SILVIA ZALER

3

Me habían follado los dos durante una hora y meda sin parar. Octavio se acababa de ir tras echarme dos buenos polvos. El último en mi vientre, tras metérmela durante varios minutos y hacerme que me corriera como una quinceañera. Soltó tal cantidad de semen que me ha llegado a la cara.

El chico resultó ser un poco tosco, pero efectivo. Follaba bien y manejaba con destreza su polla. El primer polvo con él fue más rápido que el segundo. Creo que no se pudo aguantar, aunque intentó retardarlo al máximo. Pero en cuanto me la metió a gatas mientras me trabajaba con la boca hasta los huevos, la polla de Carlos terminó corriéndose en mi culo y espalda. Ni me inmuté cuando sentí el champanazo de semen encima y seguí engullendo el miembro de Carlos.

Ni siquiera cuando Octavio salió de la cama para buscar papel higiénico con el que limpiarme y limpiarse él a su vez, hice el menor movimiento. Cuando regresó, Carlos me empezaba a bombear en mi interior con caderazos duros y constantes. Yo de pie, apoyada en la cama y con la espalda regada por el esperma de Octavio.

Tuve un segundo orgasmo, más ligero que el que me había proporcionado Octavio y tuvimos que parar un momento. Pero aproveché para arrodillarme delante de Carlos y comérsela hasta que me inundó de semen en mi cara. Le hice una mamada espectacular, de esas que alternan las succiones rápidas con las lentas. Combinando manos, labios y lengua, mientras le acariciaba o agarraba los huevos ya duros como rocas.

Fue otra buena corrida que me salpicó la cara, el cuello y las tetas. Me gusta mucho que se corran encima de mí. En mi vientre, en la espalda, en el culo, en la cara… Cualquier lugar me vale y lo disfruto.

Y otra cosa que me gusta mucho es comerme la polla recién corrida. Sentir esos últimos espasmos en medio del sabor agrio y picante del semen recién expulsado, me eleva los niveles de cachondez.

Me tuve que duchar claro, lo mismo que ellos. Y descansar un rato, tomándonos algunas bebidas del minibar. En mi caso, una Coca-Cola sin azúcar, y en el de ellos, agua mineral. Total, lo iba a pagar el despacho, me dije sonriendo y mirando las dos pollas, en ese momento fláccidas.

La verdad, no tardamos mucho en volver a ponernos a follar. Me quedaba poco de la lata de Coca-Cola cuando Octavio, que se debía recuperar pronto, se me acercó. Con una caricia y una sonrisa lasciva, me quitó la lata y acercó su polla a mi boca. Tumbada boca abajo, con las piernas en alto y balanceándolas, empecé a lamerle el glande y a chuparle el pene de forma lenta y tranquila. No tardó mucho en estar dura aquella polla. Las manos de Carlos me recorrían ya el culo, buscando sitios para lamerme el ano y el coño. Obviamente, no puse demasiado resistencia.

Dos o tres minutos más tarde, ya me estaba follando uno mientras yo se la comía al otro. Alternándose y dándome de nuevo buenas sacudidas o llenándome la boca de su carne. Sinceramente, esa posibilidad de ser follada por dos buenas pollas me atrae. Sentirte penetrada mientras se la comes a otro hombre, para las que nos gusta el sexo sin tabúes ni complejos, es la gloria. La puta gloria, siempre me digo sonriendo.

Octavio fue el primero en correrse, de nuevo encima de mí. Esta vez en mi tripa, tras follarme bien unos minutos a muy buena velocidad. No suelo chillar ni gritar mucho con los orgasmos, pero esa vez sí que lo hice. Esperé que los vecinos de habitación no estuvieran, tal y como me dijeron en la recepción, ante la excusa de que seguramente trabajaría hasta tarde y no quería molestar a posibles vecinos de habitación. Aunque, siendo sincera, en ese momento, me daba igual que estuviera ocupada o que me estuvieran mirando y viendo cómo follo.

Estaba ya sola con Carlos. Me debía otro polvo, al menos. Le estaba costando y eso me dijo que había estado trabajando. Bien con alguna cliente o imaginé que en una escena de porno amateur. A lo mejor de eso se conocían, pensé… Generalmente conseguía que se corriera rápido, pero este segundo me estaba costando.

Me había follado, se la había comido y ahora estaba pajeándole, empeñada en que suelte un nuevo chorro de semen que me sacuda la cara. Estábamos tumbados en la cama y alternaba las manos, con la lengua, la boca, con las acaricias en sus pelotas.

Por fin, conseguí que se corriera en medio de un gemido largo. No fue muy abundante, lo que me confirmó que había estado en otras camas y en otros coños. Me daba igual, la verdad. Pero prefería tenerlo completo. Para eso pagaba. Solo me alcanzó a una mejilla y la barbilla. Me la comí de nuevo. Me propuse aspirarle hasta la primera papilla, en venganza, porque sabía que ese sería el último de la noche.

—Joder… me exprimes —me dijo riéndose una vez que eyaculó.

—Si no te gusta, me lo dices, ¿eh? —contesté incorporándome con restos de su semen en mi rostro mientras le miraba retadora y guasona.

—Me encanta tu vicio con mi polla…

Me reí. No es tu polla, querido. O al menos, no es solo tu polla. Se la chupo a bastantes, la verdad. Aunque no todos, eso es verdad, me follen como tú, pensé. Y como Octavio que resultó ser un buen elemento.

Me volví a duchar. Ya sola y con tranquilidad, llamé al servicio de habitaciones para que me cambiaran las sábanas, con la excusa de que estaban mojadas. Y sí, lo están, porque me ocupé de acostarme en ellas empapada para disimular. No hubo problema y acudieron los del servicio de habitaciones muy rápido.

Me miré el reloj. Carlos y Octavio ya no estaban y en la habitación ya no olía tanto a sexo duro. Más bien a aburrimiento, porque se me bajó la tensión sexual y me apetecía tomarme algo fresco. Además, estaba desvelada, después de la sesión de sexo y la tremenda follada que me acababa de meter.

Me sonó en ese momento el móvil con un mensaje. Es Fernando que me insistía en ir a tomar algo con ellos si estaba despierta. Respiré hondo y dudé siquiera en contestar. No me iba a dormir, la verdad. Además, me decía que habían atrasado la salida del AVE hasta casi el mediodía. Por las copas que nos tomaremos a la salud de nuestro cliente, ha dicho en el mensaje.

No me apetece nada, pero a los pocos segundos, añadió algo al texto que me inquietó. Sonia y tú no os queréis mucho, no? Jajajaja.

Le pregunté, obviamente, la razón de ese mensaje, aunque para disimular lo acompañé de algunos emoticonos de la carita riéndose.

Ha soltado un par de indirectas que, madre mía… jajajaja

Esta a la que pueda invade tu despacho, jajajaja

—Hija de puta —la llamé entre dientes.

Dame la dirección. Le escribí enseguida picada por lo que me acababa de decir. Me cabreaba que aprovechara para ponerme a parir. Eso hace que me decidiera a ir donde estaban. Me comí rápido el sándwich que había pedido también al servicio de habitaciones y le contesté que vale, que iré a tomarme algo con ellos, pero que no me quedaré mucho.

Me hace a la idea de los que estaban. Fernando y Sonia del despacho de Madrid y Claudia y Tomás de nuestra filial aquí. Sé lo que sucede cuando hay copas y lo tontos que se ponen algunos, pero en este caso, creo que son inofensivos. Fernando es un poco mirón, pero poco más. No se atrevería nunca a insinuarse a nadie. Menos, delante de mí. Sonia, es muy posible que haya hecho lo posible por convertirse en el centro de la fiesta, aunque de forma disimulada. A pesar de los mensajes de Fernando, me costaba creer aquello. Una cosa es que quisiera mi puesto y que deseara fusilarme. Pero no la imaginaba atacándome directamente. No era valiente y sí, sibilina. Mucho, incluso. Pero sí me pegaban esas indirectas de las que me había hablado Fernando. Lo normal es que quisiera ganarse a Fernando, que es un socio de los de peso en el despacho. Y aprovechará que está Tomás, para mostrase como una abogada buena, resolutiva y simpática.

Iba maldiciendo mientras elegía la ropa.

—Puta polioperada…

No caí que yo también tengo retoques de bisturí, como el par de buenas tetas que luzco. Pero para mí, es diferente. Yo me disculpo. A ella, no.

Sonia a mí me parece un poco vulgar, todo hay que decirlo. Vestidos apretados, andares un poco exagerados, movimientos de melena, como si fuera una actriz de Hollywood antigua. En mi opinión, no está mal, pero le falta distinción, elegancia y finura. Pero esa melena castaña larga y la mirada un poco de pantera, debe hacer que los hombres se fijen en ella, Al menos, a primera vista.

Claudia era nueva. No conozco de qué palo va, pero estando Tomás, el socio jefe del despacho local, pues me supongo que iría de mera comparsa. Además, es bajita y algo regordeta. No estaba minusvalorándola, que sé de gente que le gusta ese tipo de mujer, pero no la veía metida en una fiesta de copas y desenfreno. Por lo poco que habíamos coincidido, no era otra cosa que una abogada normal. Si deseara en un momento dado ascender, terminaría aceptando la oferta de algún bufete menor.

Me vestí con un pantalón vaquero de The Concrete, pitillero y ceñido, una camisa blanca, la cazadora de piel marrón que hacía menos de dos semanas que había comprado en Loewe, y un pañuelo estampado de Zara, que me enrosqué en el cuello. Zapatillas de piel, Veja, de esas que parecen deportivas, pero que en realidad no lo son. Me miré al espejo del dormitorio, y me di el visto bueno. No pude evitar dejar unos segundos la vista en la cama grande de matrimonio en donde me acababa de follar a dos tíos. Estaba de nuevo hecha y reluciente, como si nunca hubiera sucedido nada. Me atusé un poco la melena, cogí el bolso, la tarjeta electrónica y salí de la habitación.

Recibí la localización de dónde estaban en el móvil justo cuando salgo por la puerta del hotel y pedía un taxi. Le pregunté al taxista que me contestó con un escueto está muy bien. Es lo último para tomarse una copa y pasar el rato. Al final, como no me fiaba del hombre, al que le vi un poco hortera, miré en internet para saber del sitio. Lo que leí no me disgustó. Era un lugar de moda que, sin ser discoteca, sí es un sitio —como dijo el señor taxista— para tomar copas, con mucha gente. Torcí un poco el gesto y, si no hubiera sido por lo de Sonia, creo que me habría rajado.

Aunque estuviera Sonia, no me apetecía música alta, ni copas, ni estruendo. Pero bueno, finalmente, y pensando en que tras el folladón que me acabo de meter al cuerpo me he despejado totalmente, le dije al taxista que se encaminara hacia allí. Me recosté en el asiento trasero y me dije a mí misma que, aunque no me apeteciera mucho, me iba a intentar relajar un poco. Y a poner a Sonia en su sitio.

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