QWERQ

CAPITULO 13

Sobre el mediodía la puerta de casa se abre y un olor a perfume nuevo inunda toda la casa.

—¡Hola mama! —salgo de la habitación al oírle entrar en casa. Huelo un perfume que hasta la fecha no había olido nunca.—¿Qué tal? Qué tarde vienes…

—Hola hijo… Voy a preparar la comida… —Su actitud no es la misma que la de siempre. Casi ni me mira, como si escondiera algo.

—Con lo tarde que es, pensaba que ya no vendrías a comer…

—Si bueno… El trabajo… Ya sabes… En un momento hago la comida… Lo siento…

—Vale mama, no te preocupes. —la veo pasar por el pasillo hacia tu habitación. Va tan guapa y elegante como siempre. Con su camisa blanca, falda roja, tacones y ese pelo ondulado y moreno que tan bien le queda.

Oye, ¿Y la otra bolsa donde está? —me pregunta una vez entra en la cocina, haciendo un recorrido visual a toda la cocina mientras se pone el delantal.

Yo no sé como decírselo. Sé que se vas a enfadar. Solo me sale un titubeo. —Es-esto… bueno… Di-dijiste que tenia que venir a traer la bolsa de la compra, ¿no? —pregunto evitando decir su nombre.

—Sí, ¿no vino?

—N-No… —digo sin mirarle directamente a la cara.

—Pues ya puedes ir a buscarla mientras yo preparo la comida, sino no tendremos cena.

—¿Qué? ¿pero que dices mamá? ¿cómo quieres que baje a su casa? —digo algo asustado. —Es una broma, ¿no?

—Que bajes a su casa a buscarla te he dicho. —sus palabras denotan mal humor.

—Pe-pero mama… —Digo temeroso de su reacción.

—Vamos, ya eres mayorcito. Yo no voy a ir, eso seguro.

—Pero mama, ¿cómo quieres que baje a su casa?

—Pues caminando.

—Da igual, que se quede la bolsa.

—Pues bajas, o esta tarde vuelves al supermercado a comprar, yo tengo cosas que hacer.

—Pre-prefiero ir al supermercado..—Digo asustado.

Mi madre con el delantal puesto se me queda mirando. —No te va a comer.

—¿Qué no me va a comer? —digo incrédulo ante ese comentario. —Mamá, mientras más lejos de ese hombre mejor…

—Pues sí. Bueno, tengamos la comida en paz.

—Vale, ¿habían muchas cosas en la bolsa?— digo tragando saliva, no me gusta estar en esta situación.

—No, solo unas hamburguesas y verdura. Así que vete a comprar esta tarde y no le digas nada a tu padre, que te va a reñir.

—Menos mal… Era poco…

—La verdad no pensaba que le tuvieras tanto miedo.

—¿Qué?

—Tienes que aprender a afrontar las situaciones. No siempre vas a tener a tu mamá.

—N-no… No le tengo miedo… Es-es que… N-no me gusta ese hombre…— Me pongo muy nervioso de repente. La noto algo distinta —es-es que… Mi-mira… Mira lo que pasó la otra vez que bajamos…

—¿Crees que a mi me gusta? Si bueno… mejor lo olvidamos… ¿No te parece?

—No… Claro que no, no lo decía por eso… Si.. Vale… mejor lo olvidamos. No-no.. no quiero que se vuelva a repetir algo así… —se me nota el nerviosismo.

—No se repetirá, no temas. —De repente, la voz de mi madre vuelve a sonar serena, autoritaria, llena de personalidad.

Miro hacia el suelo, no me atrevo a mirarle, de mi boca solo sale un “vale” fino y escueto.

—Por cierto, ¿qué día nos bajamos a la piscina?, empieza a hacer calor.

—¡Sí! ¡creo que la abrieron hará una semana! —respondo mas animado —podríamos bajar este sábado papá, tú y yo, que hace tiempo que no hacemos nada juntos…

—Espero que pueda venir.

—Aunque bueno, el sábado… Creo que me comentó que tenía que ir a visitar a la abuela.

—¿Enserio? Oh.. vaya…

—Aunque bueno, si quieres podemos ir mañana mismo que no habrá prácticamente nadie.

—¿Mañana? vale, yo mañana jueves no tengo clase, por la mañana podría bajar un rato.

—Vale, yo llamaré a la oficina y ya está.

—¿Segura? ¿estás bien con eso? Sino lo podemos dejar para otro día, tranquila.

—Sí, sí, no te preocupes. Después trabajaré en casa y ya está. —Yo nunca me acostumbro que al ser la coordinadora de la sección de derecho laboral del bufete, puede permitirse ausentarse un día presencialmente.

—Por algo mando, ¿no? —Por primera vez veo media sonrisa dibujada en su cara con algo de complicidad hacia mí.

El día pasa con normalidad, mientras ambos comemos. Más tarde, yo me encierro en mi habitación para estudiar un poco mientras ella se sienta en el salón con la Tablet, mientras la televisión suena de fondo. La paz vuelve a reinar en esa casa, pero no es una paz normal, parece que es una paz inquietante, como algo o alguien inquietante que poco a poco está cerciorándose encima nuestro. Yo no paro de dar vueltas a su actitud a la hora de comer, ¿por qué estaba tan arisca? ¿Será por culpa de ese viejo? ¿acaso ha tenido un encuentro con él? Espero que no… pero, ¿por qué me ha dicho que no me va a comer? ¿qué quiere decir? Ella lo odia, ¿pero de verdad estaba dispuesta a que yo bajara a su casa a por la bolsa? Dios… Tengo que dejar de pensar en estas cosas y evitar que me siga atormentando. Yo confío en mi madre, sé como es y estoy seguro que es capaz de pararle los pies a él y a cualquier persona.

La tarde pasa, consigo concentrarme en el temario que tengo que estudiar hasta que la sed me obliga a hacer un parón y salir de mi habitación. Ahora es el mejor momento para ir a comprar eso. Aprovecho y entro en el salón.

—Mamá, voy a comprar eso, ¿Vale? —Yo ya estoy preparado para salir de casa. —Ahora vuelvo.

De camino al supermercado me enfrasco en mis propios pensamientos de nuevo. Los acontecimientos que pasaron hace una semana, han vuelto a salir a flote, y no puedo evitar pensar en ello. Ella me ha dicho que vaya a su casa a por la comida, con mucha naturalidad. Parece que no le hubiera importado que bajase, ¿realmente estaba de acuerdo con que bajase a su casa? ¿por qué ahora no le importa que hiciera tal cosa? ¿por qué habla con esa naturalidad de un acontecimiento tan escabroso como ese? ¿qué está pasando aquí? Espero que todo esto sean pensamientos míos…

Sin darme cuenta llego al supermercado y me pongo a comprar las cosas que tenía esa bolsa. Al rato, vuelvo a casa.

—¡Ya estoy en casa!— Te veo con la mirada perdida en la Tablet. —¿Lo guardo en la nevera? —Ella ni siquiera me mira.—¿Mamá?

—Sí.— En una afirmación seca, suena bastante rara. Mientras yo sigo como si no ocurriera nada. —Ya Está todo en la nevera. Al final tampoco ha sido para tanto, ¿no?.

—Bueno, no ha sido normal volver a comprarlo, pero bueno, ya está.

Yo no respondo a eso. La noto seria. Pero intento aparentar normalidad. —¿Entonces mañana vamos a la piscina? ¿Qué te vas a poner mañana para el baño?

—Mejor el bañador que el bikini. No me gusta llevarlo delante del vecindario.

—Esta bien… ¿El azul oscuro?

—Sí, tenía pensado ese mismo.

Justo en ese momento, oímos abrirse la puerta de casa. Es papá, que ha llegado de trabajar. Al llegar él, toda la tarde/noche ocurre como cualquier otro día. Cenamos y a las 11 nos vamos todos a dormir.

Al día siguiente, sobre las 10 de la mañana, oigo a mi madre desde la cocina.

—Hola mama, buenos días.

La veo preparando tostadas, el café y organizando todo para bajarnos a la piscina. —Es tarde ya, toma unas tostadas y nos vamos.

—Vale. Me doy prisa mama. —Digo mientras me pongo a desayunar, algo apresurado. Al terminar, voy a mi habitación, me pongo el bañador y le hablo desde la puerta.—¡Mamá, ya estoy!

—Muy bien hijo, voy a cambiarme. Me preparo y bajamos.

—Está bien mamá.

Al cabo de unos 10 minutos veo a mi madre salir de su habitación con un vestido estampado de flores muy holgado, de los típicos que se utilizan para ir a la playa, lleva un pequeño bolso de mimbre donde tenemos todo lo que necesitamos para bajarnos a la piscina.

—¿Vamos hijo?

—Eh… sí sí… —me quedo mirándola, está preciosa.

Bajamos por el ascensor hasta la planta baja y nos adentramos por el patio en común que tenemos en nuestra vivienda. Todo parece normal, la temprana hora de la mañana hace que no se oigan muchos ruidos por el vecindario. Hasta tal punto que cuando llegamos al recinto donde está la piscina solo vemos unas pocas hamacas donde hay sobre todo gente mayor leyendo el periódico o desayunando.

El recinto no es muy grande, pero es lo suficiente como para tener una piscina comunitaria no muy grande junto a una pequeña parcela de césped artificial donde la gente nos solemos poner con las hamacas.

Mi madre me indica donde ponernos más o menos y cojo un par de hamacas para ponernos cómodos. Ponemos nuestras cosas al lado y me dispongo a sacarme la camiseta y quedarme en bañador. Hay algo que hace no perderme detalle de los movimientos de mi madre, como si estuviera deseando que se quite el vestido y verla en bañador. Ella actúa de manera normal, no se siente observada por mi. Agarra el vestido de manera cruzada con sus manos y se lo quita por la cabeza. Aparece ante mi un bañador de color azul oscuro que se ciñe perfectamente a su silueta. Ni muy holgado, ni muy apretado. Lo suficiente como para darse cuenta que le sienta espectacularmente bien. Ella actúa con naturalidad, se sienta en la hamaca mientras se pone algo de crema y se tumba para relajarse.

Así empieza nuestra mañana en esa piscina, recibiendo esta tranquilidad que tan bien nos sienta y que tanto anhelamos. Ambos nos tumbamos a tomar el sol que empieza a asomarse por diferentes zonas de la piscina. Ese sol mañanero que no quema y que te da la sensación de rejuvenecimiento.

Pero unas voces me despiertan de mi relajación y me hacen girarme. Son mis amigos Nacho y Pepe, vecinos de otro bloque con los que mantengo una buena amistad.

—Juan, ¿qué pasa? No te esperábamos por aquí.

—Hombre, yo a vosotros tampoco.

—Podrías habernos avisado.

—No sabía que estaríais por aquí también. He decidido bajarme con mi madre un rato, ha sido dicho y hecho —mientras digo eso la miro, pero ella sigue tumbada, ¿adormecida quizás?

—Íbamos a ir a mi casa a echar unas partidas al ordenador, ¿te apetece venirte? —dice uno de ellos animadamente.

—¿Ahora?

—Sí claro, ahora. Que mañana me tengo que poner a estudiar para el parcial que me queda. —dice uno —Sí, yo también —dice el otro.

—Mmmmm… Bueno… —digo dubitativo mientras miro a mi madre. —está bien. —me giro hacia mi madre y poso una mano en su hombro —mamá, me voy con Pepe y Nacho a casa de uno de ellos a echar unas partidas al ordenador, ¿vale?

Ella sin devolverme la mirada, me indica con una mano que me vaya, que no pasa nada, que la deje relajándose.

—Bueno, venga, vámonos —digo poniéndome la camiseta. —luego vengo mamá. —le contesto mientras me incorporo y salgo con mis amigos.

Así transcurre la mañana, Alejandra adormecida, se deja llevar por la relajación hasta que Morfeo se la lleva completamente encima de la hamaca. Al cabo de un buen rato, el sol con más fuerza que antes hace que los rayos alrededor de la espalda, nuca y cabeza la terminen de despertarla. Se incorpora levemente y se da cuenta que hay más gente que antes. Sobre todo gente mayor jubilada y alguna pareja aparecen por el césped. Se gira hacia mi hamaca y recuerda que yo me he ido con mis amigos a casa de uno de ellos. Coge una botella de agua y bebe un trago mientras se incorpora y se sienta. Cuando mira hacia la piscina, ve a un par de personas mayores nadando tímidamente y a una hombre con su hija ayudándole a nadar. Es una estampa tranquilizadora, ella está a gusto y se le nota.

Pero todo cambia cuando ve a entrar a ese hombre por la puerta del recinto. Otra vez ese hombre, otra vez Don Fernando. Parece que le persigue, ¿cómo sabe, acaso, que ella se encontraba en la piscina?

Parece que no la ha visto, ninguna mirada se cruzan entre ellos. Observa como coge la hamaca y se sitúa casi en la otra esquina de la piscina. Se tumba y se pone a leer un periódico deportivo. La entrada en escena del viejo perturba la tranquilidad de Alejandra. Intenta actuar con serenidad, como si no existiera ese viejo, como si realmente no hubieran existido los diferentes encuentros con él. Para tranquilidad de ella, parece que el viejo no se ha dado ni cuenta de que está justo allí.

Actúa de manera normal mientras medita qué hacer. «Lo mejor será que me vaya…» piensa mientras rebusca en su bolso su teléfono móvil. «pero… si me levanto y me ve, es capaz de hacer cualquier cosa… Lo conozco…». Piensa mientras toquetea sin saber muy bien qué está haciendo. Vuelve a guardar el móvil en el bolso y sin querer, como esas miradas que se pueden evitar, mira hacia el viejo…

Y esta vez sí, su mirada y la del viejo se encuentran, él sonríe, parece que sabía perfectamente que ella estaba allí. Ella deja de mirarlo, pero al ver que se mueve no puede evitar volver a mirarlo ante el miedo de que vaya hacia donde se sitúa ella.

El viejo dobla el periódico y lo deja encima de la hamaca, se levanta y mira hacia ella. Eso hace que se ponga muy nerviosa, parece que está dispuesto a ir donde está ella. Aparta la mirada, no sabe muy bien qué hacer «¿será capaz de venir hasta donde estoy yo? ¿Con toda la gente que hay?». Pero un gesto de él la sorprende, con un aspaviento de mano, le indica que vaya a la piscina con él. Ella, estupefacta ante el atrevimiento de que le invite simplemente con un gesto y que piense que ella acepte hace que lo mire mientras se encamina a la piscina.

Lo sigue con la mirada hasta que llega al borde de la piscina. «¿Realmente me ha dicho que lo acompañe hasta el agua? ¿pero quién se ha creído que es?». Ella aún incrédula por su acción lo mira. Se da cuenta que para ella es un alivio encontrarse sola en esa piscina.

Su mirada hacia ella antes de meterse en la piscina la quita de sus pensamientos. La sonríe, esa sonrisa que tanto conoce ella. Que tantos problemas le han dado. Ella mira alrededor y todo parece tan normal como siempre. Nadie parece darse cuenta que ese viejo le está invitando a introducirse en la piscina con él.

Alejandra empieza a recoger todas sus pertenencias, quiere salir de ahí lo antes posible y el hecho que el viejo se encuentre en el agua le da la oportunidad idónea para que no le moleste al salir del recinto. Consigue meter todas sus pertenencias en la bolsa de mimbre mientras su cabeza es un hervidero:

«¿Acaso cree que me voy a introducir en la piscina simplemente porque él me lo pida?»

Lo mira… Él sigue nadando tranquilamente en el agua, parece que la ignora.

«Tan seguro es de si mismo que ni siquiera va a ver como me voy a ir? ¿pero quien se ha creído que es?»

Termina de recoger las cosas y se levanta de la tumbona. Solamente tiene que ponerse el vestido holgado de estampado de flores y salir de ahí, pero una nueva mirada se dirige a él.

«¿Va a dejar que me vaya tan fácilmente? ¿Qué es lo que está tramando? Seguro que todo esto forma parte de sus trampas…»

Lo sigue mirando…

«No puedo soportar esa superioridad que siempre muestra. Desde aquél incidente no ha parado de mostrarse así…»

Deja el cesto de mimbre encima de la tumbona mientras no deja de mirarlo.

«Voy a darle una lección, se la merece.»

Y ella misma, por su propio pie, se encamina hacia la piscina…

Deja una respuesta

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s