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CAPITULO 18

Los días pasan bajo la mas absoluta normalidad. Mi madre sigue con sus quehaceres cotidianos. Parece que aprovecha el día en plenitud, intentando mejorar de ese estrés laboral al que está sometido. Yo por mi parte sigo vigilándola, buscando un ápice de eso que leí aquel día en el ordenador. Intermitentemente entro al ordenador cuando tengo ocasión para ver si hay nuevas entradas, pero no encuentro nada. La realidad es que aunque piense que ella le está pasando algo más allá de lo que expresa cotidianamente, ella cada día se encuentra mejor y más animada, mostrando una contradicción difícil de entender. Solamente me queda esperar y ver si lo que leí aquél día fue algo real o se entiende como un sueño en el que mi madre no tiene nada que ver.

Es miércoles por la tarde. Mi madre se encuentra en el salón, con un pantalón de lino verde y una camiseta negra, mientras está leyendo un par de informes. La coleta mal hecha denota cotidianidad. Mientras está leyendo los informes, ve que su móvil está encima de la mesa central.

—Voy a llamar a Verónica —dice para si mientras coge el móvil y busca el número de Verónica en su agenda y le da al botón de llamar.

—Hola Verónica. Soy yo Alejandra.

—Hola Alejandra.

—Quedamos mañana, ¿no?

—¡Ah! ¡Ya no me acordaba!

—Mujer… Si no te va bien no pasa nada. Yo iré igualmente.— Dice algo desilusionada. —Era para quedar e ir juntas…

—Mmmmm… A ver, déjame pensar un momento… Mañana.. tengo que ir a la guardería a las 9. Podría ir un rato a eso de las 10 y media. ¿Lo tienes mal a esa hora?

—Nono, para nada. Llámame y bajo. Así vamos juntas, ¿No?

—Vale, pues te aviso si quieres.— Le contesta a mi madre mientras la niña se oye alrededor.

—Una cosa…— Parece que es una pregunta que ya la tenía premeditada.— ¿Qué te vas a poner, traje de baño o bikini? Lo digo por no desentonar…

—Mmmmm…. Creo que bañador. No quiero quemarme.

—Genial. Yo el bikini solo me lo pongo en la playa, o sea que mejor así.

—Genial— Aun se oye a su hija molestando a Verónica. Intentando llamar su atención mientras habla por teléfono.

—Bueno Alejandra, te dejo que no puedo hablar bien. Nos vemos mañana ¿vale? Chao!— pip..pip..pip

Ella sonríe mientras cuelga el teléfono, aún recuerda cuando ella misma estaba en una situación parecida hace ya muchos años. Pasa el dia con normalidad. El Jueves a las diez y media Verónica llama por el interfono a mi madre. Ella se arregla y baja. Al encontrarse, ambas se sonríen dulcemente, solo un “Vamos allá” de mi madre.  Juntas se dirigen a la piscina, caminando por el bloque de edificios mientras llegan a la parcela de la piscina.

Verónica va vestida con un vestido muy fino de playa, junto con un sombrero. Un bolso de playa le acompaña. Mi madre, va con un vestido playero de color grisáceo. Elegante y cómodo a la vez, acompañada de unas sandalias de color pistacho.

—¿Llevas el bañador debajo?— Pregunta mi madre.

—Sí… Lo llevo debajo, mejor así, ¿No?— Dice dubitativa.

—Mejor, así no tendremos que ir al vestuario.

Llegan a la piscina y mi madre se dispone a ir a la parte más alejada de la entrada. Donde hay dos tumbonas. Verónica va a su lado, ambas junto a sus bolsas de playa. No hace el calor de pleno verano, pero ya en vísperas de junio, invita a tomar el sol en las zonas donde pega el sol.

—¿Nos ponemos allí? —le pregunta Verónica.

—Sí… Creo que es un buen sitio. —dice dejando las primeras cosas en las tumbonas.— Aquí estaremos tranquilas, creo yo.

Ella quiere mostrarse fuerte, pero es inevitable que le lleguen recuerdos a su mente de lo que pasó el otro día. Intenta armarse de valor, sin aparentar que le sucede algo.

Poco a poco, y casi sin hablarse, ambas se deshacen de la ropa, quedándose con el bañador. Mi madre aparece con un bañador azul. El mismo que usó la última vez, con la espalda descubierta. Se sienta en la tumbona mientras intenta sacar la crema solar y mira hacia Verónica. No puede dejar de verla. Mira como de espaldas se quita la camiseta que llevaba. Aparece un bañador blanco, radiante, que pega mucho con su tono de piel y su pelo rubio.

Ella la observa, pero de una manera que hasta entonces no la había observado nunca. Justo en ese momento Verónica se gira a mirarla, ella se queda quieta, como creyéndose que le han pillado, pero nada más lejos de la realidad cuando Verónica le devuelve una sonrisa típica.

—Te.. Te importaría ponerme un poco de crema en la espalda?— le dice a Verónica intentando mostrar normalidad.—Es que tengo la piel un poco delicada al sol…

—Ay Alejandra, que tranquilidad. Sin que el bicho esté alrededor tuyo todo el rato…—dice refiriéndose a su hija.— Si claro, voy.— Dice alargando la mano y cogiendo el bote de crema solar.

Ella extiende su toalla por encima de la tumbona y se tumba, dejándole la espalda accesible a Verónica. —Seguro que en una hora la echas en falta.

Verónica se esparce crema por las manos y posas sus manos sobre los hombros de mi madre…—Si.. enseguida la echaré de menos…—Dice mientras esparce la crema por tus hombros poco a poco.

Tumbada boca abajo, sin mirarla, le dice.— Qué buenas manos tienes hija mía…

—Jajaja gracias Alejandra.— Dice sonriendo.— Raúl también me dice lo mismo.

—Qué suertudo es…

—Jajaja qué mal ha sonado eso Alejandra…—Se le suben un poco los colores.

—No seas tonta… Es un piropo… —dice mientras nota sus manos pasando por su espalda. Le gusta, sin tener pensamientos extraños, simplemente le gusta. Sin embargo, cuando pasa sus manos por la parte más abajo del bañador, siente un escalofrío.

—Ale, ya está. —Dice Verónica.

—Tendré que venir siempre contigo hija… Porque Iván y mi hijo lo hacen de cualquier manera, son unos brutos.

—Jajaja muy típico de hombres. —dice en confianza.

—No hay nadie.. Qué bien se está… —dice mientras se incorpora.

Ella al ponerse de pie, hace visible de nuevo su bañador. Y mi madre no pierde la oportunidad de verlo de nuevo. Le queda muy bien, se nota que es joven.

—Ponte en los pechos… —Le dice alargándole el tubo de crema.—Se te quemará la piel…

—Ah si claro, ahora me pongo…

Verónica coge la crema y empieza a esparcirse por su pecho, hasta llegar a la goma que cubre su piel, dándole la espalda a mi madre. Mientras ella, tumbada en la tumbona, puede ver sus nalgas. Preciosas. Duras.

—Qué tranquilidad… Voy a tumbarme yo un poco en la tumbona también.

—Tenemos que venir más. Lástima que cuando se me acabe la baja solo podré venir los fines de semana. O a última hora de la tarde…

—Ufff… Yo a ultima hora de la tarde lo tengo muy complicado… Quizás algún finde…

—Bueno.. Disfrutemos ahora de lo que tenemos…

Poco a poco, van entrando algunas personas. Algunas parejas. Pero dispersas por el recinto.

—Sí… Tengo que aprovechar esta tranquilidad de no tener a nadie…

—Recuerda que tienes una salida conmigo… —dice recordándole lo que hablaron en la cafetería.

—Jajaja, sí. Pero tendré que negociarlo con Raúl antes… —Mientras hablan, Verónica se tumba, con la cabeza girada y cerrando los ojos, relajada.

Poco a poco, la conversación se hace más dispersa. Ambas tumbadas en las tumbonas, se ponen a descansar. Ambas parecen dormidas, pero no lo están. Están tranquilas, relajadas, acompañadas con esta calma que invita a la relajación. Sin embargo, a mi madre algo le perturba. No puede dejar estar alerta a la puerta de la piscina. No quiere que este momento se estropee. Por nada del mundo. Hasta que cae vencida y cierra los ojos, abrazando la relajación.

Pero la realidad golpea a mi madre nuevamente. Por la puerta, entra la última persona de la tierra que querría que entrase. Va sin camiseta, con un bañador apretado, lleno de pelos. Ni siquiera le da vergüenza ir así. Nada más entrar, se queda parado. Le da igual que la gente le mire y se fije en él.

Como un sexto sentido, mi madre abre apenas un ojo y lo ve. Allí en mitad del recinto. «No, por Dios…». Tumbada, sin moverse. Intentando pasar desapercibida, mientras él no para de mirar a la gente desde la entrada. Sin cortarse.

Respirando aliviada, mi madre ve como él se tumba en una tumbona algo alejada de donde están ellas. Ella no quiere mirar, no quiere que vea que sabe que está. Pero la duda se apodera de ella, sin saber muy bien si Don Fernando las ha visto o no…

«A ver si tenemos la fiesta en paz…». Piensa mientras está tumba, intentando aparentar que no se ha dado cuenta de que lo ha visto entrar. Pero la cabeza de mi madre empieza a ser un carrusel. Varias imágenes le vienen a la mente. Le perturba la presencia de ese viejo en el mismo recinto. Su mano palmeando sus nalgas… apretándolas… sus labios carnosos… sus dientes amarillos… Su pecho… Su barriga peluda…

Pasan los minutos y el sol empieza a asomar entre los edificios, dándole los primero rayos de sol en la espalda de mi madre. Esos rayos son totalmente bienvenidos. Pero son un arma de doble filo cuando pasados varios minutos, pasan a ser un agobio para ella.

«Qué calor… Tengo ganas de bañarme… pero no me atrevo a moverme…». Piensa mientras mira hacia Verónica, que parece que se ha dormido. Lo que no hace es mirar hacia el viejo. Evita mirarlo, no quiere que monte un número estando Verónica presente.

Hasta que no puede más y se gira hacia donde se supone que está él tumbado. Y cuando lo mira, mi madre se da cuenta de que está sonriendo. Mirándolas.

«Mierda… No tenía que haber mirado…» Piensa mientras vuelve a quitar la mirada en la dirección del viejo. «Qué estúpida he sido… «¿Pero por qué sonríe?». Está inmersa en sus pensamientos, y se da cuenta de que algo se mueve. Algo se está moviendo, pero no se atreve a mirar y confirmarlo… «¿Se atreverá a venir a molestarnos? Es muy capaz…». Ella se empieza a poner nerviosa. «Voy a girar la cabeza para el otro lado.. Que se dé cuenta de que no quiero que venga… aquí con Verónica no…». Pero al cabo de unos instantes, se da cuenta de que no se acerca… No se está acercando a ellas. Eso la sorprende.

No lo puede evitar y termina girando la cabeza de nuevo, queriendo confirmar sus pensamientos. Intenta mirar con una mirada dura. Queriendo marcar distancias. Pero lo que sucede es que Don Fernando no se ha acercado a ellas, sino que se ha ido a la piscina.

Se queda mirando algo sorprendida. No pensaba que pasaría de ellas. Pero el viejo se gira hacia ella y cuando las miradas se conectan, el viejo le hace un gesto como diciéndole que se bañe con él. Después de hacer el gesto, se gira y deja de mirarla. Tirándose a la piscina, haciendo una gran ola, debido a su enorme peso.

«Estaría loca si le hiciese caso…» Dice mirando hacia la piscina, sin que el viejo ahora pueda verla, siguiéndolo con la mirada.  «¿Cómo tiene la cara tan dura de decirme que me bañe con él?»

Verónica sigue girada, no se ha enterado de nada. Ella se gira hacia ella, confirmándolo, mientras en su cabeza, sus pensamientos la perturban. «El otro día… cedí… cedí demasiado… Siempre cedo demasiado… hoy será distinto… Que se dé cuenta que no soy su cariño, como dice él.». Ella deja de mirar a su amiga y vuelve a mirar hacia el agua, donde ve a Don Fernando nadar lentamente. Está en el agua y no le presta atención.

«Siempre me busca en lugares que me puedan ver, el muy cerdo…» «¿Pero como sabía que hoy íbamos a venir a la piscina?».

Ella intenta mostrar normalidad. Sus miradas fugaces hacia el agua, intentando que todo se quede ahí. Esperando que no se acerque por nada del mundo. «Es despreciable.. claro que yo.. yo he hecho demasiadas tonterías ya… y ahora lo estoy pagando…».

Ella se da cuenta que las veces que mira hacia la piscina, el viejo no las está mirando. ¿De alguna manera, está pasando de ellas?

«Cuando Verónica espabile, le diré de irnos…» dice apartando la mirada de la piscina y mirando a su amiga.

«Míralo como nada. Si casi no puede nadar…»

«¿Pero por qué no ha mirado ni una sola vez hacia aquí? Ahora hace como si yo no fuese nada, no? El muy…»

«¿Qué pretende? ¿Castigarme? Que se joda…»

Mientras ella piensa cae inmersa en esos perversos pensamientos, no deja de mirar hacia la piscina. Hacia donde está el viejo. Sin que él devuelva ni una sola mirada.

«Seguro que si no estuviese Verónica, estaría aquí dándome la tabarra. Si me metiese en la piscina, se me echaría encima» «Se hace el duro ahora el muy cerdo»

Mi madre vuelve a mirar hacia Verónica. La ve dormida… Sin saber muy bien porqué, se levanta. Desafiante. Mira hacia la piscina, con el pelo recogido. No quiere que se le moje… «Ya verás como viene el muy…»

Pero mientras se encamina hacia la piscina, ni una sola mirada le brinda ese viejo. Nada plácidamente por la piscina, sabedor de que tiene compañía. Ellaa entra por las escaleras, cubriéndole por encima de las rodillas el agua. Se encamina hacia adentro, hasta que le agua le cubre por debajo del pecho. Se fija en Don Fernando, ni siquiera le ha mirado ni una sola vez. Ella se ve dentro de la piscina, como una idiota. Como una mujer con el amor propio herido, buscando redimirse de algo que no quiere para ella.

El viejo para de nadar y se para cerca del bordillo. Mira en dirección a las tumbonas, mientras mi madre está en el agua, mientras se da cuenta de que se está fijando en Verónica. Ella también mira hacia la tumbona y ve a su amiga en la misma posición. «Por suerte está boca abajo, porque con este bañador… la verdad es que se le notan muchos los pechos…». Entre ambos hay una separación de 3 metros. Mi madre intenta mojarse un poco más, intentando no fijarse en él. Intentando no mirarlo. Pero él se para y mira directamente hacia ella. Sonriendo. Una mirada directa, que consigue hacerla sonrojas, mientras ella piensa: «¿Me estoy sonrojando? No sé porqué me pasa esto… a mi.. con lo dominante que soy…» mientras aparta la vista de él.

—¿Y-ya.. ya ni saluda Don Fernando?— Al momento se da cuenta de lo estúpida que es. Es ella misma quien se mete en sus trampas. Ella misma. ¿Qué le pasa?.

—Hola cariño. ¿Qué tal estás?—

—Alejandra, por favor.— Le contesta intentando recuperar un poco la dignidad.— Bien, gracias.

—Pensaba que no te ibas a decidir a probar el agua. Con lo buena que está.

—No… Solo que ya no aguantaba el calor.

—Sabía que tenias ganas de bañarte conmigo. —dice sonriendo.— ¿Sólo porque no aguantabas el calor, cariño? —Dice con sorna.

—Porque otra razón sino.

Don Fernando tiene la situación bajo control. Sabe que en el fondo Alejandra ha ido a bañarse porque está él. Aunque ni ella mismo se lo reconozca.

Él baja sus brazos y gira un poco la cara. —¿No le vas a dar un beso a tu vecino favorito?— Dice ofreciéndole la mejilla. —Llevamos días sin vernos…

Desde esa posición, con el agua por debajo de los pechos y el bañador mojado, el viejo puede ver el volumen de pechos de ella, con exactitud, hasta la forma que le hacen con el bañador.

Ella, sin saber muy bien qué responder y sin mirarle a los ojos, le contesta.—Si es uno de buena vecindad sí…

—Claro, de buena vecindad.. ¿Cómo iba a ser sino?

Se da cuenta como se recrea mirándole los pechos. Ella se acerca un poco a él y le da un pequeño beso en la mejilla. Acercándose lo justo para no rozar su cuerpo, lo cual no es fácil para ella. Pero una mano de Don Fernando rodea su cintura, acercándola a él.

Ella mira esa mano, y posteriormente no puede evitar mirar alrededor, para que nadie los vea. Intenta zafarse de él, pero no puede. —Bueno… Voy a tumbarme otra vez Don Fernando que no quiero dejar a mi amiga sola… —dice intentando persuadir al viejo.

—¿Pero te vas ya?

—Ya… Ya nos vemos otro día…

—¿No quieres quedarte un rato aquí conmigo?

—No puedo Don Fernando…

—¿Por qué?—

—Ya lo sabe… He venido acompañada y creo que ya tiene que irse…

El agua toca levemente la parte de debajo de los pechos. Al viejo, le cubre a mitad barriga, dejando ver todos sus pelos.

—Pero si está durmiendo.. déjala que descanse. Estará agotada de toda su vida familiar…

—Es que… Debo despertarla Don Fernando… Se va a quemar…— Su actitud en cada encuentro es cada vez más pasiva.

—No se va a quemar. Es joven, tranquila. Déjala descansar mientras estamos aquí charlando…— Dice con sorna, sabiendo que puede hacer lo que quiere.

—Lo… Los jóvenes… también se queman al sol… —le contesta algo molesta por tratarla a mujeri de mayor aun sin decirlo. De un pequeño golpe consigue separarse de él.

—¿Ya se que las jóvenes también se queman, pero no crees que ahora está a gusto durmiendo?— Contesta como si nada hubiera ocurrido.

—Cuéntame, ¿desde cuándo vienes aquí con Verónica?

—Es… Es la primera vez…

—¿Y eso? ¿Por qué quieres venir ahora con ella? ¿acaso quieres mostrármela? ¿para que no te castigue?

—¿Para que no me castigue? Pero… qué está diciendo… Hemos venido porque ella libraba hoy… Y yo estoy de baja gracias a usted…

—¿Gracias a mi? JAJAJA— Se oye demasiado su carcajada. Y hace que mi madre tenga que mirar alrededor para ver si ha llamado la atención. —Cariño, deja de engañarte. A ti no te pasa nada, solo que poco a poco estás viendo algo que te gusta y no quieres reconocer.

—Además… Usted… Usted… no tiene derecho a castigarme…

—¿Ya no recuerdas como el otro día te arrodillaste pidiéndome perdón?

—No…  No sé… Si lo hice.. Pero no pienso volver a hacerlo…

—Alejandra Gómez, la prestigiosa abogada, arrodillada pidiéndome perdón… Solo de pensarlo me pongo un poco cachondo… —Y con desparpajo, se coge la polla por encima del bañador, ante la mirada de ella.—Tenía que haberlo grabado… —aparta la mirada y la baja, sintiéndose avergonzada.

—¿No volverías a hacerlo?— Dice dando un paso hacia ella.

—No..— Dice sin mirarlo.

—¿Por qué no?— Saca la mano de su paquete e intenta de nuevo ponerle un mechón de pelo detrás de su oreja. Un gesto, que está empezando a ser cotidiano. Con la diferencia que las otras veces, encontraba una resistencia por parte de mi madre. Pero esta vez no. Esta vez deja que lo haga…

Ante el silencio de mi madre, el viejo continúa.—La verdad es que te queda muy bien este bañador cariño…— Mientras se lo dice, baja su mano por su mejilla.. hacia el cuello… bajando a la clavícula…

—No empiece por favor…— Es la única queja que sale de la boca de ella.

Cuando llegue a la clavícula, se topa con su tirante del bañador. Lo agarra y lo deja caer por su hombro, mientras su mano sigue su recorrido.

—No quiero que ella me vea así… Don Fernando…

—¿Así cómo, cachonda?— Sonríe.

—Débil… Estoy enferma…— Dice autoengañándose…

Ella cada vez más colorada y acalorada, consigue subir el tirante de nuevo. Mientras oye como el viejo le dice esas cosas.

—Es que este bañador te queda muy bien…— Su mano baja del hombro y lo pasa ligeramente por encima de sus pechos, rozándolos. Un ligero contacto entre la yema de sus dedos y la forma de sus pechos…

Ella está a punto de volverse loca. Se está dejando hacer, inmóvil, indefensa, incapaz de pararlo. Pero para su sorpresa, de golpe, quita su mano, deja de tocarla y se da la vuelta.— Cariño, hazme un favor, ¿puedes lavarme la espalda? No llego a lavármela bien…—

Tal comentario, despierta a mi madre de la situación. Levanta la mirada y ve su espalda, grande, llena de pelos. —No… Aquí no… por favor…

—Venga, se buena conmigo cariño.. límpiamela, que no llego…— De espaldas, da un paso hacia ella.— Solo un momento… venga cariño.. hazlo… sé buena…

Mi madre mira hacia un lado y hacia otro. No sabe qué hacer. —Por favor… Don Fernando, se buena conmigo, ayúdeme…— Dice mientras se tapa la cara, avergonzada.

—Joder Alejandra, tampoco te pido tanto, ayúdame hostia. —Dice más duro de lo normal. —No hay nadie en la piscina, nadie nos va a ver. Mientras antes lo hagas, antes terminaremos…

—¿Po-por qué no me ayuda?— dice de nuevo sobrepasada por la situación.

—La que tiene que ser buena aquí eres tú. Venga… Pon tu mano en mi espalda.

Para que todo termine se moja la mano y asciende hacia la parte de arriba de su espalda, mirando a su alrededor, esperando que nadie los esté viendo, ella se ve obediente, obediente una vez más… y sus ojos cada pocos segundos se dirigen donde está adormilada Verónica…

Empieza a frotar su mano por su espalda. Sus dedos cuidados, de una mujer de su clase, se entremezclan con los pelos de ese viejo. Sabe que si ahora la pillase Verónica, se moriría. Sería el fin.

—Venga cariño, límpiame, que apenas noto tu mano… ¿Hace falta que me junte más a ti?

Ella sin decir nada, intenta cubrir el máximo de superficie posible, sin parar de mirar a su alrededor. «Tengo que hacerlo, me va a castigar por ello sino…» Piensa, sin darse cuenta de que está aceptando el hecho de que pueda hacerlo.

Vuelve a mirar hacia Verónica, que sigue tumbada. Su otra mano también se moja y la posa sobre la espalda del viejo. Ahora son dos manos las que frotan las espalda de ese viejo. Con cuidado, despacio… Casi parece que esté acariciándosela.

—Eso es… —se le oye decir a él mientras se da cuenta que todo está lleno de pelos, con una piel fofa… Se siente sucia… Sucia como él. Sus manos frotan toda su espalda, hasta llegar a la parte de abajo, llegan justo al borde de su bañador. Al fijarse ve un poco la raja de su culo.

—No tengas vergüenza mujer, puedes meter la mano por dentro del bañador…

—No… No pienso hacerlo…

El viejo sonríe levemente mientras le deja hacer.

«Pero que estoy haciendo… pero que estoy haciendo…»

En un gesto, el viejo se baja un poco el bañador, dejándote ver más su raja del culo.

—Límpialo.

Ella se siente turbada, acalorada. Mira el culo del viejo sin llegar a tocarlo, solo lo mira, debatiéndose si realmente debe hacerlo o no…

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