GABRIEL B

Seis meses después
Se levantó a las nueve de la mañana. A través de las persianas se filtraban los rayos de sol, que evidenciaban un hermoso día. Fue a ducharse. En un momento creyó escuchar un ruido. La imagen de Miguel asaltó su mente. Pero se dijo enseguida que eso era una tontería. Miguel ya no volvería. Si él estuviera por ahí, ya habría entrado al baño, y se habría metido en la ducha junto a ella. Le hubiese pasado el jabón por todo el cuerpo —principalmente por las nalgas—, y luego, la habría poseído bajo el agua.
Se sintió culpable al notar que se estaba excitando. Pero al recordar lo tormentosa y peligrosa que era su relación, y que esta ya había concluido, se sintió aliviada. Y sobre todo, se sintió libre.
Libertad. ¿Hacía cuánto que no la sentía? La relación con su sobrino había durado apenas algunos meses, pero cuando por fin se fue de su casa, debido a que había caído preso, sintió que se había sacado un enorme peso con el que cargaba hacía muchos años.
Se secó. Se envolvió el cuerpo con una toalla, y salió para el pasillo para meterse en su cuarto. Al hacerlo, miró hacia atrás durante un instante. La puerta de la habitación de Tito estaba cerrada, y no se escuchaba salir ningún sonido de ella. Probablemente estaría todavía durmiendo. O quizás se estaba masturbando, pensó. Pero enseguida se quitó esa imagen de la cabeza. Lo último que quería era imaginar a su hijo haciéndose una paja. Más aún sabiendo que al menos una vez lo había hecho pensando en ella. Ya se le va a pasar, se decía siempre que lo recordaba. Se convencía de que sólo se trataba de una etapa. En un futuro no muy lejano se avergonzaría de sus fantasías incestuosas.
Se puso una tanga negra con encaje. Un top que haría resaltar sus enormes tetas, ya de por sí llamativas. Una calza negra que se adhería a ella de tal manera, que parecía una capa de piel más. Se colocó los zapatos de tacones altos. Se maquilló frente al espejo. Se veía muy atrevida. Algún machista diría que se había vestido como una puta. Ella no usaba esa palabra, aunque en su fuero interno se sentía así. No en el sentido literal de la palabra, claro está. Sino que se reconocía como una mujer a la que le gustaba atraer a los hombres. Le gustaba que las mujeres la envidiaran, y sintieran miedo a causa de su presencia. Disfrutaba perversamente de ser la causa de conflictos maritales, aún cuando ella casi nunca hacía otra cosa que ser como era, y nada más.
Miró el celular. Diego no le había enviado ningún mensaje. Pero aún así no hacía falta que lo hiciera, puesto que ya habían acordado que se encontrarían en la dirección que él le había indicado a las diez de la mañana. Un horario extraño para un cita. Pero como se trataba de un chico que todavía iba a la escuela, y aún debía pedir permiso a sus padres para hacer algunas cosas, no le sorprendió.
Desde lo suyo con Miguel, había probado con muchos amantes. La mayoría de ellos jóvenes con energías inagotables, o tipos mayores con experiencia, pero con una virilidad que se notaba en retroceso. Sólo cuando conoció a Diego había encontrado un digno reemplazo para Miguel.
La historia con su sobrino había sido corta, pero intensa. Muy intensa. No podía negar que, en parte, disfrutaba de la relación turbulenta con ese adolescente. El chico estaba muy bien dotado, y a pesar de ser muy joven, parecía tener la experiencia de un adulto. Ella sabía que no era una buena idea, pero había bajado la guardia. Su cuerpo la había traicionado, reaccionando de manera opuesta a como debía haber reaccionado. Y eso le costó caro. Cuando quiso darse cuenta, ya se había convertido en el juguete sexual de su sobrino.
Pero todo eso ya había terminado. O al menos casi todo había quedado atrás. Miguel se había comunicado con ella. Todavía no le habían dictado la sentencia. Estaba en la cárcel de Devoto, hasta que el juez se pronunciara, y determinara en dónde pasaría los próximos años de su existencia. Se había arruinado la vida el pobre. Había conseguido un teléfono celular, y la había llamado. Se sabía su número de memoria.
Para sorpresa de Anastasia, no le había pedido que lo visitara. Pero ella le prometió que le haría llegar comida, y aunque fuera un poco de dinero. El chico no se animó a preguntar sobre un posible reencuentro en el futuro, ya que para eso faltaba mucho tiempo.
No podía evitar recordarlo con anhelo, cada tanto. Principalmente en la etapa previa a Diego, donde no parecía haber nadie que estuviera a su altura.
Diego era un chico rubio, un tanto regordete, con unos anteojos con cristales gruesos. Estaba cursando el último año de secundaria. Era de esos chicos que vivían siendo molestados por sus compañeros de clase. Cuando le empezó a escribir, ella sólo le respondía por tontear. Le gustaba volver locos a los hombres y dejarlos con las ganas. Sin embargo, Diego la sorprendió mostrándose arrogante y seguro. Se trataba evidentemente de una postura, pero de todas formas le había gustado su descaro. Una vez le había jurado que, si la agarraba, la dejaría con las piernas temblando. Ella se rio, como si le hubiera contado un excelente chiste, y le había dicho que era un pobre nene de mamá que no tendría idea de qué hacer con una mujer como ella.
Mensaje va, mensaje viene. Provocaciones, desafíos, promesas, palabras cada vez más subidas de tono. Anastasia nunca habría concertado una cita con él, pero en una ocasión dejó caer que se encontraba sola en casa. Una hora después, Diego tocó el timbre. Ella le preguntó, asombrada —y algo asustada—, de dónde había sacado su dirección. Él le respondió que cuando se proponía algo, no descansaba hasta conseguirlo, y que hoy en día en internet estaba todo, y que la gente deja ahí más información de la que cree.
Lo que siguió fue lo obvio. Anastasia no se hizo desear mucho después del arduo trabajo que se había tomado en ir, y sobre todo, teniendo en cuenta su atrevimiento. Todas esas cosas la hacían admirarlo, y le habían hecho bajar la guardia. Los pendejos atrevidos eran su punto débil, sin dudas.
Y ahora debía ir a esa cita. No se habían visto muchas veces, pues si bien Diego ya contaba con dieciocho años, no era bueno que un adolescente entrara en su casa de seguido. Pero esas pocas veces que se vieron, Anastasia pudo comprobar la esencia dominante del chico. Al final, Miguel había dejado una marca muy profunda en ella. Le costaba relacionarse con alguien que no fuera joven y depravado, con un costado dominante, y una cuota de gusto por la humillación.
Sabía que su nuevo amante la esperaba con algo especial. Le había dado la dirección y no había dicho mucho más al respecto.
A la hora indicada ya se encontraba ahí. Era un barrio humilde, de casas chatas, muchas de ellas sin revocar. Se fue fijando en la numeración, hasta que encontró la indicada.
Con cierto resquemor, dejó el auto en la vereda. Las pocas personas que circulaban por la calle le clavaron la mirada, algo que ocurría siempre, y que se intensificaba cuando vestía como lo hacía en esa ocasión.
Tocó el timbre. La puerta se abrió. Diego llevaba el uniforme de la escuela. Se había hecho la rata por estar con ella. Eso era algo que alimentaba su ego. Sabía que sus padres lo tenían entre ceja y ceja por su mal desempeño escolar, y ahora corría ese riesgo solo por estar con ella.
Se hizo a un costado y la invitó a pasar. El lugar estaba ya de por sí muy oscuro, pero cuando Diego cerró la puerta detrás de sí, fue como si la noche se cerniera sobre ellos. Anastasia le preguntó que por qué no prendía las luces. Pero como única respuesta, el adolescente empezó a manosearle la nalga con ansiedad.
Al igual que a Miguel, le gustaba jugar. Ella se preguntó qué le deparaba en las siguientes horas. Mientras lo hacía, un dulce estremecimiento recorrió su cuerpo.
Diego la guió, empujándola despacio, mientras no dejaba de hurgar en su trasero. En un momento giraron, y se encontraron en un espacio con una oscuridad aún más densa, si es que eso era posible.
Fue ahí cuando sintió el olor. Le llamó la atención. Estaba segura de que conocía ese perfume de algún lado. Se escuchó un ruido, como de algo acercándose a ella. La primera reacción de Anastasia fue un miedo instintivo. Retrocedió unos pasos. Diego la abrazó por detrás, y le susurró al oído que estaba todo bien. Que no temiera. Que sólo era un amigo.
Sintió una punzada de decepción ¿Esa era la sorpresa? Otra vez la entregaban a terceros sólo para demostrar el poder que ejercían sobre ella. Se soltó de los brazos de Diego. Estuvo a punto de recriminarle y marcharse. Pero el desconocido la agarró de la muñeca y la atrajo hacia él. Rodeó su cintura con los brazos, y la apretó. Su verga empezaba a endurecerse sobre las caderas de Anastasia. Esa era una de las cosas que más placer le daban. Sentir en su propio cuerpo la transformación del miembro masculino, que de ser una víbora fláccida se convertía en un hierro caliente.
Había algo en ese chico que la hacía mantenerse ahí. Sin emitir queja alguna. Anastasia decidió seguirles el juego.
Sintió de nuevo ese perfume. Claro, eso era. Se trataba del mismo que usaba Miguel. Se recriminó por no haberse dado cuenta antes. El desconocido empezaba a frotar su pelvis en ella, mientras sus manos parecían multiplicarse y empezaban a meterse por todos los rincones de su cuerpo.
La completa oscuridad y el silencio del chico la hacían sentirse como si estuviera en un sueño. Sin embargo, había algo que la regresaba a la realidad. No se trataba solo del perfume. Había algo más. Otra cosa resultaba familiar en ese desconocido. Al estar pegado a ella podía percibir su contextura física, su altura, su aliento. ¿Era posible? Se parecía mucho a Ramiro, uno de los amigos de Miguel.
Anastasia le preguntó que quién era. El chico arrimó los labios a su oreja:
— El que te va a coger —dijo, con una extraña voz rasposa.
Sintió dos manos apoyarse en sus hombros. Diego se había acercado y ahora hacía presión hacia abajo. Anastasia, sumisa, se arrodilló. Escuchó el sonido de un cierre abrirse, y enseguida percibió el olor a verga. Una verga que ya olía a presemen. Una mano se apoyó en su cabeza. Abrió la boca. La verga se metió en ella. Anastasia la masajeó, al tiempo que la lamía. Su lengua siempre se caracterizó por producir gran cantidad de saliva, por lo que no tardó en embadurnar la pija del desconocido en cuestión de segundos. Diego, mientras tanto, no dejaba de meterle mano, no sólo en las nalgas, sino que también en su sexo, a través de la calza.
El chico no decía nada, sólo se oían sus jadeos de placer. Cuando parecía que el goce llegaba a su punto más alto –en general cuando la lengua se concentraba en el prepucio—, le tiraba del pelo, haciéndole doler, pero solo un poco.
En un momento, apretó sus mejillas con ambas manos. Luego, empezó a hacer movimientos pélvicos, cada vez más enérgicos. Anastasia ya no lo masturbaba, ni siquiera se la chupaba. Se quedó arrodillada, con la boca abierta y la lengua hacia afuera, como si fuera un perrito sediento de sed, mientras él se la cogía por la boca.
Una potente eyaculación fue expulsada adentro suyo. Un mar de leche viscosa se hizo paso en su garganta. Era muy abundante, como si el chico hubiera estado sin eyacular —ni siquiera masturbándose— por mucho tiempo. Como si hubiese estado guardando el semen para esa ocasión tan especial.
Pensó que ahora Diego querría poseerla. Pero fue el mismo desconocido, ese que quizás era Ramiro, quien la ayudó a levantarse, y la llevó hasta una pared. La puso de espaldas. Ella levantó la mano y la apoyó en la pared, como si fuera una detenida a quien estaban a punto de cachear. Sintió cómo el chico tironeaba de la calza, hasta bajársela a la altura de la rodilla. Después, unos dientes se cerraron en sus nalgas.
— Despacio —pidió ella. Pero como toda respuesta, recibió una nalgada, cuyo eco resonó en la pequeña habitación donde se encontraban.
La tanga no tardó en ser desgarrada a tirones. Anastasia quedó con el culo al aire. El chico le dio un intenso beso negro. Le pareció que lo hacía igual a como lo había hecho Ramiro, pero era difícil identificar las distintas maneras en la que los tipos besaban un culo, por lo que no podía estar segura.
Mientras le comía el orto, unos dedos se metían en su sexo, ya totalmente empapado, y empezaban a hacer movimientos circulares. Anastasia no pudo más que admitir que lo estaba disfrutando. Ya castigaría duramente a Diego por haberla entregado, pero ahora se dejaría llevar por lo que estaba sintiendo su cuerpo.
El chico se puso de pie. La abrazó por detrás, haciéndole sentir su nueva erección, tan potente, que resultaba llamativo el hecho de que hacía cinco minutos había acabado. Le corrió el pelo a un costado y le dio un beso en el cuello. Sus manos se metieron por debajo de sus axilas, y fueron a encontrarse con las tetas.
Como el chico tenía ambas manos ocupadas, ella tuvo la gentileza de ayudarlo a encontrar el blanco. Agarró la pija y la acercó a su propio sexo. Él empujó, y su miembro se hundió deliciosamente en ella.
Fue cogida contra la pared con la desesperación con la que coge un perro alzado. Por unos minutos, lo único que se oía era el golpeteo de sus cuerpos cuando él entraba en ella, y los gemidos de ambos. Él la poseía con la pasión de un amante.
Cuando terminó, le dijo al oído con su vos rasposa, que se tenía que ir, que no quería que su novia se enterara de que estuvo traicionándola. Se escabulló en la oscuridad. Anastasia intentó seguirlo, pero Diego la detuvo. Ahora era su turno.
………………………………

Iba caminando por la calle con una sonrisa estúpida pintada en su rostro. Se sentía como si acabase de robar un banco y hubiese huido sin que nadie lo haya podido atrapar. Había sido demasiado fácil. Le había tomado su tiempo, pero a la hora de la verdad, resultó muy sencillo. Era increíble lo puta que era su mamá.
Proteger el legado de Miguel. Se había convencido de que ese era su destino: emputecer a Anastasia, tal como lo había hecho su primo. Aunque también estaba consciente de que lo que hacía podía acarrearle serios problemas. Eso era lo que más le preocupaba. No el hecho de estar moralmente corrompido, cosa que lo perturbaba solo hasta cierto punto, sino el hecho de quedar en evidencia y verse obligado a pagar las consecuencias de sus actos.
Pero después de la fiesta de su primo, quería más. Aunque sea una vez más, se decía así mismo.
Durante meses se tuvo que conformar con mirarla, mientras andaba con poca ropa por la casa, o con espiarla de vez en cuando, cuando estaba dormida, o cuando se duchaba. O pajearse mil veces viendo el video erótico donde salía con Julio. Pero estaba claro que no podía conformarse con eso. Sólo una vez más, se repetía.
Visitarla por las noches, cuando estaba sumida en su sueño, era muy arriesgado, más aún ahora que había dejado de tomar las pastillas para dormir.
Necesitaba trazar un plan. Sabía que Anastasia era de carne débil, y sumisa de alma.
Se le ocurrió crearse una identidad virtual falsa, que usaría para hablar con ella. Se hizo una cuenta de Facebook, con fotos de un chico atractivo que había encontrado en internet. Pero ella pareció notar que se trataba de una cuenta falsa, hecha muy recientemente y con muy pocas fotos. En realidad, no podía estar seguro de que así fuera, pero, en definitiva, no le había contestado ningún mensaje.
Estuvo semanas exprimiendo sus neuronas, tratando de encontrar la manera de participar, o al menos presenciar un encuentro sexual con Anastasia. ¿Y si ponía cámaras en la habitación de ella? Esa parecía ser una mejor idea. Pero lo cierto era que Anastasia no solía llevar hombres a casa, salvo cuando ya tenían algo masomenos serio. Y últimamente no andaba en nada serio, aunque salía con frecuencia por las noches.
Finalmente se percató de cuál era la única solución posible. Todo lo que había vivido con su madre, sólo había sido posible con la colaboración de su primo. Precisaba de un aliado. Alguien que hiciera el papel de caballo de troya. Pero ¿Quién sería?
La idea de que fuera Diego no era algo que lo entusiasmaba demasiado. Sin embargo, tenía algo a su favor. Era un pendejo pajero, desesperado por desvirgarse.
Se trataba del hijo de uno de los abogados del estudio donde trabajaba Tito. Muchas veces esperaba a su padre en la sala de espera, mientras Tito realizaba las últimas tareas en la oficina. El chico parecía sentir simpatía por él, y en unas cuantas ocasiones compartieron sus opiniones sobre ciertas mujeres que les gustaban a ambos.
En una ocasión, como al pasar, le mostró una foto de Anastasia, jurándole que era una amante que había tenido hacía poco tiempo, pero con quien las cosas no habían terminado del todo bien. Como era de esperarse, Diego no le creyó, tomándoselo por broma. Sólo era cuestión de ver la foto de la hermosa mujer para darse cuenta de que ni en sueños ese empleado debilucho se la cogería. Entonces Tito vio una posibilidad. Le dijo que, si seguía sus pasos, incluso él podría conquistarla. Le dio el número de teléfono de Anastasia. Le recomendó que se mostrara soberbio, exageradamente confiado, y totalmente dominante. Que mantuviera una actitud descarada, incluso si ella se mostraba molesta, pues tarde o temprano terminaría tolerándolo.
Diego entró en el juego, no sin mostrar cierta desconfianza. A los pocos días, le contó, asombrado, que aquella mujer celestial le había respondido algunos mensajes. Tito siguió aconsejándole, siempre tratando de adivinar qué contestaría Miguel ante determinada respuesta de ella.
En cuestión de semanas, Diego ya estaba en la cama de Anastasia. Ese era el momento ideal para pedirle que le devolviera el favor. Le dijo que deseaba fervientemente cogerse a esa mujer una vez más. Diego no estaba enamorado, ni mucho menos. Y la idea de un trío no le desagradaba. Pero notaba que había algo raro en todo el asunto. Tito no le contaba toda la historia. Se hizo el difícil. Hasta que al fin dio su aprobación al extraño plan que le proponía su nuevo amigo.
Fue así como Tito pasó de ser el títere de Miguel, a convertirse en el titiritero.
Tito volvió a su casa, con la euforia de quien acaba de ganar un campeonato de fútbol. Anastasia regresó un par de horas después. Eso lo sorprendió. ¿Tanto tiempo había estado con Diego? Por lo visto, el gordito había resultado mejor amante de lo que el jamás hubiera imaginado. Tanto mejor.
Le dijo a su mamá que estaba muy linda. No por primera vez, ella sintió escalofríos al ver la mirada de su hijo enfocada en lugares en los que no debía. Pero se dijo que en parte era su culpa. Sabía que Tito era algo retorcido. Quizás ya no debía vestirse así, al menos cuando él estuviera en casa.
Pasó al lado de él, para subir por la escalera y cambiarse. Percibió algo raro, pero no se dio cuenta de qué se trataba de inmediato. No quiso voltear a mirar a su hijo, porque sabía que era probable que la estuviera mirando, y no quería enfrentarse a esa bochornosa situación. Quizás también es hora de que hable con él al respecto, se dijo, tragando saliva. Pero en el fondo sabía que iba a posponer esa conversación todo lo que podía.
Cuando terminó de subir las escaleras se dio cuenta de lo que había percibido. Una débil estela de perfume había quedado en el aire. Tito recién se había bañado. Se sentí el olor a jabón y desodorante, y a pelo lavado, y a ropa limpia. Pero detrás de todo eso había algo más. ¿Era ese perfume de nuevo? El mismo perfume del chico que se acababa de coger, el mismo de Miguel, el mismo de Ramiro. ¿Era posible?, se preguntaba, mientras entraba a su habitación. Se dijo que no, que debía estar imaginando cosas. Su cuerpo tembló de un escalofrío. Luego apartó esos pensamientos de su mente, y se puso ropa más cómoda.
Tito se regodeó con la visión de ese hermoso culo. El mismo que hasta hacía poco chocaba una y otra vez con su pelvis mientras la penetraba.
Se dijo que ya era tiempo de dejarla en paz. Que ya había conseguido lo que quería. Ya había gozado. Mientras insistiera con esa locura, más riesgo correría.
Pero después se dijo que quizás una vez más no estaría mal. Sólo una vez y ya estaba. Solo una vez.
Fin

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