mi marido tuvo que solventar con su presencia. O al menos, dirigir desde el sitio en cuestión, para que no se le escapara la oportunidad que aquella actriz, le había regalado.

Bueno, lo de regalado, es un decir, porque bien que se ocupó de recordárselo y pedirle, no solo dinero, sino cenar gratis cuantas veces quisiera. No recuerdo el trato que mi marido hizo con ella, pero sé que la actriz lo terminó incumpliendo. Entre otras cosas, porque se enrolló con un compañero de rodaje, dueño de un restaurante mejicano, de esos modernizados y con pretensiones de mucho glamour. Y claro, sus preferencias culinarias, cambiaron de repente en dirección a su nueva pareja.

El caso era que mi marido llevaba faltando varios días a cenar. Su humor, además, estaba afectado por el exceso de trabajo. Y, como colofón, una de sus asistentes no hacía otra cosa que insinuarse a mi marido. Hoy sé que no hizo nada, y que pasado un mes, incluso la despidió por meter la mano en la caja. Pero en ese momento, sumados todos los inconvenientes, problemas, tiranteces y mal humor, ambos estábamos enfadados. Y muy distantes el uno con el otro. Porque el cúmulo de enfados, roces y discusiones, había ido en aumento desde hacía un año. Ahora se trataba de el nuevo restaurante, pero hacía unos meses fue el servicio de catering. Y en primavera, la preparación de comuniones y bodas…

Aquí debo hacer un inciso importante. Nunca había sido infiel a mi marido. De novios, antes de formalizar relación como tales, sí era cierto que yo disfrutaba de un follamigo. Con el que cada dos o tres semanas, me acostaba. Pero, como digo, todavía no éramos novios en el sentido estricto de la palabra. Mi marido y yo nos veíamos, salíamos juntos, pero ni todos los días, ni siquiera todas las veces que ambos disfrutábamos de la noche madrileña siendo jóvenes. Una vez que nos convertimos en pareja formal, ya no hice nada más con aquel follamigo, ni con nadie.

—¿No decías que era yo el que no estaba nunca en casa? —me dijo con una pizca de sarcasmo, apoyado en el quicio de la puerta.

Me limité a mirarlo de forma irónica. Sí, era cierto. Y también que ese día, harta de que mi marido no me hiciera caso, trajera el mal humor a casa y saltara por cualquier excusa, estaba cansada.

—Es una cena de empresa —le dije terminando de retocarme los labios.

Sonrió. En el fondo era habitual que yo tuviera que irme alguna vez a cenar con un productor de cine, el autor de un libro y que, de esa forma, se gestionara un contrato de derechos audiovisuales. Pero, también, que yo prefería atar todo por el día. Sin copas, sin risas, sin los excesos que el mundo del cine tiene. Pero aquella vez fue diferente. Me apetecía salir a esa cena y, de esa forma, salir del ambiente agotador de mi casa.

—¿Llegarás tarde?

—No lo sé. Ya sabes cómo es esto de los actores, actrices y demás…

Lo dije con toda intención. Entre otras cosas, porque la actriz que hizo posible el que se pusiera de moda el local de mi marido, había salido con él en bastantes fotos. Y si hubiera sido en su Instagram, vale. Pero no pudo evitar que una revista de las del corazón sacara unas fotos de ella y mi marido. Nada comprometidas ni en actitudes equívocas. Tan solo hablando en una mesa con otros comensales, y riéndose. Aunque la prensa rosa y carroñera sabe cómo tocar las narices y provocar los rumores y cotilleos. Aquel, fue uno de ellos, e incluso salió en televisión.

Y debo confesar que no me gustó. No por los celos, que no me considero de ese tipo de mujeres. Ni siquiera porque no me enterara hasta que vi la revista en la consulta del médico de uno de nuestros hijos. Lo que más me molestó fue que mi marido disfrazara aquellas fotos de risas y compadreo, con una reunión seria y un trabajo duro. Que me dijera que todo era un fotograma de un momento dado, un instante que no tenía nada que ver con la verdadera realidad.

No digo que la foto no fuera tomada aprovechando un instante de distensión. Es muy posible. Pero también que no todo era un esfuerzo desmesurado por hacer que el restaurante funcionara bien. Y que, además, eran fotos de varios días, cuestión que sabía con certeza, por la ropa de mi marido.

—En vez de reírte tanto, podrías estar un poco más con tu mujer y tus hijos —le dije cuando le lancé la revista al sillón donde estaba sentado aquella tarde.

Si me hubiera pedido perdón o simplemente, explicado que en efecto, no todo era arduo trabajo, pero que también la situación requería hacer de relaciones públicas, no hubiera pasado nada. O sí, nunca se sabe…

—Como sé cómo es eso del cine, por eso te lo pregunto. ¿Llegarás tarde?

Miré a mi marido. Estaba con esa media sonrisa que mostraba un poco de cinismo, y que utilizaba cuando se cabreaba. Me molesté al verla.

—Sí. Creo que llegaré tarde. No creo que te importe. Te recuerdo que tú…

—Estaba trabajando —me cortó.

Aquello, sumado a la sonrisita, me terminó de cabrear.

—Yo también voy a trabajar.

—Es diferente.

—No. No lo es —dije de forma tajante, cerrando mi neceser y dándome el último toque a la melena—. De hecho, es casi lo mismo. Yo también debo sonreír a los actores, productores, directores, realizadores, a los autores, a mi jefe… Y lo voy a hacer, no te quepa duda. —Salí del cuarto de baño y sin girarme, ni decir nada más, me fui de casa a la cena

No sabía en ese momento, hasta dónde me iba a llevar aquella afirmación.

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3

El cuarto de baño

La cena, en sí, no fue demasiado divertida. Mi jefe, un hombre de unos cincuenta y bastantes años, chapado a la antigua, nos llevó a cenar a un lugar acorde a su imagen. Un sitio serio, sobrio y platos caros. El servicio, vestido con mandil, camisa y corbata, estaba continuamente atento a la mesa.

No puedo decir que fuera una mala cena, ni mucho menos, pero sí, algo aburrida. Tan solo a los postres, el autor, un conocido actor de unos treinta y pocos años, golfo y simpático, nos hizo reír con algunas de sus historias.

El trato estaba cerrado y tan solo quedaba que los abogados, ambos también presentes en la cena, pusieran por escrito todo lo hablado. No debía ser complicado y quedamos que, en un tres o cuatro días, lo tendríamos todo redactado y firmado. Nuestro abogado dijo que, sin duda, lo así sería. Se jugaba una buena iguala. El del actor, que también actuaba como letrado de la productora, propiedad también de su cliente, se hizo el interesante durante unos minutos. Pero ahí entré yo con nuestro as en la manga. Teníamos una oferta a la baja de otro autor con una historia que encajaba con lo que nos pedía la cadena. Y eso eran palabras mayores.

Cuando nos íbamos, decidimos que nos tomaríamos una copa en una discoteca cercana que propuso el mismo autor.

—Me conocen —nos aseguró con una sonrisa de dentífrico.

En efecto, entramos sin problema alguno y, enseguida, nos pasaron a un reservado. Era entre semana, un jueves, y por tanto, aunque no estaba lleno el local, si tenía un buen ambiente.

Yo, por una parte, estaba contenta con el resultado de la reunión y el trato alcanzado. Por otra, continuaba enfadada con mi marido. No tuve ni una sola llamada o mensaje de él. Y debo decir, que el actor, de nombre Alejandro, pero Axel como mote artístico, fue quien me animó con algunas bromas. En un momento dado, mi jefe dijo de irnos, así como los dos abogados y el representante del actor. Todos nos levantamos para marcharnos, yo incluida. Pero en el lapso de la despedida, una vez que todos se fueron en los taxis, él aduciendo que vivíamos cerca, me acompañó.

No lo vi mal y el taxi arrancó. Pero un par de minutos después, con desparpajo y seguridad, Axel le dijo al conductor que cambiara de rumbo.

—Nos lleva mejor a Xens —me dijo sonriendo—. Que como somos jóvenes y guapos nos vamos a tomar la penúltima.

—Yo me voy a casa —le dije negando con la cabeza, aunque con una pequeña sonrisa por su descaro y atrevimiento.

Axel era guapo. Joven, con pinta aniñada, pero de facciones bien delineadas. Quizás le faltaba un punto varonil, pero indudablemente, bastante atractivo. Todavía no era muy conocido, porque solo había trabajado en dos películas y de secundario, sin tener una presencia en pantalla significativa. Pero, en cambio, tenía una película y una serie a punto de estrenarse, ya con papeles mucho más importantes y significativos.

Su novela, a medias entre el drama y la comedia gamberra, iba a tener buenas ventas en cuanto su cara empezara a destacar en la pantalla. Y una vez hecho eso, la serie que íbamos a firmar, y de la cual los derechos nos pertenecían tras aquella cena, sería un éxito. No me cabía duda.

—¿Pero cómo se va a ir a casa un bellezón como tú? Imposible… Además, ha sido un coñazo de cena, Elsa. Si no es por ti me hubiera ido.

—No te creo.

—Te lo digo en serio. Cuando los abogados se ponían a hablar con tu jefe de todos esos detalles y aspectos legales —puso una mueca de hastío—, solo podía mirar tus piernas para poder aguantar.

Me reí y no puedo negar que me sentí halagada.

—Me voy a casa, Axel, que estoy cansada, de verdad.

—De eso nada. Te tomas la última conmigo. Luego, decides si te tomas otra o te vas.

—No puedo, en serio.

—Por favor.

Puso una cara parecida a la de un gatito abandonado y, entonces, cometí el mayor error de mi vida.

—Una. Después, me voy.

Empezó a reírse y a palmearse el muslo.

—¡Esa es mi chica! —exclamó, y volvió a darle la dirección al taxista.

Durante el trayecto fuimos hablando de cosas muy banales y sin importancia. Sin duda era un buen conversador. Con gracia y muy gestual, lo que le daba un plus de comicidad que me hacía reír.

Me tomé la primera copa con él y sentí el flirteo. No puedo decir que no me gustara. Por una parte, me hacía sentirme joven. Y, añadido a eso, sentía que era una especie de venganza absurda e infantil contra mi marido.

Lo cierto es que no pensé en ese momento en nada más. Pero hubo un momento, un algo, que hizo que todo cambiara. No puedo explicarlo, ni siquiera sé si en realidad fue un instante preciso o solo una consecuencia de todo.

—Ya no me entran más copas… —me dijo dando un trago largo a la que en ese momento tenía en la mano.

—Pues sí que aguantas poco —me reí, llevándome la mía a los labios.

No me quedaba mucho de ella, pero estaba en ese momento en que no quieres que la noche se termine y te es fácil caer en la tentación de pedirte una más.

—La verdad es que el alcohol no me gusta mucho… —continuó Axel—. A mí me deja matado… Me entra sueño y me pongo a decir tonterías. Pero eso no quita para que aún me quede mucha marcha, guapa. —Sonreía mientras me dio una leve caricia, con su dedo índice, en mi nariz.

No lo entendí en ese momento. Ni se me pasó por la cabeza, la verdad. Y durante un par de segundos nos quedamos en silencio. Yo, sin saber qué decir y dudando si era el momento para irme a casa. Una copa más, con seguridad, me haría bien, pero también significaría alargar la noche sin un motivo claro.

(continuará)

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