ALEX BLAME

«Clínica Odontológica Ofelia López Van Helsing» rezaba la pequeña placa de bronce en la puerta del modesto piso, en la torre de apartamentos que había en el centro de la avenida Benedicto XVI. Dirigí la mano hacia el timbre y dudé. Odiaba los dentistas. Cada vez que tenía que ir, el recuerdo de esa silla, tan parecida a un instrumento de tortura, hacía que pasasen por mi mente los gritos escalofriantes y los gemidos desesperados de las innumerables víctimas que habían pasado por aquellos siniestros asientos. Pero una nueva punzada de dolor, que casi me obligó a doblarme en dos, me convenció de que no tenía alternativa.

El timbre sonó dos veces y la recepcionista no tardó en abrirle la puerta. La mujer bajita y rechoncha me sonrió, o al menos eso creí, ya que una enorme mascarilla le tapaba casi toda la cara.

—Hola. —saludó— Tú debes ser Dragos, la cita de las diez. Adelante, pasa, por favor.

Un nuevo pinchazo de dolor me animó a atravesar el umbral y seguir a la recepcionista a una pequeña salita de espera. Nervioso revolví en la mesita hasta que encontré una revista de coches. «Fiat Multipla, ¿El coche más feo de la historia?» Mire la fecha de la revista; enero de 1999… Estaba a punto de hacer una sugerencia a la recepcionista, cuando una puerta,  justo enfrente de mí, se abrió. De ella salió una mujer rubia de casi metro ochenta y una figura opulenta. Bajo su gorro quirúrgico escapaba una espesa melena que le llegaba a media espalda. Sus ojos, azules como el hielo de un glaciar, eran igual de fríos y afilados y tras la mascarilla no pude evitar imaginar unos labios finos y crueles. 

Durante un instante se me pasó por la cabeza la visión de aquella mujer vestida con el típico traje de Baviera, llevando media docena de jarras de cerveza acunadas contra su portentoso busto… o más apropiado aun, acercándose a mí con sus instrumentos de tortura, vestida con un uniforme de las SS.

—Buenos días… Dragos. —saludó la mujer echando un vistazo a la ficha que llevaba en la mano—  Dolor difuso, intermitente y bilateral en el maxilar  superior a la altura de los caninos y primeros premolares… pase por favor.

Dejé la revista y con las piernas de goma pasé a la consulta. Allí me estaba esperando el temido sillón de dentista con su forro de polipiel blanco y un montón de artefactos metálicos surgiendo de uno de sus brazos, rodeándolo y reluciendo siniestramente a la luz de los fluorescentes.

—Siéntate, por favor, —me invitó la mujer mientras se ponía unos guantes y cogía un depresor lingual desechable— Veamos que tenemos por aquí,

Una intensa luz blanca me cegó y partir de aquel momento solo pude percibir las manos enguantadas de la mujer manipulando mi cabeza y el depresor lingual, accediendo a las zonas más recónditas de mi boca en busca de la causa de mis males. Tras unos minutos de concienzuda exploración, la mujer se irguió y apartó por fin el foco de mi cara.

—El estado de su dentadura es perfecto. No hay caries y apenas un poco de sarro en la parte interna de alguna pieza dental. Nada que indique el origen de los dolores. —me informó la doctora mientras yo no podía evitar fruncir el ceño al experimentaba una nueva punzada— ¿Le había ocurrido antes?

—En alguna ocasión. Me dolía un par de noches seguidas y con unas buscapinas se me pasaba. Pero esta vez lleva casi diez días doliéndome, cada vez con más intensidad. —respondí yo— Nada de lo que he intentado ha funcionado.

—Debería haber acudido antes. Podría ser algo grave.  —dijo la doctora López con un gesto recriminatorio— Ya no es un niño para temer entrar en la consulta de un dentista.

Asentí intentando que no se notase que me había leído el pensamiento y le pregunté cuál era el paso siguiente.

—Obviamente la causa debe ser interna, quizás incluso no se deba a una pieza dentaria. Para averiguarlo le voy a hacer una radiografía panorámica de toda su dentadura. —dijo mientras manipulaba los brazos del sillón hasta ponerme un artefacto estrecho y alargado a la altura de mi boca— Tranquilo, esto no le dolerá.

La dejé hacer empezando a fastidiarme con la habilidad que tenía aquella mujer para leerme la mente. Yo que jamás había estado enfermo estaba allí, indefenso, mientras multitud de truculentas imágenes de mortales enfermedades se me pasaban por la mente. Hasta tal punto estaba cagado de miedo que ni siquiera me di cuenta cuando el proceso de la toma de la radiografía tuvo lugar.

En cuestión de unos segundos el ordenador que había al lado de la silla emitió un pitido y la mujer giró la pantalla a la espera de que apareciese la imagen para poder explicarme el problema.

Este era tan obvio que hasta yo pude verlo. En la parte superior de mi boca  había dos piezas dentarias que en vez de haber salido al exterior habían crecido justo por encima del paladar presionando sobre los tejidos adyacentes y produciendo aquel intenso dolor. La doctora se tensó un instante al ver la imagen. Aquello no olía bien. Temeroso de la respuesta que iba a obtener la pregunté.

—¿Es grave ,doctora?

 La mujer volvió a  explorarme la boca mientras me preguntaba si había cambiado todas las piezas de leche.

—Sí, claro. —respondí sin entender demasiado a que venía la pregunta.

—Ya veo. Bueno, siento haberte asustado. —replicó la mujer aun con un fino hilo de tensión en su voz que no se me pasó por alto— No es demasiado grave, son solo dos piezas dentales anómalas  que han crecido bajo el paladar. Hay que extraerlas para que no se produzcan males mayores. —añadió dándome la espalda y hurgando en unos cajones.

Antes de que pudiese hacer nada, la doctora López se giró como un relámpago y me clavó una aguja en el brazo. Inmediatamente noté como mi cuerpo se aflojaba y poco a poco perdía el control de mis extremidades.

—Doctora…

—No se preocupe, Dragp. Es solo un relajante muscular de corta duración para facilitar la anestesia. Enseguida vuelvo.

—La doctora me dejó solo y totalmente paralizado. Con un supremo esfuerzo logré girar la cabeza hacía la ventana de la consulta, mientras un hilillo de baba caía de la comisura de mis labios, manchando el babero que me había puesto la doctora y el impecable tapizado de la silla.

Pasaron un par de minutos y la doctora volvió con un maletín médico como el que usaban los facultativos del siglo diecinueve… u otros aficionados, como Jack el destripador.

La doctora se lo tomó con tranquilidad y giró la mesa plegable hasta ponerla exactamente sobre mi vientre. A continuación abrió el maletín y comenzó a exponer el contenido ante mis ojos. Definitivamente aquello no era material quirúrgico. Afortunadamente no tenía control ninguno sobre mi cuerpo, porque si no, me hubiese cagado encima. Lentamente, con unos ojos fríos y acusadores, dispuso ante mí un crucifijo, una botellita con lo que parecía orujo, un mazo de madera y una estaca de la longitud de un antebrazo y con una punta peligrosamente afilada.

—¿Sabes que nunca creí que existieseis de verdad? Siempre supuse que eran desvaríos de mi bisabuelo por parte de madre, Abraham Van Helsing. Murió cuando apenas tenía cuatro años, pero para aquel entonces me había saturado con las historias de sus cacerías de no muertos. Y me enseñó a reconoceros. —dijo extrayendo una radiografía de celuloide, mucho más grande y de toda la cabeza, pero ahí estaban, destacando con la dureza de su esmalte dos colmillos en la misma posición que los míos.

Aunque hubiese podido mover los labios no hubiese tenido nada que decir. No sé si estaba más pasmado o más aterrorizado. No podía creer lo que me estaba pasando. Estaba  indefenso, en manos de una grillada, que me quería meter aquella estaca el corazón.

—No es nada personal. —continuo la doctora mientras jugueteaba con el crucifijo— De hecho sé que aun no eres exactamente un vampiro. Antes tienes que morir, pero ese momento llegará tarde o temprano y no puedo arriesgarme. No sé cuantos de vosotros quedaran. Mi bisabuelo me dijo que quedabais muy pocos y eso debe seguir así o será el final de la humanidad.

La doctora López dejó el crucifijo y acarició el mazo y la estaca con reverencia, mientras yo apenas podía hacer nada más que respirar.

—Estos instrumentos han mantenido a las sabandijas de tu estirpe a raya durante generaciones, pasando de Van Helsing a Van Helsing hasta que llegaron a mí, la última de mi estirpe. Yo los conservaba como una curiosidad, pero me alegro de tenerlos ahora.

En ese momento empecé a notar como los efectos de la anestesia comenzaban a disiparse. Afortunadamente para mí, siempre había tenido una sorprendente habilidad para recuperarme de los colocones. De hecho mi fama de bebedor era legendaria en la universidad. A pesar de no ser especialmente corpulento, podía tumbar bebiendo a un estibador ucraniano. Necesitaba ganar tiempo así que con un hilo de voz le pregunté.

—¿Por qué me hace esto, doctora? —la pregunté entre hipidos y pompas de saliva— Yo solo veo un par de piezas dentales que hay que extraer. Me temo que todo esto no es más que producto de su mente.

—Al contrario, todo coincide. Incluido su sobrenatural resistencia a los anestésicos. —replicó la mujer volviéndose de nuevo hacia el cajón de las drogas.

Yo no me lo pensé y grité pidiendo auxilio con todas mis fuerzas mientras que, con un supremo esfuerzo, apartaba la mesa plegable y me apoyaba en el reposabrazos del sillón para recuperar torpemente la verticalidad.

La doctora reaccionó por puro instinto y cogiendo el mazo y la estaca se acercó a mí con una mirada asesina. Yo di dos pasos vacilantes hacia atrás y adelanté los brazos en un gesto defensivo consciente de que aun estaba demasiado débil.

En ese momento la puerta se abrió y apareció la mujer rechoncha preguntando qué demonios era aquel escándalo. Al ver a la doctora con las armas preparadas, no se lo pensó y se abalanzó sobre ella como un defensa de rugby. El placaje fue perfecto… y a la vez desgraciado. El impacto de los macizos hombros de la recepcionista con la cintura de la doctora la lanzó contra mí y yo, con los miembros aun entumecidos, salí despedido y atravesé limpiamente el ventanal. Mientras volaba por el aire, con el hormigón aproximándose rápidamente a mi cara, mi último pensamiento fue haber deseado que durase un poco más el efecto de la anestesia. Luego todo se volvió negro…

***

No sé en qué momento me doy cuenta de que no he dejado de existir. Al principio todo está igualmente negro que antes, pero poco a poco me doy cuenta de que sigo pensando.  ¿En eso consiste la muerte? ¿En una especie de purgatorio en el que voy a pasar el resto de la eternidad? Noto los ojos abiertos, pero no veo nada, no siento ni frío ni calor y me doy cuenta de que tampoco respiro. Ya estoy convencido de que me espera una aterradoramente aburrida eternidad cuando siento algo por primera vez. Parece el amortiguado ruido de unos pasos.

A continuación una luz artificial llega proveniente de mis pies y luego noto algo que tira de la superficie en la que estoy tumbado y me lleva hacia la luz. Aguardo expectante, sin saber muy bien qué. De repente vuelvo a desplazarme. Esta vez percibo el rumor de unas ruedecillas sobre un piso de linóleo. Intento mirar, pero no puedo moverme y ante mi tengo una especie de velo blanco que solo deja pasar luz suficiente para ver la silueta de la cabeza de la persona que empuja la camilla. Recorremos un pasillo y atravesamos dos puertas de doble batiente antes de que la camilla se pare.

—Aquí tiene, doctora. El último fiambre del día. —dice el hombre que me ha traído.

—Ya iba siendo hora. Son casi las ocho de la tarde. En diez minutos se pondrá el sol. Y yo que quería salir a cenar… que ilusa. Antonio estaba de uñas cuando cancelé la cita. Bien… Veamos qué tenemos aquí. Dragos Antonescu. Varón, treinta y ocho años. Al parecer los rumanos no saben planear. Treinta y ocho pisos. —comenta con un silbido— ¿Qué coños se creen que voy a encontrar ahí? Este tipo estará  hecho pulpa. Malditos policías, se creen que esto es CSI y no tengo ni para un microscopio decente. —dice tirando de la sábana que me cubre.

—¿Qué coños? —exclama la doctora con unos hermosísimos ojos verdes a punto de salirse de las órbitas— ¿Qué clase de broma es está? —se pregunta  examinando la tarjeta que cuelga del dedo gordo de mi pie izquierdo— Este tío está intacto. Si ha volado sesenta metros, yo soy vicepresidenta del gobierno. Seguro que es ese gilipollas del teniente Ramos, siempre está haciendo ese tipo de capulladas. Pásame el teléfono, que voy  a tener unas palabritas con ese soplapollas y luego vete. Esta noche no pienso hacer una autopsia más.

El ayudante, contento de poder largarse por fin a casa tras una nueva jornada maratoniana, le da un viejo Nokia y se esfuma antes de que la doctora cambie de opinión. Yo la observo. Mi cuerpo sigue entumecido, como si estuviese congelado, pero mis sentidos están despertando y observó a la doctora. Es una belleza pelirroja con unos increíbles ojos verde aguamarina, una nariz pequeña y un pelín ancha y unos pómulos recubiertos de una pequeña constelación de pecas. Su boca es amplia y al sonreír muestra unos dientes blancos y regulares que brillan como perlas a la luz de los fluorescentes, pero lo que llama aun mas mi atención es la palidez de la piel que cubre su cuello largo y fino… delicioso. Al fin soy consciente de que veo la sangre correr por los pequeños capilares superficiales y la dilatación de las yugulares con cada latido del corazón de la doctora.

En ese momento me sorprendo deseando probar el sabor de su sangre y templar mi cuerpo con el calor de su flujo vital. Un ansia profunda y primitiva me domina e instintivamente miro a la patóloga, que estaba tecleando un número en el  teléfono. En cuanto se lo pone en la oreja, esperando contestación, desvía de nuevo la mirada hacia mí. Yo se la devuelvo, pero la mía no es de curiosidad, es una mirada autoritaria y subyugante. Las pupilas de la mujer se dilatan y noto con satisfacción como la mujer pierde  el hilo de sus pensamientos y fija toda su atención en mí. El móvil chasquea.

—¿Diga? ¿Diga? ¿Qué coños? —responde una voz irritada antes de cortar la comunicación.

Mi víctima hace ya rato que ha soltado el móvil y se mantiene como una robot esperando órdenes.

—Acércate y muéstrame tu cuello. —la ordeno con un hilo de voz apenas audible.

La mujer sin cambiar el gesto acerca su cuello a mi cara. Mi olfato, extrañamente aumentado, desentraña capa tras capa de excitantes aromas; perfume de lilas, crema de aloe vera, el aroma de su piel, hasta un ligero toque a sudor tras una larga jornada de trabajo, pero lo que más me excita es el olor ferroso de la sangre que puedo detectar incluso a través de las diversas capas de tejido que envuelven sus vasos sanguíneos. Siento un agudo dolor en la boca justo el mismo que me hizo acudir a la dentista, pero esta vez es distinto, algo se mueve en mi paladar y empuja mis primeros premolares hasta que caen dentro de mi boca. Los escupo y me exploro los agujeros para descubrir que han sido sustituidos por dos  colmillos de aristas afiladas como cuchillas de afeitar.

No me lo pienso. Reúno todas las fuerzas que me restan, abro la boca e hinco profundamente los colmillos en el delicado cuello de mi presa. La doctora se estremece, pero no cambia de postura mientras yo bebo golosamente la sangre que mana de las dos heridas punzantes que he provocado en su cuello.

El sabor ferroso de la sangre inunda mi boca y bebo con ansia. A medida que la sangre llega a mi estomago es absorbida calentando mi cuerpo, desentumeciendo mis músculos  y despejando mi mente. ¡La sangre es la vida!

A medida que mi cuerpo vuelve a la vida, mis sentidos se agudizan aun más y mi olfato detecta el inconfundible olor del sexo femenino. La bestia que hay en mi despierta y la erección es inmediata. Mi sed de sangre es tremenda, pero se ve eclipsada por mi sed de dominar y follarme a esta beldad. Recurriendo a toda mi fuerza de voluntad apartó mi boca de su cuello, De las dos heridas que laceran su piel inmaculada rebosan unas pocas gotas de sangre que recojo juguetonamente con la punta de mi lengua. 

Aparto a la doctora con delicadeza mientras me levanto. La  miro de nuevo, esta vez no doy órdenes simplemente me adentro en su mente y toqueteo y excito sus centros del placer. Su gesto ausente se transforma y de sus labios entreabiertos se escapa un suave suspiro.  Sin romper el contacto visual acaricio su rostro y su cuello y con un movimiento rápido me deshago de su bata y su delantal. Bajo ellos, una blusa de seda blanca y una minifalda, del mismo color que sus ojos, perfilan un cuerpo esbelto. Mi deseo es demasiado fuerte para poder contenerme, introduzco una de mis manos bajo la falda y la deslizo por el interior de sus muslos. Mis dedos resbalan por las medias, las superan y se internan entre sus cálidos muslos. Aparto el tanga con un dedo mientras que con el otro penetro en su húmedo interior.

La doctora emite un ronco suspiro. No aguanto más, tengo que follarla…. ¡YA!

Tiro de la falda hasta dejarla a la altura de su cintura, subo a la doctora a la  mesa de autopsias y le separo las piernas. Una mata de vello rojo cubre su pubis blanco como la nieve. Rozo su sexo con mi mano. La mujer me mira y se estremece. Percibo su respiración agitada y el rumor de la sangre recorriendo su cuerpo y acumulándose en su zona genital. Un suave rubor cubre los labios de su vulva que se abre ligeramente mostrándome la aterciopelada entrada de su vagina.

No me lo pienso, le arranco el tanga de un tirón y la penetro. Siento su calor y su vida envolviendo mi pene frio y duro como el mármol. La doctora pega un respingo, pero mis movimientos rápidos y secos pronto  le arrancan los primeros gritos de placer. La cojo por el cuello y la acercó a mi sin dejar de embestirla. Su sexo es delicioso, su boca es deliciosa y su sangre es pura droga.

Le doy la vuelta. La doctora apoya los antebrazos en la mesa mientras yo la penetro de nuevo. Tiro de su melena para levantarla y tener su cuello a mi alcance. La muerdo de nuevo sin dejar de follarla hasta que se corre con un grito desmayado. Yo la sujeto firmemente y disfruto de su sangre y de su sexo como un loco hasta que un ruido, que pretende ser furtivo, me obliga a dejarla y girarme.

La doctora se escurre al suelo entre gemidos de placer, pero ahora ella no es el centro de mi atención. Mi dentista de cabecera entre en tromba a través de las puertas de doble batiente. En cuanto me ve, Van Helsing  sabe que ha llegado demasiado tarde…

***

¡Mierda! —piensa cuando ve de pie a aquel siervo del demonio. Creyó que dispondría de más tiempo después del ostiazo que se había pegado. Sus abogados habían sido eficientes y la habían sacado bajo fianza en un tiempo record. Había llamado a su primo Fredo. Siempre había sido su primo de Zumosol. Si se metía en un lío, él la sacaba sin problemas de él. Pero había tardado unos minutos preciosos y no habían podido llegar al depósito antes del crepúsculo. Al ver al vampiro en pie y la doctora desmayada a sus pies con dos finos hilos de sangre saliendo de su cuello y juntándose entre sus pechos pequeños y juveniles, sabe que está jodida. Aun así se lanza sobre aquel chupasangres con la estaca en alto, dispuesta a vender cara su vida…

¿Qué? ¿Qué hago? ¿Por qué tengo una estaca en la mano?—piensa la dentista— Se qué es por algo, pero no recuerdo exactamente por qué. Solo puedo pensar en esos ojos oscuros y turbulentos.

Ofelia mira a su primo, pero la cara de este refleja su misma confusión. Se gira hacia la figura desnuda que está de pie frente a ellos. Sonríe malignamente, como si estuviese meditando que hacer con ellos. Con terror nota como aquel ser hurga en su mente buscando sus deseos más sucios y vergonzantes… y no tarda en encontrarlos. Ofelia se estremece. Sabe lo que esa criatura, ese acólito del demonio va a hacer. En un momento pasan por su mente todas sus oscuras fantasías. Siempre ha deseado a Fredo de una manera fanática y vulgar. A pesar de que ella sabe que está mal y  que él solo la quiere como a una hermana, lo que ella desea es saborear su polla, dejar que sus huevos martilleen su sexo mientras la toma por detrás… Raro es el amanecer en el que no despierta sofocada con los pezones ardiéndole como si Fredo se hubiese pasado la noche chupándolos o pellizcándolos y su sexo chorreando flujos espesos e hirvientes…

Es entonces cuando el vampiro aparta su vista y la fija en su primo. Fred cambia inmediatamente su gesto de confusión, que se transforma en uno de sucia lujuria. No puede estar pasando… No… No… —piensa aterrada mientras ve acercarse el rostro de Fredo contorsionado por un deseo bestial.

Las manos de su primo arrancando a tirones su ropa la aterran y a la vez la excitan. Su sexo se encharca antes incluso de que su primo acceda a él. La tira sobre el suelo le acaba de sacar los pantalones y las bragas y entierra la cabeza entre sus muslos. Cualquier intento de resistencia muere cuando la lengua de Fredo contacta con su sexo.

Ofelia se estremece y gime. Se agarra a la cabellera de Fredo apretando la cabeza contra su hambriento pubis. Las manos de su primo tampoco se quedan quietas y avanzan hasta agarrar sus pechos, esos pechos de los que está tan orgullosa, grandes como jugosos melones y aun erguidos a pesar de la edad. Los chupetones y el sucio magreo hacen que en cuestión de segundos su cuerpo empiece a combarse y estremecerse víctima de un primer orgasmo. Por un momento supera el control de aquel ser maldito e intenta zafarse, pero Fredo es demasiado fuerte. Sus brazos, gruesos como postes, la cogen por la cintura y manejan su cuerpo como una muñeca a pesar de que es una mujer grande. Con resignación deja que su primo se coloque encima de ella y la cubra con su cuerpo musculado como el de un campeón de boxeo.

La polla de Fredo la asalta y dilata su sexo haciendo que los chispazos de placer se extiendan por todo su cuerpo. La dentista gime, ciñe sus piernas en torno a las caderas de su amante,  grita y se agarra a aquel cuerpo hercúleo con desesperación. Cada empeñón es una descarga de placer delicioso e inmensamente culpable. Sabe que el vampiro no tendrá piedad con ella.

Su primo, totalmente concentrado en ella, aumenta el ritmo de sus empeñones haciendo que todo su cuerpo se estremezca. Agarra uno de sus pechos, lo estruja con fuerza y se mete el pezón en su boca. Ofelia siente como la lengua de Fredo juega con su pezón y lo atrapa contra los dientes, dolor y placer se juntan hasta que se hacen prácticamente indistinguibles. Grita y le pide que le dé más fuerte. Su primo obedece.

Cuando parece que el placer no puede ser más intenso, Fredo desliza los brazos bajo sus piernas y la alza en el aire sin dejar de follarla. La levanta y la deja caer repetidas veces sobre el poste ardiente que es la polla de su primo. La doctora no puede hacer otra cosa que gritar y dejarse hacer indefensa. Y es el momento que aprovecha esa sanguijuela para acercase por detrás  y sodomizarla. El miembro del vampiro entra en su ano como un tizón helado. Su culo no está preparado y se contrae furiosamente intentando expulsarlo y provocando aguijonazos de dolor.

El dolor y el placer de nuevo. Grita y jadea, sin fuerzas para pedir misericordia… Tampoco cambiaría nada. Los dos hombres están ciegos y la embisten como toros enfurecidos. Su cuerpo se rinde al placer los flujos provenientes de su sexo escurren entre sus muslos y se unen a regueros de sudor provenientes de sus amantes que corren por su piel en excitantes torrentes. Inerme cierra los ojos y echa hacia atrás la cabeza, solo concentrada en un placer que parece no tener fin.

Fredo no  puede contenerse más y se corre, el calor de su semilla le provoca un intenso orgasmo. Ofelia contrae sus piernas en un gesto involuntario y sus uñas arañan los portentosos pectorales de su amante mientras grita desaforadamente. En ese momento siente los colmillos del vampiro cerrarse en torno a su cuello. Intenta resistirse, pero el placer más intenso que ha experimentado jamás la paraliza, solo puede quedarse ahí quieta dejando que la vida escape de su cuerpo… Pero la muerte no es lo peor que puede pasarle.

Al borde del desmayo el vampiro se aparta y ella, casi exánime, se escurre hasta quedar sentada. La polla de Fredo palpita hambrienta a la altura de su cara, aun con un hilo de semen colgando de su punta. Incluso estando exhausta y mareada por la falta de sangre. Un impulso inexplicable la obliga a llevársela a la boca. Con las pocas energías que le quedan chupa aquel miembro y degusta su sabor bronco mientras ve impotente como esa sabandija se acerca por detrás y  muerde a su primo. Ambos chupan cada uno en busca de un fluido distinto mientras Fredo no puede hacer otra cosa que jadear y soltar algún que otro bronco gemido. Aterrada ve como el rostro de su amado primo va perdiendo color a la vez que la barriga de esa garrapata se distiende con la ingente comilona.

Su primo se tambalea y ella, sin dejar de llorar se agarra a sus muslos. La necesidad de tener ese falo ardiente golpeando el fondo de su garganta es abrumadora. Los jadeos se convierten poco a poco en estertores y nota que Fredo está a punto de caer. El vampiro lo sujeta con aparente facilidad mientras apura las últimas gotas de sangre de su víctima.

Justo antes de que su corazón deje de latir su primo suelta un largo gemido y se corre. La dentista se agarra a su polla y chupa con fuerza apurando hasta la última gota de semen y solo se separa cuando ese hijoputa deja caer el cuerpo exánime de su amado primo.

Con la mirada velada por las lágrimas, que no paran de correr por su rostro, mira el cuerpo muerto de su primo, de su verdadero amor. El sentimiento de pérdida es tan fuerte que a pesar de la debilidad, se levanta y se acerca a ese demonio. En el primer gesto voluntario desde que ha entrado en la sala de autopsias, entorna la cabeza y le muestra el cuello a su torturador. Solo quiere acabar de una vez…

Una sonora carcajada es lo único que recibe en respuesta a su gesto.

—Has intentado matarme sin que yo te hubiese hecho nada. La muerte es demasiado buena para ti. Te tengo otro destino preparado. —dice mientras coge del brazo a la patóloga para que se levante.

Siguiendo las órdenes imperiosas del vampiro, recoge su ropa del suelo y se la vuelve a poner. Cuando termina, el vampiro mira a ambas satisfecho.

—Seréis mis esclavas… Hasta que me canse de vosotras y decida mataros.

Lo que Ofelia más temía se ha convertido en realidad. Le espera una vida de aterradora servidumbre. Su único alivio será la muerte y sabe que esta tardará en venir por ella. Lo merece. La última rama de los Van Helsing desaparecerá para siempre en la más profunda de las ignominias.

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