DEVA NANDINY

El jueves me levanté muy nerviosa. Sabía que esa tarde iba a tener que enfrentarme cara a cara, a mis propios errores. Tendría que explicarle a un crío de dieciocho años, que todo había sido un capricho, un absurdo juego por mi parte.

Llevaba toda la semana pensando que iba a decirle. Ensayando un discurso que resultara creíble y, sobre todo, que no dañara el ego o la autoestima del chico. Además, al mismo tiempo intentaría limpiar mi imagen ante él. Algo que me hiciera quedar, como una madre y esposa ejemplar.

Esa tarde cuando llegué a casa, antes de nada, me tomé una cerveza. Entré por la habitación de Carlos, creyendo que tal vez ya se habría marchado. Pero me lo encontré allí, con la misma actitud de siempre, indiferente a todo lo que le rodeaba. Solo pendiente de la dichosa consola.

—¿No tenías que ir a clases de guitarra? —pregunté nerviosa, alzando la voz para que pudiera oírme, debido a los condenados auriculares.

—¿Qué haces aquí? ¿Hoy no vas al gimnasio? —preguntó sorprendido al verme.

—No. Me duele un poco la cabeza —mentí— ¡Son las seis y medida! —Dije mirando el reloj.

—¡Ahora voy! —Respondió con la cantinela de siempre.

Cerré la puerta de su habitación de los nervios. Estaba segura de que Iván sería puntual. «¿Qué le diría si se encontraba en la escalera con Carlos? ¿Qué excusa le pondría?», pensaba histérica.

En ese momento me acerqué otra vez a la puerta de la habitación de mi hijo, pero no escuché el menor ruido.

—¡Carlos! —Le reprendí abriendo la puerta—. Vas a llegar tarde, ya tendrías que estar de camino.

—¡Qué pesada eres mamá! Ya te he dicho que ahora voy, espera que acabe una cosa.

La pachorra que tenía mi hijo para ir a los sitios me desesperaba. Sabía que era un buen chico, sin embargo, su adición a los videojuegos era un problema, del que tendría que volver hablar con su padre. Había que haber puesto fin a todo esto hacía ya tiempo.

Creí que me iba a dar algo. Diez minutos faltaban para las siete, cuando por fin Carlos salió cargado con la guitarra eléctrica de casa.

Cuando sonó el timbre de abajo me quería morir. Incluso supuse que sería mi hijo que se le habría olvidado algo. Descolgué el telefonillo con cierto temor.

—¿Quién es? —pregunté ansiosa.

—Soy yo, Iván. Abre —le escuché decir desde abajo.

Entonces abrí la puerta y permanecí esperando. Pude oír como el ascensor bajaba hasta el piso de abajo, y un instante después comenzó ascender.

«¿Cómo podía ser que una mujer tan experimentada con los hombres como yo, pudiera estar tan nerviosa por un crío?», no dejaba de preguntarme, intentando encontrar la respuesta.

Por fin se abrió la puerta del ascensor, y vi salir a Iván. El chico se acercaba sonriendo hasta mi casa, aunque seguramente también estaría nervioso. Vestía como siempre, con un pantalón vaquero, una camiseta oscura y unas deportivas.

—Hola, Olivia —manifestó entrando sonriendo en casa. Yo lo dejé pasar, cerrando la puerta de la entrada, casi al instante.

Él se acercó y me saludó dándome dos besos en las mejillas, como hacía algunas veces, yo intenté corresponderle, pero manteniéndome algo distante.

—Me moría porque llegara este momento —comentó Iván acercándose a mí, con intención de besarme en la boca.

—Iván, creo que no lo has entendido —anuncié al mismo tiempo que lo apartaba de mí con la mano—. Esto no es una cita. He quedado contigo para poner fin a todo este embrollo. Por favor, acompáñame al salón —comenté de forma enérgica.

Ya con el rostro más compungido, como con cara de circunstancias, el muchacho se sentó en el sofá. Yo lo hice en una pequeña butaca que había justo frente a él.

—Olivia, antes de que me digas nada, te juro que no le he dicho nada a nadie. Ni a Aitor, ni mucho menos a Carlos. De eso puedes estar segura —comentó con el rostro muy serio.

—Te lo agradezco Iván. Valoro de verdad mucho tu discreción en todo esto. Si algo de lo que hemos hecho trascendiera, a mí me destrozaría. Por un lado, por mi hijo, al que no podría volver a mirarlo a la cara, y por el otro, por mi marido. Estoy segura de que jamás me lo perdonaría —respondí poniendo cara de afligida.

—Por eso te digo que, si tú y yo siguiéramos, nadie se enteraría de nada. Te prometo que sería aún más discreto. No haría ninguna locura como lo del otro día en la cocina añadió en tono convincente.

—Iván, solo te pido que me dejes explicarme. Si no recuerdo mal, tengo más o menos la edad de tu madre. A la que conozco desde que tú y Carlos ibais a la guardería —comencé diciendo—. A esta edad, a veces las mujeres nos mostramos algo inseguras. Además, Enrique lleva un tiempo que lo noto algo indiferente y distante conmigo. Yo intento estar guapa para él, ir al gimnasio, comprarme ropa sexi… Pero él llega a casa y a veces casi ni me mira. El sentir que un chico como tú, tan joven, se siente atraído por mí, es algo que me inundó de confianza y, restableció mi autoestima. Te agradezco mucho todo eso, sin embargo, yo no puedo seguir haciéndolo. Amo a mi marido y a mi hijo, y esto me está destrozando —exclamé fingiendo un sollozo digno de un Óscar.

Él se puso de pies y se acercó hasta mí acariciándome la cabeza, que yo mantenía escondida entre mis manos, simulando estar llorando.

—Olivia no te preocupes, no puedo verte así. Entiendo lo que me estás diciendo.

Por dentro me invadió una gran sensación de alivio «Todo había sido más fácil de lo que había previsto» Había ensayado otro discurso aún más lacrimógeno, pero no creía que ya me hiciera falta.

—Gracias Iván, te estoy muy agradecida. Sabía que eras un hombre, y que lo entenderías —dije mirándolo a los ojos.

—Solo me gustaría que me dieras la posibilidad de que nos despidiéramos. Después, si tú quieres, te prometo que no volveré a molestarte. Te doy mi palabra —me aseguró.

—¿A qué te refieres con que quieres que nos despidamos? —pregunté algo sorprendida.

—Me gustaría que me regales un último recuerdo —respondió el chico mirándome directamente entre los muslos.

Yo instintivamente bajé la falda, estirándola hacia abajo, como intentando cubrir del todo mis piernas.

—¿Me estás pidiendo un tanga? —pregunté asegurándome.

—Eso es —afirmó el chico sonriendo.

Yo arqueé las cejas como desconcertada. Como si no me esperara nada así de él. Sintiéndome decepcionada por su extraña petición.

—¡Está bien! —Exclamé—. Ahora te traigo uno. Pero a posteriori te irás. Prométemelo —casi le rogué mirándolo a los ojos.

—Olivia, creo que no me has entendido. No quiero un tanga cualquiera, quiero el que llevas puesto ahora —explico con absoluta rotundidad.

—¡Pero Iván! Llevo todo el día con el puesto. No me ha dado tiempo ni a ducharme desde que he llegado a casa. Carlos no se iba —intenté explicarle—. Te daré dos, tú mismo podrás elegirlos de mi mesilla —le ofrecí.

—El tanga en sí mismo no es más que un objeto, lo que verdaderamente quiero es tu olor. Quiero ver cómo te lo quitas y me lo das. Luego te prometo que no volveré a molestarte. Llegaré a mi casa, me haré una buena paja con él, y luego trataré de olvidarte —respondió en un tono verdaderamente seguro y convincente.

Entonces me puse de pies, metí las manos debajo de mi falda, y me bajé las bragas hasta medio muslo. Evitando que la falda se levantara lo menos posible. Luego me lo saqué y se lo entregué en la mano, visiblemente atorada.

Todo eso me superaba, pero si era la única forma de acabar con aquello, estaba dispuesta casi hacer cualquier cosa.

Él lo cogió sin perderse un solo detalle de mis gestos.

—Está caliente como yo. Huele a tu coño —dijo acercándolo a la nariz para poder olerlo—. ¿Quieres ver por última vez cómo me masturbo con él? —me preguntó tratándome de incitar.

En ese momento me di cuenta de que estaba tremendamente excitada, quería negarme, gritarle que se fuera de allí, que no volviera a molestarme.

«Pero… ¿Cómo iba a perderme aquello?» La idea de contemplarlo nuevamente masturbarse me quemaba por dentro, y me fascinaba al mismo tiempo. Esa imagen del chico haciéndose una paja, oliendo mis bragas. No podía perdérmela…

Llevaba días, semanas… masturbándome pensando en él. Estaba mucho más atrapada al chico de lo que yo quería reconocerme a mi misma. No era el muchacho en sí, lo que más me excitaba, era sobre todo la situación. Entonces busqué en mi interior cualquier excusa, cualquier pretexto o disculpa por mi comportamiento. Se suponía que había quedado con el chico para romper de una vez ese vínculo pernicioso y malsano, que ambos habíamos iniciado.

Había ensayado durante días cada gesto, cada palabra, y ahora me deshacía por dentro. Me quemaba todo el morbo que sentía por esa insana relación con el amigo de mi hijo

«Será la última vez Olivia. Lo prometo» Me intentaba convencer a mí misma.

Pensé en Enrique, en Carlos, en mi hijo pequeño… pero no fui capaz de negarme. Me quedé cayada esperando que el chico moviera ficha.

—¿Quieres ver cómo me hago una paja? —me preguntó calmado.  

«Dile que se marche», me decía mi parte más racional, intentando tomar el control de mis emociones.

—Sí. Pero luego te irás —declaré en un tono frío y cortante.

Entonces Iván se puso de pies. Tomándose todo el tiempo del mundo, se quitó las zapatillas, los calcetines, la camiseta, y por último los pantalones. Un enorme bulto se anunciaba debajo de sus calzoncillos, que yo miraba totalmente como hipnotizada.

—¿Quieres observar cómo me la pones de dura? En el fondo, a pesar de lo que manifiestes, eres más cachonda que yo.

—Sí, quiero vértela —respondí cada vez más excitada.

Entonces el chico, cogió el tanga de nuevo que yo me había quitado delante de sus propios ojos. Llevándoselo nuevamente a la cara, volvió a olerlo.

Después me miró, siempre atento a mis reacciones. En ese momento, pude observar en su rostro una sátira sonrisa, que yo nunca había visto en esa cara, pero que si reconocía en los rostros de otros hombres.

La clase de hombres que me suelen dejar fascinada. Morbosos y libidinosos; calientes, soeces y atrevidos. Sin embargo, la diferencia es que Iván, o por lo menos eso pensaba yo en ese momento, no era todavía un hombre. Tan solo era un muchacho atraído por la fantasía de seducir a la madre de su mejor amigo.

Seguramente, esa puede ser la fantasía de muchos chicos de su edad, la diferencia que aquello no era ficción, era la realidad que estaba aconteciendo en el propio salón de mi casa.

Entonces recordé a Ismael. Hacía tanto tiempo de aquello, que ya casi había olvidado su rostro. Pero ese día juro que volví a recordarlo, con todo lujo de detalles. Siempre me fascinaron los hombres maduros, no sé la razón, supongo que los veía con más experiencia, más hechos y varoniles. En definitiva, más hombres.

Muchas veces siendo casi una alocada adolescente, me había masturbado pensando en él. Imaginando que me follaba en el coche, en el baño del pabellón de deportes, que me llevaba a su casa cuando su mujer y su hija no estaban.

Ismael era el padre de Isa, una de mis mejores amigas. En esa época en yo estaba finalizado el instituto, y ella y yo jugábamos de forma bastante sería a voleibol. Su padre, era el encargado de irnos a llevar y a traer a los entrenamientos. Le gustaba vernos entrenar, y tampoco se perdía ninguno de nuestros partidos.

Pero un día Isa no pudo ir a entrenar, no recuerdo muy bien la razón, supongo que estaría enferma o algo así. Parece que estoy contemplando a mi madre, dándome dinero para que cogiera ese día un taxi, para que de esta forma pudiera acudir al entrenamiento.

Pero cuando salí del instituto decidida a cogerlo, allí estaba Ismael. Dentro de su coche, esperándome como siempre.

—¿Creías que no iba a llevarte porque Isa no pueda ir? Anda sube —me dijo guiñándome un ojo.

A pesar de mi juventud yo ya era toda una mujer en esa época. Supe jugar mis cartas. Sabía cómo Ismael me miraba, como me deseaba. Me senté a su lado, de forma descarada, dejando mi corta faldita desvergonzadamente subida, pero de forma que pareciera un hecho accidental. Siempre me han gustado ese tipo de “accidentes”.

Un minuto después, en el primer semáforo, el padre de Isa ya tenía su mano derecha encima de mi rodilla. Me encantó esa sensación. Qué un hombre como él, casado, perdiera los papeles por una chiquilla como yo, me hacía sentir importante

Pero al semáforo siguiente su mano ya corría libremente por el interior de mis muslos. No me asusté, incluso abrí mis piernas para que pudiera tocarme con mayor comodidad.

Un semáforo más tarde, cuando tuvo que detener el coche esperando que cambiara de color, comenzó a declararse. Me sentí orgullosa de mí misma. Había tardado solamente tres semáforos en poner tan cachondo al padre de mi amiga, que no había podido controlarse.

—Olivia —dijo de forma solemne. Reclamando toda mi atención—. No quiero asustarte, pero la verdad es que me gustas mucho. Pienso en ti a cada momento del día. En realidad, el puto voleibol me importa un carajo —reconoció abiertamente.

Tengo que reconocer que aquel día yo tampoco fui a entrenar al vóleibol. Esa tarde fue el comienzo de mi relación con el padre de mi amiga, quien se convirtió por derecho propio, en mi primer amante. Siendo el primer hombre casado con el que mantuve una relación regular.

Pero volviendo a los hechos que nos ocupan ahora, allí estaba Iván, justo enfrente de mi casi desnudo.

Entonces el chico comenzó a bajarse los calzoncillos lentamente, hasta que por fin no pudo contenerla, y su polla salió para fuera como si tuviera un muelle. Luego colocó su mano sobre su duro tronco, y comenzó a deslizarla sobre su verga.

—Solo saber que estás aquí, además sin bragas, me entran ganas de correrme ya mismo. —me dijo, recordándome, que efectivamente yo también estaba sin ropa interior.

El muchacho tenía un cuerpo fibroso, alto, y delgado, casi desgarbado. Un cuerpo mucho más frágil, que el de los hombres, a los que yo estaba acostumbrada a ver en ese tipo de situaciones.

Su pene era largo, con un grosor normal y venoso, algo encorvado. Como en forma de media luna hacia arriba.

—¿Quieres tocarla? —me preguntó.

«Claro que quería tocarla, sentirla, palpar toda la excitación de Iván en su miembro viril». Pero logré contenerme. No sé si en ese momento pensé más en Carlos, o en el propio Enrique.

Entonces el muchacho cogió mi mano, y la situó encima de su pene.

—No tengas miedo, no muerde —dijo bromeando.

Yo la envolví con la palma de mi mano, era suave y dura como una estaca de hierro. En ese momento comencé a masturbarlo despacio, disfrutando de ese maravilloso contacto. El chico estaba situado de pies frente a mí, mientras yo permanecía sentada en el pequeño butacón de cuero.

—Quiero correrme encima de ti, quiero que sientas mi leche caliente —exclamó fuera de sí.

—¿Dónde te gustaría hacerlo? —pregunté subiendo un poco más la intensidad de mis caricias sobre su pene.

—¿Puedo elegir? —preguntó sonriendo.

—Sí pudieras, ¿dónde te gustaría correrte? —volví a interpelar.

—Siempre me han llamado la atención tus piernas, pero sobre todo tu culo. Aitor —expresó haciendo alusión al otro amigo de mi hijo—. Siempre comenta que tienes el mejor culo, y las mejores piernas del barrio.

—¿Con qué Aitor piensa que tengo buen culo y buen muslamen? —pregunté morbosa—. No tenía ni idea, de que despertara tanto interés entre los amigos de mi hijo —añadí cachonda.

—A Carlos al principio le molestaba oírnos hablar así de ti. Ahora ya no dice nada, creo que ya está acostumbrado. Supongo que no debe de ser fácil tener una madre que esté tan buena como tú. ¿De verdad me dejarás descargar mi leche sobre tu culo? —preguntó ilusionado.

—Solo si te portas bien —lo amenacé— Pero vamos mejor a mi habitación, no sea que manches el sofá.

Entonces él me ayudó a levantarme ofreciéndome su mano. Pero justo cuando íbamos a salir del salón, el chico me arrinconó contra la puerta, acercando su boca a mis labios. Justo en ese momento es cuando comenzamos a besarnos.

Su lengua entró en contacto con la mía. Fundiéndonos y absorbiendo toda la humedad de nuestros labios. Estuvimos un buen rato sin parar de besarnos, intentando calmar la sed de toda la excitación, que el uno sentía por el otro.

Podía notar como por mis muslos bajaba toda la humedad procedente de mi chorreante coño. Estaba empapada de mis propios fluidos vaginales.

Entonces yo misma desabroché mi camisa, con tanta urgencia y entusiasmo, que hice que algunos de los botones saltaran cayendo y rebotando como canicas por el suelo. Dejando así mis pechos al aire, libres y expuestos a sus ojos, y sobre todo a sus caricias.

Al instante de abandonar mi estrecha camisa, Iván se apoderó de ellos. Noté sus manos, palpándolos sin poder abarcarlos. Luego se tiró a besarlos, los devoraba con ansia, con verdadera necesidad.

—¡Joder, que tetas tienes! —dijo casi sumergiéndose entre ellas.

En ese instante le tendí la mano, casi me lo tuve que arrancar de encima.

—Vamos cariño —expresé llamándole de esta forma por primera vez—. En mi cama estaremos mucho más cómodos.

Prácticamente lo tiré contra el colchón. Pocas veces he sentido tanta necesidad por un hombre. Fui casi gateando hasta él, le cogí la polla y comencé a mamársela.

Ni tan siquiera me atreví a mirarlo a los ojos cuando lo hacía, temía encontrarme la mirada de un niño, en vez de la de un hombre.

Llevaba más de dos semanas con ganas de hacerlo. Una vez alguien me preguntó cuál pensaba que era la zona más erógena del cuerpo, no lo dudé. La lengua, le contesté.

Sentir la suavidad y el sabor de su glande en la punta de mi lengua, me hizo estremecerme de gusto. No tardé en introducirla por completo dentro de mi hambrienta boca, mientras con una mano, acariciaba sus duros testículos.

—Para Olivia. ¡Por Dios…! Me vas a hacer correr —gritó alarmado.

Entonces no lo dudé, me puse de pies sobre la cama y me desabroché la falda, él miraba mi sexo desde la perspectiva de su posición, tumbado boca arriba. Observaba embobado, como alelado. Yo le sonreí.

—¿Es esto lo que querías, cacho cabrón? ¿Verme la rajita?

El chico parecía que se había quedado sin habla, estaba algo asustado. Sin duda yo era demasiada hembra para tan poco gallo.

Me puse a horcajadas sobre él, agarré su polla, y ya sin más preámbulo ni dilación, me dejé caer sobre ella.

—¡Ah…! —Grité al sentirla bien dentro de mí.

Él seguía casi como en estado shock. No se esperaba aquello. Sin duda se hubiera conformado con hacerse una paja. Pero ahora miraba casi babeando el balanceo de mis pechos, emergidos e ingrávidos sobre él, mientras comenzaba a cabalgarlo como una entusiasta valkiria.

Sus manos regresaron a mis pechos, como si quisiera sujetarlos. Retenerlos para siempre en la palma de sus manos.

—Ven, échate aquí —dijo hablando por fin.

Yo me tumbé boca arriba, abriéndome de piernas, y poniéndole a su entera disposición todo mi conejito.

Miré como metía su cabeza entre mis muslos, y como su boca se pegaba directamente sobre mi sexo.

Entonces comencé a gemir como una loca.

—¡Ah…! ¡Sí…!

El chico con más voluntad que experiencia, supo ofrecerme unas dulces caricias con la punta de su lengua sobre mi clítoris.

—¡Cómeme el conejito! ¿Comételo todo cariño! —Comencé a exclamar de forma desaforada al tiempo que lo sujetaba por la cabeza—. Méteme dos dedos a la vez que me lo comes. Mi chochito está deseando sentir tus dedos dentro —expliqué la manera en la que más me gustaba que me comieran el coño.

En ese momento me acordé Luis, un vecino que tuve hace algunos años, cuando mi exmarido y yo nos mudamos a nuestro primer piso. Con él viví una intensa relación de dominación. Recuerdo que Carlos ya había nacido, era tan solo un bebé. Luis me dijo un día.

—Olivia, una mujer como tú tiene mucho que ofrecerle a un hombre, por lo tanto, también debes exigirle en la misma proporción. No seas tonta, no te conformes. Nunca te quedes con ganas de algo, y pide siempre que te hagan las cosas como a ti te gustan.

Reconozco que siempre he hecho caso a ese consejo del que, sin duda, se convirtió en un buen amigo.

Dos minutos después de que Iván introdujera sus dedos en mi vagina, comencé a correrme.

—¡Me corro…! ¡Ah…! ¡Ah…! ¡Qué gusto por Dios…!

Mis piernas casi llegaron a convulsionar, cuando el fuerte orgasmo atravesó todo mi cuerpo.

El propio Iván reconocería posteriormente, que incluso había llegado asustarse al verme así. Algunos hombres se sorprenden cuando me escuchan «¿Cómo no se iba a impresionar un pobre muchacho sin apenas experiencia?»

Miré la hora un tanto asustada, no podía dilatar, muy a mi pesar, el encuentro indefinidamente.

Enrique ya habría terminado su partido de futbol sala, que juega todos los jueves con sus amigos. Estaría esperando en un bar cercano, tomando una cerveza aguardando mi llamada nervioso, deseando regresar a casa. Por otro lado, estaba mi hijo Carlos, a él tampoco le faltaría mucho para volver de clases de guitarra.

Pero, sobre todo ya más sosegada después del orgasmo, pensé en mi marido «¿Qué le diría? ¿Cómo justificaría todo lo que había pasado? ¿Tal vez sería mejor mitigar o excluir que me había acostado con el chico?», comencé a hacerme interiormente ciertas preguntas

—¡Córrete! ¡Tienes que correrte! Mi marido y Carlos no tardarán en llegar —grité apremiándolo.

—Me gustaría hacértelo desde atrás —respondió el chico, casi pidiéndome permiso.

No hizo falta que me lo repitiera, yo misma lo estaba deseando. Seguía excitada, aunque algo más tranquila.

—¿Quieres follarme como a una perrita? —pregunté volviendo mi cabeza, para mirarlo desde atrás.

Me encanta hacerle ese tipo de preguntas a un hombre. Sé lo que esos comentarios incrementan su excitación, cuando además se las haces mirándolos directamente con cara de puta, a los ojos. Me vuelve loca llevar al límite a un hombre.

Entonces el chico se situó detrás, se tomó su tiempo. Antes se recreó con mis deseadas nalgas. Palpándolas y manoseándolas con verdadero énfasis. Disfrutando de ellas todo lo que quiso.

—¿Crees que tiene razón Aitor? ¿Tengo buen culo? —pregunté haciendo referencia al otro amigo de mi hijo.

—Se ha quedado corto. Es mejor aún de lo que comentábamos cuando hablamos de ti. Nos pones muy cachondos, Olivia —respondió justo en el momento en el que su polla se colaba en el interior de mi ansiosa vagina.

—¡Dame un azote! —Casi le supliqué, movida de nuevo por el incremento de mi propia excitación

—¿Cómo? —preguntó el chico atónito, sin entender a que me estaba refiriendo.

—Me encanta que me den unos buenos cachetes en el culo, cuando me están follando —respondí con franqueza, moviendo mis caderas para anticiparme a sus fuertes embestidas.

En ese momento descargó un liviano azote en una de mis nalgas, dos segundos después volvió a repetir el gesto en la otra.

—¡Más fuerte, coño! ¡No me voy a romper! —Exclamé ansiosa.

Entonces pude sentir en mis nalgas, dos enérgicos azotes. Ese fuerte contacto me hizo estremecer de gusto.

—¡Dios…! ¡Cómo me gusta! ¡Qué perra me pone eso! —Le aseguré, de nuevo dispuesta a buscar un segundo orgasmo.

—Joder Olivia, nunca pensé que fueras así de… me refiero que fueras tan… —comentó sin atreverse a terminar la frase.

«Que fuera tan puta», reflexioné interiormente finalizando la frase por él.

Estaba al borde de llegar al clímax de nuevo, iba a comenzar a tocarme el clítoris, cuando de repente noté como sus rítmicos movimientos comenzaban acelerarse.

—¡Me corro…! ¡Me corro! —Gritó abandonando mi vagina y comenzando a masturbarse con vehemencia.

Yo me quedé al límite del orgasmo, sintiéndome un poco desilusionada. Pero el chico era joven y le faltaba experiencia. Sabía que Iván llegaría a ser con algo más de tiempo, un buen amante.

Había aguantado lo suficiente para hacerme disfrutar, había sabido excitarme, y me había hecho correr con su boca y con sus dedos.

Entonces noté como su leche caliente era disparada contra mis nalgas. Sabía que estaba cumpliendo la fantasía de un chico. Me imaginé que habría soñado con esa imagen, en muchas ocasiones. Cuando el chico se masturbaba pensando en mí en su casa.

Sé que a partir de ese momento me tendría que haber mostrado como la esposa arrepentida que se ha dejado arrastrar, por culpa de cierto abandono físico y emocional, por parte su marido.

Debí de haberme puesto incluso a llorar. Pero creo que, precisamente debido a que me había quedado a las puertas de correrme otra vez, y seguía enormemente excitada. No lo hice.

—¿Te ha gustado? —pregunté tontamente, pues conocía de sobra la respuesta.

—¡Ni en mis mejores sueños podía imaginar algo así! —Exclamó el muchacho con una estúpida sonrisa de oreja a oreja—. Y tú, ¿has disfrutado? —preguntó interesándose por mí.

—Me ha encantado, creo que lo necesitaba —respondí, seguramente con los ojos brillantes aún por el deseo.

—¿Me darás tú número de teléfono? —me preguntó.

—Pienso que te lo has ganado —respondí sonriendo.

—¿Eso quiere decir que quieres que sigamos viéndonos?

—Eso significa qué tal vez, si eres discreto, y veo que sabes adaptarte a la situación. Tal vez, ambos merezcamos una segunda parte. Pero ahora márchate, si viene mi marido y te ve… ¡No quiero ni pensarlo! —Dije intentando intimidarlo.

Diez minutos después Iván abandonaba mi casa. Nos despedimos con un apasionado beso en la puerta, yo totalmente desnuda, solo con los zapatos de tacón puestos. Entonces palpé su entrepierna «Tiesa y dura de nuevo», pensé justo antes de abrir la puerta para dejarlo marchar.

Era la hora de llamar a Enrique, eso hizo que mi sonrisa se desdibujara. Temía ese momento de volver a la realidad. Gozo tanto con el sexo, que a veces me cuesta despertar de ese maravilloso sueño.

«No solo me había follado al mejor amigo de mi hijo, me había convertido en su amante. Yo misma había dejado las puertas abiertas para un próximo encuentro», reflexioné aterrada.

Entonces busqué mis bragas para comenzar a vestirme, pero no las encontré por ningún lado. «Se las ha llevado él», recordé.

Estaba agotada física y emocionalmente. En ese momento me tiré sobre la cama, así, totalmente desnuda. A los pocos segundos, pude notar como una de mis manos se posaba, de forma instintiva, como un auto reflejo sobre mi coño. Tuve que forzarla para que se detuviera.

—Cariño —dije cuando escuché la voz de Enrique al otro lado de teléfono—. Se acaba de marchar. Ya puedes venir a casa —le indiqué.

Él tardó en responder. Seguramente alertado por el tiempo que había trascurrido. Creyendo con razón que, para dejarle las cosas claras al chico, no hubiera necesitado invertir más de diez minutos.

—¿Ha ido todo bien? —preguntó con un tono de voz más desconcertado que ansioso.

—No lo sé. Según como se mire —respondí con una sonrisa en los labios, que él no podía ver.

—¿No habrás…? —Intentó preguntar.

—Me temo que si —respondí interrumpiéndolo. Impidiendo que me hiciera la pregunta.

—Joder Olivia, suponía que…

—Te lo contaré todo. Ahora ven a casa —comenté volviéndolo a interrumpir

—Estoy llegando —me anunció.

—¡Qué bien follada me ha dejado! —Me expresé exagerando en parte, intentando así, iniciar o incrementar su excitación.

—¡Buf! —Solo fue capaz de decir, mientras escuché perfectamente por el teléfono, como abría la puerta del portal.

—¿Ya la tienes dura, cariño? —le pregunté justo en el momento que mi traviesa mano se posaba nuevamente sobre mi enrojecida vagina.

—Como un bloque de acero —confirmó mi marido—. ¿Estás desnuda? —interpeló, sonando de fondo el ruido del ascensor.

—No —negué—. Iván me ha dejado con los zapatos puestos —respondí justo cuando escuchaba como se abría la puerta de la entrada de la casa.

Deva Nandiny

Continuará

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