TANATOS 12

CAPÍTULO 40
El camarero depositaba la cuenta sobre la mesa, nos dejaba solos de nuevo, y yo sacaba la cartera, y escuché:
—Estás guapo hoy. Eres más guapo de lo que crees.
Alcé la vista, sin mover la cabeza y repliqué:
—¿No me digas?
Y ella sonrió, y yo me sonrojé, y de nuevo aquella sensación latente de que nos complicábamos la vida. Tan latente y tan obvia, que, una vez ya había pagado, le dije:
—Solo una cosa más.
—Dime.
—¿Has hecho sexo telefónico con Carlos?
—Pero si ya sabes que sí…
—¿En tú casa? —pregunté.
—¿Cómo que en mi casa? ¿En casa de mis padres? ¿Estás loco? Solo me faltaba eso.
—O sea… ¿que solo una vez?
—Sí, la que te dije, y no fue eso de… sexo telefónico. Él me decía lo que haría, con las normas o sin ellas… Yo qué sé, Pablo. Vamos a dejarlo, anda.
Me di por vencido. Entendí que estaba siendo cansino y no insistí más. Así que abandonamos aquella terraza y dimos un paseo antes de ir a por el coche. Cruzamos la zona de bares, bordeamos una plaza y volvíamos por la misma calle. Yo le pasaba el brazo por el hombro y ella a mí por la cintura. Nos habíamos tomado una botella de vino entre los dos y eso siempre incrementaba el contacto físico. Además, aquello de “hacerlo normal” planeaba en el ambiente, si bien yo tenía mis dudas de cómo saldría.
Una vez en casa no me pude contener. Y es que, tras cruzar el salón y María dejar su bolso sobre una silla, la sujeté por la muñeca pues pretendía ir hacia el pasillo y yo no quería retrasarlo más. Y ella se giró, tranquila. Y me pegué entonces a ella, la miré fijamente, llevé una mano a su mejilla y la besé en la cara, con una dulzura que escondía una lujuria que me costaba controlar, pero sabía que no podía meter quinta directamente, pues aquello era una cosa de dos.
El beso en la mejilla derivó en un beso en los labios. Posaba mis manos con delicadeza en su cara y en su cuello y ella llevaba las suyas a mi cintura. Y no me detenía a pensar si ella se dejaba besar por hacerme el favor o si de verdad lo ansiaba. Sentía que me merecía no darle vueltas a eso. Sentía sus labios húmedos y pronto nuestras bocas se abrieron. Disfrutaba de su lengua caliente, que hacía círculos con la mía, en besos que se iban encendiendo y se iban haciendo sonoros. Y, cuando me pude dar cuenta, yo sobaba uno de sus pechos sobre la camisa malva y ella palpaba mi miembro sobre mi pantalón.
—Uff… estoy muy… cachondo… —le susurré en el oído, en una confesión que yo no solía hacer, tras abandonar su boca y besar su cara.
—¿Sí? ¿Y eso…? —preguntó con voz tenue.
—No sé… Llevamos unas semanas… muy locas…
—Ya.
—Pero… es por ti, María —maticé, haciéndole ver, y era cierto, que muchas veces no necesitaba nada más que ella.
Desabroché un par de botones de su camisa y después fui a acariciar su sexo por encima de su fino pantalón negro. Una vez ella notó mi mano allí, susurró:
—Espera… Siéntate…
Obedecí, y me acomodé en el sofá. En el sitio exacto donde la noche anterior había sido testigo de cómo Carlos la había follado con el arnés puesto.
Yo sentado. Ella de pie. Frente a mí. Se desabrochaba los restantes botones de su camisa y se la soltaba del pantalón. Ante mí su camisa abierta, su vientre plano, y un sujetador negro, rotundo, pues tenía mucho que cubrir, y refinado, pues nada en la ropa de María podía ser vulgar.
Se inclinó hacia adelante, sobre mí, y llevó sus manos a mi entrepierna. Pronto abría mi cinturón y se arrodillaba entre mis piernas. Y entonces sí no pude evitar empezar a pensar que aquello era un favor.
Todo sucedió entonces muy rápido. Pronto vi mis pantalones y mis calzoncillos en mis tobillos, y mi miembro expuesto, semi erecto, palpitante y pequeño, que yacía volcado sobre mi vello púbico. Y después, nervioso, asistía a cómo su boca se acercaba a aquella zona, y entonces un “María, no tienes porqué hacerlo”, resonó en mi cabeza, pero no lo pronuncié en voz alta.
Ella cerró los ojos, y hundía su cabeza entre mis piernas. Sopló cerca de mis huevos y me hizo estremecer. Cogió mi miembro, con dos dedos, por la base, y lo hizo apuntar al techo, y ambos vimos como una gota blanca y espesa coronaba aquella columna caliente, que no tenía queja de dureza, pero sí un déficit de tamaño que lo estropeaba todo.
María sacó la lengua, yo cerré los ojos… y un sonido nos sobresaltó.
—¿En serio…? —suspiró María, al tiempo que escuchábamos la melodía de su teléfono móvil.
Abrí los ojos y, molesto por la martilleante estridencia, susurré:
—Cógelo… que como sea de tu trabajo sé que no paran.
—Si es Amparo lo apago —dijo ella, poniéndose en pie, y yendo hacia su bolso.
Escuché el sonido rotundo de sus tacones atronar hasta llegar a la silla. Metió su mano en el bolso. Miró su teléfono y volvió hacia mí. Me enseñó la pantalla y seguía sonando.
Le estaba llamando Carlos.
—Joder… —susurré.
—Ya ves. Qué puntería.
—Cógele.
—¿Sí? —preguntaba ella. De pie, frente a mí, con la camisa abierta, con su elegancia, con su lenguaje corporal estiloso. Espléndida.
—Sí, venga —dije y ella movió su dedo y se llevó el teléfono a la oreja.
Yo me sujeté el miembro por la base, como había hecho ella antes, y la miraba. Por las respuestas de María no parecía que hablasen de nada relevante y, de golpe, María pulsó algo en su teléfono y pude escuchar la voz de Carlos con nitidez.
—A ver. Repíteme eso —decía María, que se inclinaba de nuevo hacia mí, y ponía su teléfono sobre mi camisa azul, sobre mi pecho.
—Eso, lo que te acabo de decir —retumbaba la voz de aquel hombre desde mi tórax —que sé que habréis hecho cosas con más gente, pero, de lo que me has contado…  lo de Víctor, lo de los universitarios… pues que quedaría lo del chico de Madrid por ver o hacer —decía Carlos y María se arrodillaba de nuevo entre mis piernas, apartaba mis manos y las relevaba por las suyas, cogiendo de nuevo mi polla por la base con una mano y bajaba la piel con la otra hasta despejar por completo mi glande.
—¿Y? —preguntó María y sacó la lengua, y le dio un golpe a mi miembro con ella. Mirándome. Seria.
—Que falta lo de Roberto —decía Carlos, al otro lado de la línea.
—Ya. Ya… Eso ya lo he entendido —decía ella, obligándole a hablar a él.
Y él, efectivamente, volvió a intentar explicarse, y aquello liberaba a María que me miró y bajó la cabeza, hacia mí, y yo supe lo que venía… y cerré los ojos y sentí un calor asfixiante y una humedad densa, que partía de la zona de mi sexo, pero que envolvía todo mi cuerpo. Me estremecía y una de mis piernas sufrió un espasmo involuntario… y miré hacia abajo… y María engullía toda mi polla, hasta la base, hasta tocar sus labios con mi vello púbico, y Carlos decía:
—Bueno, que me habías contado que había sido muy agresivo, y que hasta te había agujereado unos pantalones.
María abrió entonces los ojos y me miró, con su boca llena… y yo notaba su lengua golpeando con dureza mi miembro que se hallaba dentro de su boca, dichoso, como solo lo era allí y dentro de su sexo.
—¿Estás ahí? —preguntó Carlos.
—Sí. Sí… Ya sé que te he contado eso. Pero lo que no sé es a dónde quieres llegar —respondía María, que se echaba el pelo a un lado y me pajeaba, en silencio, sin apenas apretar, con tres dedos.
—Ah, vale. Creí que se había cortado. Pues… que he pensado que creo que podríamos salir mañana por la noche, y tomar algo así.
—¿Así? ¿Así cómo?
—Pues tú con esos pantalones… Y arriba lo que quie…
—¿Con unos pantalones agujereados? ¿Estás loco? —interrumpía María, sin dejarle terminar la frase, extrañada, pero calmada.
—¿Aún los tienes?
—Sí. Aún los tengo. Pero no voy a salir a la calle con eso. Me vería la gente… Estás fatal.
—Bueno. Sería una idea —decía él, y ella con una mano recogía mis huevos y la otra la ubicaba en la base de mi miembro, y volvió a asfixiarme… y volví a intentar no cerrar los ojos por el placer…. y bajaba y subía su cabeza, hasta tres o cuatro veces, y me mataba del gusto con aquella mamada lenta y silenciosa.
—¿Estás? —preguntó Carlos.
—Sí, sí. Parece que se corta —decía María, justo después de hacer un círculo con su lengua sobre un glande que tiritaba excitadísimo.
—Pues eso. Que sería una idea, que podrías probar, que igual no se nota. Y solo lo sabríamos tú y yo. Bueno, y tu novio, si quisiera venir. ¿Está ahí contigo?
—Está en el dormitorio y yo en el salón. Por cierto, no paras… ¿no?
—¿Por? ¿De qué?
—Pues porque hemos quedado ayer… y ya quieres quedar mañana —dijo antes de volver a refugiarse en mi sexo… y comenzó a lamer el tronco… y llevó sus manos al sofá, a ambos lados de mi cuerpo, y comenzó una mamada sentidísima y algo más rápida… sin manos… y yo miraba su cabeza subir y bajar, y sentía aquel calor que casi me quemaba, y los golpes de su lengua en un miembro que podría explotar ya casi en cualquier momento.
Mientras María me deshacía de aquella manera escuchábamos a Carlos decir:
—Cuando tengas más años verás la importancia de aprovechar el tiempo, y aprovechar sobre todo el momento. Creo que estamos en un buen momento. Los tres. Por eso para qué fingir que no queremos seguir… experimentando. O para qué retrasarlo. Por eso.
Se hizo un silencio. María seguía con su mamada y yo seguía temblando… por aquel placer inmenso… y Carlos prosiguió:
—¿Qué me dices entonces?
María llevo una de sus manos a mi miembro, retiró su boca, se limpió un poco de saliva de su mentón, y dijo:
—Pues te digo que no voy a salir de copas con unos pantalones agujereados… por ahí. Y que además mañana estaré cansada.
Ahora era Carlos quién no respondía. Seguramente decepcionado. Y María prosiguió:
—A pesar de que… agradezco tu consejo de… coach… de aprovechar el momento, pero vamos a parar, o frenar un poquito, ¿te parece?
—Está bien. Está bien —respondía un Carlos resignado.
—¿Algo más? —remataba María, encantada, seria y casi abusando.
—No. Era básicamente eso.
—Vale. Pues buenas noches entonces —zanjaba ella.
—Buenas noches —respondía Carlos, y la llamada se cortaba con una inmediatez que revelaba enfado.
No nos dijimos nada. No comentamos nada. Ni sobre la propuesta de él. Ni sobre la victoria de ella. Y María retiró su teléfono de mi pecho, lo puso a mi lado y se puso en pie.
Al sentir mi miembro abandonado fui a complacerlo con una mano y me masturbaba lentamente mientras veía como María se abría el botón de su pantalón y se bajaba la cremallera, mostrándome que su conjunto de ropa interior era todo negro. Después se quitó los tacones y dio un par de pasos, hasta el otro sofá, donde se quitó el pantalón, lo dobló y lo posó con cuidado.
Se quedó entonces quieta, como si dudase, y posteriormente se quitó también las bragas, y volvió hacia mí.
—¿Te estaba gustando? —preguntó y se colocó de nuevo de rodillas, entre mis piernas.
—¿Tú qué crees? —dije, soltando mi miembro, y ella volvió a recogerlo, a hacerlo apuntar al techo y a echar la piel hacia atrás. Y de nuevo abrió su boca, y sacó su lengua… y de nuevo aquel calor… pero esta vez yo veía como ella bajaba una de sus manos, que se perdía por entre sus piernas, y yo me preguntaba si buscaba con eso que su coño se abriera, en una maniobra que con otros no era necesaria.
Pero otra vez no quise darle vueltas a si aquello era cierto, a si todo era un favor… a si apenas había nada ya por su parte… y cerré los ojos y me dejé ir. Y miraba, a veces, con los ojos entrecerrados, aquella cabeza subir y bajar, y también aquel codo que se movía, marcándole el ritmo a una mano que acariciaba… que frotaba en círculos un clítoris que era un botón… un pulsador que hacia de detonador,  el detonador de su humedad.
Ella sabía por donde sujetarme. Donde apretar. Donde lamer. Y a qué velocidad hacerlo todo. Y una vez me tuvo en el punto que quiso, soltó mi miembro, se puso en pie y se dio la vuelta.
—Aguanta lo que puedas.
—¿Cómo? ¿Por qué? —pregunté en un hilillo de voz, mientras ella me la cogía otra vez y se disponía a sentarse sobre ella, dándome la espalda.
—No. Digo… porque te la he chupado un buen rato… Que entiendo que igual no aguantes mucho…
—Ah. Vale. No sé. A ver… —respondí, a duras penas, mientras me quedaba prendado de su movimiento, de cómo se recogía la parte baja de su camisa con una mano y yo podía ver entonces sus nalgas desnudas y su coño, y como apuntaba con su otra mano, para sentarse, para enterrarse…
Y en el momento en el que sentí que la punta tocaba el principio de su sexo quise seguir mirando, pero no pude, y un “¡Uffff!” resoplado por mí, resonó por todo el salón, y sentí como ella se sentaba, deslizando su sexo por todo el tronco, hasta el final, y yo soltaba más aire… y ella no dijo nada, pero yo me moría del gusto, sintiendo su coño, sus paredes ardientes y estrechas… y ella se la metía hasta el fondo, y coronaba su movimiento de descenso, en un alarde, gustándose, moviendo su cadera en un círculo completo una vez se sintió invadida.
—Joder… —jadeé desinhibido, y ella alzó un poco su cuerpo, su culo se elevó, y mi miembro salió a la luz un poco, y lo volvió a enterrar, indicándome que el movimiento sería el preferido por mí, de arriba abajo, y no el preferido por ella, adelante y atrás.
Ella se afanaba en follarme así, ella a mí. Arriba y abajo. Con mucho cuidado de no salirse. Levantándose apenas cinco centímetros, para volver a descender… Y yo llevaba mis manos a sus nalgas desnudas, bajo la camisa, nalgas que sentía frías, pero que en aquel momento no veía, por haber soltado ella la camisa.
María en un principio llevaba sus manos a sus rodillas, pero después posó las palmas sobre la mesa de centro, y así se ayudaba mejor a aquel sube baja. Y yo levantaba su camisa un poco, para ver mi polla aparecer y desaparecer de su cuerpo, de aquel coño estrecho para mí, y deshecho y extenso para tantos otros.
—¿Sabes? —dijo María, con los ojos entrecerrados, acalorada, pero sin gemir, y volteando su cabeza hacia atrás, aunque sin abandonar aquel sube baja.
—Qué… —jadeé, levantando la parte baja de su camisa con las dos manos, e hipnotizado por aquella visión de su coño absorbiéndome.
—Que… esta ropa… bueno, que un día Begoña fue tal cual así al trabajo. Íbamos las dos igual.
—¿Y…? —resoplé… extrañado, y cerquísima de correrme, y me daba la sensación de que ella sabía que yo estaba a punto.
—Nada… Eso… Pero no volvió a ir igual que yo. Menos mal… —susurró ella y llevó de nuevo su mirada hacia adelante… y aceleró un poco más y soltó entonces un ronroneo morbosísimo… un “¡Ummm…!” impactante… y yo no entendía a qué había venido aquello, pero me hizo pensar en aquella cría, y en cómo follaría… y levanté de nuevo aquella camisa sedosa malva, que también tenía Begoña, e imaginé por un instante que me follaba aquella niña pija… y sentía que me corría… Me iba… estallaba… y miraba hacia abajo y veía aquel culo subir y bajar y el sonido de nuestros cuerpos chocar, e imaginaba que era el culo de Begoña que caía sobre mí y que era su coño el que se deslizaba por mi polla… y jadeé un “joder, me corro…” dicho rapidísimo…
…y María ni respiraba agitadamente, y en mi mente se cruzó la cara de Begoña, su cara angelical sonrojada, sudada, empapada, con su melena, siempre impecable… pero esta vez alborotada… con los ojos cerrados y ansiando sexo… E imaginaba que ella no solo sí jadeaba, sino que gritaba, y sentí aún más calor, y cómo mis músculos se tensaban… y comenzaba a eyacular, a explotar con vehemencia, dentro de aquel coño que, implacable, seguía absorbiéndome y soltándome, y más espasmos me hacían tiritar, hasta temblarme hasta mis labios de mi boca entreabierta… y seguía jadeando… viendo la cara de aquella niña pija… que gritaba, que chillaba y que sí se corría conmigo…
Un último resoplido, y mis manos cayeron muertas, y María se detuvo. Sin reproches. Sin decir nada. Ni había intentado llegar al orgasmo. Lo había descartado antes de empezar.
Llevó entonces una mano a su sexo, y se ponía de pie con cuidado de que nada cayera sobre mi vientre ni sobre el sofá. Y, con la mano entre sus piernas, caminaba hacia el cuarto de baño, evitando que nada descendiese de su coño y manchase el suelo.
Yo, aún mareado, cabalgaba entre el recuerdo del éxtasis y el efecto sedante del orgasmo.
Y después escuché el sonido del agua de la ducha, como había escuchado la noche anterior, y, más lúcido, comencé a preguntarme por qué aquello de Begoña… Por qué justo cuando ella sabía que yo me iba a correr…
… Y empecé a darle vueltas a si aquella cría iría bien encaminada… con su teoría tan rocambolesca… con aquello de que María me quería empujar hacia ella, para así poder tener un camino más despejado y menos traumático hacia Carlos.

Deja una respuesta

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s