SIX

Volví a mirarla de arriba abajo mientras me agarraba la polla y la doblaba para meterla dentro de mis pantalones. Le eché una miradita de triunfo, dejándole claro que seguía con hambre. Por supuesto era un farol, estaba saciado, agotado, y no hubiera podido continuar de ninguna manera, pero tenía que dejar el listón en alto, no estaba dispuesto a mostrarle a Ana ninguna debilidad.

Ana había acabado conmigo, estaba rotísimo, aunque no acababa de comprender por qué aunque mi polla ya estaba deshinchada y flácida, continuaba con esa sensación cálida que me invadía todo el cuerpo, como si quisiera continuar jugando, pese a que ya no consiguiera hincharse.

La notaba palpitar dentro de mis pantalones, con un extraño hormigueo continuo muy placentero, aunque no iba a engañarme, no aguantaría otro asalto. Ana me había devorado, exprimido, y ordeñado hasta la última gota. Estaba exhausto, y aun así, mi cuerpo reclamaba más, más Ana, como si de una droga se tratase.

Como era posible? Me tenía totalmente enganchado a ella, como un yonki a su droga, yo acababa de hartarme de ella, y aún sabiendo que era imposible, quería más.

No quería separarme de ella, deseaba besarla de nuevo, abrazarla, sentir su olor otra vez, y que me envolviera su calor. Estaba enganchadísimo. No quería que aquello acabara, no quería darme cuenta del frio que hacía en aquel lugar, porque si miraba a mi alrededor, la magia se rompería y volvería a estar en el trabajo, no quería volver a aquella mierda de curro, volverían las movidas, la cola de entregas que me tenía esclavizado, el peso de la responsabilidad, las prisas, el estrés, todo.

No, necesitaba que aquello durara un poco más, pero sabía que el riesgo era muy alto, altísimo, si nos pillaban allí la íbamos a cagar tremendamente, pero es que no controlaba la atracción que ejercía Ana sobre mí y mi cuerpo.

Ella sonrió mientras se mordía los labios, sabiendo que me había descubierto comiéndomela con los ojos, mientras mi mente trataba de volver a la realidad sin que me doliera demasiado. Suspiró y se llevó una mano entre las piernas, acariciándose los labios de su coño con las yemas de los dedos, y los sacó brillando, empapados en una mezcla de fluidos blanquecinos.

-Hijo de puta…- Soltó con un suspiro. –Me está chorreando tu puta corrida!

Era cierto, Ana tenía un reguero de gotas alargadas blanquecinas que le corrían por los muslos hacia abajo. Aquella imagen destiló lo último que me quedaba de testosterona, me recordó todo lo que acabábamos de hacer, y me espabiló, haciendo que mi polla volviera a hincharse. Aunque quedó como un pneumatico deshinchado, el calor que emitía hacia todo mi cuerpo me embriagaba.

Como era posible? Me alucinaba la capacidad que tenía Ana de excitarme. Noté como mi polla empujaba contra el pantalón, aunque no con la potencia de antes. Palpitaba como un luchador que ha recibido un paliza, cansado pero orgulloso del combate porque había dado la talla. Sentía cada latido de mi corazón en la punta, con ese calor dulce que lo invadía todo. No, no podría con otro asalto, pero el semén que se resbalaba ahora por los muslos de Ana era mío, y eso bastaba para que ese otro yo, ese cabronazo que guardaba dentro, se sintiera orgulloso, y mi polla me lo hacía saber de aquella manera.

Simplemente me limité a sonreír orgulloso.

-No te rías cabronazo! Voy a ir goteando por ahí!- Se quejó haciendo un puchero gracioso.

A mí la situación me hacía mucha gracia. Imaginármela sentada arriba, apretando sus piernas todo lo posible para no gotear, todo el rato pendiente de su coño, quizás ruborizándose, nerviosa… Joder! Me estaba poniendo cachondo de nuevo!

Ana no me lo recriminaba cabreada, sino haciendo pucheros mimosos. Delatando a la niñita pija que tenía guardada en el fondo, aquella que antes me cabreaba con los mismos pucheros cuando quería conseguir algo en la oficina, y ahora esos mismos gestos de niña consentida me enamoraban, ahora eran para mí, y se me ponía muy dura solo con saber que era mía.

En el fondo sabía que a Ana aquello le iba a poner tan cachonda como a mí. Iba a estar todo el rato pendiente de su coño, teniendo que disimular entre sus compañeras. Sabiendo para sí, que estaba llena de semen, caliente, y recordando porqué. Todo aquello la iba a poner muy cachonda del mismo modo que le ocurría desde que la obligaba a ir sin ropa interior.

Estaba seguro.

Al principio mostraría reparos, se haría la estrecha, pero los nervios por no ser descubierta, el ir disimulando todo el rato, y quizás el añadido de tener que limpiarse mi corrida sin que nadie la pillara ni sospechara nada, la iban a tener todo el rato pensando en lo que acababa de pasar en este baño. Y algo me decía que iba a acabar el día muy mojada por ello. Había aprendido que a Ana, la vergüenza y cierto grado de humillación le ponían muy cachonda. Y los nervios y el subterfugio por no ser descubierta, alimentarían todo el rato esa sensación.

Se acercó al cubículo del wáter y empezó a limpiarse con papel, pero no se sentó en la taza, estaba en cuclillas sobre ella, como si meara, y con cada movimiento que hacía para mantener el equilibrio, le salía un poco más de mi corrida que volvía a mancharla, y ella volvía a limpiarse de nuevo.

-Joder! Me cago en la puta! Jajaja!- Se reía mientras volvía a limpiarse.

Estaba asombrado de la cantidad, y me pareció muy curioso la textura y el color tan blanco que parecían tener los goterones que salían de Ana. Normalmente mi semen es de un blanco translucido, pero bastante transparente. Sobre todo en sesiones tan continuadas de sexo, que cada vez me dejaban más agotado y seco. Pero aquella vez no, era de un blanco inusual que me llamó la atención, sobre todo con el contraste con la piel de Ana. Como un gel resbaladizo y blanco, algo así como un yogur muy batido.

Y recuerdo que me descubrí preguntándome como un bobo, mientras miraba los muslos de Ana, que había comido esos días, si había bebido más de lo habitual, algo diferente, o si había sido por la tremenda excitación por toda la situación de morbo que acababa de sentir. Pero no llegué a ninguna conclusión. De lo que si estaba seguro era de lo orgulloso que me sentía de ver toda aquella corrida salir de su coño. Pero no dije nada, me divertí sonriendo mirándola en silencio viendo como sufría por limpiarse mientras acababa de vestirme y recolocarme todo en su sitio.

-Si por mi fuera, irías así cada día!- Bromeé viendo como luchaba por secarse. -Sin braguitas, y goteando leche… Mmmmhh! Que morbo!
-Que gracioso!- Me soltó apartándose el pelo hacía atrás con la mano para poder verme.

Susurrábamos, pero ahora hasta los susurros parecían gritos que rebotaban en aquel cuarto frio y húmedo que formaba el baño. Se había acabado la concentración que nos teníamos al follarnos. Ahora todo parecía delatarnos, todo parecían ecos y sonidos ensordecedores, haciendo que hasta nuestras eses al hablar tuvieran un sonido mucho más metálico.

Ana seguía acuclillada sobre el wáter, como si intentara mear, intentando sacar de su coño todo lo que podía para evitar ir goteando más tarde. Era gracioso verla apretar como si estuviera intentando mear.

-Que?- Me encogí de hombros. -El otro día me dijiste que te gustaba que acabara dentro!- Intenté justificarme.
-Pero no aquí idiota, no en el trabajo joder!- Soltó con el mismo tono de los pucheritos, pero con un hilo de voz casi silenciado por los nervios. –La próxima vez me avisas y si quieres te la chupo…

¡Sonreí imaginándome toda aquella cantidad de semen descargando en la garganta de Ana, la hubiera ahogado!

-Tranquila…- Susurré de repente, como si le estuviera a punto de desvelar un secreto. –Mañana terminaré en tu boca…

Ana hizo una mueca con la boca frunciendo el ceño, y arrugando la nariz como una burla a mi respuesta. Pero sabía que se lo había buscado ella solita.

-Hace unos segundos parecía que te encantaba la idea.- Me burlé, haciendo un gesto con las manos como si me excusara.

Me miró, tenía el pelo alborotado frente a la cara, y me veía a través de unos cuantos mechones de cabello.

-Hace unos segundos me estaba corriendo!- Soltó imitando el mismo tono burlón que yo usaba con ella con apenas un susurro de voz.

Ana seguía restregándose papel por el coño, acuclillada sobre la taza de aquel cubículo con las piernas abiertas. Yo había terminado de ponerme más o menos bien todas mis cosas. Anque mi polla insistía en querer liberarse contra el pantalón. La imagen que me hice de ella con mi polla en la boca explotando con toda aquella corrida tan blanca, me calentó muchísimo. Era increíble, con Ana nunca tenía suficiente. Acababa de follármela, y ya tenía ganas de volver a hacerlo. Mi polla parecía estar viva, tener conciencia propia, y ahora era ese monstruo que aunque cansado me invadía con su calor, diciendome: “Dame una razón, solo una, y vuelvo a la carga”, a sabiendas de que eso sería imposible.

Ana, me recordaba tremendamente a mi Ex. Ambas tenían algo que me atraía de manera incontrolada, no se parecían en nada en lo físico De hecho si las pusieran juntas, eran totalmente diferentes. Pero ambas tenían algo especial, algo que nublaba mis sentidos de la misma manera. Ambas ejercían una atracción incontrolable en mí. Y ese vicio era el hilo conductor que tenían ambas, era algo superior a mí, aun sabiendo que todo aquello era muy arriesgado, era como la gravedad de la tierra, que no te permite saltar lo suficiente como para alegarte de ella, y caes una y otra vez a ese suelo que te tiene pegado. Nunca creí encontrar a alguien similar, que borrara mi juicio de la misma manera, y me provocara aquellas ansias continuas de sexo.

Era una atracción que me costaba mucho controlar. Y que sabía perfectamente que era mi ruina, pero seamos sinceros. Me importaba una mierda, mientras Ana volviera a tragarse mi polla, a hundírsela en aquel delicioso coño.

¡Joder! ¡Estaba tremendamente enganchado!

Quizás era esa manera de mirar de Ana, o la costumbre de vacilarme con ese tonito, o esa manera de dejarse hacer que parece que no quiera, pero los dos sabíamos que lo estaba deseando. Ese comportamiento sumiso a la hora de someterla que parece que no tiene límite, entregándose de aquella manera a todas mis fantasías y desvaríos. Que a veces me dejaban flipando, lleno de remordimientos creyendo que me había pasado, y luego descubría lleno de rabia que me había quedado muy corto, con la promesa de que la próxima vez se iba a enterar.

Lo cierto es que Ana siempre buscaba más, y eso me volvía loco. Con esa manía de ir de niña buena, pero en realidad no serlo. Porque Ana tenía mucho peligro, no era estúpido, sabía que jugaba conmigo, aunque a veces me confundía tanto que era yo el que creía estar jugando. O no? Me daba igual mientras pudiera seguir follándomela, someterla, obligándola a tragarse mi polla hasta la garganta.

No lo sé, lo cierto es que ejercía una fuerte atracción sexual hacía mí, que me absorbía y nublaba todo mi juicio, y se me hacía muy difícil de controlar. Y eso, solo me había pasado con otra chica antes. Ambas tenían algo, pero no sabía definir el qué.

Ana levantó de nuevo la cabeza, y su cabello volvió a taparle la cara. Hizo un gesto coqueto con su cabeza para apartarlo, pero los mechones de pelo se le resistieron, para lo que empezó a soplarlos varias veces.

-Oscar, esto no puede convertirse en una rutina!- Soltó cuando estuvo contenta de tener la cara libre de pelo. –Sabes que me mola, me pone mucho! Pero mejor en tu casa. –Miró hacía la puerta, detrás de mí como nerviosa, y añadió más flojito. –Joder! Que nos pueden pillar!!

Me encogí de hombros.

Continuara…

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