SILVIA ZALER

5

Miré el reloj. La una y media de la mañana. Suficiente para mí, me dije. Sentí el primer amago de bostezo. Fernando se había pedido una copa más. La última, había dicho. Lo mismo que Tomás. A Claudia no la veía, ni a Sonia, Borja o los amigos de este.

Además, ya había conseguido lo que me proponía. Había sabido colocar varias cargas de profundidad sobre Sonia. Tanto en Tomás que se carcajeó, como en Fernando que, incluso, me confesó que no la tragaba. Punto para mí.

—¿El resto de la gente? —Me hice la tonta, pues sabía que se habían largado todos y solo quedábamos los tres jefes.

—Se han ido a otro lugar. Bueno, Sonia al hotel. La pobre estaba con los tacones, muerta —contestó Tomás, que, aunque había escuchado mis indirectas sobre Sonia, y se ha reído, tampoco ha querido pronunciarse. El Chanchullos es perro viejo.

Al menos, se habían ido y ya va siendo hora de que lo haga yo. Sí, puede ser que hayan sido los tacones que calzaba. Unos manolos. Los llevaba altos, la verdad. Estiré el pie, observé mis zapatillas que estaban muy de moda, y sonreí con malicia.

Me miré otra vez el reloj y decidí irme ya. Me levanté y coloqué el bolso en mi hombro.

—¿No te tomas la última?

Fernando estaba ligeramente bebido. Llevaba tres o cuatro. Yo, en su lugar, estaría hecha un escombro.

—No. Estoy muy cansada, Fernando.

—Si te esperas, vamos juntos al hotel.

—No, de verdad. Me cojo un taxi y me retiro. ¿Dónde hay que pagar?

—No te preocupes —me dijo Tomás, que también tenía ya un ligero brillo en los ojos.

—Pues gracias. Nos vemos mañana en el desayuno.

—O en el AVE —rio Fernando.

Sonreí y me dirigí a la salida. Cogí el ascensor que solo se usaba para subir al local, y tras pulsar el botón de la planta baja, se cerraron las puertas. Bajó a una velocidad pausada. Iba sola y por el cristal veo gente que se agolpaba para entrar. Meneé la cabeza. Entiendo que se pueda salir a pasárselo bien, por supuesto. Pero la mitad de la gente que estaba allí iban a lo mismo: a ligar. Me miré al espejo y me vi atractiva. Sonreí y me confirmé a mí misma que lo mejor era salir follada de casa. Regresas mucho más tranquila, me dije justo cuando se detuvo el ascensor.

Salí al vestíbulo particular que tenía el hotel para acceder al local. Vi al mismo gorila de las estepas rusas que me despidió muy solemne mientras retiraba el cordón. Corroboré que la cantidad de gente que esperaba por entrar era superior a lo que he visto desde el ascensor.

Me dio la brisa en la cara. Ya era primavera y hacía una muy buena noche. Si hubiera sabido ir al hotel, incluso podría haberlo hecho andando. Pero no, no me conocía bien la ciudad, así que me dirigí a donde estaban los taxis esperando.

—¡Marga! —escuché que me llamaban.

Era Borja. Le vi entre la gente que caminaba por la calle y se apelotonaba en la entrada para acceder al local de moda. Venía hacia mí, con sus ojos azules y la atractiva sonrisa. Está bastante bueno, me dije otra vez, mientras me detenía.

—¿Ya te vas?

—Sí. Estoy cansada.

—¿Te puedo invitar a una copa?

—Ni me he terminado la de antes —Sonreí, pero solo levemente.

Él lo hace de forma más amplia. Está ya a mi lado.

—Déjame intentarlo.

—¿El qué? —preguntó elevando las cejas y con cara de fingido asombro.

—Es obvio que quiero ligar contigo.

Lo dijo con mucha naturalidad. Mantenía su sonrisa en la cara. Y el azul de sus ojos.

—Puede que yo no quiera hacerlo contigo…

—Ese puede —incidió—, me da esperanzas. Ven, anda, por favor.

Me cogió de la mano y me atrajo sin hacer fuerza. Sonreí. Me hizo gracia la desfachatez con que me trataba. Y estaba bueno, bastante bueno, para ser exacta.

Sabía que si me dejaba ir era posible que me lo comiera también. Y serían tres tíos en una sola noche. Eso, sin contar con que la lívido la tengo en reserva. Meneé la cabeza, porque no supe qué hacer.

—¿Y Sonia? ¿No estabas con ella? Te pega más… —le dije sin soltarme de su mano.

—¿Sonia? —soltó una gran carcajada—. No, no es mi tipo… —volvió a reírse.

—Escucha, Borja. Te voy a ser clara. Me pareces un tío que estás bastante bien. Lo sabes y eso me atrae. No te andas con estupideces y vas al grano. También me gusta eso. Pero no sé si hoy es el día más indicado. En otra ocasión… No sé. Puede.

—… en otra ocasión no sé si yo estaré disponible. Hoy, sí.

Me quedé un segundo, pensativa. No se cortaba un pelo y me seguía mirando.

—Eso que has dicho es una chulería. Y es posible que tu sonrisa y esos ojazos que tienes, la hagan hasta simpática. Pero no soy una cría. Ni alguien como Sonia… —ahora sí me solté de su mano.

—¿Sonia?

—Ya me entiendes…

—No, no sé qué quieres decir. Pero me da igual… por eso me gustas tú y no me gusta Sonia. Anda, no te hagas de rogar y dame una hora o así. Tengo buena conversación. No pierdes nada.

Sí. Es posible que no perdiese nada, pero no terminó de convencerme. Iba a negarme y a esgrimir de nuevo mi cansancio, cuando vi —me quedé paralizada— a Claudia y a Sonia entrar, casi a toda prisa, en otro local cercano. Iban riéndose y, para mi sorpresa, Sonia se había cambiado. No me fijé bien, pero tengo buena vista. Son ellas. Solo que llevaban ropa diferente. Al menos, Sonia, que es la que me dio tiempo a ver mejor. Se había puesto un pantalón claro ceñido y una torera de color azul marino con algún ribete o bordado. No sé lo que llevaba debajo, pero, o son las dos hermanas gemelas de Claudia y Sonia, o se trataba de ellas.

Me debí quedar sorprendida mirando hacia el sitio donde habían entrado. Borja lo notó. Y miró también hacia allí, pero ya no estaban ni Sonia, ni Claudia. El local estaba situado a unos veinte metros de donde nos encontrábamos y a una distancia parecida del otro local donde estábamos. La zona era la que está de moda para salir y se sucedían los locales.

—¿Pasa algo?

—No… —dudé si continuar—. Me ha parecido ver a Sonia y a Claudia.

Borja no se sorprendió. O al menos, el gesto no le delató.

—Has quedado con ellas… —dije un instante después de procesar su leve sonrisa, entendiendo que era por ese motivo—. Mira, no sé de qué va esto, pero no soy de las de salir de juerga con compañeros de trabajo. Tengo mis amigos, mis… En fin, que me voy. Ha sido un placer, Borja —dije iniciando la vuelta de nuevo a donde están los taxis

—No he quedado con ellas. Te lo prometo.

—No sé si creerte… —le contesté extrañada a medio giro tras escuchar su frase.

—En serio. Te doy mi palabra.

Me detuve y miré a los ojos de Borja. No me pareció que fuera un tipo mentiroso. O actuaba muy bien. Y la frase me sonó a antigua. A caballero de los de antes, aunque no sabía si él lo era.

—Vale —concedí—. Pero sabías que no se habían ido a dormir. Tengo la sensación de que han ido a cambiarse y a seguir la noche de forma más cómoda. ¿No?

—Eso sí lo sabía. Pero no han quedado conmigo.

—Con quién entonces…

—Con otra gente.

Es entonces en este punto cuando sentí la curiosidad de saber qué hacía Sonia escondiéndose de nosotros. Algo me decía que debería enterarme.

—Te escucho. Cuéntame.

—No soy un cotilla.

Me miré el reloj y fue en ese momento cuando fui yo la que sonrío. Sabía jugar a eso y tuve la intuición de que había en Borja información que puede servirme

—Tienes una hora…

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