DEVA NANDINY

Mientras ponía la cafetera a calentar, esperando que Iván viniera a la cocina. Recordé, que la sensación de excitarme al ver un hombre masturbarse, no era algo nuevo para mí. De repente vino a mi cabeza el recuerdo de un día, cuando aún era muy jovencita. Llevaba saliendo un par de años con mi exmarido.

En mi ciudad, hay un monte cercano donde por la noche suben las parejitas en coche a buscar ese momento de intimidad, que tanto se necesita. Pero a su vez, por la zona también solían subir algunos voyeurs. Normalmente son hombres maduros, que se masturbaban viendo como las parejitas tienen relaciones.

Alex y yo estábamos en el asiento de atrás de su coche. Yo estaba a horcajadas encima de mi novio.  De repente miré por la ventanilla de mi izquierda, y vi a un hombre.

La escena era grotesca. Debía de superar los cincuenta años, recuerdo que iba en chándal, y una camisa de franela a cuadros. Mantenía el pantalón bajado hasta medio muslo. Descubriendo una polla, que a mí me pareció inmensa.

Él me miraba, debía de estar a unos cuatro metros de distancia. No dejaba de observar, como si la vida le fuera en ello, como yo cabalgaba sobre el que sería años después el padre de mis hijos. Alex tenía los ojos cerrados, y permanecía ajeno a todo esto.

Entonces no sé cómo me atreví, pero el caso es que me quité la camiseta, dejando mis senos al descubierto. Deseaba que contemplara mi desnudez. La escena me mantenía fascinada.

El mirón cogió confianza al notar como le sonreía, se fue acercando poco a poco. Me recordó a los gorriones del parque, como se van aproximando con cautela, cada vez un poco más, según van ganando confianza. Yo giré mi cuerpo para asegurarme de que mi novio, en caso de que abriera los ojos, no pudiera verlo.

Pero el voyeur se acercó demasiado, llegó un momento que pegó su rostro a la ventanilla del coche tanto, que al final mi novio se percató de todo.

Entonces cerró los puños, su rostro enrojeció en un instante, cogió aire para gritar enfurecido al obseso mirón.

—Déjalo por favor —, le rogué mientras me seguía moviendo encima de él, sin dejar de follarlo.

Comencé a besarlo aumentando mi intensidad, como intentando que jugáramos los tres. Pero Alex era un hombre demasiado conservador y posesivo. Por un momento continúo dejándose hacer, cogió mis pechos y comenzó a chuparlos.

Incluso, llegué a pensar que se estaba dejando llevar.

—Bésame Alex. Me pone tremendamente cachonda, saber que él nos está mirando —le dije acercando mi boca a la suya.

Yo comencé a gemir, como nunca había hecho antes con mi novio. Entonces, decidí dar una vuelta de tuerca más, Bajé la ventanilla articulando la manivela. Quería que el intruso, pudiera escuchar con claridad mis gemidos.

—Acércate —, le dije al desconocido en voz baja.

Mi novio intentó protestar, pero supe silenciarlo con otro beso aún más apasionado que el anterior.

—Déjalo que nos mire, por favor. Me excita mucho que me vea así, cariño —, le confesé

Él pareció ceder, su erección continuaba, por lo que pensé que estaba disfrutando de todo aquello. Yo todavía no conocía bien a los hombres.

—Quiero tocarla —, le comenté a mi novio.

Él no me respondió, me sujetaba por las nalgas, sin dejar de comerme mis redondos pechos.

—¿Puedo tocársela? —, le pregunté indecisa.

Tampoco me contestó. Entonces me incliné hacia el lado donde estaba el mirón, que en esos momentos estaba envalentonado, pegado casi al coche.

Sin parar de moverme encima de Alex, observé su polla. Efectivamente era larga y gruesa.

—¿Quieres que se la toque? —, Le pregunté por tercera a mi novio, muerta de ganas.

Pero Alex seguía sordo a mis preguntas. Por lo tanto, saqué una mano por la ventanilla y la posé sobre aquella gruesa verga. Me sentía fascinada, preguntándome: ¿qué podía llevar a un hombre a sentir tanta excitación, para subir hasta allí a mirar parejas?

Comencé a masturbarlo muy despacio, lentamente, recreándome con el contacto de su polla.

—Le estoy haciendo una paja —, le confesé a mi novio al oído.

Pero él siguió sin responder, aunque sus ojos me indicaban que estaba muy excitado.

—¿Quieres verlo? Vamos, asómate a la ventanilla, mira como lo masturbo —, lo animé.

A él le pudo la excitación del momento, por fin accedió y se asomó. Contempló como su perfecta novia, acariciaba la polla de un obseso desconocido, con la palma de la mano.

—¿Quieres que me deje tocar un poco? —, pregunté muerta de morbo. ¿Te gustaría ver las manos de otro hombre sobre mis tetas? Él las desea, se muere por acariciarme —, comenté cada vez más excitada.

Alex no dejaba de follarme asomado por la ventanilla, viendo como masturbaba al fisgón.

Aproveché ese momento para soltar la verga del desconocido, y abrir la puerta del coche. El hombre ya totalmente confiando metió medio cuerpo dentro, lo que me permitió masturbarlo con mayor comodidad

—¿Te gustan mis tetas? —, le hablé por primera vez.

—Son preciosas —, respondió con una voz, que me sonó grave y cavernosa.

—Cariño, dice que mis tetas son preciosas —, repetí, dirigiéndome a mi novio —¿Le das permiso para que me las toque? —, le pregunté deseosa de sentir esas manos sobre mis pechos.

Él siguió sin decir esta boca es mía. Entonces tiré de mi cuerpo hacia atrás, sin dejar de moverme sobre Alex.

—Tócame —, dije mirando al desconocido.

No se lo tuve que repetir. Un segundo después, las ásperas manos del hombre palpaban mis tetas. Noté la yema de sus dedos sobre mis tiesos pezones. Tenía las manos calientes. Estaba a punto de correrme, seguramente a punto de experimentar el orgasmo más intenso que habría sentido hasta ese momento. Pero mi exmarido siempre fue un aguafiestas, y esa noche no a iba ser la excepción a esa regla.

—¡Tú estás loca! —, dijo Alex de repente gritándome y apartándome de él. Haciendo con ese enfurecido bramido, que el mirón se asustara, y huyera monte a través, como alma que lleva al diablo.

La discusión de aquella noche con Alex, todavía la recuerdo. Terminé llorando como una magdalena. Sintiéndome una enferma por haberme excitado. Incluso llegué a cortar con Alex durante algunas semanas. Pero al final, las aguas volvieron a su cauce, y el destino nos volvió a juntar.

Una vez que nos reconciliamos, jamás volvimos hablar de aquello, y Alex nunca me reconoció, que todo ese asunto que me reprochó durante semanas, había llegado a excitarle. Porque al final, a todos nos excita lo prohibido, simplemente es cuestión de atreverse a experimentar, y dejarse llevar un poco.

Por suerte para mí, años después puede experimentar situaciones parecidas, en playas nudistas y en algún club liberal. Sentirme observada, mientras un hombre se pajea a mi lado, mientras yo hago el amor con mi pareja, me resulta muy tentador y excitante.

Por eso ahora me encontraba así, haciendo café. Excitada de ver como un imberbe se había masturbado en mi propia casa, a un palmo de distancia.

—Cierra la puerta —, le dije mientras me servía un café humeante en la taza —¿Quieres? —, le pregunté.

—No, no me gusta el café —, respondió pasando dentro.

—Mira Iván, lo que ha pasado hoy, no se va a volver a repetir. He querido ser comprensiva con tu actitud. No quiero que te sientas mal, como te dije antes, la masturbación es algo natural, y yo sé que a vuestra edad —, dije añadiendo el plural, intentando poner un muro entre él y yo —Las hormonas os juegan malas pasadas, y os puede costar un poco más, controlar las demandas naturales del cuerpo. Pero quiero que todo esto quede entre tú y yo.

—No te preocupes Olivia. Te prometo que no se lo voy a contar a nadie. Además, ninguno de estos me iba a creer —, dijo interrumpiendo mi discurso sonriendo.

—Bueno, pues creo que ha quedado claro. Pienso que los dos somos adultos para entender, que estas cosas es mejor olvidarlas, y hacer como que no han sucedido nunca. Yo soy la madre de Carlos, y tú eres uno de los mejores amigos de mi hijo —, rematé el discurso apurando la taza de café.

—Prometido —, respondió mirándome fijamente —Pero lo que no puedo prometerte, es que me vayas a dejar de gustar, y deje de masturbarme pensando en ti —, me respondió con cierto tono de osadía.

—Lo entiendo, pero haz el favor de no robarme más bragas —, respondí jocosamente, intentando quitar hierro al asunto.

—Anoche te escuché —, soltó de repente, como volviendo a la carga.

—¿Qué fue lo que escuchaste? —, pregunté haciéndome la sorprendida.

—Te oí cuando hacías el amor con tu marido. Me levanté y me paré junto a la puerta de tu habitación, necesitaba oírte cuando estás haciéndolo. Me sorprendió lo cachonda que eres —, se atrevió a decirme.

En ese momento sentí un pinzamiento, como una especie de latido que recorrió mi sexo, me excitó pensar, que mientras follaba con Enrique, el chico hubiera estado atento a mis jadeos, A todas es palabras soeces que habían salido de mi boca.

—¿Te tocaste mientras escuchabas? —, le pregunté abiertamente, sin disimulo.

—Sí —, afirmó categóricamente —¿Te molesta que lo haya hecho? —, quiso saber.

—No, no me molesta —, dije sintiéndome peligrosamente cachonda.

—¿Quieres ver cómo me he vuelto a empalmar? —, preguntó acercándose a mí

Yo lo miré.

—¿Te has vuelto a excitar? ¿Por qué? —, pregunté como una tonta.

—Porque estás muy buena. Verte así, con esa camiseta. Se te notan los pezones —, añadió, indicándolos con el dedo, rozándomelos sobre la camiseta de forma sutil.

Miré mi camiseta, y efectivamente, estos marcaban mi alto grado de excitación.

—¿Llevas bragas? —, me preguntó.

Yo no contesté, en lugar de hacerlo, levanté unos centímetros mi camiseta, tirando de ella hacia arriba. Mostrándole así, la parte delantera de mi minúsculo tanga de color blanco

—¿Puedo tocar? —, preguntó.

—No, por supuesto que no —, respondí bajándome la camiseta —Ahora vete. Esto no está bien —, dije saliendo yo primero de la cocina, huyendo de allí hasta mi dormitorio, donde Enrique comenzaba a despertarse, ajeno a todo lo que había ocurrido con el amigo de mi hijo.

Me acosté a su lado y lo abracé. Sé que en ese momento le debería de haber contado todo a mi marido. Sabía que podía confiarle absolutamente todo, pero «¿Cómo podía explicarle, que había estado presente mientras el mejor amigo de Carlos se masturbaba?»

Había estado en alguna ocasión con algún jovencito. Recuerdo la primera vez. Fue en una de nuestras escasas escapadas a un club liberal.

Mi marido y yo estábamos tomando una copa, junto a la barra, entonces se nos acercó una chica, debía de tener poco más de veinte años.

Aún la recuerdo perfectamente, rubia, bajita y con una mirada pizpireta y vivaracha. Lucía un vestido blanco: corto y ajustado, en el que se podían intuir unos frondosos y macizos pechos.

Al verla acercarse pensé que sería una de esas chicas con una marcada tendencia bisexual. A las que le gusta hacerlo con parejas, y que, en el ambiente liberal, se las denomina como unicornios.

—Hola —, saludo con una voz algo estridente —Os quería preguntar si os interesaba hacer un trío con mi novio —, explicó manteniendo forzadamente una sonrisa en los labios.

—¿Con tu novio? —, pregunté sorprendida.

—Verás, es que su fantasía siempre ha sido hacerlo con una mujer madura, y al verte… Pues eso, que le has gustado mucho —, me indicó.

—Verás —, comencé burlándome de ella imitando su tono —Maduras, serán las frutas cuando se caen de los árboles. ¿Acaso tú me ves a mi subida en uno? —, le pregunté manteniéndole la mirada.

—Lo siento, no quería ofenderte. Tienes toda la razón. —Trató de disculparse —Me refería, que a mi novio siempre le han gustado, las mujeres, guapas como tú, y además con experiencia. Hoy es su cumpleaños, y este iba a ser mi regalo. Hemos dado una vuelta por al club, y tú eres la que más le has gustado. —Me explicó la muchacha

—¿Y dónde está? ¿Cómo es que no está aquí contigo? —, preguntó Enrique.

—Está ahí, dijo apuntando a la barra que había al lado. Es un poco tímido, pero es muy mono, y además tiene mucho aguante —, dijo la chica mirándome a los ojos, como si con esas particularidades fuera a convencerme.

—La verdad es que no estamos buscando hoy hacer un trío. Lo siento —, dije intentando desengañarla, de que no estaba hablando con la pareja adecuada.

—Entiendo. Me imagino que estaréis buscando otra pareja —, comentó la chica resignada.

—No —, negó categóricamente mi marido —en realidad buscamos un hombre, solo para ella, a mí solo me apetece mirar.

Media hora después, yo estaba besándome con el joven en un pequeño reservado, mientras Enrique y la novia del chico miraban.

En realidad, el muchacho no resultó ser un mal amante, supo entregarse y dedicarse a darme placer, ofreciéndome una exquisita e inolvidable comida de chochito, que me regaló un orgasmo increíble.

Luego yo le respondí con una buena mamada, que demostró, que precisamente mucho aguante tampoco tenía. Pues no tardé en hacerlo correr ni cinco minutos.

Pero salvo dos o tres excepciones, los jovencitos nunca habían sido una de mis prioridades.

Desde adolescente, me llamaron siempre más la atención, los hombres más mayores.

Tuve varios amantes casados, cuando todavía estaba soltera. Quizá el caso más extremo, en cuanto a diferencia de edad se refiere, me pasó con un profesor que me tiré cuando estudiaba en la universidad.

En la actualidad me suelen llamar más la atención los hombres con un rango de edad, que va, más o menos desde los treinta, a los cincuenta y algo.

Por fin era viernes, salí del trabajo ansiosa por llegar a casa, Sabía que allí estaría Iván. Había hablado con Carlos por teléfono un rato antes.

—Ya estamos en casa mamá, estoy con Iván y con Aitor jugando una partida.

No podía sacarme esa frase de la cabeza. Solo pensar que cuando llegara a casa me iba a encontrar con Iván, me ponía de los nervios.

Habían pasado casi dos semanas desde que Iván se había masturbado delante de mí, y yo le había mostrado la parte delantera de mis bragas, subiéndome la camiseta.

Entré en casa y fui directamente a la habitación de Carlos, dudé un momento. Esa mañana me había vestido pensando en Iván, sabiendo que era más que probable que por la tarde estuviera en mi casa. Aunque no era capaz de reconocérmelo a mí misma.

«¿Cómo me iba a importar tanto un mocoso como Iván, para que me hiciera incluso dudar, con que vestirme ese día? ¿Estaba loca o qué?» No dejaba de preguntarme a mí misma.

Esa mañana había estrenado un corto y ajustado vestido rojo, que me quedaba como un guante. Varios compañeros del trabajo, se habían mostrado más reiterativos en sus comentarios, que de costumbre. Cosa que yo misma provocaba con frecuencia.

Los viernes solía ir al gimnasio, pero ese día había decidido fugármelo, por llegar cuanto antes a casa. No iba buscando nada con Iván, lo único que pretendía era ver la cara que ponía, cuando me viera así vestida.

Necesitaba sentirme deseada por él, notar en sus ojos el brillo lascivo de su mirada. Me había jurado a mí misma, que mi único juego sería zorrear de forma inocente, sin ir más lejos que un tórrido tonteo.

Estaba segura de que no lo deseaba como hombre, era otra cosa lo que me atraía de él. Se trataba de seducirlo, de corromperlo; de que el chico quedara totalmente enviciado y embelesado por mi cuerpo.

Toqué a la puerta dando dos suaves golpes, que seguramente al estar con los cascos, no debieron ni tan siquiera escuchar.

—Hola, cariño —, dije sonriendo y dirigiéndome hacia mi hijo que estaba sentado entre ambos, en medio de los dos monitores.

Carlos se giró y se puso de pies un instante, sin dejar de mirar la pantalla

—Hola mamá. ¿No vas hoy al gimnasio? —, me dijo dándome dos besos y volviéndose a sentar, para seguir con atención el desarrollo del maldito juego.

—No, salí esta mañana a correr —, dije mirando por el rabillo del ojo a Iván, que no dejaba de observarme, habiendo abandonado descaradamente el desarrollo del juego.

—Haces bien, el cuerpo también tiene que descansar —, dijo Iván con media sonrisa, que yo intenté descifrar.

—Me alegro de veros, chicos — dije como si justo en ese momento me hubiera dado cuenta de que mi hijo no estaba solo.

—Mira Olivia —Dijo Iván para llamar mi atención, mientras abría la tapa de su ordenador portátil —Es una App que estoy haciendo para un trabajo de clase

Yo me acerqué intrigada, sabía que el chico era un genio para esas cosas, se lo había escuchado decir a mi hijo en varias ocasiones.

—Es que me interesa tu opinión como mujer, para seguir desarrollando adecuadamente el proyecto —, me indicó.

—¿Y para qué sirve? —, pregunté interesada

—Verás —, comenzó explicándome haciéndose el interesante —Muchas veces las mujeres compráis ropa, y al final no sabéis ni lo que tenéis en el armario. Por ejemplo, compras unos pantalones, le sacas una foto, guardas los pantalones aquí —, dijo apuntando con el puntero de ratón —Clasificas la prenda, y si le das a propiedades, puedes añadir, talla, tienda o marca, cuanto te ha costado, etc.

—Pues me parece muy buena idea.

—Verás, aquí tengo unas imágenes de prueba. Haz como si fueran tus prendas, y coge el ratón —, me indicó

Desde mi posición me resultaba difícil manejar el ratón. Entonces miré a mi alrededor y no vi donde sentarme, sé que debí ir a buscar un taburete a la cocina, pero en lugar de eso, me senté sobre las piernas del muchacho. Creo que lo hice de forma inconsciente.

—Verás —, me indicó —Coge la imagen de esos pantalones y métela en el armarito de la derecha, que representa tu vestidor. También puedes añadir el coste de cada prenda, y puedes saber lo que te gastas en ropa a la semana, al mes o incluso al año. En caso de venderlas en tiendas de segunda mano, te dará el balance final

—Hay cosas que es mejor no saberlas —dije bromeando, refiriéndome a todo el dinero que mensualmente yo invertía en ropa. Sin duda, mi más peligroso vicio.

Entonces fue cuando sentí la mano izquierda de Iván sobre mi muslo. No dije nada, seguí trasteando con el ordenador. Me gustó sentir sus dedos recorriendo mi pierna. Reconozco que la situación me puso tremendamente cachonda.

Yo no paraba de reírme ante las ocurrencias del chico, que no dejaba de preguntarme ideas, para añadir a la aplicación que estaba en desarrollo.

Mi hijo Carlos y Aitor permanecían ajenos a todo. Ellos seguían jugando online. Me sentí muy a gusto allí en su regazo, era realmente morboso dejarme meter mano por el amigo de mi hijo.

Prácticamente noté sus dedos, cuando ya rozaban mis bragas. Pensé que, si no salía huyendo de allí, o Carlos o Aitor se acabarían dando cuenta de todo.

—Me gusta mucho Iván —, dije levantándome de golpe y bajándome el vestido con disimulo —Me parece muy original —, comenté acercándome hasta la puerta.

Luego fui hasta la habitación de Alberto. Estuve un rato hablando con mi hijo menor, hasta que vinieron a buscarlo unos amigos.

La verdad es que Carlos y Alberto no podían ser más diferentes. Carlos era muy inteligente, pero se pasaba el día estudiando o jugando a los videojuegos. Sin embargo, Alberto, le gustaba el deporte, o estar en la calle.

Una vez que se fue Alberto, decidí darme una ducha, era viernes y pronto llegaría mi marido, e iríamos a tomar algo por el barrio

Pero antes me apeteció tomarme una cerveza. Entonces fui hasta la cocina y abrí el frigorífico para coger una cerveza.

—¿Me invitas a una? —, Escuché de repente a Iván justo detrás de mí.

Yo lo miré extrañada, se pasaban el fin de semana jugando con Carlos, y jamás los veía tomarse una cerveza.

—Claro —, le dije acercándome al frigorífico para coger otra.

—Me gusta cómo te queda ese vestido. Antes cuando has estado sentada encima de mí, me has puesto muy cachondo —, comentó, tirando de la anilla para abrir la cerveza.

—Gracias, pero no tienes por qué decírmelo —, le dije secamente —Me senté encima con confianza, no para intentar excitarte —, le aseguré.

—Siento si te ha molestado verme aquí, tal vez prefieras que no venga más a tu casa. No te preocupes, lo entiendo. Te prometo que no le diré nada Carlos, ya se me ocurrirá alguna excusa —, dijo el muchacho mirando al suelo.

—No —, negué categóricamente —No se trata de eso. Me gusta que vengas, y me siento halagada con que me mires de esa forma. Pero no quiero que me malinterpretes, lo que pasó el otro día no volverá a ocurrir —, dije mirándolo a los ojos.

—No te preocupes, me quedaré con el recuerdo. Es más, de lo que nunca hubiera pensado llegar hacer contigo. Hacerme una paja delante de ti, ha sido lo más fuerte que me ha pasado, en cuanto al sexo —, se sinceró el chico.

—¿Nunca has estado con una chica? —, pregunté extrañada.

—Claro que si ¿Por quién me tomas? —, saltó como un resorte. Como si mi pregunta le hubiera ofendido —Lo que ocurre, es que, para mí ninguna de esas chicas significó nada, en cambio tú… —, paró un segundo como si necesitara tragar saliva —Has sido siempre la mujer a la que más pajas le he dedicado —, añadió con torpeza.

—Vaya… podías haberte esforzado un poco más. Pensé que me ibas a decir algo bonito, o por lo menos mejor elaborado — reí bromeando.

—Puede que no sea muy fino hablando, pero es la verdad Olivia. Ahora mismo estoy excitado —, me anunció.

—¿Ahora? ¿Por qué? —, pregunté

—¿Te parece poco haber tenido ese culazo que tienes, sentado encima de mí? —, dijo dando un pequeño trago a la cerveza

—¿Me habías robado algún tanga antes? —, pregunté interesada, cambiando de tema.

—Sí —, afirmó avergonzado —Es como una especie de droga. Cada vez que lo hago, me juro que no volverá a pasar, pero vuelvo a recaer una y otra vez. Aitor me ha confesado que alguna vez también se ha pajeado.

—Vaya… Pero ¿qué os pasa a los chicos de hoy en día? ¿Por qué vais robándoles la ropa interior a las madres de vuestros amigos? La verdad es que nunca he notado, que me faltaran bragas —, dije desconcertada.

—Lo siento —, lamentó en un modo tan tierno, que consiguió derretirme por dentro.

—¿Qué voy a hacer contigo? —, me pregunté en voz alta

—Se me ocurren algunas cosas —, dijo dibujando una pícara sonrisa.

—¿Ah sí? —, le respondí retándolo —¿Cómo por ejemplo?

—Que te levantaras un poco el vestido y me dejaras ver lo que tienes debajo. Como hiciste hace dos semanas con la camiseta —, respondió sin dejar de mirarme.

Me moría por levantarme el vestido, para poder ver su cara. Sin embargo, me mantuve firme. Sabía que mi excitación estaba llegando a un punto peligroso, me conocía de sobra, reconocía los síntomas de mi propio cuerpo y, sabía que era el momento de parar aquello. Sin embargo, decidí seguir jugando.

—Vas a tener que conformarte solo con imaginarlo —, respondí cruzando los brazos.

—¿Te excitaste el otro día cuando me viste hacerme la paja? 

—¿Debería? ¿Crees que vi algo ese día que nunca había visto? —, dije intentando hacerlo de menos.

—No lo sé, pero ¿Te gustaría volver a verlo? —, preguntó sin darme tiempo a responder. Bajándose la cremallera, y sacando su pene totalmente erecto. Entonces comenzó a masturbarse, a tan solo a medio metro de mí.

Yo me moví a un lado, y me apoyé de espaldas contra la puerta que permanecía cerrada, impidiendo así que, si en ese momento alguien se le ocurriera entrar en la cocina, pudiera entrar. Dando tiempo a Iván a meter su sexo dentro de sus pantalones.

—¿Te gusta eh? ¿No puedes remediarlo? —, dijo adivinando mis más obscenos pensamientos.

Yo lo miré fascinada. Había visto muchas pollas en mi vida, de todos los tamaños y formas. Pero ver así a Iván, era algo muy apetecible para mí.

—¿Quieres tocarla? —, me preguntó acercándose nuevamente a mí.

Yo negué con la cabeza, siendo incapaz de hablar. Estaba tremendamente excitada y asustada al mismo tiempo. Mi hijo estaba allí al lado, en su habitación, totalmente ajeno a lo que su amigo estaba haciéndole a su madre en la cocina.

—¿Quieres pajearme? —, volvió a tentarme.

Yo negué de forma aún más rotunda con la cabeza. Mi marido podía llegar en cualquier momento. Cada vez estaba más aterrorizada, pero ese nerviosismo, acentuaba el morbo, y con él mi grado de excitación.

Entonces Iván movió ficha, me agarró de forma decidida la mano, poniéndomela sobre su dura polla. Reconozco que me gustó sentirla. Notar toda su excitación y dureza.

En ese momento pasé la punta de mis dedos sobre su glande, sintiendo todo su fluido preseminal, palpando toda su humedad. Luego comencé acariciar de forma sutil todo el tronco, envolviendo ese pene, tieso como un palo, con la palma de mi mano. Sin dejar de mirar a Iván a los ojos, como tratando de descifrar todo lo que el muchacho estaba sintiendo. Justo en ese momento comencé a masturbarlo.

—Córrete —, le dije apremiándolo —Enrique no tardará en llegar —, añadí mirando el reloj que había colgado en la chimenea de acero inoxidable, de la campana extractora.

—Que bien lo haces Olivia. Por favor no pares —, me dijo con la mirada vidriosa por la excitación.

—¿Querías verme las braguitas? —, dije levantando un poco el vestido para acrecentar aún más su excitación —¿Te gusta? ¿Te gusta cómo me quedan? —, pregunté morbosamente.

—Joder Olivia, que ganas de follarte tengo. Quiero follarte, siempre he querido hacerlo.

—No vas a follarme. Mi chochito no es para ti, mi niño. Vamos córrete o tendrás que irte al baño tú solo a cascártela. Enrique está al llegar —, le apremié con rudeza.

—Prométeme que volverás a estar conmigo, por lo menos una vez más —, me dijo casi jadeando.

—Te lo prometo, pero buscaremos un momento mejor para hacerlo. Esto es muy peligroso —, le dije acelerando mis movimientos de muñeca.

Entonces sentí su mano como me agarraba del culo, y comenzaba a manosearme.

—¡Joder Olivia! ¡Qué culazo tienes! —Dijo apretándome una de mis nalgas —¡Me corro, me corro, me corro! —, trató de jadear en silencio.

Puse la otra mano para que no salpicara, como tapando su copiosa y fuerte corrida, quedando la palma de mi mano, totalmente llena del semen del muchacho.

—Vamos vete —, le dije de forma enérgica.

Él me miró agradecido y salió de la cocina, entrando de nuevo en la habitación de Carlos, que seguramente permanecían ajenos, tan concentrados en el juego, que ni se habrían dado cuenta de la ausencia de Iván.

Entonces fui al baño, cerré la puerta y me bajé las bragas tirando de ellas hasta los tobillos, después comencé a masturbarme. Me gustaba sentir mis manos aún pringosas, de la lefa del muchacho. Notando como mis dedos, entraban y salían de mi vagina.

No tuve necesidad de tocarme demasiado rato, el orgasmo fue casi inmediato. Cuando me estaba corriendo, cerré las piernas con fuerza, con dos de mis dedos aun, dentro de mi coño. Entonces comencé a descargar toda la excitación que mi cuerpo había acumulado, en forma de un maravilloso orgasmo.

Nada más acabar de correrme, me inundaron dudas y resquicios de molestos arrepentimientos. En ese momento abrí el agua de la ducha y me metí dentro, casi sollozando. Ni siquiera me quité la ropa, no quería para nada volver a realidad. Pero el viaje de vuelta, siempre es incómodo y sobre todo inevitable.

«¿Qué estaba haciendo? ¿Hasta dónde pensaba llegar?», las preguntas bombardeaban mi cabeza. «Tenía que contárselo a mi marido», me dije a mi misma como si acabara de encontrar la solución «¡Ya está! Esta noche cuando estemos por ahí tomando algo en un ambiente relajado, se lo diré», me repetí encontrando algo de paz.

Una hora después volvía a entrar a la habitación de Carlos para decirle que me iba. Me había puesto un pantalón vaquero muy cortito, tanto, que casi se me podía ver o atisbar el comienzo de mis nalguillas.

A mi marido le encanta cuando me los ponía. Yo al principio me sentía incómoda, le decía que ese tipo de pantalones era casi para adolescentes, que me sentía fuera de lugar y ridícula con ellos puesto. Pero ver su cara excitada, me agradaba, y precisamente esa noche lo necesitaba poner más cachondo que nunca. En la parte de arriba llevaba una camiseta ajustada de tirantes, con algo de escote y unas sandalias de tacón.

—Carlos —dije desde la puerta, pero Carlos estaba como siempre con los auriculares y tuve que entrar para que pudiera escucharme —Me voy a dar una vuelta con Enrique.

—Vale mamá, Iván se queda a dormir —, me anunció lo que ya me imaginaba, porque era costumbre, que se quedara todos los fines de semana, que mis hijos pasaban en mi casa.

—Te dejo dinero aquí, por si queréis pedir algo para cenar —, dije acercándome hasta la mesilla.

Noté perfectamente los ojos de Iván clavados en mi culo, eso me hizo sentir un placentero escalofrío, pero no me atreví a girarme. En realidad, buscaba cualquier excusa para entrar a la habitación de Carlos. Me había puesto esos cortísimos pantalones vaqueros por Enrique, pero nada más verme en el espejo, había pensado en Iván.

—Gracias mamá. ¿Está Alberto en casa? —, preguntó mi hijo interesándose por su hermano menor.

—No, ya se fue con los amigos. Vendrá antes de las doce. Pasarlo bien chicos —, dije despidiéndome de los tres.

—Y tú también —, respondió Iván mirándome descaradamente. Me encantaba cada vez más, el atrevimiento del muchacho.

Después de tres bares, aún no había encontrado el momento de confesarme con Enrique, había intentado en dos o tres ocasiones meter el tema con calzador. Primero hablando de Carlos y de sus amigos, pero no lograba encontrar como juntar las palabras, para iniciar adecuadamente el tema.

Casualidades del destino, fue el propio Enrique el que me lo puso en bandeja.

—¿Has visto cómo te miran los chicos que están sentados en la mesa de detrás? —, me preguntó sonriendo

Yo me giré, eran dos chicos jóvenes unos cuantos años mayores que Iván.

—Es que tu mujer tiene mucho éxito con los yogurines —, le dije intentando crear el clima adecuado.

—¿Ah sí? ¿Te miran mucho los chavales? —, preguntó como queriendo iniciar el juego

—Mucho más de lo que te imaginas —, dije haciéndome la interesante.

Él silbó, como dándome a entender que estaba sorprendido por mi comentario. Sabía de sobra que mis apetencias, salvo en ocasiones muy esporádicas, no eran con chicos tan jóvenes.

—Cuéntame, ¿se te ha declarado algún chico del trabajo? —, se interesó

Yo me reí a carcajadas, como dándole a entender que había errado el tiro.

—Esos solo se atreven a mirarme con cara de atontados. La mayoría son becarios —, comenté divertida.

—Veo que te vas adaptando perfectamente al nuevo trabajo —, indicó mi marido.

—Sí, siempre echaré de menos trabajar en la tienda, pero es menos aburrido de lo que me había esperado en un principio. Además, el ambiente con mis compañeros es bueno.

—Pero detállame el éxito que tienes con los jovencitos, no me dejes así ahora —, dijo volviendo a lo suyo —Sabes que me muero por conocer todos los detalles, y cuanto más sucios y escabrosos sean, más me gustará oírlos —, añadió con esa media sonrisa picarona, que a mí tanto me gustaba de él.

—Pues, por ejemplo, hace un rato cuando entré a despedirme de Carlos, Iván no me quitaba ojo —, conseguí sacar el tema por fin.

—¿De verdad? —, preguntó asombrado —Pensé que esos chicos solo tenían ojos para jugar a la consola. Pero esos pantalones, intentando contener ese culazo, son mágicos —, comentó riéndose.

—Pues te equivocas, te aseguro que además de los videojuegos, también miran otras cosas. No te imaginas, como se les van los ojos. Sobre todo, a Iván, que es el que más confianza tiene, porque es el que más viene a casa —, fui poco a poco soltando sedal

Pensé en detallarle la conversación que le había escuchado mantener, hacía dos semanas con mi hijo, Pero me pareció demasiado fuerte, sobre todo por estar mi hijo en medio.

Yo miraba a Enrique, como intentando descifrar si lo que le estaba contando, le molestaba o, por el contrario, le excitaba. Pero él ese día se mostraba impertérrito, sin atreverse a demostrar ninguna emoción al respecto.

—Entiendo que te miren. Recuerdo que yo aun siendo más joven que ellos, cuando iba a casa de mi amigo Antúnez, me quedaba, atontado mirando a su madre —, dijo, intentando dar un poco de normalidad a todo esto.

—¿Y ella qué hacía cuando notaba que la mirabas? —, pregunté haciéndome la interesada.

—Pues la verdad, no creo que se diese ni cuenta —, me dijo encogiéndose de hombros

—¿Te hacías pajas pensando en la madre de tu amigo?

—Reconozco que alguna le dediqué —, dijo riéndose al recordar los viejos tiempos —Si se llega a enterar el pobre Antúnez… ¿Crees que Iván te dedica alguna paja? —, me interpelo, bajando un poco la voz, como si se diera cuenta de que estaba variando el rumbo hacia lugares más escabrosos.

—¿Te gustaría que lo hiciera? —, le pregunté sin responderle.

«Si supieras que yo misma he agarrado su pene y lo he masturbado», no pude evitar pensar.

—Ya conoces mi repuesta. Pero yo no sé aún la tuya —, respondió devolviéndome inteligentemente la pelota a mi tejado.

—Sí —, contesté atreviéndome a ir un poco más lejos —Me gusta pensar que se masturba pesando en mí. Me pongo muy tonta, cuando sé que me está mirando—, añadí casi como en un susurro.

—¿Me estás diciendo, que te pones cachonda cuando sabes que te observa? —, preguntó ya Enrique sin cortapisas.

—Sí —, reconocí un poco cortada —Ya te he dicho que me pongo muy tontorrona, cuando sé que me está mirando de esa forma —, reconocí con valentía.

—¿Haces algo por ponerlo cachondo? ¿Me refiero, a que si tú misma lo estimulas de alguna forma? —, preguntó en un tono que no supe identificar.

Esa respuesta era muy difícil para mí, si respondía de forma afirmativa, estaba reconociendo que mantenía una especie de juego con el mejor amigo de mi hijo.

—Sí, no puedo evitarlo —, reconocí —A veces, cuando sé que está en casa, entro en la habitación de Carlos con cualquier excusa —, dije intentando mirarlo a la cara.

—Te conozco Olivia y sé que me estás ocultando cosas. Creo que me vas dando algunas pinceladas, según te voy preguntando. Pero en el fondo, creo que hay algo más. Siento que has llevado esta conversación, con intención, hasta donde tú querías. Pero pienso, que no te atreves a entrar hasta el fondo de la cuestión. Solo te ruego que seas sincera conmigo —, Se expresó agarrándome de la mano, como para intentar trasmitirme confianza.

—Tienes razón Enrique, pero este no es el lugar. Salgamos a la calle y demos un paseo. Necesito mover las piernas —, le respondí apurando lo que me quedaba de cerveza.

Poco a poco le fui contando casi todo. Le expliqué como dos semanas antes había comenzado el morboso juego. El comienzo fue cuando yo había escuchado la conversación entre Iván y mi hijo. Donde el primero, reconocía abiertamente que se sentía muy atraído por mí.

Le comenté, como me había sustraído una de mis bragas, y como, de forma accidental yo lo había pillado masturbándose con ellas, al día siguiente en el baño.

Pero eso no era todo. Fue complicado para mí detallarle, como me había quedado allí quieta. Mirando como se la meneaba, e incluso como llegaba a correrse. Hasta le llegué a contar como saltó un chorreón de semen del muchacho, sobre uno de mis muslos. Pensando, que ese detalle podría excitarle.

No me atreví, en ese momento, a reconocer que había llegado aún más lejos. Que había tenido su pene erecto en la palma de mi mano, y que lo había masturbado, mientras él no dejaba de mirarme, acariciando, incluso una de mis nalgas.

El permaneció en silencio sin interrumpirme en todo el rato que duró mi exposición de los hechos, permitiéndome pacientemente que terminara de hablar.

—Dime algo —, le dije cuando terminé de contarle todo, tras un silencio bastante incómodo.

—No sé qué decirte, Olivia. Creo que esto me supera. Necesito algo de tiempo para asimilarlo —, me dijo sin atreverse a mirarme a la cara.

En ese momento me arrepentí profundamente de todo lo que había pasado. Además de haber zorreado con el mejor amigo de mi hijo, había engañado por primera vez a mi marido.

Sin duda, Enrique se debía de sentir traicionado. No solo había estado jugando con Iván, además se lo había ocultado durante dos semanas.

Temí que todo este estúpido e insano juego, pasara factura a mi matrimonio. Sin duda él es el hombre de mi vida, y no había nada que temiera más, que algo pudiera enturbiar nuestra relación.

—Lo siento Enrique —, solo me atreví a decir.

—Ojalá pudiera decirte que todo está bien, pero han pasado casi quince días de aquello. Te he notado rara, te he preguntado un millón de veces que te pasaba. Creo que tenías la oportunidad y confianza para habérmelo contado —, me explicó con un tono frío y distante.

—Me siento mal por todo esto. Me excita, lo reconozco. Pero al mismo tiempo me hace daño, me avergüenza —, dije sin poder mirarlo a la cara.

—¿Vergüenza? ¿Sabes en realidad que es eso?

No respondí a su intento de herirme, no me sentía con derecho a defenderme. Esta vez no. Sabía que él estaba en su derecho a sentirse defraudado.

Me había acostado con muchos hombres delante de mi marido, incluso a veces sin estar él presente. Pero siempre se lo había contado todo. Esa era la base de nuestra relación. La confianza incondicional. Por primera vez yo había roto esa credulidad absoluta que teníamos el uno en el otro.

—¿Hasta dónde piensas llegar con Iván? —, preguntó, bajando por primera su severo tono.

—¿Acaso no crees que ya he llegado demasiado lejos? —, lo interpelé, como dándole a entender, que no iba a ir más allá con el chico.

—¿Y qué vas a hacer? ¿Cómo vas a cortar con todo esto? Quizás deberías hablar con él, explicarle que has estado confundida. Dile, que te sentiste muy halagada con saber que le gustabas. Cométale que tu marido ya no te mira como antes, y tú necesitabas sentirte atractiva. ¡Yo qué sé…! Invéntate algo, pon la típica excusa que siempre ponéis las mujeres para estas cosas —, trató de aconsejarme Enrique.

—Intentaré aclararle las cosas cuanto antes. Será un poco complicado explicárselo tranquilamente, pero encontraré un momento en el que Carlos esté en la habitación. 

—Yo creo que lo mejor sería que quedases a solas con él, cuando Carlos no esté en casa. De esta forma podrás explicarte mejor. Recuerda que no es más que un muchacho, y a ciertas edades, pueden ser demasiado susceptibles, no encajando demasiado bien un rechazo.

—No sé cielo, quizás tengas razón. No me gustaría que se tomara esto como un desaire. Me aterra pensar que, por mi estúpido juego, todo esto terminara por salpicar a mi hijo.

El domingo después de comer, Iván entró un momento a la cocina. Yo estaba en ese momento poniendo el lavavajillas. Entonces él se acercó por detrás, y sin pensárselo dos veces se pegó a mi culo, sujetándome con sus brazos por la cintura.

Por unos instantes, pude sentir el bulto de su pene contra mis nalgas, la sensación me resultó muy agradable y libidinosa. Que el chico se atreviera a llegar tan lejos, estando mi hijo en su habitación, y mi marido en el salón viendo la televisión, me sedujo. Enrique es un hombre de metro noventa de estatura, además de tener un cuerpo muy musculoso, que puede resultar muy intimidante a cualquiera.

Pero a mí me encanta que los hombres por los que me siento atraída, se tomen esas confianzas conmigo.

Es un juego morboso al que me presto, en muchas ocasiones. La escena me recordó a un compañero de trabajo que tuve. Cuando nos cruzábamos, si no había nadie cerca, él se atrevía a decirme cosas elevadas de tono, e incluso llegaba a darme alguna palmada en el culo, o a acariciarme los muslos. Yo me reía, haciéndome la inocente, luego le retiraba la mano a los pocos segundos.

Me gustaba saber que lo dejaba todas las mañanas empalmado. Nunca le permití llegar más lejos. Simplemente me gustaba ponerlo cachondo. A veces, reconozco que algunos hombres, solo me excita calentarlos, sin intención de ir más allá.

Con Iván era algo parecido, no estaba pensando en tirármelo. Simplemente me gustaba saber que se le ponía tan dura cuando me veía, que le costaba contenerse.

—¡Iván! Estate quieto —, dije en voz baja para que Enrique no pudiera oírnos. La verdad que sin hacer demasiada fuerza para escapar de su abrazo.

—Voy a reventar, Olivia —, respondió el chico restregándose contra mi culo, aún con mayor intensidad.

Por fin me mostré algo más enérgica y escapé de él. Lo miré aparentando una mirada severa, que hizo que el chico se mantuviera quieto.

—Esto no puede continuar. Tenemos que hablar —, dije tal y como había ensayado con mi marido.

—Lo siento Olivia, al verte ahí —, dijo apuntando al lavavajillas. —No me he podido controlarme. Estoy loco por ti. Ya lo sabes —, comentó desconcertado.

—Esto no está bien, sé que eres un buen chico, pero me gustaría que pudiéramos dejar todo esto claro de una vez.

—¿Qué quieres dejar claro? Yo ya lo tengo bastante claro —, dijo acercándose nuevamente a mí.

—¿Podrías venir el jueves por la tarde a casa para que habláramos de todo esto? —, pregunté, intentando mantenerme firme en el tono.

—Pero el jueves Carlos tiene clases de Guitarra —, respondió el chico un tanto nervioso.

—Por eso mismo. Si puedes me gustaría que vinieras a las siete. A esa hora no hay nadie en casa, y podríamos hablar con mayor tranquilidad.

—Por mi perfecto —, respondió como si no entendiera que en realidad no era una cita.

—Ahora vete, por favor. Mi marido está en el salón — añadí elevando un poco más el tono.

—Pero Carlos me contó que tú ya le habías sido infiel a su padre en más de una ocasión — dijo como dando a entender que, por haberle sido infiel al padre de mi hijo, también podría actuar de igual modo con Enrique.

—¿Y puedo saber cómo sabe Carlos eso? —, pregunté inquieta, pues ese tema me molestaba, y me hacía bastante daño.

—Por lo visto se lo escuchó decir a su padre —, respondió.

—Pues siento desilusionarte —, contesté intentando poner un gesto angelical —Pero nunca he sido infiel a nadie hasta ahora. Yo no soy así. No soy ninguna zorra ¿Quién te crees que soy? —, mentí con total descaro, haciéndome la ofendida —El padre de Carlos se tomó muy mal cuando me divorcié de él, y me casé con Enrique. Se inventaría lo que hiciera falta, para tirarme por tierra. No soy ninguna puta —, terminé fingiendo exageradamente, que estaba a punto de sollozar.

—Lo siento. Yo creí… Perdóname Olivia no debí haber sacado el tema. Pero Carlos me lo contó un día, y yo pensé que… —, dijo atropelladamente, sin poder terminar la frase

—¡Vete por favor! —, exclame indicándole la puerta —Quiero estar sola.

Cinco minutos después, con dos cervezas en la mano, me acerqué al salón, le ofrecí una a mi marido y me senté a su lado.

—Ya está. He quedado con Iván el jueves por la tarde para poder hablar —, le informé

—¿Qué tal se lo ha tomado? —, se interesó en el acto.

—Pues no lo sé, pero creo que se lo toma más como una cita amorosa, que como una charla para acabar con esto.

—¿Intentó algo? — preguntó antes de dar un trago a su cerveza.

—Si no lo paro me folla allí mismo. Ha intentado meterme mano. Le pongo muy cachondo —, le expliqué.

—Normal, a esa edad cuesta mucho más controlarse, y tú le has dado alas para intentarlo —, dijo tomándose todo esto con verdadera calma.

—Lo sé, por eso ahora tengo que arreglarlo.

—¿Ha llegado a tocarte?  —, me interpeló de forma directa Enrique

—No. Bueno, en realidad me agarró por detrás, abrazándome por la cintura y se dio un buen restregón —, reconocí avergonzada.

—¿Te gustó? —, quiso saber mi marido

—No —, Negué rotundamente —Bueno… tal vez. No lo sé —, dudé.

Entonces Enrique levantó la larga camiseta que uso para estar cómoda por casa, Puso una mano entre mis muslos, y la subió hasta mi sexo.

—Tienes las bragas mojadas —, me indicó.

—Lo siento, no puedo evitarlo —, dije apurada.

Enrique me miró y me sonrió

—Una de las cosas que más me atrajeron de ti, desde el principio, fue precisamente esto Lo cachonda que eres —, añadió acariciando mi sexo por encima de mis bragas.

—¡Enrique para ya! Sabes que no me gusta hacer esto en el salón, cuando están los niños en casa —, dije apartándole la mano, muy a mi pesar.

Continuará

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