TANATOS 12

CAPÍTULO 42
Un “Uf, venga, me voy a arreglar” de María, marcaba el inicio de la noche y me decía indirectamente que me fuera al salón; pues ella nunca quería distracciones ni bultos sospechosos que entorpecieran su ritual pre salida.
Una vez la deje sola saqué una cerveza de la nevera y comencé a intentar presagiar qué podría pasar, y lo cierto era que veía prácticamente imposible que María hablase con un nombre, le gustase, le explicásemos cual era nuestro juego, el creado por mí, y la cosa fuera a mayores. María tenía claro que el juego en vigor era el suyo, y que lo atrayente de aquella noche era aquella ramificación light que nunca había sido derogada, y que consistía en ella gustarse y en verse deseada, con el morbo añadido de la exposición de su sexo que solo ella y yo sabíamos, pero nada más. También ella sabía de sobra que yo, bajo la mascarada del juego light, anhelaba, iluso, que aquella noche se pudiera aspirar al juego original.
En esas cavilaciones estaba cuando mi teléfono vibró en mi bolsillo. Era María quién me había escrito, y leí:
—Es verdad que hace tiempo que no jugamos solo nosotros y el juego es nuestro.
Y me llamó especialmente la atención ese mensaje, pues siempre que había una clarificación por su parte de que el juego era nuestro, sonaba más a excusa para justificar su atrevimiento que a búsqueda de complicidad. Cuando era yo quién lo aclaraba, lo que había era miedo al tercero.
María aparecía finalmente en el salón y yo di mi último trago al botellín. Los zapatos de tacón negros, aquellos pantalones de cuero, la camisa sedosa color marfil y su bolso. Todo parecía tan elegante y potente como impecable, pero ella me miraba buscando la enésima confirmación de que no se notaba el secreto, y yo lo que miraba era que se había pintado un poco los labios, de un color suave, rosa claro, lo cual no era común, y también un poco los ojos.
Estaba más agresiva, menos dócil, pero de gesto, pues seguramente por la incomodidad de tener su sexo libre, y por la tensión de poder ser descubierta, no se la veía tan altiva.
Se sentó entonces el sofá, de manera forzada, cruzó sus piernas, y me miró, esperando veredicto.
—Sentada tampoco se nota. Por si me estás preguntando eso —le dije, y era cierto, además ni había tenido que echar su camisa hacia adelante para tapar nada.
Me fui a echar colonia y cuando volví ella estaba en el medio del salón, en silencio, revisando su móvil. Y estuve  tentado de aproximarme por detrás y palpar aquel sexo descubierto… pero me cohibí. Sabía que debía esperar a que ella se fuera soltando, a que viera que no había peligro de ridículo y a que bebiera una o dos copas.
De hecho ya en el coche la notaba callada, casi apagada, obsesionada porque se notase. A mí no me faltaban ganas de preguntarle si sentía su sexo en contacto directo con el asiento, pero de nuevo sabía que debía esperar. Le acabé preguntando por Amparo, por el juicio que habían llevado ellas dos, para intentar esconder el elefante en la habitación. Pero creo que María supo de mis intenciones y no se explayó demasiado.
Había una especie de casi llovizna o de humedad persistente, que uno no sabía si estaba realmente lloviendo, pero no por ello la noche dejaba de ser cálida. Lo que sí sucedía era que aquella nubosidad provocaba que la noche fuera severamente oscura.
Llegamos al aparcamiento, a aquella gran explanada de tierra, y la miré de reojo y vi su camisa clara, que casi brillaba, alumbrándonos, y vi el cinturón de seguridad encajado entre sus pechos, que se veían enormes, remarcados en magnitud gracias a aquella división… y casi pude sentir una erección instantánea. Estaba guapísima, aún cohibida pero más potente de lo normal. E iba a aparcar cerca de la entrada, pero mi mente maquinó rápidamente que aquella oscuridad se podría aprovechar; y es que realmente todo apuntaba a que María y yo volveríamos solos a nuestra casa aquella noche, así que nuestras opciones de sexo pasaban por usar el arnés en casa, o porque yo le intentara proponer algo en el coche, al salir de allí. Algo que hacía mucho que no proponía.
Conducía despacio sobre aquella gravilla, pensando en que el coche era mi mejor oportunidad para poder hacerlo con ella sin la cárcel de aquel cilindro inerte, cuando ella preguntó:
—¿A dónde vas?
—Siempre aparcamos alejados cuando venimos aquí.
—Sí, y no sé por qué. Y menos si llueve —protestó.
—No llueve. O casi —le dije, haciéndome el loco, mientras llevaba el coche a la zona más remota.
Y ella me miró de soslayo, y negó con la cabeza, pero sonrió un poco, y supe que me había leído las intenciones; pero no dijo nada, por lo que dejaba que fuera la María de un par de horas más tarde la que tomara la decisión.
Salimos del coche y me dijo que dejaba el bolso en el maletero, que no sabía para qué lo había traído, y me dio su teléfono. Y recordé aquello que había sucedido unas semanas atrás, cuando su bolso había estado en el maletero del coche de Carlos sin un motivo claro y convincente.
—Una copa cada uno y después esperamos un poco por si hay algún control —dijo María, mientras caminábamos por aquella gravilla donde afortunadamente la humedad no había hecho mella y se mantenía consistente.
—Dos copas, María. Una apenas da para nada.
—¿Y para qué quieres que dé? —preguntó, esta vez sí cómplice.
—No sé…
Se hizo un silencio. Caminábamos contra una especie de denso y acuoso aire, y pensé que vendría su protesta, pero no se produjo, y alcé la vista y atisbé toda aquella planta baja iluminada, pero esta vez había bastante más gente.
Llegamos al vestíbulo y ciertamente había movimiento, quizás por un congreso o algún evento, y María se despegaba un poco la camisa humedecida del cuerpo mientras yo buscaba un hueco en la barra. Pero no fui yo quién lo consiguió, sino finalmente María, y yo me coloqué tras ella.
Pidió entonces dos copas y yo, sin querer, la empujé un poco con la pelvis, por detrás.
—Cómo me levantes la camisa te mato —susurró, súbitamente enfadada.
—¿Cómo te la voy a levantar?
—No sé. Te veo capaz.
Aquel repentino cambio de humor obedecía sin duda a su incomodidad por sentirse desnuda con tanta gente alrededor, y yo comencé a sopesar si realmente había ganado más que perdido con lo de la ocurrencia de los pantalones.
María me acercó la copa y dijo:
—Bueno. ¿Y ahora qué?
Su desagrado era evidente y temía que desembocara en prisa, y mi sospecha de que lo de los pantalones no había sido buena idea se acrecentó.
Le iba a responder, cuando un grupo bastante numeroso se apartaba, yendo hacía la zona de los sofás, y se nos abría un claro bastante extenso, que yo no sabía si la liberaría de presión o si haría que se sintiera más expuesta.
—Ahora nada. Tú y yo y ya veremos —le dije sereno, queriendo sonar convincente.
Tras decirlo me coloqué frente a ella. Con nadie a menos de dos metros de nosotros.
—¿Tú y yo? A ver lo que aguantas… —murmuró, tensa, antes de sorber de su bebida.
Esperaba que la primera copa fuera difícil, pero que con la segunda yo pudiera encender la conversación e ir buscando un candidato o un corrillo. Pero apenas habíamos dado tres sorbos y dos hombres corpulentos, con atuendos que contrastaban con la sobriedad de la mayoría, pasaban al lado de nosotros, y uno se daba la vuelta y miraba a María.
Pensé que diría algo, pues la parada era exagerada, y yo miraba sus pantalones cortos, su camiseta, sus mejillas sonrojadas, su pelo rubio, sus ojos claros y su barriga incipiente, sin saber qué tipo de frase esperar.
El hombre frunció el ceño, con su amigo al lado, y, dudoso, dijo:
—¿Vanesa?
Miré a María que negó con la cabeza, y el chico insistió:
—¿No?
—No. Va a ser que no —respondió ella, seca.
—Perdona…
—No pasa nada —dijo y se colocó un poco el pelo.
—Perdona, es que te pareces mucho. Pensé que eras.
—¿Y quién es Vanesa? —pregunté, buscando interacción.
—Mi prima —dijo, y pensé que estaba de vacile, y tuve de repente una sensación algo negativa.
—Pues sí que debes de ver mucho a tu prima —apostilló María y yo me situé a su lado.
—No, hace años que no la veo. Perdona si te he molestado.
—Ya me has dicho perdona tres veces.
—Vale. Vale…
Pensé que la cosa quedaría ahí, en un malentendido extraño y con un poso incómodo, pero María me dijo entonces, a mí, pero en tono audible para ellos:
—¿Esto qué es? ¿Una forma de ligar?
—¿Qué? ¿Qué has dicho? —dijo el chico, y su amigo le echó un poco la mano, y le susurró:  “venga, vámonos”, con la clara intención de que la cosa no fuera a más.
—¿Que si ligas así? Con esa chorrada…
—¿Pero de qué vas? —protestó el rubio que se soltaba de la mano del amigo, no con ademán de encararse, ni mucho menos, pero sí visiblemente molesto.
Y yo me tensé un poco, y la miré, y creía que estaba forzando la máquina demasiado, y además sin motivo alguno; y en ese momento, otro hombre, que no parecía tener nada que ver con ellos, salió de la nada, poniéndose entre ellos y nosotros y comenzó a hablarle al chico, con gestos conciliadores y tono bajo.
Después vinieron dos chicos más, vestidos con pantalón, camisa y chaqueta, como el conciliador, y la cosa se calmó, y los dos primeros chicos comenzaron a alejarse, no sin antes echarle una mirada de incredulidad a María, mientras el rubio negaba con la cabeza, en una mezcla de indignación, sorpresa y repulsa.
Todo había sucedido en apenas dos minutos. No había llegado ni a pequeña trifulca. Realmente no había pasado nada, pero el sitio era tan tranquilo y sobrio, con una música de fondo hasta relajante, que hacía que lo sucedido resultara especialmente chocante y extraño, como fuera de contexto.
El hombre conciliador se giró entonces hacia nosotros y dijo:
—Perdonad que me haya metido, pero lo estaba escuchando y me estaba pareciendo desagradable.
Después se presentó, junto a sus dos colegas. Nos dijo su nombre y no lo retuve, pero no sé por qué me fijé en que llevaba anillo de casado, y después busqué en las manos de sus compañeros y también lo llevaban. De cuarenta y pico años, alto, delgado, con el pelo muy corto y negro, con entradas y mucha nariz, algo draculiano… y con un color de piel que iba en sintonía. Y nos preguntaba si estábamos allí por trabajo y me di cuenta de que no habíamos planeado nada, y le dije rápidamente que sí, que éramos compañeros de trabajo, pues temía que María dijera la verdad.
Afortunadamente la conversación viró a si viajábamos mucho a esa ciudad, por lo que los derroteros fueron hacia aspectos en los cuales podíamos continuar la mentira.
Yo bebía rápido y uno de sus colegas le llamó Luís, y María le escuchaba sin demasiada implicación. Lo cierto era que pronto no había mucho más interés o esmero en la charla, que la atención, de palabra y de mirada, que Luís depositaba en María. De hecho hasta sus dos colegas ya habían creado una conversación aparte entre ellos.
Dejé evolucionar la situación, me fui ausentando y apartando disimuladamente, para ver si de verdad había un intento real de aquel casado sobre María.
Cuando acabé la bebida pasé por detrás de ella y dejé la copa vacía sobre la barra, y, aprovechando un silencio y un descuido de él, consiguió susurrarme:
—No me gusta nada.
—¿Qué?
—Que es horrible, que me lo voy a sacar de encima ya.
Yo pedía una nueva copa y le pedía otra a María, y me fijaba en que aquel hombre, que de hecho tenía unas cicatrices en la cara, como de una antigua acné o algo similar, efectivamente no era muy agraciado.
Le di la bebida a María y fui hacia el aseo, aun sabiendo que aquello no le haría demasiada gracia, y, una vez allí algo vibró en mi chaqueta. No era mi teléfono, pues este estaba en el bolsillo de mi pantalón, sino el de María.
Lo saqué, de forma automática, sin pensar en nada, y me sorprendí al comprobar que Carlos le había escrito.
Supuse que no sería nada importante, quizás una proposición para otra noche, pero mi curiosidad me pudo. Marqué el pin y leí:
—Mi propuesta sigue en pie. Aún estás o estáis a tiempo.
No le di más importancia. Aquel hombre, que cada vez parecía más ansioso, lo que quizás hacía que perdiera un poco su singularidad, tendría que esperar.
Guardé el teléfono de nuevo en la chaqueta y fui a orinar. Y entonces mi mente comenzó a considerar algo que supe desde el principio que no era buena idea.
Sabía que cuando volviera a la barra a María le quedaría media copa por acabar y que ya se habría deshecho del tal Luís, o le faltaría bastante poco. Así que tenía dos opciones, o encontrar a alguien con quién jugar en la media hora que me daría una María bastante a la defensiva, o… escribirle a Carlos.
Sí, sopesaba escribirle a Carlos, haciéndome pasar por María.
Miraba hacia abajo, mientras miccionaba, y veía mi diminuto miembro, y lo comparaba con la polla contundente, potente y masculina de Carlos. Y recordé las dos veces que había estado a punto de follar a María; La mirada de ella… aquella mirada de ansia… de necesidad…
… Y tuve de golpe una sensación de merecimiento, pero un merecimiento que ya hacía tiempo que no estaba vinculado a mí, sino de María.
Acabé de orinar. Me lavé las manos. Me miré en el espejo. Me las sequé. Cogí su móvil. Y de verdad pensaba que no lo hacía tanto por mí, sino por ella.
—Estoy con Pablo en el hotel ese del aeropuerto —le escribí a Carlos.
—Espero que no te importe que me lo tome como una proposición —escribió él inmediatamente.
—Tómatelo como quieras —respondí, fingiendo ser ella, y sabiendo que él no dejaría escapar aquella oportunidad.

Deja una respuesta

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s