SILVIA ZALER

6

Borja sonrió y menea la cabeza.

—No voy por ahí contando la vida de nadie. No es mi estilo.

—No quiero que me cuentes la vida de nadie. Solamente qué hacen esta noche. Digamos que me interesa. —Mi mirada pretendía ser insinuante o al menos dejar la puerta abierta a que pueda tener recompensa.

Borja no contestó. Me miraba con un gesto que traduje en dudas. Luego clavó la vista en el suelo.

—¿Por qué te interesa?

—Tengo mis razones.

Borja me miró. No era de los que acusaban los golpes y jugó a la contra.

—De acuerdo. Pero en tu habitación.

—De eso nada. No vamos a ir a mi habitación.

—¿Es posible que tengas miedo por si soy capaz de ligar contigo? —volvió la sonrisa canalla y atractiva.

—No tengo ningún problema en llevarte a mi habitación si me apeteciera. Pero no es el caso. Y de suceder —le mostré el anzuelo—, solo sería tras esa hora de buena conversación que dices tener.

Intenté darle esperanzas.

—Sonia y tú no os lleváis bien. Te llama Miss Látigo y le pareces una estirada de cojones con un palo metido en el culo. Esto es el aperitivo…

Decididamente Borja era un tío que no se escondía. Sabía que lo que me acababa de decir iba a ser interesante para mí. Pero debía jugar mis cartas. No estaba en mi cabeza meterlo en mi cama. Y menos, siendo amigo o conocido de Claudia.

—Eso no me sorprende. Lo sabía. Y no me importa que sepas que nos llevamos bien o mal. Son cosas del trabajo, además. ¿Con quién está? Eso es lo que quiero saber.

—Te propongo una cosa —me dijo tras un silencio dubitativo—. No vamos a tu habitación por ahora. Puedo entender que ha sido una sobrada por mi parte, pero tenía que jugármela. Te pido que me entiendas y a la vez, también disculpas. Hay un sitio cercano a tu hotel. Es tranquilo y no está a más de diez minutos andando. Nos acercamos en mi coche y nos tomamos algo. Te cuento y tú decides.

—¿El qué decido?

—Sí lo que te digo de Sonia es interesante y si me llevas a tu habitación.

—Lo de subir a mi habitación, olvídalo. No va a suceder. —Antes de que proteste, continué—. No me aclaro con una cosa. ¿Por qué me cuentas eso de Sonia? Se supone que era con ella con la que hablabas o estabas cuando yo he llegado. Y, por cierto, sabía lo de Miss Látigo… —le mentí un poco para no dar sensación de que no me enteraba de lo que pasa.

—A Sonia le ha conocido hoy. Me la ha presentado Claudia.

—¿De qué conoces a Claudia?

—De salir. Un par de noches. No es de mi grupo ni nada por el estilo…

—Y os habéis encontrado…

—No. Me ha llamado un amigo. Me ha dicho que había quedado con ella en el sitio en el que te he conocido a ti.

—No entiendo…

—Supongo que me quería presentar a Sonia.

—Eso sí que me interesa. ¿Por qué?

—Te lo diré si aceptas mi propuesta.

No dije nada, pero me intrigaba todo aquello.

—¿Dónde está tu coche?

—Doblando la esquina. En ese aparcamiento. —Me señaló hacia la dirección que indicaba.

Nos encaminamos allí. Él a mi lado y yo pensando en qué sería lo que le hacía pensar así de Sonia. Nunca se sabía, pero si llegaba a tener alguna prueba de que Sonia le era infiel al socio de tributario, tendría una gran baza a mi favor. Una jugada maestra e imbatible…

El coche de Borja era un deportivo de segunda mano. Típico coche de hombre cercano a los cuarenta, con dinero, y que está libre.

—¿A qué te dedicas?

—Mercado inmobiliario. Compro pisos, los decoro y vendo. Empezó siendo una especie de refugio cuando me despidieron. Ahora es mi profesión.

—¿Y eso funciona? —Pensaba en ese momento en mí. Tenía dinero invertido en fondos de inversión, pero cada vez con menores rentabilidades.

—A mí sí. No es un beneficio mayúsculo, pero me va bien. Sobre todo, ahora en las afueras. Gente joven que busca salir de las ciudades.

—¿Y los reformas o decoras?

—Ambas cosas. La cocina, casi siempre. Hoy se llevan los espacios grandes, uniéndola al salón. Las islas, cocinas mucho más modernas… Supongo que lo has visto en revistas.

Borja conducía con agilidad sin ir rápido. Conversaba atento y no me miraba, lo que me tranquilizó. No me gusta subirme a coches de quien no sé cómo conducen. Menos, en una noche donde ha habido alcohol. No sé si Borja había bebido mucho, pero si era así, no se le notaba.

Llegamos a una zona que me sonaba. Estábamos cerca del hotel. Sin preámbulos ni comentarios, Borja aparcó en un sitio que por el día era de carga y descarga. Descendí del deportivo y esperé a que llegara hasta mí. Anduvimos unos metros y enseguida entramos en un local. Parecía una especie de pub inglés, con sillones de cuero, música muy baja, camareros silenciosos y gente que apenas elevaba la voz. No era mal sitio. Sobre todo, entendiendo que mi intención era que aquella hora pasara de forma tranquila.

Nos sentamos en una rinconera y esperamos a que llegara un camarero. Vestían con pajarita y fajín, pero de forma moderna, sin ser estrafalario ni antiguo.

Ninguno pedimos alcohol. Él un refresco y yo otro, pero sin gas. El precio, eso sí, era igual o muy parecido a si hubiéramos pedido un licor añejo o especial.

—Bueno, dime —le dije mirándole a los ojos.

—¿La hora empieza ya?

—No te contaré el trayecto… —sonreí.

—Tengo la sensación de que Claudia quería que me ligara a Sonia —me dijo con tranquilidad.

—¿Por qué?

—No sería el primero… —Debí poner un gesto de impaciencia, y Borja sonrió echándose hacia atrás—. Sonia ya ha venido por aquí varias veces, ¿verdad?

—Sí. Es la que suele coordinar esta zona. —Era cierto. Yo misma solía enviar a Sonia lejos para no tenerla por el despacho.

—La he visto… zorreando con otros. Por ejemplo —puso cara de intentar acordarse—, hace un par de semanas, coincidimos, pero no nos presentaron. Ella ya estaba… ocupada. —Y sonrió de forma sarcástica.

Disimulé. No podía dar a entender que aquella información me venía de perlas. Así que, me encogí de hombros, crucé la pierna derecha sobre la izquierda y me recosté también en el sillón. Eran vetustos, pero cómodos. Bebí un poco de mi bebida, lo mismo que Borja.

—Me quieres decir que Sonia se liga a chicos cuando viene por aquí…

—Sí. Le gustan modelos.

—¿Modelos?

—Yo lo soy. Por eso sé lo que hace.

—Los hombres sois unos cotillas.

—Yo no. Además, la interesada eres tú. Y no te he preguntado siquiera la razón. Me da igual lo que haga Sonia, tú o quien sea —sentenció.

—A ver… que me aclare. —Opté por obviar sus palabras. Ni me convenían ni ayudaban a mi propósito—. Me estás diciendo que sabes que Sonia ha estado con algún… ¿conocido?

—Así es.

—Pero contigo no.

—En realidad, nos hemos conocido hoy. Hemos coincidido alguna vez, pero nunca nos habíamos saludado, por decirlo de alguna manera.

—… Y es a través de Claudia…

Borja me miró, volvió a beber de su refresco y pensó la respuesta.

—Sí. Es amiga de un compañero.

—¿Amiga?

—Amiga o lo que sea. No me interesa.

Saqué a Claudia de la ecuación. No era mi objetivo y podía distraer a Borja de soltar la información que yo deseaba conocer.

—Si esto es todo lo que me puedes decir… Pues es un chasco, encanto —le dije con displicencia y media sonrisa que fingía algo de decepción.

Borja me miraba. Sonreía con algo de suficiencia simpática. Nos quedamos unos segundos en silencio. Me eché a reír. Luego apoyé el codo en el respaldo del sofá y moví la cabeza hacia atrás. Debía sacar algo más. Una idea se abría en mi cabeza. Me interesaba conocer que Sonia era infiel, si se podía llamar así, al socio de tributario. Un hombre de bastante posición, dinero y muy petulante. No le gustaría conocer esta faceta de su… novia. Si conseguía probar aquello, me daría una gran ventaja sobre ella.

—¿Dónde está ahora? —dije como si nada.

—En un local cercano a donde hemos estado. Con Claudia y unos amigos de esta

—¿Modelos?

—Entiendo que sí. A mí, en cuanto no la he hecho caso, me han dado de lado. Claudia le habrá preparado otras alternativas.

—Claudia parece su secretaria…

—Es quien le pone todo en bandeja.

Hice memoria. En alguna ocasión que no habíamos podido contactar con Sonia de mañana temprano, siempre nos sacaba una factura de una cafetería a esa hora. La excusa de que no había escuchado el móvil, un desayuno con el cliente, una reunión de última hora… Me encajaba que Claudia fuera una especie de satélite de Sonia que le ayudara a tapar sus deslices. ¿Qué sacaba ella de todo esto?

Puede que solo fueran amigas y ya está. Llevaba poco tiempo en el bufete filial, pero posiblemente había entrado a la vez que Sonia. Obviamente, los informes de Sonia sobre ella, tanto formales como informales, eran óptimos.

—¿Y ahora está con alguien?

—Tenlo por seguro. Le gusta zorrear… Mucho.

—¿Cómo se llama ese local? —le pregunté ya decidida a poner en práctica mi idea.

Borja me dio el nombre y la dirección.

—Espera aquí. Dame un minuto que tengo que hacer una llamada —le dije levantándome y buscando el número de la persona en la que estaba penando en mi móvil.

—De acuerdo. Espero sacar algo a cambio…

No le dije nada. Salí a la calle y marqué la tecla. Era algo tarde, pero no me pareció que fuera a molestarle, tratándose de Manolo.

En efecto, me contestó al tercer tono. Se escuchaba ruido de fondo. Estaba en un bar. O en un puticlub, que Manolo tenía pinta de que le gustara el ramo profesional. Como a mí, me dije sonriendo.

—Dime jefa.

Le gustaba llamarme así. No sabía por qué, pero lo hacía siempre.

—Tengo un trabajo para ti muy sencillo y que me debes hacer en una hora. No puede ser más.

—Me lo pones difícil, jefa.

—Conoces a Sonia del despacho, ¿no?

—Sí, claro.

—Pues está en un local que te voy a dar la dirección. Quiero que me saques unas fotos en donde se la vea comiéndole la boca con el que esté. Y que me cuentes qué hacen y dónde van después.

Manolo se quedó en silencio. Seguramente pensando que la noche se le podía romper con aquel encargo que le estaba dando.

—Jefa…

—Te llevas quinientos euros. Sin factura. Te pagaré yo directamente. Mañana antes de irme. En billetes, como te gusta. ¿De acuerdo? —Sabía que no le daba opción ante esa posibilidad de dinero.

—¿Una hora?

—Sí. No sé si incluso hay ese tiempo. Debes darte prisa. —Le di la dirección.

—Estoy al lado. No creo que tarde en ir más de cinco minutos. Si están, te mando lo que me pides.

—Perfecto, Manolo.

—¿Pueden ser seiscientos…? Estaba con unos amigos…

—Seiscientos. —Zanjé—. Pero buenas fotos, nítidas, cercanas y donde se la vea con la lengua en la campanilla del que esté. ¿De acuerdo? Si son malas, no te doy ni para el taxi.

—Entendido. Me voy para allá, jefa.

Colgamos casi a la vez. Sonreí mientras guardaba el móvil en el bolso y entraba de nuevo al local. Me dirigí a donde Borja me esperaba.

—Tienes cara de haber hecho alguna maldad… —me dijo en cuanto me senté.

—La maldad y la bondad son conceptos muy relativos. —Bebí un nuevo sorbo de mi refresco mientras me imaginaba a Manolo tirando unas fotos o un vídeo de Sonia con aquel chico.

—Te había preguntado, sin que me respondieras, que qué saco yo de esto.

—Borja, encanto, estás bueno. Me pones, no te lo voy a negar y en otra ocasión me metería en la cama contigo. —Yo también podía y sabía ser directa—. Pero esta noche… —resoplé.

—No te arrepentirías.

—Eso decís todos…

Se echó a reír de forma natural y espontánea. Volvió a mirarme y negó con la cabeza. Creo que me daba ya por imposible.

—Eres una mujer interesante —me dijo.

—Gracias. Pero no te va a servir de nada…

—No lo busco. Ya me he rendido.

—¿Tan pronto? Los hombres ya no sois como los de antes.

—¿Quieres que no me rinda? —Se acercó ligeramente hacia mí.

La verdad es que me estaba poniendo ligeramente cachonda. Su desvergüenza, esa sonrisa de canallita y que la noche prometía, ayudaba.

Estuvimos charlando y tirándonos indirectas durante unos quince o veinte minutos. Era un hombre que sabía conquistar. Con la presión adecuada. Ni mucha, ni poca. Se atrevió a acariciarme ligeramente por encima de mi pantalón. Y yo, no hice nada por quitarle la mano. Me limité s sonreír y a contemplar a un hombre guapo a mi merced.

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