SILVIA ZALER & LOLA BARNON


1

Los inicios

Estaba de camino a casa. Por una parte, enfadada conmigo misma, pero por otra, satisfecha. Molesta, porque he vuelto a ser infiel, a pesar de haberme prometido que no lo sería más. Y complacida porque, de nuevo, conseguí un buen sexo y diversión. Como ya me había pasado en la anterior tarde que estuve con Axel, mi conciencia ya no era el clamor de la primera vez. Había conseguido acallarla diciéndome a mí misma que era un juego, una diversión con caducidad declarada y que, una vez que Axel saliera de mi vida, todo volvería a ser como antes de conocerlo. Es decir, volvería a mi anodina cotidianeidad de esposa y madre.

El sexo furtivo engancha. O al menos, conmigo lo ha hecho. Iba conduciendo a mi casa, un poco más tarde de la una de la mañana y, aunque pensaba en mis hijos y mi marido, tampoco me quitaba de la cabeza a Axel y a sus amigas.

Es cierto que llevaba todavía los chispazos de la coca en la cabeza y que eso me hacía estar con ese punto eufórico y de despreocupación que siempre me envolvía tras acostarme con Axel. Cuando me tranquilizaba, era completamente consciente de que había hecho mal. Que no debería volver a caer en este torbellino en que se estaba convirtiendo mi vida desde hacía más de un par de meses.

Que acostarme con Axel por pura diversión me traería problemas, era cuestión de tiempo. Lo mismo que la coca, que ya era habitual en nuestras sesiones de sexo. Hoy, incluso, nos habíamos fumado un par de porros de maría y, para mi suerte o desgracia, contribuyeron a ponerme cachonda y más desinhibida.

Aparqué el coche en el garaje que abrí con el mando a distancia. La primera vez me equivoqué y no apunté bien por efecto de la droga. Intentaba respirar profundamente y repasar mi aspecto. Iba vestida con un traje de chaqueta de pantalón tobillero, zapatos de medio tacón y un bolso amplio, además de la cartera con el ordenador portátil. Daba la sensación de que volvía del trabajo. Y en realidad, era así. Aunque he salido tarde —a eso de las ocho y media—, me he ido a follar con Axel directamente del despacho. Hemos cenado en su casa un par de sándwiches, y por comer algo, porque a mí la coca me quita el hambre y me deja, en ese sentido, inapetente.

Han sido tres horas intensas de sexo y colocón. Quitando el tiempo en que hemos picoteado algo y los viajes de ida y de vuelta, he estado completamente desnuda con Axel. Bueno, con Axel y una pareja de amigos. Una tal Marta, que le da a la coca bastante, y un chico al que debe conocer Axel del mundo farandulero. Un cámara de televisión, recuerdo que ha dicho.

La tal Marta es graciosa. Pequeña, de cuerpo compacto, duro. Al parecer es muy deportista. Trabaja de bióloga en un laboratorio, pero según sus propias palabras, le encanta «follar y meterse de todo para disfrutar a tope». Se ha paseado, como yo, en pelotas por el apartamento de Axel sin ningún pudor y haciendo gala de un buen humor. Debe follar como una loca, porque se ha quedado allí, con los dos, y no me extrañaría que se los cepillase a ambos en lo que queda de noche. Al recordarla, me reí pensando en ella y en su desparpajo. La verdad, me cayó bien.

Apagué el motor del coche y me quedé un poco pensativa. Notaba, poco a poco, el bajón de la coca, y me alegré, porque si no, me sería muy difícil conciliar el sueño. Salí del coche, cogí el bolso y la cartera del ordenador. Me descalcé antes de entrar para no hacer ruido. El contacto con el suelo en mis pies me recorrió el cuerpo y me devolvió un poco más a la realidad. Subí por las escaleras despacio, con cuidado extremo y sin hacer ruido. La luz del dormitorio estaba apagada, pero se veía el irregular reflejo de la televisión encendida.

Cuando entré, miré a mi marido que estaba tumbado de medio lado, dormido, aunque me sintió y, somnoliento, me observó un par de segundos con gesto de extrañeza.

—¿Qué hora es? —me dijo entre sueños.

—Se me ha hecho un poco tarde… —le contesté mientras dejaba el bolso y la cartera en la butaca del dormitorio y me empezaba a desabrochar la blusa.

—Sí… últimamente siempre se te hace un poco tarde.

Se dio media vuelta y volvió a dormirse.

Sus palabras eran ciertas. Me quedé pensativa. Cerré los ojos y me culpé.

En ese momento, sonó el vibrador de mi móvil y lo cogí inmediatamente. Vi que era una fotografía de Axel, preparándose una raya, con Marta chupándosela mientras el otro chico, del que no me acordaba el nombre, se la metía a ella. Había un segundo mensaje, este de texto. «Lo que te estás perdiendo, jajajaja»

Borré de inmediato la foto y el mensaje. Me entró un miedo atroz a que un día cualquiera, estas cosas las viera mi marido y me pillase. Me volví a decir que esto tenía que terminar, que no debería seguir con esta locura. Pero me percaté de que, en realidad, sí me había dado cierta envidia la foto de Marta con ellos dos. No sé si era la coca, las ganas, el aburrimiento en que se ha convertido mi matrimonio, la sensación de locura o la desinhibición que da el sexo infiel… No era consciente, pero sentía el completo absurdo de mentirse una misma. No pude obviar que sentí un pinchazo de interés o de ganas por estar ahí. Con esos dos tíos, con Marta, y siendo follada por ambos.

No sabía en esos momentos si me estaba volviendo loca, pensé, mientras repasaba y borraba todos los mensajes que había tenido con Axel ese día. Ninguno subido de todo, pero suficientemente pícaros para que se pudieran malinterpretar. O en este caso, sacar la conclusión correcta, que es que me lo había follado ya en cuatro ocasiones.

Me metí en la cama prometiéndome —otra vez— que no volvería a esto, que me olvidaré y que todo quedaría como un error. No eran pocos los hombres y mujeres que se engañan continuamente. En muchos casos, simplemente, una cana al aire. Una diversión puntual y traviesa. Y así me veía yo. Una aventura sin futuro ni sentido. Tardé en dormirme por los últimos efecto de la coca y aproveché para pensar en mí, en mi matrimonio y en mi vida. No podía decir que con mi marido estuviera mal. Posiblemente, en ese momento, no pasáramos nuestros mejores días. Pero tampoco nada que fuera de lo normal y habitual en matrimonios con años a las espaldas.

Nos casamos jóvenes, apenas unos años de terminada la carrera. Él se dedica a la restauración y posee varios locales y restaurantes. Yo, a la gestión de los derechos de autor en una editorial de buen tamaño. Sobre todo, a lo referente a series de televisión y películas.

Nos marchaba, en el momento en que todo se torció, bastante bien. Nuestros dos hijos, aún pequeños, iban a un buen colegio de la zona residencial donde vivimos, cercano a La Moraleja. En verano, disfrutábamos de un chalet en una de las mejores zonas de Jávea.

En definitiva, teníamos una buena posición social y económica. Entonces, ¿qué me había llevado aquella noche, que ya me parecía lejana, a cometer el desliz que se ha convertido en el principio de todo esto? ¿Qué fue lo que me condujo a ese cuarto de baño en aquella discoteca?

Es posible que fuera el cabreo con mi marido de esa última semana. O el excesivo ajetreo del trabajo en aquellos días de fin de año. También, sin duda, la monotonía y el aburrimiento que se iban apoderando de nosotros y, por tanto, del matrimonio. Podrían haber sido todas. O ninguna.

El hecho es que en un momento dado me encontré dejándome meter mano por un chico más joven que yo, afectada por la raya de coca que me acababa de invitar hacía unos minutos, y dispuesta a cometer adulterio.

Muchas veces no somos conscientes de lo que la vida nos va presentando a medida que avanzamos en ella. No vemos las señales ni nos imaginamos lo que el futuro nos depara después de cometer un error. En muchas ocasiones, los analizamos demasiado rápidamente, como simples fallos sin responsabilidad ni efectos. Y así, de esta forma, generalmente no somos capaces de ver las consecuencias de nuestros actos.

En mi caso, aquel beso y los tocamientos que nos estuvimos dando, él a mí y yo a él, fueron el inicio de todo mi desmadre. El pistoletazo de una vida de desenfreno, de locura y de errores continuados, fruto de una moralidad que se fue escondiendo y ocultando a ritmo de drogas y sexo.

Y lo que estaba lejos de imaginar, es que, tres meses después de lo que sucedió en el cuarto de baño de aquella discoteca, Axel pasó a la historia. Pero no Marta, ni Las Guarris, ni las folladas colocada de porros y coca. Que, incluso, me compré un segundo móvil para no dejar rastro de mis andanzas y que, en poco tiempo, estaría apuntada a dos redes de contactos para seguir follando fuera de mi matrimonio.

Sin saberlo, o sin ser plenamente consciente, esa noche en el baño, y los días siguientes con Axel, habían sido el comienzo de mis días de sexo…

Y jamás pude imaginarme todo el torbellino que aquello escondía…

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 Mis días de sexo es una serie de novelas eróticas de Silvia Zaler. 

Cualquier copia o uso fraudulento de la historia, será denunciado en los tribunales.

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