MOISÉS ESTÉVEZ

  • Casémonos… – le dijo aquel octogenario a la persona que estaba
    sentada a su lado en aquel banco de aquel también octogenario parque por el
    que solían pasear. No era un día diferente a cualquier otro, y este
    inevitablemente se estaba agotando. La luz dejaba paso a la oscuridad
    mediante una marcada línea que separaba en el horizonte dos tonos
    crepusculares, mortecinos y muy opacos, pero claramente definidos. No quería
    dejar pasar más tiempo, consciente de que ya era poco del que disponía para
    deambular por este mundo, igual que era consciente de que su inesperada
    proposición causaría en ella como poco, sorpresa o desconcierto o las dos
    cosas. Inteligente, guapísima, cariñosa, simpática… aquella mujer lo había
    cautivado apenas seis meses atrás, lo que en absoluto veía como un
    inconveniente para dar rienda suelta a su corazón, un corazón que parecía
    estar alojado en el cuerpo de un adolescente que acaba de conocer a su
    primer amor – … si, casémonos…

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