ADRIANA RODRÍGUEZ

Mientras se escuchaba el sonido de la caladora al cortar  la madera; el aserrín pululaba en el ambiente; Rosario se sentaba al final del taller con unas gafas y una mascarilla puestas; cuando Alfredo trabajaba. Las pequeñas virutas que volaban por el aire; siempre le parecieron una lluvia de naturaleza finita; que la hacían sentir extasiada; Alfredo disfrutaba verla sonreír, mientras el polvillo los cubría por completo; ¡Cuánto se amaban!.

     Un extraño sonido proveniente del sanitario, despertó a Alfredo; quien acudió de manera rápida; al ver qué Rosario no estaba en cama;

al llegar la vio descompensada, ojerosa, la piel pálida; era signo de que algo no andaba bien; la tomó en brazos; la llevó a la camioneta, dirigiéndose al hospital. La atendieron por urgencias; solo la dejaron pasar a ella; él tuvo que esperar. Pasaba el tiempo y Alfredo no tenía noticias de Rosario; empezó a preocuparse, yendo y viniendo con cuánta enfermera o doctor se cruzase por su camino; hasta que después de una larga espera; apareció un médico

— ¡Familiares de la Sra Rosario Paredes! —

— ¡Aquí! ¿Como esta?—

— ¡La señora se encuentra bien, es natural en su estado; le recomiendo reposo y la toma de líquidos! —

— ¿Su estado? —

— ¿Cómo, no sabía?, ¡Felicidades señor Paredes, va a ser padre! —

Alfredo no cabía de la emoción «¡Va a ser padre! » esas palabras; lo llenaban de una felicidad infinita; no podía esperar para decírselo a Rosario; en cuanto la dieron de alta; el la miró con una sonrisa; antes de que pudiera decir más

— ¡Te lo quería decir hasta que estuviera segura! —

— ¿Cómo, tú sabías? — Ella asintió — ¿Cómo puede ser? ¿Por qué no me lo dijiste antes? —

— ¡No quería que te ilusionaras en vano! ¡Quería estar segura! —

— ¡No sabes lo feliz que soy! —

Pasaban los meses; la barriga fue creciendo y con ella sus sueños y esperanzas; Rosario tejía ropitas para el pequeño; Alfredo, fabricaba juguetes; le hizo también su cuna; escogió el roble más hermoso para trabajarlo y que fuera el conforte de las noches de su pequeño.

   Llegó el día; Alfredo corría cargando la pañalera y el equipaje de Rosario; ella caminaba con la dificultad de labor de parto; abordaron la camioneta, dirigiéndose a la clínica. Al llegar Rosario tenía los labios morados, el contorno de los ojos se le veían rojizos; Alfredo se alarmó; bajo corriendo, avisando a las enfermeras; se acercaron, revisaron a Rosario; hicieron una seña al portero; quien se acercó con una silla de ruedas, llevandosela de inmediato a cirugía; Alfredo no entendía nada; solo observaba, mientras los doctores y enfermeras; entraban y salían corriendo del lugar. Después de mucho esperar; salió el médico de Rosario; al ver su cara; Alfredo supo que las noticias serían malas de manera probable; tomó valor acercándose

— ¿Todo bien doctor? —

Él se quitó el gorro quirúrgico, agachando el rostro — ¡Lamento informarle que su bebé llevaba cerca de dos semanas que había fallecido! —

— ¿Qué? ¿Pero cómo es eso posible? ¿Rosario no me dijo nada? —

— Ella tampoco lo sabía, pensó que la inactividad se debía a qué ya se había acomodado por completo —

— ¿Y ella, cómo está? —

— Lamento ser portador de tan malas noticias, pero la señora Paredes sufrió una coagulación intravascular diseminada, que determinó el destino de su vida — El médico siguió hablando, pero Alfredo no atendía, cayó al suelo de rodillas; lo siguiente que escuchó fue — Hay que comenzar la documentación, para que puedan ser trasladados a la funeraria los cuerpos de su esposa y su hijo ¡Lo siento mucho! —

— <« ¡Lo siento mucho! » ¿Acaso tiene hijos, esposa? ¡Que va a saber! > — Los pensamientos lo traicionaron; dejándolo hecho pedazos

—  «¿Qué haré ahora? » — Sentía como la vida se le iba en cada respiro; odiaba seguir vivo sin Rosario y su hijo.

     Pasó el tiempo, Alfredo cerró el taller; se hizo víctima del vicio; pocos fueron los días que andaba «lúcido»; sólo porque no tenía recursos para continuar; hacia mandados mínimos, lavaba autos, algunas veces robaba a los «borrachines» con los que salía de juerga;  casi siempre era así. Una noche, mientras Alfredo azotaba una botella de vidrio; contra la barda de la última cantina que lo sacaron esa vez; de entre la oscuridad una voz se quejó

— ¡Ay, cuidado! — una fémina

Alfredo abría los ojos buscando a la mujer que profería estas palabras. No sabía si era su embriaguez, su falta de descanso o quizá era la penumbra de la noche que no lo dejaba vislumbrar más allá de sí mismo

— ¡Pero ¿Qué te pasó Alfredo?! —

— ¡Ah caray! ¿De dónde me conoces? ¿Quién eres? —

— ¿Ya no me recuerdas? —

— ¿Quién diablos eres? ¡Sal para que pueda verte! —

— ¡Soy Rosario! Pero tal vez no sea como me recuerdas — Al escuchar esto, Alfredo comenzó a llorar; entre sollozos le decía — ¡Mira como me dejaste! ¿Porque te fuiste? —

— ¡Alfredo, discúlpame! —

— ¿Dónde estás? ¡Quiero verte! ¡No importa como seas, solo quiero verte! — las palabras se atropellaban unas a otras.

— ¡Aquí estoy, frente a ti! —

— ¿Cómo, dónde, detrás del árbol? —

— ¡No, soy el árbol! —

— ¿Qué? ¡Estoy borracho, es…o borracho! —

     No supo ni cómo fue que llegó a casa, al despertar esa mañana, todo le daba vuelta; la voz de Rosario, la cabeza, los pensamientos, las ideas. Alfredo recordó la anécdota pensando que todo era un sueño creado por su imaginación; o su abstinencia del amor de ella. Intentando ponerse en pie, trastabilló un par de veces; llegó a la ducha y tomó un baño; al salir, motivado por su supuesto «sueño» sintió deseos de trabajar la madera; así que fue al taller, corrió la vieja cortina de metal empolvada; abrió la caja de interruptores, subiendolos; encendió las lámparas, comenzó quitando las mantas que cubrían el antaño de sus herramientas; vió la caladora, recordó ese día, cuando Rosario, esperaba sentada en la parte trasera del taller; disfrutando de la lluvia de aserrín que caía encima de ella; así que la puso en marcha; se puso sus gafas protectoras, los guantes y el cubrebocas; tomó un madero y comenzó a darle forma; no sabía que haría; sólo que debía hacerlo. Estaba sumergido en su labor; cuando descubrió al polvo de la madera tomando forma en el viento; una silueta femenina que lo observaba sentada desde la silla de su amada; sorprendido, abrió la boca; sin dejar de mirarla, continuaba trabajando; su mujer le sonreía desde aquel rincón; se puso de pie frente a él, extendía los brazos; danzando al tiempo que caían las aserraduras; el lugar se llenó del aroma de Rosario; Alfredo comenzó a llorar, un sentimiento de felicidad lo invadía; llenando de recuerdos de amor el ambiente; pensando para él «Nunca debí, dejar de hacerlo; tú eres mi amor, tú eres mi madera, tu cuerpo de nogal, cintura de fresno, piernas de olivo, cabellera de castaño, el roble al que me he de afianzar, el pino que da aroma a mi vida, con tu mirada de cedro y tus manos de cerezo; mi amor de madera.»

2 comentarios sobre “Amor de madera

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