TANATOS 12

CAPÍTULO 41
Escuchaba desde la cama el pitido de la cafetera italiana que me anunciaba que María ya estaba en la cocina. Miré el reloj y eran las siete y cuarto, faltaban cinco minutos para que sonara el despertador, pero a ella no le había hecho falta, casi nunca le hacía falta.
Sentía un nudo en el estómago, y sabía que era por algo que había soñado. Así que hice lo que solía hacer en esos casos, indagar en mi mente rápidamente, pues sabía que o lo averiguaba en aquel preciso instante o el recuerdo se desvanecería.
Primero me vino una imagen, y después una frase, y otra, y otra. Y yo tiraba del hilo y el recuerdo se hacía más complejo y elaborado y el malestar se acentuaba. Hacía esfuerzos por no perderlo, y, una vez supe que no podría sacar más, lo estructuré y lo repasé
En el sueño iba caminando solo por la calle. Una calle desierta, pero a plena luz, como si fuera muy temprano. Y me encontraba con Edu. Pero no sentía el impacto de su intimidación, sino que era casi como un amigo. Nos parábamos, nos saludábamos y él me preguntaba por María. Yo le contaba que le iba bien en su nuevo puesto, el que había sido suyo, y él se alegraba. Era todo tremendamente real.
Y, después, manteniendo la buena sintonía, como quién le habla a un amigo, le preguntaba yo:
—Bueno, a ver, dime. ¿Realmente cuantas veces lo has hecho con María?
Y sentí, tumbado en la cama, en el mundo real, como mi yo del sueño sí se había tensado al pronunciar aquello.
—Pues, a ver… —respondía él, haciendo memoria, sin buscar sadismo, sosegado —pues la noche de la boda, claro. Y una vez en el despacho que nos dio un calentón. Y uno de despedida, que vino a mi casa para hablar sobre qué nos traíamos entre manos tú y yo.
—Ese de despedida me lo había contado Begoña. El del despacho no lo sabía —respondía yo, alterado, pero haciendo como que no me afectaba.
—Sí. Pues esas tres veces. Y, por cierto, Pablo. Perdona por lo de Víctor y por lo de Marcos. Pero con Carlos estáis contentos, ¿no? —preguntaba, hasta preocupado. Implicado. Protector.
—Sí, sí. Tiene sus cosas, pero bien. Además a María yo creo que le atrae bastante.
—Eso pensé yo. Que le iba a gustar más.
Después no recordaba qué sucedía, y lo siguiente era yo caminando solo, por aquella calle desierta, con muy mal cuerpo, pero a la vez asumiendo que aquello era lo que había; una sensación de inamovilidad y de hechos consumados que no me permitía la auto flagelación.
Sonó entonces el despertador. Me giré. Las siete y veinte. Y lo apagué.
Me puse en pie, y, alterando el orden del ritual automático, pues lo primero que hacía siempre era pasar por el cuarto de baño, fui hacia la cocina. Y allí estaba María con un camisón azul claro, peleándose, taciturna, con las alacenas.
—¿No quedan galletas? —preguntaba y yo me acercaba por detrás.
—Si solo tomas café.
—Ya. No sé. Pero me ha dado antojo —decía, de puntillas, y yo la abrazaba por detrás.
Ella se dejaba abrazar y yo me aferraba. Notando su espalda en mi pecho y su melena en mi nariz.
—¿Qué te pasa…? —rio levemente.
—Nada. Creo que un mal sueño.
—¿Ah, sí? El otro día soñé que te mataban unos terroristas —decía ella y yo la soltaba lentamente.
—Vaya. Gracias —le decía yo, también sonriendo.
—Sí, sí. Lo pasaba fatal… Una masacre —rio encantadora —¿Pero crees que tuviste un mal sueño o es seguro? ¿Te acuerdas de cómo era?
—No… No me acuerdo.
—Vaya… —respondía ella, que ya descartaba encontrar las galletas.

A media mañana, en el trabajo, culpaba a Begoña de mi pesadilla. Al fin y al cabo ella había plantado la idea de la infidelidad de María en mi cabeza.
Y, no mucho después de que estuviera pensando en ella, de casualidad y para mi sorpresa, aquella impredecible chica me escribió al móvil.
Me llamaba la atención cómo escribía, pues lo hacía tal cual hablaba, de tal forma que me sucedía algo con ella que me pasaba con muy poca gente, y es que leía lo que me escribía, pero con su voz. Plasmaba en el texto su propio tono, con su dulzura, su agitación y su jovialidad habitual, y, ya refiriéndome al fondo de su mensaje, vi que me hablaba sobre un amigo suyo que estaba buscando trabajo:
—Venga. Ahora que eres jefe podrás mover su curriculum. Siempre ha trabajado en logística. Si te digo la verdad no sé muy bien lo que es. Lo que es logística sí, jolín, pero no lo que hace él, jeje —leía yo y me frotaba los ojos, un poco incrédulo por el asalto.
—Sí, vamos, súper jefe soy ahora. Está el CEO temblando —le respondía yo.
—Venga… ¿te lo paso?
Accedí a darle mi email y no sé por qué le pregunté si había coincidido con María esa mañana.
—Está en el juzgado con Amparo, creo —y yo entendí entonces por qué aquella llamada recién habíamos aterrizado en la terraza la noche anterior. Y mi mente se fue inmediatamente después a que María había estado vestida como ella, y a aquello tan raro de mi novia en el momento en el que mi clímax era inminente.
De golpe me moría por preguntarle sobre su implicación en su juego con Edu… en eso de fingir ser María, pero sin duda no era el momento ni el canal.
—Por cierto. ¿Hubo trío por tu ascenso al final? —preguntó.
—Tú qué crees —me hice el interesante.
—Si te digo lo que creo harás como que no te lo he dicho.
—Puede ser.
—No me lo cuentas, entonces. Menuda shit… —decía ella, con aquel vocabulario tan pijo como delirante.
—Eres muy cotilla. Aunque igual te lo cambio algún día. Información por información —me enredaba yo, sin motivo, sabiendo que me estaba metiendo en un lío.
Ella respondió entonces con un emoticono de una cabeza pensando, y me llegó la lucidez suficiente como para apartar el teléfono y bloquearlo.
Intenté centrarme en el trabajo y unos minutos más tarde comprobé que no me había insistido más. La conversación tenía como final aquella cara pensante. Lo cierto era que nuestra relación, o más bien nuestro trato, era extrañísimo.
Y de hecho mi teléfono no tuvo más movimiento hasta por la tarde, cuando recibí una captura de pantalla de María. Me sobresalté un poco cuando vi que plasmaba una conversación suya con Carlos, que se acababa de producir.
Me recosté hacia atrás y cogí aire, sabiendo que si ella me lo enviaba era porque debía de tener sustancia. Y leí:
—Esta noche estaré en mi casa. Por si quieres o queréis venir al pub de aquella vez —había escrito Carlos.
—La vez en la que me vestí como tu hija, dices —le respondía María.
—Sí. Esa vez.
—Ya te expliqué que estaré cansadísima. Ya hablaremos.
—No hace falta que te pongas los pantalones que te dije. Entiendo que te intimide o te dé reparo.
—No es por eso. Estoy cansada.
—Vale. Ya me avisarás cuando quieras entonces —finalizaba él y no había nada más escrito.
Lo releí otra vez y después le escribí a María:
—Pobre. Lo tienes desesperado.
Me quedé un momento a la espera, pues ella estaba en línea, pero no respondió más. Al menos no respecto a eso, ya que una hora más tarde me llamó para decirme que cenaría un par de tapas con Paula, al lado de su despacho. Yo aproveché entonces para proponerle a un compañero de trabajo, al que mejor me caía, tomar algo rápido, cerca de nuestra empresa, a modo de pseudo despedida.

La cena no dio mucho de sí. Nada daba mucho de sí excepto mis locuras con María. Y, ya conduciendo hacia casa, mi mente volaba a lo de siempre, y pensaba en lo que disfrutaba María con aquellos desplantes a Carlos por mensaje, y me preguntaba si con ello acabaría haciendo que él abandonase, o si por el contrario estaría creando en él un deseo mayor.
Una vez aparqué el coche fui hacia nuestro apartamento y vi a Maria frente al portal, caminando y hablando por teléfono, en un recorrido corto y medido, como una centinela.
Vestía un traje gris de falda y chaqueta y una camisa azul, y recordé que Begoña me había dicho que María había ido al juzgado por la mañana; así que pensé entonces en la alegría que se habría llevado el juez, de ser hombre, y en cualquier caso los abogados, procuradores y demás, que seguro habrían revoloteado, todos nerviosos y algunos chabacanos, a su alrededor.
Me acerqué después a ella y tapó su móvil con la mano, para que no la oyera su interlocutor, y me susurró con una sonrisa:
—¿Has recogido tu planta y mi foto?
Me quedé un instante pensativo y, mientras ella colgaba el teléfono, yo entendía su broma, por lo que finalmente, le dije:
—No tengo ninguna planta. Ni foto… Mis escritorios son parcos y sobrios…
—Bueno, mejor, así menos cosas que tienes que mover.
—Total sigo en el mismo pasillo —le respondía y entrábamos en el edificio.
La veía especialmente animada, alegre y despejada, y recordé que le había dicho a Carlos varias veces que renunciaba a su plan porque estaría cansada. Y pensé en aprovechar su buen humor para plantearle irnos de fin de semana, a la semana siguiente. Pero después me di cuenta de que si le había dado largas a Carlos, quizás su intención era la de aceptar un encuentro para el siguiente fin de semana… Y yo no quería estropear esa posible cita… ya fuera de dos o de tres… así que no sabía qué proponer.
Entrábamos en casa, y después en el dormitorio, y María allí se quitaba los tacones… Estaba radiante, espléndida, y yo sabía que tenía que aprovechar aquella corriente, que ya habría otros viernes por la noche para quedarse en casa viendo la televisión. Y de golpe mi mente maquinó, de la nada, una proposición arriesgada:
—Oye, María.
—Dime… —respondió, y yo no estaba seguro de cómo decir aquello.
—Esto… A mí me pareció una locura cuando Carlos lo dijo ayer… Pero, yo qué sé. Por probar… —yo titubeaba y veía que María, de pie frente al armario, me miraba de reojo, frunciendo el ceño —Eso… que… ¿por qué no pruebas lo de los pantalones? Igual no se nota.
Ella, allí de pie, acababa de recoger sus zapatos, se soltaba la camisa de la falda, y me respondía, sorprendida, pero en un tono neutro:
—¿Cómo no se va a notar?
—Bueno. Prueba…
—¿Para qué quieres que pruebe? —preguntaba ella, ya con otra inflexión de voz, y yo empezaba a pensar que no había sido buena idea.
—Bueno, si no quieres no pasa nada.
—No. Si me da igual probar. Si te quedas más tranquilo. Pero ya te digo que se tiene que notar. Cómo no se va a notar —repetía.
María bajaba la cremallera de su falda y yo me iba hacia el cuarto de baño sin haber recibido una respuesta explícita. Algo tenso. Moderadamente optimista. Dándole tiempo y espacio.
Me miré en el espejo. Me lavé la cara. Y cada sonido que sentía que provenía del armario me angustiaba y me intranquilizaba, pero de una manera extrañamente positiva.
Me lavaba los dientes. Hacía tiempo hasta lo imposible. Me enjuagué la boca. Y acabé saliendo cuando ya llevaba tiempo sin escuchar ningún ruido.
Llegué al dormitorio y María llevaba puesta la camisa azul, con la que había ido a trabajar, y los pantalones de cuero negros, agujereados por Roberto.
—No se nota… —susurré, excitado, pero convencido.
—No. Bueno. De frente no.
Me acerqué a ella y me dispuse a alzar un poco su camisa, para ver la zona de su entrepierna.
—¿Qué haces?
—Es para ver lo que se ve.
—Hombre, si la levantas claro que se verá —protestaba ella, incómoda y ruborizada, a pesar de ser yo.
Pero me decidí a apartarle la camisa… recogiéndola hacia arriba… y vi de golpe… sin más preámbulo y sin ropa de por medio… su impresionante y carnal coño… contundente y expuesto, con sus labios gruesos y su vello púbico arreglado, oscuro, denso y rizado. Y sentí aquel impacto. De golpe. Con tanta fuerza que mis manos soltaron su camisa inmediatamente… y ésta cayó, tapando aquella imperial maravilla.
María no se percató del impacto que me había producido, y se dio la vuelta con calma. Y pude ver como la camisa le tapaba completamente el culo.
—¿Y si salimos tú y yo esta noche así? —le pregunté, en un tartamudeo excitado.
María se giró y dijo:
—Estás fatal…
—¿Por qué?
—Y además, ¿a dónde? Imagina que nos encontramos con alguien conocido.
Pensé entonces en decirle de irnos a otra ciudad al día siguiente, posponerlo a la noche de sábado, pero estaba inquieto, ansioso. Lo quería todo en aquel preciso momento.
—Pues… Mira. Es que es perfecto. Carlos estará en su casa, como te dijo. Por lo que tenemos libre el hotel ese al que fuimos con él un par de veces. Y en la barra, allí de pie, se está bien. Y es todo gente de paso. Es todo gente que va o viene al aeropuerto. No va a haber nadie conocido.
Se hizo un silencio. Yo deseaba que María estuviera valorándolo.
Ni de frente ni de espaldas se notaba. Tendría que tirarse uno al suelo para ver algo, casi de igual forma que si llevara falda.
—¿Y una vez allí, qué? —dijo por fin —Es que estamos en lo de siempre, Pablo.
—Pues sería morbosísimo. ¿Cuanto hace que no jugamos los dos solos?
—Pero estamos con lo mismo… Una vez allí… ¿qué querrías que pasase?
—Nada. Lo que tú quieras… No sé… Vamos allí. Dos copas. Nos calentamos… Con que hablases con uno… con solo un chico… sería tremendo.
—Yo no lo veo tan tremendo.
—Imagínatelo… con eso… así… al aire… pero solo tú y yo lo sabríamos.
—Ah, sin bragas, además —replicaba ella.
—Claro… ¿no? Tal cual así.
Me imaginaba a María, de pie junto a la barra, hablando con cualquier hombre de negocios de los que frecuentaban aquel hotel… sabiendo que ella iba así… con su coño así de expuesto… y mi corazón se me salía del pecho.
—Bueno. A ver… —dijo, y aquel “a ver” me sonó celestial —Voy a ver si tengo una camisa un poco más larga que esta —murmuró, y abrió de nuevo su armario, lo ojeó un poco, y dijo:
—Tengo esta… así marfil… y esta esmeralda.
—¿Qué?
—Que… tengo esta blanca y esta verde.
—Mmm… No sé. Me da igual —le dije, sin saber realmente si me estaba preguntando o no.
—Uf, no sé. Pablo. Me parece una locura. Pero ya una locura hasta para nosotros… si es que eso es posible…
Yo la miraba. Ella dudaba.
—¿No se notará? —insistía —¿Y si se abre más? Porque igual se deshilacha más. Imagínate el espectáculo.
—Si se abre más nos vamos. Venga. Te juro que no se nota. Que no es para tanto.
—Vale. A ver. Dame un momento. Que me estoy agobiando —intentaba ordenar la situación y ordenarse a ella misma —Dos copas allí. Y si se nota me avisas. Y si me viene un plasta me socorres.
Yo me alegraba por dentro, pues no quería mostrar emoción, y mi miembro palpitaba excitado. Mientras, ella seguía dándole vueltas, queriendo visualizarse bien, queriendo buscar una organización y un control. Y siguió haciendo preguntas:
—¿Y qué hacemos allí? ¿Qué hago allí? Es que no lo veo… ¿Me pongo en la barra y espero a que alguien me hable? Nadie me va a hablar. Es un bar de hotel. No un pub, ni un bar de copas.
—Podemos fingir que trabajamos juntos y si vemos a alguien… solo o lo que sea, inicio una conversación con ese alguien… y después ya veré cómo te dejo solas con él.
María me miraba y no me miraba. Tensa, dudosa. Y yo sabía que nerviosa… Lo sabía por su mirada quebradiza y por sus mejillas sonrojadas; pero no eran unos nervios cándidos, sino unos nervios vinculados a un ardor.
—Madre mía… —susurró, negando con la cabeza, y se giró de nuevo hacia el armario, y pronto desenganchaba una percha de la que colgaba una camisa de seda blanca. O más bien marfil.

Un comentario sobre “Jugando con fuego. Libro 4 (41)

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