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CAPITULO 15

Al cabo de un rato vuelvo a entrar al recinto de la piscina con mi amigo Nacho y Pepe. Las pertenencias de mi madre no están por ningún lado. Observo todo el recinto y no aparece por ningún lado.

—¿Y mi madre? —llego a decir junto a mis dos amigos.

—Estaba allí, ¿no?—dice uno de ellos señalando la tumbona vacía donde se encontraba ella.

—Sí… Pero ya no está… ¿Habrá subido para casa sin decirme nada?

Empiezo a observar a la gente que hay por la piscina y un par de butacas al lado, veo a Verónica acompañado por su marido y su pequeña Ana.

—Ah mira, ahí está Verónica, ahora vuelvo.

—Joder, es verdad… Madre mía como está… —oigo decir a uno de ellos mientras me alejo. —joder quien la pillara…

Sin hacer mucho caso a sus comentarios me acerco a donde están ellos.

—Hola Verónica.

—¡Ah! Hola Juan, ¿qué tal estás? —me responde con la misma sonrisa risueña que siempre tiene.

—Pues… Nada, estaba aquí con mi madre y veo que ya no está, ¿la has visto?

—¿A tu madre? —dice mirándome —pues sí! Sí que la he visto. De hecho hace nada se ha ido.

—¿Ah si? —digo extrañado. —Es que no me ha dicho nada…

—Pues se acaba de ir, si te das prisa hasta puede que le pilles de camino por los pasillos. —dice sonriéndome. —Aunque bueno, también la he visto un poco rara. Iba cabizbaja y no sé, no me ha parecido la misma Alejandra de siempre?

—¿Cabizbaja?

—Sí… —prosigue —además, no me ha saludado. No sé si es porque no me ha visto o por qué pero no me ha dicho absolutamente nada. Ha salido del agua, ha recogido sus cosas y ha salido del recinto.

—Qué raro…

—Vale, gracias Verónica. Iré a casa a buscarla.

Me doy la vuelta y me encamino hacia mis amigos. Sus preguntas sobre Verónica no hacen que salga de mi preocupación por saber por qué mi madre se ha ido de esa manera del recinto. Abandono el recinto no sin antes dar una última ojeada a toda la piscina. Personas mayores, algunos jubilados y alguna pareja son los que comparten esa tranquila mañana en la piscina. De toda esa gente, no reconozco prácticamente a nadie. Algunos vecinos de otro bloque, alguna persona conocida, pero nadie que me haga sospechar de nadie. Solamente hay una persona en la piscina bañándose, que no la consigo ver muy bien y la cual no me da tiempo a ver con nitidez e identificarla.

Solamente al abrir la puerta de casa me hace saber que ella está allí. La oigo en su cuarto, como de costumbre.

—¿Mamá?

—Estoy aquí hijo. —dice desde su habitación.

—¿Puedo pasar?

—Claro hijo, ¿qué pasa? —la veo con un pantalón de lino beige y una camiseta oscura doblando algo de ropa. Tiene el pelo mojado, seguramente de darse una ducha.

—Nada, nada… Es que estaba un poco preocupado por ti, he ido a la piscina y no estabas.

—Ah, es que me había subido… Hacía mucho sol y no quiero quemarme.

—Vale… pero ¿todo bien?

—¿Qué es lo que no iba a estar bien? —me responde con toda la naturalidad del mundo.

—Es que… He visto a Verónica y me ha dicho que ni siquiera le has saludado.

—¿Estaba en la piscina? No la he visto… —dice con total naturalidad —estaba un poco adormilada y no me habré dado cuenta que estaba allí. —ella sigue doblando la ropa —con la amistad que tenemos… Espero que no se haya enfadado… Mañana mismo iré a verla y la invitaré a tomar un café.

Yo la observo, mis sospechas se diluyen al verla actuar con tanta naturalidad. Cuando termina de doblar su ropa, sale de su habitación y nos ponemos a hacer la comida como de costumbre. Todo el día restante pasa con total naturalidad.

Por la noche, una vez en la cama, no paro de pensar en todas las cosas que están ocurriendo. Tengo la sensación de que algo ocurre y no me estoy enterando de nada, pero ¿el qué? ¿de verdad está pasando algo? ¿hasta qué punto soy un conspiranoico? Confío en mi madre y sé que si le ocurriera algo, nos lo diría sin ningún reparo.

Al día siguiente, a media mañana me levanto de la cama y una paz reina toda la casa. Tanto mi madre como mi padre están trabajando. Me dispongo a desayunar mientras miro el móvil, pensando en que tengo que aprovechar el día y ponerme a estudiar. Busco el ordenador y lo veo en el mismo lugar donde encontré el historial borrado. Con la mañana por delante, me siento delante del ordenador y empiezo a mirar diferentes carpetas, buscando algo, buscando algo que ni siquiera sé si realmente existe. Pero todo está igual que siempre, todo es tan normal como siempre. Pero una carpeta en mis documentos me alerta. Dentro de ella se encuentra un documento Word con el nombre “Clave.docx”

—¿Qué es esto? —susurro.

Sin darme cuenta, ya he abierto el documento y ante mi aparece unos pequeños párrafos.

“Mañana mismo iré a hablar con él… Sé que no puedo apelar a su humanidad ni a su compasión, no creo que tenga ya nada de esto, pero si a su ego. No puedo hacer lo que quiere que haga a Verónica, ya hice demasiado ayer, en la piscina, propiciando que hablase, aunque ha decir verdad, no se comportó como lo asqueroso que es…

Verónica es tan linda.. tan inocente.. Yo tengo un lado oscuro, ya lo acepto pero él, él es todo oscuridad. Le hablaré de mis límites, de que debe respetarlos.. Todo ello adulándolo.. iré vestida como toda una señora, se que es lo que más le excita, tener a una señora a sus pies, a una señora o a una chica inocente como Verónica. Estoy dispuesta a ser humillada. Ya lo he sido.. a ser su.. Pero pondré unos límites y no aceptaré que haga trampas”.

Justo cuando termino de leerlo todo, cierro el documento y apago el ordenador. Me quedo blanco, casi sin respiración. Jamás me esperaría leer lo que he leído. Una mezcla de rabia e impotencia me invaden sin saber muy bien como actuar. Lo primero que se me pasa por la cabeza es ir a hablar con ella para pedirle explicaciones. Quiero saber qué le está pasando, qué le está haciendo ese viejo y por qué ella se está dejando manipular. El motivo por el que se fue ayer de la piscina fue ese viejo, pero ¿por qué no me dijo nada? ¿Acaso no confía en mi?

Mis manos se apoyan en mi cara con los codos encima de la mesa, angustiado, impotente, con un dolor en el pecho que no puedo remediar. Me dispongo a coger el teléfono y llamarla al trabajo, pero justo cuando tengo el móvil para marcar su número me invaden las dudas… ¿Hasta qué punto he hecho bien en leer esto? ¿ella se enfadará si se lo digo? ¿Acaso soy un buen hijo espiando los archivos de mi madre? Todas esas dudas empiezan a recorrer mi mente mientras no paro de pensar en ella.

—Joder… Debo descubrir qué es lo que está pasando aquí y debo descubrirlo por mi mismo. —me digo intentando mantener la poca tranquilidad en un momento así.

Decido recoger mis cosas e ir a la universidad a estudiar. Allí podré concentrarme mucho más que si me quedo en casa.

La tarde transcurre sin que todos esos pensamientos se vayan de mi cabeza. A ratos me dan ganas de hablar con ella y preguntarle qué le esta pasando y a ratos me invaden las dudas de que sea la mejor opción hablar con ella.

Con todo esto me planto en casa justo a la hora de cenar, cuando mis padres ya están casi sentados para cenar. Justo cuando nos sentamos y nos ponemos a cenar, no puedo evitar mirarla y me doy cuenta que ella sigue igual que siempre. Pero mi madre nos tiene una sorpresa tanto a mi padre como a mi.

Durante la cena aprovechó que estábamos los tres para contarnos que había ido a la consulta de la psicóloga y a la psiquiatra. Nos contó que hacía días que rondaba por casa algo alicaída, casi no comía, silenciosa, por la noche dormía mal, incluso nos reconoció que había perdido algunos kilos. Nos contó que le habían diagnosticado un principio de depresión por estrés laboral y el psiquiatra le había dado de baja del trabajo unos quince días, unos antidepresivos, pastillas para dormir y otras pastillas que no sabía si tomar. Nos contó que había ido al despacho a llevarles la baja y a ver como se lo tomaban. Nos dijo que por parte del despacho no había problemas, que lo entienden perfectamente. Se ha cogido unos dossiers para trabajar un poco en casa, con calma. Dentro de un mes tiene que volver con la doctora. Nos dijo que intentará aprovechar para leer, pasear e ir a la piscina entre semana cuando no hay nadie… En fin, que tuviésemos, tanto yo como papá, un poco de paciencia con ella.  

Pero lo que ella no sabía era que yo ya había leído su documento del ordenador. Unos meses después de esa cena, me enteraría que en realidad la visita al psiquiatra fue algo distinta a lo que nos contó en la cena. Le habló de lo que le pasaba, de lo que sentía, sin entrar en detalles escabrosos que tampoco le pidió. Dijo que era más habitual de lo que pensaba en personas con trabajos de responsabilidad y mando. Que muchos terminan aceptándose en sus contradicciones, evitando que ello perjudicara a su entorno, tanto familiar como profesional. Otros caían en la depresión y algunos más llevaban las cosas al extremo y el resultado era una vida de desorden. Que ella era una mujer fuerte, que podía sumir sus contradicciones, que era lo mejor que podía hacer, aceptarse…

Pasadas unas semanas, yo intento vigilar a mi madre, intento ver qué hace o donde va y todo parece tan normal… Tan cotidiano, tanto que empiezo a dudar si realmente leí bien lo que leí. Sin embargo, es ella quien nota su propia mejoría, hasta el punto que es el primer día que mi madre duerme bien. Al levantarse me ve desayunando, he madrugado para estudiar.

—¡Hola mamá!— Digo al verle entrar en la cocina.

—No sabes lo bien que he dormido hijo.

—¿Si? ¿Te está sirviendo eso que te han recetado?

—Para dormir al menos… Y para la depresión aún es algo prematuro, no han pasado suficientes días… Supongo…

—Vale mama. Toma, siéntate. Te he hecho café, ¿quieres? —intento ser más atento con ella después de todo lo que nos contó aquel día.

—No sé si salir hoy o quedarme en casa a leer y trabajar un poco… —ella espera a que le recomiende mientras se sienta enfrente de mi y coge una tostada con mantequilla untada.

—Como tú veas mamá. Creo que las dos cosas te sentarían igual de bien. —le contesto mientras le echo algo de café en una taza y se la ofrezco.

—No sé… Quizás salga a dar un paseo. Hace un día muy bonito e igual lo aprovecho…

—Ahora ya llega el buen tiempo. Apetece ir a pasear. ¿Quieres que te acompañe? —le contesto mientras veo como muerde la tostada mientras se oye el tintineo de su cucharilla al remover el café en su taza.

—No tranquilo hijo. Me estoy medicando, no soy minusválida. Además tú tienes que estudiar, que los exámenes están a la vuelta de la esquina y no quiero que bajes tu rendimiento.

—Esta bien… —digo escuchándola y dándole la razón.

—Tomaré el café, un par de tostadas y salgo un rato.

Desayunamos con la tranquilidad de un día entre semana, charlando de nuestras cosas. Como si todo transcurriera con la misma normalidad de siempre. Como si mi madre no estuviera inmersa en una encrucijada que hasta la había obligado a empezar a medicarse. Y lo peor de todo, se lo guardaba todo para ella, sin compartir nada con nadie, sin saber que había un viejo asqueroso acechándola incansablemente para llegar a su objetivo. Su sonrisa, mientras charlábamos, parecía un disfraz que ocultaba todo lo que sentía por dentro.

Cuando terminamos de desayunar, le dije que recogería todo, que no se preocupara por nada, que se cambiara y que saliera un rato a pasear. Ella accedió, se encaminó a su habitación y al cabo de un rato apareció en la cocina cambiada.

Impregnaba elegancia por todos lados. Apareció con una falda azul de tubo, que le llegaba hasta las rodillas en conjunto con una blusa cian, abotonada hasta justo por encima del escote. Sabiendo separar su elegancia con la provocación que siempre intentaba evitar. El pelo recogido en una coleta y unos pendientes de oro que reconocí fácilmente de las veces que se los había visto.

—Bueno Juan me voy. —Me contesta desde el marco de la puerta, despidiéndose de mi.

—Vale mama… Vas guapísima.

—¿Si? Muchas gracias. Nos vemos dentro de un rato, ¿vale? —me contesta sin mirarme mientras coge un pequeño bolso donde está su cartera, llaves y algunas cosas más.

—Vale mama.

Ella se encamina hacia la puerta de casa y sale hasta llegar al ascensor. Pulsa el botón y se pone en movimiento. Pero para su sorpresa, para en el rellano…

Es ella, Verónica. Mi madre se sorprende al verla entrar, va guapa, con su hija cogida en brazos. Risueña e inocente como señas de identidad. En cualquier otra circunstancia, Alejandra simplemente le habría saludado y ya está, pero el último pensamiento que tuvo en la cabeza fue la imagen que Don Fernando le puso cuando estaban en la piscina. Ella va con una camiseta color beige, algo holgada, pareciendo que quiere disimular un poco los grandes pechos que tiene y unos vaqueros bastante ajustados que reafirman el buen tipo que tiene.

—Uy, hola Alejandra ¿qué tal estás? —le dice a mi madre, sonriendo dulcemente.

—Hola Verónica… Bueno bien.. he tenido unos días de bajón y me he cogido unos días de fiesta.

—¿Si? Vaya, ¿pero estás bien?

—Sí, no te preocupes, se me pasará en unos días.

—Si necesitas cualquier cosa…

—Oye, ¿quieres que vayamos a tomar un café? Hace tiempo que no hablamos. —Dice mi madre se sopetón, aprovechando su disposición a ayudarla.

—¿Sí? Pues iba a ir al parque con Ana. —Dice haciendo referencia a su niña. —Podemos ir a tomar un café si quieres. —Le responde a mi madre sonriendo dulcemente, con esa cara de inocencia que siempre le acompaña.

—Me encantaría.

—Mira Ana…—Dice mientras le habla a su pequeña.— Vamos a ir con la vecina tomar un café ¿vale?

—Estás muy guapa Verónica. ­—le dice mientras la observa dándose cuenta de que es una mama joven muy guapa.

—¿Eh?— Dice levantando la cabeza, mirándola, quitándole la atención a su niña, mirando a mi madre, sin saber muy bien a que viene eso. —Gracias Alejandra. Tú también estás tan guapa como siempre.— Le vuelve a sonreír.

—Bueno, algo desmejorada estos días…

—¿Y eso? ¿es por lo que me has dicho de los días de bajón? —ambas salen del ascensor y salen a la calle mientras conversan.

—Sí, estoy algo estresada del trabajo.

—Bueno, si necesitas cualquier cosa, puedes contar conmigo, ¿vale?— Dice Verónica siendo amable. —¿Te apetece ir a las bolas?

—Sí, sí, claro. Vamos donde quieras.

Ellas se encaminan por las calles de la ciudad, hablando de sus cosas, la cordialidad está siempre presente y se nota que ambas se tienen aprecio. Cualquier persona se giraría a mirarlas, se complementan a la perfección, desplegando un aura hermosa que evoca en su conjunto.

Entran a la cafetería, se sientan en una mesa y ambas piden un cortado para acompañar la conversación. Pero Alejandra no puede aguantar más y le dice. —Oye Verónica… Te quiero comentar algo íntimo, es que tengo una duda y no sé con quién hablarlo. Ya sabes que en mi casa solamente hay hombres y esto es una duda más bien enfocada a alguien femenino.— Intenta bajar un poco la tensión de la pregunta.

—Claro Alejandra, ¿Qué pasa?

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