SILVIA ZALER

4

Cuando llegué y me bajé del taxi, vi un lugar en donde había gente agolpada para entrar. Me dan pereza esos sitios en donde tienes que rogar por gastarte tu dinero. Pero, según me acerqué, ya que le acababa de poner un mensaje a Fernando diciéndole que ya estaba allí, salió —sorprendentemente— Sonia. Le dijo al portero que estaba con ellos y que podía entrar. En efecto, el armario empotrado de la puerta, de cabeza con el pelo cortado a cepillo, cara de gorila de las estepas rusas y brazos como oleoductos, embutidos en una camiseta negra, movió la cabeza afirmativamente. Sonreí a Sonia y al energúmeno, y este me dejó entrar esbozando también una sonrisa de suficiencia. Retiró el cordón de separación con el resto de la gente que esperaba su turno y accedí al local.

—Te has puesto muy… casual —me dijo con una media sonrisa y un claro tonito irónico tras repasarme de arriba abajo sin apenas disimulo. Sé que, en el fondo, me estaba llamando vieja camuflada.

—Tú, sin embargo, vas guapísima. Como a una boda. —También sonreía, pero al espejo. Me estaba retocando los labios y no me fijé en su gesto, pero seguro que me hubiera achicharrado.

En silencio ya, subíamos en un ascensor hasta el piso 15, en donde se abría a un espacio de luces tenues, conversaciones, ecos de risas y música.

—Relájate, querida socia. Si lo consigues, hasta puede que te lo pases bien. No es bueno trabajar tanto… La verdad es que me alegro de que hayas venido. Así te aireas. —Pero no se detuvo a esperar mi respuesta y sigue andando.

Movía el culo de forma lenta y sabiéndose mirada. Varios tipos se giraron y ella les devolvió una sonrisa tenue. Es un zorrón, me digo.

No le contesté nada y me limité a sonreír. Tenía la sensación de que esa noche, además de un poco choni, iba de reina. Tenía que preguntar a Fernando, con disimulo todo lo que ha dicho y hecho esa noche. Por un momento me arrepentí de la follada que me acababa de meter con los dos escorts. Si hubiera estado en la cena y en las primeras copas, seguro que no habría sucedido.

—¿Te gusta? Es un sitio que está bastante bien… No sé si es de tu estilo, pero bueno. ¿Tú sales de copas en Madrid?

—Tranquila. Yo me hago a todo. Y sí, por supuesto que salgo en Madrid…

—Te situaba más en otro tipo de ambientes. En el teatro, una sala de cine en versión original, bibliotecas… O en una casa rural leyendo y trabajando, por ejemplo… —me contestó y rápidamente añadió para no darme tiempo a la réplica—. Cariño, no estés tan a la defensiva. Trata de divertirte, que es de lo que se trata.

Machacaría a Sonia sin dudarlo. Me tragué el orgullo y esperaba tener oportunidad de responderla en su momento con un buen zasca. Aunque por un instante, me arrepentía de haber venido. Fernando y Tomás se soplan en cuando beban dos o tres copas. Esperaba no haber llegado tarde.

El público del local era de unos treinta y bastantes años. No era para jóvenes discotequeros. Eso me alegró. El edificio era el de un hotel que había adaptado la terraza como lugar de ambiente para tomar copas y divertirse.

La música no estaba especialmente alta, pero tampoco es un hilo musical.

—¿Quieres tomar algo? —me dijo cambiando el tono a uno suave y de mujer amable al llegar cerca de donde están Fernando y Tomás.

—No lo sé… Por ahora no. —No me apetecía una copa ahora, aunque sabía que, si se alargaba la noche, tendría que beberme algo. Y un refresco, con Sonia cerca, me parecía demasiado suave.

Fernando se nos acercó. Le vi incorporarse en cuanto me vio, y avanzaba a saludarme. Fue un buen gesto y se lo aprecié. Las buenas maneras no deben perderse, y sobre todo con una mujer. Y socia del despacho. Sonia ya no me dijo nada y me dejó al lado de Fernando. Mi compañero había escuchado la última conversación con ella, y sonreía desde ese rostro mofletudo y simpático.

Avanzamos entre mesas y grupos de gente que charlaban, sonreían entre ellos. Todos, o eso me pareció, tienen una copa en sus manos. Había una terraza que se adivinaba desde donde estábamos. Estaban todos en un amplio sofá con varias butacas y hablaban animadamente. Había una cubitera, dos botellas de una marca de ron que desconocía y algunas botellas de refresco.

—Hola Marga —me dijo Tomás levantándose de su sitio.

—Hola, Tomás —le di dos besos en las mejillas.

—No quiere nada —comentó Sonia a Fernando con una falsa cara de pena—. Es lo que tiene trabajar mucho…

—Anímate, anda. Que nos han invitado los del despacho de aquí a un ron espectacular. Está muy bueno —me asegura mi compañero con una sonrisa que denota que lleva ya, un par de ellos por lo menos.

—Una copa, mujer… —me dijo Sonia ahuecándose la melena y dejando ver que lleva un vestido, aunque ajustado, algo arrabalero. Su sonrisa era más falsa que Judas.

La verdad es que tiene buen cuerpo. Unas caderas un poco más anchas que las mías, pero eso gusta a muchos hombres, me digo. El vestido es caro. No sé la marca, pero no baja de los setecientos euros.

—Ya veremos. No suelo beber apenas.

—Hola. Menos mal que te has decidido a venir. Toma asiento, anda —me cedió Fernando su lugar.

—No, tranquilo. Me quedo aquí, en esta butaca —le dije sentándome con total tranquilidad en una que está vacía. Si me tengo que levantar para irme al baño molestaré más que si lo hago desde ese sillón. O para hacerme humo si lo necesito.

—Ahí estaba sentado Borja —me comentó Sonia con un ligero toque de reproche.

—¿Borja? —No conocía a ningún Borja ni que yo sepa, trabaja alguien de ese nombre en el bufete o en la filial.

—Es un amigo de Claudia, que se lo ha encontrado aquí.

Asentí, pero no me pensaba levantar. Si no está, es que no debía querer estar en este sitio.

Claudia, que es algo rellenita, me miró un momento con algo de sequedad. Sonia y ella eran amigas. Y, por tanto, yo no. Pero sí, jefa. Y lo que corresponde y procede, es que no me pusiera caritas ni gestos.

Al poco tiempo llegó un chico moreno que se detiene a nuestro lado. Estábamos en plena conversación sobre unos clientes que han decidido pedirnos presupuesto para que les llevemos la asesoría jurídica y todo lo referente a cuestiones legales. El chico moreno tenía abundante pelo, barba cuidada de varios días, dientes blancos, mirada azulada y brazos torneados. Era guapo y atractivo, cosas no siempre aparejadas. Vestía un pantalón vaquero gastado Armani, y por fuera, una camisa de Carolina Herrera blanca. Lucía una amplia y bonita sonrisa.

—Borja, esta es Marga. Socia del despacho —me presentó Claudia.

El chico me miró. Está bastante bueno, corroboré.

—Hola.

—Estaba trabajando en el hotel y se nos ha unido ahora mismo —aclaró Claudia de nuevo.

Trabajando, me dije con una sonrisa interior, mientras en mi cabeza se sucedían los empellones de Octavio y Carlos. O mis mamadas a sus dos buenas pollas y los polvos que les había sacado.

—Hola, Borja. Creo que estabas sentado aquí. —Pero no hice el menor movimiento para levantarme.

—Sí. Tranquila, no pasa nada. De hecho, estaba ahora con los amigos con los que he venido. —Me sonrió—. Así que, no pasa nada.

Le calculé unos treinta y cinco o treinta y seis años. Sabía que ligaba bastante y dejó posada en mí la mirada más de la cuenta. Vi que Sonia también le miraba y me pregunté si no le estaría tirando la caña al guaperas de Borja.

Este se sentó con total tranquilidad en el brazo del sillón y volvió a mirarme.

—¿Te importa?

No le contesté, salvo con una escueta sonrisa que puse. No me molestó que se sentara ahí. Pero sí que en esa posición no me permitiera seguir charlando de lo que me interesa, que es ese cliente que nos ha pedido presupuesto. Estaba a punto de decirle a Fernando que me hiciera sitio a su lado y así poder hablar de ello con él y Tomás que ahora sonríen y hablan animadamente. Solo me llegaban retazos de su conversación.

—Eres socia del bufete, ¿no? —me preguntó Borja.

Seguía sonriendo y la verdad, lo hacía bien. El chico estaba bastante potente y no pude evitar imaginármelo conmigo en la cama. Pero con la tralla que llevaba ese día, me costaba ponerme en situación.

—Sí.

—¿Y qué llevas?

Le miré con un amago de sonrisa. No suelo entablar conversaciones con desconocidos y menos de mi trabajo, pero bueno, tampoco podía hacer mucho más.

—Llevo derecho de familia. Divorcios, herencias, protocolos…

—Vaya… pues ya me hubiera gustado tenerte de abogada en mi divorcio.

—¿Te salió mal?

—No, la verdad que no. No tuvimos hijos y nuestro régimen era de separación de bienes. Nada complicado.

—¿Entonces?

Borja mi miró de nuevo con una sonrisa, se acercó a la mesa, dejó la copa de balón, se sirvió hielo y un chorro de ese ron. Luego, abrió una botella de limón y la escanció con tranquilidad. Se tomó su tiempo. Lo hizo porque sabe que está bueno. Era un lucimiento personal.

—No sé si me hubieras conseguido un mejor acuerdo, pero me hubiera alegrado la vista. Mucho —remarcó.

Abrí bastante los ojos y me quedé ligeramente sorprendida. No es que no me gustara que alguien me piropease. Ni era la primera vez, ni quería que fuera la última, pero sí era cierto que Borja lo hizo a los tres minutos escasos de empezar a hablar conmigo.

Me reí y sacudí la cabeza.

—Eres muy directo, ¿no te parece?

—No creo que seas una mujer de andar con rodeos. —Bebió un sorbo de su copa—. ¿Quieres una?

No suelo beber y no lo haría en condiciones normales, pero por alguna extraña razón, le dije que sí. Aunque, bien pensado, podría ser que no me importase estar charlando con un tipo guapo y descarado como Borja. Con un gesto, llamó a un camarero y le pidió una copa de balón para mí.

En ese momento, se nos acercó Sonia que. Creo que le gustaba Borja. Hasta ese momento estaba con Claudia, pero en cuanto esta se ha ido al baño, aprovechó para ponerse a hablar con nosotros y acercar el butacón en el que estaba sentada.

Me distraje un momento mirando el móvil. Repasé las redes sociales, de las que solamente me fijo para cuestiones legales. O tengan alguna relación con mi trabajo. Me trajeron la copa y Borja me sirvió una.

—Corta, por favor —le dije sin mirarlo siquiera.

Tras un par de minutos, guardé el móvil. Sonia consiguió retener a Borja mediante alguna conversación, por lo que yo me levanté y sin decirles nada, me dirigí hacia el sofá y me senté al lado de Fernando. No iba a competir con ella y prefería enterarme de sus conversaciones anteriores.

Borja me siguió con la mirada hasta donde me senté. Yo, que, aunque no le vi observarme, sé que lo hizo. No le presté la mínima atención.

Me puse a hablar con Tomás y Fernando sobre cosas del trabajo. Nada serio, pero sí con el interés suficiente como para que les prestara atención. Algunos de los temas que fueron saliendo son de chascarrillos y cuchicheos. Rumores nada serios, ni siquiera medianamente fundados, así como motes. Me enteré de que a Fernando le llaman El Peluche, y no me extraña. Aunque quien le llame así no lo conoce en una negociación dura. Yo soy Miss Látigo. Algo que sabía porque un día, Mercedes, mi secretaria, me confesó que me llamaban así o algo parecido. No le di importancia e incluso ahora me río. Aquello me corroboró que soy seria en el trabajo y que impongo. De Tomás no decimos nada, pero todos le llamamos El Chanchullos, que es un mote que le viene de lejos. Exactamente de hace unos diez años y de sus arreglos con Hacienda. A pesar de que estuvo investigado, ha sabido ocultar el contenido del acuerdo al que llegó con la Fiscalía.

Mi copa se quedó en el lugar en donde estaba sentada antes y de pronto sentí algo de sed. Me hubiera bebido con gusto una botella de agua, pero vi que la copa que me habían servido estaba sin tocar en el mismo sitio donde la dejé.

—Borja, ¿me alcanzas la copa, por favor? —le dije sin ninguna intención. Vi que Claudia se había sentado con ellos dos y que se han juntado, aunque están de pie, dos chicos más y una chica. Tenían la misma edad y apariencia que Borja y deduzco que son los amigos con los que estaba antes. Claudia hablaba animadamente con ellos.

Inmediatamente, mientras dejé la mano estirada para que me la diera, miré a Tomás que acababa de contar un chiste que me hizo gracia. De pronto, noté el roce de los dedos de Tomás en mi mano cuando me alcanzó la copa. Cuando le miré, tenía esa sonrisa de buen conquistador y sus ojos se quedaron dos segundos más de lo necesario en los míos.

Pero continué sin hacerle caso. No me interesaba. Ya estaba bien follada, me dije, mientras me llevaba la copa a mis labios y sentía el frescor y el sabor dulce del ron con limón. Durante un tiempo, no volví a mirar a Borja ni a girar la cabeza para hablar con él.

Mi interés de esa noche era torpedear cualquier intento de Sonia de menospreciarme. Y en cuanto pude, empecé yo a sacar pullas y opiniones. No lo hice de forma directa, sino como quien no quería la cosa… Era mi turno, me dije.

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