ESRUZA

Una mañana soleada, inolvidable,

con las azaleas floreando en mi ventana,

recibí tres rosas frescas, hermosas,

que consigo traían un aroma sutil de amor;

ese aroma se mezcló con el de las azaleas.

Tres rosas frescas

como el rocío mañanero,

que adornaron con su belleza mi rincón

esparciendo su aroma.

Pasaron los días, las rosas se secaron,

como se secan los amores imposibles.

Guardé sus pétalos secos en mi libro preferido

como recuerdo de lo que creí un gran sentimiento,

sin saber que era sólo una quimera.

Siguió pasando el tiempo,

hasta que la quimera voló a nuevos lugares,

entonces, decidí esparcir esos pétalos al viento

para que acompañaran a la quimera.

Esos pétalos, así como la quimera,

inevitablemente, permanecerán en mi memoria

hasta que el peso de los años, tal vez,

se lleve mi memoria o, yo vuele a otro plano,

y vuelen como voló la quimera que, ni luchó

ni entendió el sentimiento.

Un comentario sobre “La quimera y las rosas

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