ANNA PÉREZ CARREÑO

Se enfundó en unos tejanos, se atusó el pelo y salió a la guerra. Floreció mientras se enamoraba de la vida, otra vez. Después de haberse metido tres botellas de alcohol durante la noche, que estuvo en vela y derramando lágrimas secas, lo logró. Sí, se humedeció los labios pasando su lengua por encima, se levantó de la cama y se lavó la cara. Eran las seis de la mañana, el sol madrugó entrando por la ventana, esclareciendo un poco el rostro y dejándose ser. Y ella se desentendió de la muerte haciendo buenas migas con el insomnio. Una vez en la calle, pisando fuerte y sintiendo el dolor introduciéndose en su corazón -hueco-, se esforzó un poco. Sonrió. Quien la veía de refilón se percataba de su alegría y aquel ser humano que la observaba, fijando su mirada en su mirada, la podía comprender. Encender hasta su llama, amansada, y provocar su caída después de alzar el vuelo hacia el cielo. Traspasaba almas, gélidas, tristes y comprensibles. Todos, todos, estaban absolutamente destrozados. Porque del desastre nacía el arte y aquella mujer era caos. Inconfundibles, sus ojos avellana a conjunto con sus ojeras profundas, marcadas, eran la perfección total. Aunque no lo sabía, la gente -la minoría- lo confirmaba sólo al verla. La mayoría explotaba de celos. Y vaya cabellos despeinados. Aquello, su personalidad, era irremediablemente increíble. Era, ya que se suicidó en muerte, en la ausencia de la vida. El después a nadie le importó ni afectó. Recogieron su alma, y allá se quedó, entre la tierra y el infierno, levitando. Surfeando en las olas del viento. Era otoño, uno helado. Las hojas, oscuras y rotas, caían de los árboles. Las únicas tristes por aquella perdida. Ellas tenían el tiempo exacto entre el vivir y el morir, que consistía en sobrevivir. Aquellos días no la salvaron ni la esperanza ni la fe ni las sonrisas ajenas. Residía en Barcelona en un pequeño apartamento lleno de literatura, de amor al arte. Amaba los libros. El único antídoto que tenía: la lectura. Y con la escritura se empoderaba. Dejó a medio hacer una historia que luchaba a viento en popa, donde la protagonista era ella misma. Le faltaba un capítulo. Justo cuando el fantasma entró a su casa pudo leer, analizar y concluir que el restante era el lugar donde podría haber sonreído a carcajada limpia. ¿Y cuál era ese lugar?, Se cuestionan, actualmente, sus lectores imaginarios. «Está en tu interior», dice ella mientras los observa desde algún lugar lejano sin poder ya cambiar la secuencia de sucesos. Cada ser desde su hogar, o no, descubría y se releía a él mismo, haciendo introspecciones. Hermosamente doloroso. Un día, después de muchos instantes juntos, su madre, también muerta, quiso llamarla, preguntarle cómo estaba. Pasó, y pasó.

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