GABRIEL B

Cuando todo terminó, me fui de casa, para seguir con la mentira con la que había empezado —supuestamente dormiría en lo de un amigo de la facultad—. Leandro se ofreció a llevarme, pero me rehusé. Para ser sincero, si bien él y Alex me habían caído bien —Mariano me pareció un idiota—, no quería volver a ver a los tipos que se habían cogido a mamá frente a mí. No por rencor, sino porque todo había resultado tan extraño que estar en un mismo lugar con ellos nuevamente, me resultaría muy chocante.

               Estuve dando vueltas durante horas y horas, yendo en colectivo de aquí para allá, sin destino aparente. Cuando se hicieron las diez de la mañana, volví a casa. El living se encontraba inmaculado. Supuse que mamá había limpiado cada rincón de él, para eliminar todo rastro de la orgía que había sucedido esa misma madrugada. De hecho, no solo estaba impecable, sino que aún se sentía el aroma a desodorante de ambiente y a los desinfectantes que había utilizado. Ella estaría durmiendo en su habitación. Me preguntaba si Miguel se encontraba en casa. Aunque tampoco tenía ganas de verlo en ese momento.

               Como era de esperarse, una vez que estuve de vuelta, los sucesos ocurridos se apoderaron de mi mente. Y no era para menos. No sólo había sido increíble todo el asunto, sino que era demasiado reciente. De todas formas, por más que transcurriera mucho tiempo, dudaba de que pudiera olvidarme, y más aún, no creí que quisiera hacerlo. Pues, por más bajo que había caído, no me arrepentía de nada.

               Miguel había traído a Anastasia de la mano. Ella ya había sido despojada de cada una de sus prendas, quedando sólo con la correa que rodeaba su cuello, y la venda que tapaba sus ojos. Su impresionante cuerpo aparecía frente a la vista de todos. Los otros tres estaban presentes, pero era como si no lo estuvieran. Todos mis sentidos estaban puestos en ella. El primo la soltó, y le dio un empujoncito para que diera unos pasos adelante.

               Estaba llegando al final. Aquel perverso juego había llegado al final. Eso me decía una y otra vez. Si había aguantado hasta ahora, podía hacerlo durante un poco más. Aunque había algo que me preocupaba. Ese último chico que me iba a poseer, el que no había hablado porque estaba afónico, me producía algo extraño, y no entendía a qué se debía eso.

               La tomé de la mano, y la atraje hacia mí. Estaba seria, y parecía más expectante que antes de copular con los amigos de Miguel. Probablemente eso se debía a que yo no había pronunciado palabra en toda la noche, cosa que quizás la intrigaba. La abracé, rodeando su cintura. Su piel tenía olor a perfume y a jabón, aunque me pareció sentir también ciertos rastros del olor al semen que habían largado sobre ella.

               Su cuerpo era esbelto. No era muy grande ni muy chico. Sus manos se movían torpemente, pero apenas puso un dedo en mí, un estremecimiento me recorrió de pies a cabeza.

               Mis piernas temblaban. Más bien todo mi cuerpo lo hacía. Al principio había temido que a la hora de la verdad, los nervios me jugaran una mala pasada, y mi verga no funcionara como debía. Pero ahí estaba, totalmente tiesa, frotándose en ella.

               Su aroma. Había algo raro en él. Percibía el sudor, y encima de él, un perfume.

               Anastasia me abrazó, y para mi sorpresa, arrimó sus labios a mi cuello y lo besó. Mientras, mis manos se deslizaban hacia abajo. A esa zona que siempre admiré de ella. Primero froté las nalgas con ternura. Luego las estrujé con violencia. Eran enormes, y se sentían increíbles. La piel suave, blanda pero firme.

               Olí su cuello mientras lo besaba y él empezaba a meterme mano por todas partes. Sí, era su perfume. Sabía que era eso. Se trataba del mismo perfume que usaba Miguel. ¿Pero por qué eso me llamaba tanto la atención, hasta el punto de ponerme la piel de gallina?

               La llevé a la cama, tirando de la cuerda. Se puso boca arriba. Entonces fui directo a sus tetas. Mis labios se cerraron en sus pezones, y empezaron a mamar de ellos, con la misma hambre que lo había hecho cuando apenas era un bebé. Me quité la camisa. Y después las zapatillas, el pantalón y el bóxer. Por fin, lo iba a hacer.

               De todas formas tenía que terminar con lo que había empezado. Además, tanto por lo que estaba sucediendo, como por las pastillas que había tomado ese mismo día, me sentía confundida, estupidizada. Por un momento se me cruzó una idea terrible por la cabeza. Pero no. Ni siquiera Miguel estaba tan loco.

               Apunté mi verga a ese destino al que tantas veces quise penetrar. Apoyé mis manos en sus tetas. Hice un movimiento, pero no llegué a meterla. Me ayudé con las rodillas, y así logré acercarme un poco más. Ahora la distancia era mínima. Nuestros pubis estaban a milímetros uno de otro, sólo separados por mi propia verga. Hice un movimiento, y ahora sí, estaba adentro.

               Había algo distinto en él. A pesar de su obvia inexperiencia, parecía que cada movimiento que hacía tenía intenciones que iban más allá de la posesión sexual. Algo ardía en el interior de ese chico, y estaba a punto de dejarlo salir, quemando todo a su paso. Su verga apenas hacía fricción con mis paredes vaginales. Pero aun así, la intensidad de su movimiento, y las manos inexpertas, pero hambrientas, que se empezaban a mover por todas partes en mi cuerpo, me hacían sentir excitada.

               Ella gimió. Me llamó la atención, porque mi verga no era tan grande como para lograrlo en el primer movimiento. Al menos para ella no lo era. Había quedado dilatada y mi instrumento bailaba dentro de su amplia cavidad. Pero aun así gimió, cosa que me entusiasmó.

               Me aferré a sus tetas, y me moví dentro de Anastasia —dentro de mamá, pero no quiero usar esa palabra ahora—, con la desesperación de un niño hambriento que devora su primer bocado en mucho tiempo. Después de la tercera o cuarta penetración, mi verga se había enterrado por completo. A cada embestida se escuchaba el plof plof, al chocar mis bolas en ella. Reparé en su expresión. Sus hermosos labios se separaban y de su garganta brotaba un enloquecedor jadeo cada vez que me recibía. Sus manos estaban apoyadas sobre el colchón, totalmente inmóviles, como queriendo demostrar que ya no participaría activamente de eso. Algo tonto, pues con el beso que me había dado, eso se había terminado.

               Era el perfume de Miguel, pero el cuerpo que me montaba era totalmente distinto. Carecía de su destreza y de su fuerza, pero tenía las mismas ansias lujuriosas, mezcladas con una pasión que solo se expresa a un ser amado. Era como un niño que descubría por primera vez un juego que desconocía, y que le resultaba sumamente divertido.

               Sin embargo ahora estaba totalmente inmóvil. Pero aunque quisiera fingir apatía, yo sentía cómo su cuerpo reaccionaba ante el contacto, no sólo de mi verga, sino de mis manos masajeando sus pechos, y de mi cuerpo frotándose con el suyo, contagiándola de cada estremecimiento que sentía.

               Había otra cosa que la dejaba en evidencia, demostrando así, una vez más, que era toda una puta que se dejaba coger por cualquier desconocido que la deseara: su sexo ya largaba sus flujos. Ahora, además de sentir que estaba metiendo la pija en una olla, también notaba la humedad que había en ella, haciendo que sintiera incluso menos fricción que antes, pues todo era muy resbaladizo.

Pero eso no importaba. Cada célula de su cuerpo estaba unida al mío. Sentía el calor de su piel, que iba aumentando en temperatura poco a poco. Los jadeos se hacían cada vez más intensos, producto de las penetraciones más potentes.

               Mi cuerpo. Mi maldito cuerpo me traicionaba nuevamente. Pero pronto iba a terminar. Miguel desaparecería de mi vida en cualquier momento. Sabía que no lo haría si yo se lo pedía, incluso si se lo rogaba. Pero me había dicho que pronto me desharía de él, y había sido tan sincero al decirlo, que hasta sentí un poco de lástima por él cuando lo escuché. Un poco más. Debía aguantar un poco más. Una última humillación, un último sometimiento. Todo por él: por Tito.

Mi cuerpo empezaba a exteriorizar la excitación que sentía. No podía hacer nada contra eso. Siempre había sido así, y ahora no era la excepción. Aunque el chico no tenía idea de lo que estaba haciendo, la sola situación de sometimiento era algo que me excitaba como si no fuera más que una perra alzada.

               Me di cuenta de que si seguía así, era cuestión de segundos para que acabara. De esa manera me ahorraría la multa que había impuesto el primo para quienes durasen más de diez minutos. Pero eso me importaba bien poco en esos momentos. Además, no estaba listo para dejar las cosas así.

               Me separé de ella. La agarré de las caderas, y de un movimiento le indiqué que girara. Su carnoso orto quedó expuesto. Me acerqué a él y le di una mordida. Aunque no lo hice con mucha fuerza. Luego besé los glúteos, y los lamí incansablemente. Ella no pudo evitar soltar una risita. Aunque sabía que era involuntaria, pues esa zona parecía darle cosquillas por momentos. Me deleité comiéndole el culo un buen rato. Alternando las mordidas suaves en las nalgas, para luego lamerlas y finalmente saborear su ano con un intenso beso negro.

               Mi culo. Mi infalible culo. Podía dominar y enloquecer hasta a los tipos más inalcanzables con él. Pero también era el responsable de meterme en tantos problemas. Si hasta Tito tenía erecciones cuando se detenía a mirarme.

               Mi pija seguía al palo, aunque no tenía la misma rigidez que antes. De ella brotaba mucho presemen. Anastasia separó las piernas, como adivinando cuál era el paso a seguir. Me recosté sobre ella. Agarré la cuerda y la tironeé, viendo cómo la correa se apretaba en su cuello. Ella largó un gritito de dolor, pero como el tirón no fue tan agresivo, no se quejó. Mi verga se enterró otra vez en ella.

               La violencia como la máxima expresión de la dominación. Mi cuerpo la aceptaba como si fuese algo sin lo cual no podía subsistir. La correa se apretaba mientras ese chico me montaba con salvajismo. Quería que apretara con más fuerza, pero no parecía querer hacerlo.

               Sabía, por la poca experiencia que tenía, que cuando se interrumpe la eyaculación en el momento justo, después es muy difícil alcanzarla. Es decir, mi verga tardaría en perder su rigidez y en acabar. Mejor para mí, aunque mis piernas probablemente no aguantarían por demasiado tiempo. Le estaba dando maza con una potencia que no creía tener. Mis muslos chocaban con su gordo trasero, haciendo un sonido parecido al de unos aplausos.

               Sin dejar de tironear suavemente de la correa, deslicé la mano que tenía en su cadera y la llevé hasta su nalga. La estrujé con desesperación. Después le di una nalgada, dos, tres…

               La hice erguirse. Sin salir de adentro suyo, la agarré del mentón y la hice voltearse, para ver su rostro. Estaba perlado en sudor. Sus pómulos afilados brillaban. Sus labios estaban separados, y de su boca exhalaba un aire agitado. Estaba ciega, y yo estaba mudo, y nunca sabría el secreto. Mi cabeza empezó a dar vueltas. Todo a mi alrededor se movía. Creí que iba a desmayarme. Pero mi verga seguía erguida, y yo, sin siquiera pensarlo, seguía embistiendo.

               Entonces ocurrió algo que no me esperaba. Anastasia arrimo su boca a la mía y la besó. Fue un beso tierno. Al principio sólo hicieron contacto nuestros labios. Los suyos estaban húmedos, por su propia saliva. Luego metió la lengua adentro de mi boca, y empezó a masajear mi lengua.

               Pareció sorprenderlo el beso. Incluso dejó de moverse, aunque su verga seguía totalmente dura adentro mío. Agarró una de mis tetas y empezó a masajearla, haciendo movimientos circulares. Estaba totalmente entregada. Mis manos se resbalaban en sus brazos transpirados. Y entonces sentí ese inconfundible estremecimiento que atravesó todo mi cuerpo. Inevitablemente, me iba a venir. Mis músculos se contrajeron. Me aferré a ese desconocido del que sólo sabía su nombre: “Ramiro”. Mi espalda se arqueó, mis labios se arrimaron a su oreja. Un ardiente calor surgió de mi sexo.

               Y entonces gritó, y todo su cuerpo se convulsionó, mientras yo la sostenía, sin dejar de meterle mano en sus partes más deliciosas, y por supuesto, sin dejar de penetrarla.

               Cayó sobre la cama, totalmente agitada. Aunque ya no podía ver su rostro, no me cabía duda de que en ese momento solo podía reflejar una inmensa satisfacción. Había logrado hacer que alcanzara el clímax. Había conseguido hacerla acabar. Pero mi verga seguía firme como mástil.

               Estaba exhausta. Pero ya sentía su lengua meterse otra vez en mis partes íntimas. Ahora lo hacía en mi sexo. Parecía querer saborear todos mis flujos. De solo recordarlo me siento sucia. Pero en ese momento, después de todo lo que había hecho, lo vi como un pequeño detalle más sumado a una extensa lista de perversiones. Ya se va a terminar, me decía una y otra vez. Sólo tenía que aguantar un poco más, me repetía, mientras sentía cómo entraba nuevamente en mí.

               No quería parar, porque temía que si lo hacía, mis piernas dejarían de responderme. La poseí por última vez. Ella ahora yacía con su cuerpo totalmente inmóvil. Ya ni siquiera se oían sus gemidos. Sólo podía percibir el estremecimiento de su cuerpo cuando le metía la verga entera de un solo movimiento, lleno de violencia. La eyaculación llegó repentinamente. Traté de contenerla, para no acabar adentro suyo. Pero no lo logré a tiempo. Los primeros chorros de semen se eyectaron cuando el glande todavía no había salido. El resto dejó la vulva empapada de ese líquido viscoso.

               Anastasia quedó boca abajo, sin emitir palabra. Los amigos de Miguel me decían algo, pero no escuchaba ni una de sus palabras. El primo me miraba con orgullo, como si el cumplimiento de mi deseo prohibido fuera el cumplimiento del suyo propio.

               Así había terminado la noche. La dejamos sola. Estuvimos un rato en el living, mientras ellos debatían de cosas de las que apenas recuerdo. Luego me fui.

               No podía evitar preguntarme, cómo seguiría todo después de lo sucedido.

…………………………………………………………..

               Lo que más me preocupaba era el hecho de que había acabado adentro de ella. La idea de ser el padre de mi propio hermano era algo que me aterrorizaba, y al mismo tiempo me hacía mucha gracia.

               Los primeros momentos posteriores a la fiesta de Miguel, me atacó un extraño sentimiento. Era como si estuviera empachado de sexo. Como si lo que había hecho me hubiera servido no solo para saciar el inmenso deseo que venía acumulando, sino también para satisfacer por adelantado cualquier deseo que hubiese tenido en el futuro, dejándome sin la capacidad de excitarme. Incluso hubo noches en las que ni siquiera me dieron ganas de masturbarme.

               El primo andaba deambulando por algunos lugares que a mí no me interesaba conocer. No necesitaba ser muy inteligente para darme cuenta de que estaba metido en negocios turbios.  Alex y los demás parecían, dentro de todo, inofensivos, pero dudaba de que fueran sus únicos contactos. Durante un par de días no supe nada de él.

               Mamá pasó tanto el día de la orgía como el siguiente en su cuarto. Me dijo que se sentía muy mal. Por esa vez me tocó hacerme cargo de las compras y de llevarle la comida a la cama. Aunque apenas había probado bocado. Me preguntaba si estaba así por lo de la fiesta, o porque Miguel había desaparecido. O quizás por ambas cosas.

               Estaba con la expresión triste. Lo único que podía ver era su rostro, pues estaba cubierta hasta el cuello con el cubrecama, a pesar de que no hacía frío.

               Al día siguiente se levantó. Me di cuenta de que intentaba demostrar un buen humor que en realidad no tenía. Pero me gustó verla fuera de la cama, sin esa expresión melancólica. Se había puesto un pantalón de lino gris, bastante suelto. Pero noté que la tela, en la parte de atrás, se metía en la raya del culo, como si estuviera siendo comida por esta. Era evidente que a pesar de que había elegido una ropa holgada, se había puesto una tanga. Su alma de mujer provocadora no la había abandonado, después de todo.

               Esta visión me hizo sentir excitación por primera vez desde la noche de la fiesta. Yo estaba en la sala de estar, en el mismo sofá donde se había dejado hacer de todo por cuatro desconocidos.

— ¿Vemos un peli? —me preguntó.

               Era pasado el mediodía de un día de semana, por lo que la invitación era extraña. Normalmente veíamos películas por las noches, o en todo caso, los fines de semana sí lo hacíamos en cualquier horario. Pero qué más daba.  

— Claro —dije, agarrando el control remoto.

               De repente sentí cómo me estrechaba en sus brazos. No me esperaba eso. Le retribuí el abrazo. Mi torso se apretó con sus tetas. Para ella era un gesto maternal, pero en cuestión de segundos mi verga se iba a poner completamente al palo. Así que me separé de ella en cuanto pude.

— Por vos haría cualquier cosa ¿Sabías? —dijo.

               Le respondí que sí, lo sabía. Y nos pusimos a ver la dichosa película. Por esta vez la dejé elegir una comedia romántica.

               Esa misma noche le mandé un mensaje a Miguel, preguntándole cuándo volvía a casa. En el fondo, esperaba que se le ocurriera otra retorcida idea para hacer que Anastasia se acostara conmigo. Pero sospechaba que su relación estaba llegando a su fin. De alguna manera, no estaba en los planes de mamá ser emputecida para siempre por su sobrino, quien la entregaría a sus amigos. No entendía cómo la había persuadido, pero la actitud de ella en los últimos días, me había terminado de convencer de que así era.

               El primo no me contestó. Cuando fui a la cama, deseé que estuviera ahí. Deseé que convenciera a mamá de cogérsela nuevamente y que me invite a ver el espectáculo. Lejos estaba de pensar que eso no iba a volver a suceder.

               Me dormí con una erección potentísima, y amanecí con la ropa interior empapada de semen.

               A la mañana siguiente tocaba ir a trabajar al estudio jurídico. Era la primera vez, desde la fiesta, que iba a volver a la rutina, y eso me resultaba extraño, pues ahora ya nada podía ser normal. Sin embargo, una vez que bajé las escaleras me encontré con mamá.

               Tenía una expresión seria que me hizo dar escalofríos. Lo primero que se me ocurrió fue que estaba embarazada, lo que representaba una locura. Era una mujer grande. Seguramente había tomado las medidas necesarias en los últimos días. Sin embargo, esa idea me asaltó sin previo aviso.

— Qué pasa má —dije, con la voz temblorosa.

               Otra cosa que me pasó por la cabeza era que ella se había enterado de que había sido yo el cuarto individuo que la había poseído. Traté de leer se hermoso rostro. Pero en ella no había enojo, ni decepción. Sólo había cierto aturdimiento, y también… ¿Alivio?

— Metieron preso a Miguel —dijo mamá al fin.

— ¿Qué? —pregunté, atónito.

               Mamá me abrazó. Parecía muy triste. Pero en ese abrazo también pude notar ese alivio que había percibido en un primer momento. Me pregunté por enésima vez, qué clase de relación tenía exactamente con el primo.

               Homicidio en ocasión de robo. Eso no me lo esperaba. Aunque sabía que era un delincuente, y que además era violento, no imaginé que cometiera un crimen de esa envergadura, no porque no fuera capaz de hacerlo, sino porque lo consideraba lo suficientemente inteligente como para no hacer algo que lo perjudicara de esa forma. Miguel pasaría varios años tras las rejas.

— Ahora somos de nuevo nosotros dos —dijo mamá.

— Como tendría que haber sido siempre —agregué yo. Ella me dio la razón con un asentimiento.

               Por esa vez, avisé al trabajo que no iría y me quedé en casa a acompañarla.

…………………………………………………………..

               Pasaron días, semanas, y meses. La idea de que Miguel desapareciera de nuestras vidas, al principio parecía extraña, pero de a poco se veía más real. El doctor Orozco se había sorprendido cuando le había pedido que hiciera de abogado defensor de Miguel, ese mismo chico al que pedí que investigara. Pero todos merecían tener acceso a una buena defensa, y yo sabía perfectamente lo pésimos que eran los defensores oficiales.

               Debía pasar todo el proceso penal en la cárcel, pues ya contaba con varios antecedentes, y ningún juez le concedería la libertad condicional. Y pensar que era tan joven. Lo que tenía a su favor era que a su corta edad había vivido de una manera muy intensa. Además, cuando volviera a la libertad aún sería muy joven. Lejos habían quedado mis sentimientos de bronca hacia él. Al final se había convertido en un gran aliado.

               Mamá volvía a ser la misma de siempre. Incluso varias veces había salido de noche para volver por la madrugada, cosa que me ponía celoso. Era increíble lo mucho que le gustaba la verga a esa mujer. No me cabían dudas de que era por eso que se habían dado así las cosas con el primo.

               Ambos teníamos un secreto que no podíamos compartir con el otro. Ella, que había sido la amante de su sobrino. Yo, que había abusado de ella la noche de la fiesta. La gran diferencia era que yo en realidad sabía su historia. Ella la mía no. Quizás algún día podía usar eso a mi favor.

               Me di cuenta de que todo empezaba a volver a la normalidad, en una tarde calurosa en la que mamá se puso a limpiar la casa en ropa interior. Yo me iba a ir a duchar para luego dirigirme a la universidad, pero me hice el tonto y me quedé en casa, viéndola mover su hermoso orto de aquí para allá.

— ¿No tenés clases? —preguntó ella, mientras pasaba la aspiradora debajo de la alfombra. Al hacerlo, se había inclinado. Sus enormes tetas quedaron suspendidas en el aire.

— Hoy sólo es clase de repaso, así que no hace falta que vaya —mentí yo.

               Solo vestía un corpiño y un culote negro. Lamenté que no usara tanga, pero de todas formas, la mitad de los cachetes del culo quedaban a la vista.

— Mejor me voy a vestir. Pensé que iba a estar sola —dijo Anastasia, para mi sorpresa.

— No seas boluda, si solo estamos vos y yo —dije.

               Me miró con cierto aire de desconfianza. Nunca habíamos hablado del tema. Mamá simplemente andaba como quería por la casa, y yo disimulaba las miradas furtivas que le lanzaba.

— Sí. Pero mejor me visto —respondió.

               Al hacerlo, se cruzó de brazos, intentando cubrir sus tetas en el acto. Después de todo, las cosas no serían del todo como antes. Al menos en ese punto no. Maldije mi suerte. Había sacrificado un día de clases sólo para verla semidesnuda. Mi pija ya estaba completamente al palo. Incluso llegué a enojarme con ella por su actitud mojigata. ¿O sería que sospechaba algo? No podía ser eso. Si así fuese, le sería imposible sostenerme la mirada siquiera.

               Durante un tiempo temí que Miguel, frustrado por su destino, le dijera a mamá lo que había ocurrido. O que incluso nos hubiese grabado sin que me diera cuenta, y guardara ese video como un arma definitiva. Pero al menos hasta el momento no había pasado nada. El primo estaba encerrado en el pabellón evangelista, y la estaba pasando lo mejor que se podía pasar dentro de una cárcel.

               Mamá volvió, totalmente vestida, aunque, como siempre sucedía, cualquier atuendo que usara se veía sumamente sensual en un cuerpo tan voluptuoso como el suyo. El pantalón de jean se ajustaba a su cuerpo como guante. La remera holgada que había elegido, no podía esconder sus enormes tetas.

               Y pensar que hacía poco tiempo había disfrutado de todo eso. Deseé que Miguel sí hubiese grabado nuestro encuentro. Me haría la paja todas las noches mientras me veía montando a Anastasia.

               En ese momento me di cuenta de la triste verdad. En lo que respecta a obsesiones sexuales, era tan insaciable como cualquiera. No me bastaba con tener el fresco recuerdo de todo lo que le había hecho. Los recuerdos eran engañosos. De repente las imágenes en mi cabeza ya no eran una copia fiel de lo que había sucedido. Y a medida que pasaba el tiempo, eran más los detalles que se esfumaban de la mente. Otros aparecían desordenados.

               Recordaba el olor a jabón mesclado con el de su perfume. Pero me era imposible recrearlo de manera exacta en mi imaginación. Lo mismo sucedía con todo lo relacionado con el tacto. La piel era suave, sí. Las tetas blandas y firmes, claro. El culo, delicioso, cierto. Pero para deleitarme con la misma intensidad con la que lo había hecho en ese momento, sólo había una manera de conseguirlo. Estaba claro: me tenía que coger de nuevo a mamá.

               Pero ¿Cómo hacerlo? Sin Miguel, no sólo era una tarea difícil, sino que parecía imposible. Mamá era una depravada, de eso no tenía dudas. Pero una cosa era acostarse con su sobrino político por su propia voluntad. Hacerlo conmigo, por otra parte, ya era absurdo de solo pensarlo.

               Esa noche se tomó una pastilla para dormir, ya que aún sufría de trastornos del sueño. Era una buena oportunidad. Muy arriesgado, sí. Pero ya había hecho cosas más arriesgadas que esa.

               Esperé un par de horas. Cuando se hizo la medianoche salí de mi habitación, haciendo el menor ruido posible. No pude evitar recordar aquella vez en la que vi al primo meterse en el cuarto de mamá, para luego presenciar por primera vez cómo se la cogió.

               Miré por el hueco de la cerradura. Todo estaba oscuro. Abrí la puerta. Esta hizo un ruido que casi me hace abortar la misión. Pero mamá no pronunció palabra, por lo que supuse que seguía dormida.

               Entré. Encendí la linterna del celular. Parecía que me estaba esperando. Anastasia estaba dormida de costado. Como había imaginado, no se estaba cubriendo con las sábanas, ya que hacía mucho calor, y ella siempre prefería ahorrar en electricidad y no encendía el aire acondicionado al menos que fuera absolutamente necesario.

               Recorrí su cuerpo con el haz de luz. No podía apuntarle a la cara por mucho tiempo, porque de esa manera podría despertarla. Así que sólo comprobé una vez más que seguía dormida, y pasé a alumbrar sus tetas, para luego seguir bajando lentamente.

               Arriba llevaba una remera corta que dejaba su ombligo desnudo. Los pezones marcados en la tela evidenciaban la ausencia del corpiño. Seguramente dormía más cómodamente así. Debajo, una hermosa tanga blanca.

               Se me hizo agua la boca. Mi verga estaba totalmente al palo, y pedía a gritos ser liberada. Metí la mano adentro del calzoncillo, y saqué mi arma. Lo peligroso de la situación le daba un delicioso toque de morbo al asunto. Me pajeé, viéndola dormir.

               Pero la misma inconformidad de antes apareció en ese momento. Necesitaba tocarla nuevamente. Necesitaba sentir la suavidad de su piel. Sabía que la pastilla que tomaba era muy potente. Pero no estaba seguro de si lo era tanto, que no notaría que la estaban manoseando.

               Qué más daba. Dejé de masturbarme. Como tenía una mano ocupada con el celular, así debía ser. Alargué mi brazo. Mis dedos hicieron contacto con sus pezones, a través de la remera. Los rocé apenas. Suaves movimientos circulares sobre ellos. Anastasia no daba señales de verse perturbada en sus sueños. Así que me envalentoné, y ahora abrí las manos y la cerré en sus pechos. Sin que me diera cuenta, de mi boca cayó un hilo de baba al piso. Sí, así era. Así se sentía manosear sus tetas.

               Después, la mano siguió rumbo hacia abajo. Me encontré con la tanguita blanca. Acaricié la tela que cubría su pelvis. Estaba depilada. Esta vez ningún vello se escapaba a los costados. Hacía poco había tenido acción, o esperaba tenerla pronto. Maldita puta.

               Sería cuestión de correr la tela al costado, y su vagina quedaría expuesta para ser penetrada. Pero eso sí sería muy arriesgado. Seguí en cambio, camino hacia sus muslos. Se los notaba firmes, producto de la ejercitación. Mientras lo hacía, me incliné. Arrimé mi rostro a su teta. Mis labios se cerraron en ella. Me hubiese gustado sentir el sabor de la piel, en lugar de la tela. Pero de todas formas el tacto era exquisito. Sentía su blandura cada vez que movía mi boca. Cuando dejé de hacerlo vi que había mojado la remera con mi saliva.

               Dejé de tocarla, por miedo a no poder contenerme. Me masturbé, sin dejar de mirarla dormida, totalmente indefensa y ajena al ultraje del que estaba siendo víctima. Mientras ella no se enterara, estaría todo bien.

               Cuando supe que me iba a venir, disminuí la intensidad de los masajes, para que la eyaculación no fuera muy potente. El semen brotó, y se derramó sobre el tronco, como la leche que se derrama de la jarra cuando hierve.

               Me acomodé el calzoncillo, y me limpié la mano con él. Volví a mi cuarto, sigiloso, dejándola dormida, con total placidez.

               Podría hacer eso todos los días. Pero no creía que me resultara suficiente. En algún momento, querría más.

               Era lo que había. De todas formas, no perdía las esperanzas. Algún día me la iba a volver a coger. No sabía cómo lo haría, pero así sería.

Fin

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