SILVIA ZALER

2

La ducha me sintió realmente bien. El hotel era de los señoriales y caros, por lo que disponía de un buen cuarto de baño muy acondicionado.

Me sequé con tranquilidad y anduve durante un tiempo por la habitación solo con la toalla. Le hice la transferencia a Manolo con rapidez desde el móvil y dejé todo preparado para el día siguiente, que salíamos hacia Madrid, a las diez de la mañana.

El lunes tenía una reunión con un cliente que me ha pedido buscar soluciones para un divorcio que se esperaba complicado. Manolo ya está en ello, aunque me temía que en este caso el que corneaba era el marido, nuestro cliente. Con lo que íbamos a tener que trabajar en la reconstrucción societaria y de bienes, para que la mujer no se le llevara la mitad. Eso, si Manolo no encontrase algo con lo que engrasar la decisión de la contraria y que se allanara el camino a una negociación más favorable.

Miré el reloj. Ya debían estar al llegar, así que me vestí de nuevo con los altos zapatos de tacón, la falda, la ropa interior y la blusa. Uno de mis fetiches es que me desnuden mientras me besan y acarician. Lo prefiero a estar ya en pelotas y recibir a mi amante —o amantes, porque no es ni mucho menos mi primer trío— desnuda. Lo he hecho alguna vez, pero por cuestión de prisas y necesidad, no por gusto.

Y mi otro fetiche son las pollas grandes. O al menos, que no sean pequeñas. No me gustan, y procuro evitar, las delgadas y finas. Si quiero follar bien, que sea lo que me pone.

La tercera cuestión importante es que soy muy analítica y práctica con este tema. Por eso recurro a profesionales. No me gusta que la relación vaya más allá que el sexo puro y duro. En el caso de esa noche, uno de ellos es un escort que ya conocía. El segundo, era un amigo, al que he podido ver en fotografías. Se trata de un actor porno con una polla de considerables dimensiones. Con el primero, Carlos, no era la primera vez que contactaba. Es guapete, algo hortera, pero utiliza la entrepierna muy bien. El segundo tenía una pintaza…

Me podría ir a un bar a ligar y traerme un tipo a la habitación. No creo que me costara mucho, pero me repele estar en un sitio sola, esperando encontrar que alguien me atraiga. Y luego, para llevarme un chasco. Eso lo hice de más joven, cuando era más inexperta en este tema y me iba sola a una discoteca a ligarme a alguien. La mitad de las veces, o más, resultó ser un completo fiasco. O bien porque no encontré nada que me gustara, o cuando se desnudaba era un tipo normal y corriente, con un folleteo más parecido a un conejo en celo que a un empotrador. Y yo quiero empotradores, folladores de ritmo, fuerza y conocimiento. No necesito alguien que con veinte o treinta golpes de cadera ya esté servicio. Esto, dicho con todo mi respeto para las amas de casa casadas con mala conciencia por sus canitas al aire.

Aquí tengo que hacer un inciso. No soy una ninfómana ni follo a todas horas. Simplemente aprovecho algunas salidas de trabajo, noches fuera de casa, para tener sexo con hombres a los que considero interesantes en ese aspecto. Al año, viajo un par de veces al mes, generalmente. Dos noches como mucho, y no siempre me alquilo un tío para follar. La mitad de los viajes no lo hago, generalmente porque tengo trabajo que rematar al día siguiente o, simplemente, no me apetece. Pero cinco o seis viajes al año los aprovecho para meterme una buena follada con alguno de ellos. O dos, como hoy…

Carlos, se llama así en verdad, o eso me dice, es un clásico. Es la cuarta o quinta vez que nos veíamos y siempre ha sido de forma satisfactoria, cosa que me alegraba, porque no es barato el chico. Su amigo, en cambio era nuevo. Y esperaba que gratamente sorprendente.

Hizo sus pinitos en el cine erótico, como dice él, sin entrar en el porno duro. Pero no era cierto. En Estados Unidos y en Budapest lo intentó. No sé lo que hizo que no consiguiera ascender en ese mundo, ni me importa. Solo sé que debe follar bien y espero me empale como me gusta. Un buen empotrador, vamos.

Sonó la puerta. Miré la hora y sabía que eran Carlos y su acompañante, porque suele ser puntual. Abrí la puerta y pasaron ambos, rápido. Miré al amigo. Me gustó lo que vi. Obviamente que no era un dechado de elegancia ni de buen gusto, pero sí musculado, de piel bronceada y de mi estatura con tacones. Carlos me dio un ligero beso en los labios y me abrazó. Sabe que me gusta que todo tenga su tempo, su espacio.

—¿Qué tal estás? Hace dos o tres meses que no nos vemos… Él es Octavio —me señaló a su amigo que sonreía de forma lasciva.

No me gustó el nombre, pero no me importaba. Me besó también. De forma un poco más pudorosa o menos atrevida que mi amante conocido.

Sí, era verdad. La última vez que vine, no lo llamé. Ni a él, ni a nadie. Aquel día, noche más bien, me la pasé trabajando y arreglando un pequeño desaguisado de un abogado junior de nuestra filial aquí. El pobre no duró mucho tiempo en el despacho… No es que me molestara que me impidiera follar esa noche. Que también. Pero el problema que causó me hizo tener que tragarme y no cobrar, casi diez horas de mi trabajo. Y no soy barata.

—Te veo en forma… —le dije mientras me volvía a besar, ya está vez con más ansia. Le palpé los pectorales—. Y a ti… —Besé al segundo que ya se había despojado de la camiseta que llevaba. Lucía un buen cuerpo. Quizá excesivamente ciclado, pero hermoso.

Carlos es un loco del gimnasio, y entiendo que su amigo, también. Me hice la composición de lugar de que son amigos de pesas, mancuernas y cuerdas de batalla. Y supongo, porque Carlos lo es, de batidos, proteínas y alguna píldora de esas que se toman para muscularse. Me daba igual. A mí lo que me gustaba es que tuvieran los cuerpazos que gastaban y si el pollón que le cuelga a Octavio lo utilizaba como el de Carlos, perfecto.

—Para ti, siempre —me dijo guasón mientras me besaba el cuello y empieza a desabrocharme despacio la blusa.

Noté que Octavio me tocó el culo. Es una fijación para muchos hombres y me encanta que me lo manoseen. Me desabrochó con tranquilidad la cremallera de la falda. Iba por buen camino, pensé…

Le palpé a Carlos sus pectorales y le metí la mano por el hueco de su camisa, excesivamente desabrochada y ajustada para mi gusto. Carlos no es tampoco un dechado de elegancia. Ninguno, en realidad. Ambos tenían un toque un poco hortera de quien se sabe musculoso y fuerte. Lo exhibían a base de lucir constantemente una talla menos. Pero para mí no era un problema. A Carlos le falta algo de altura, porque con tacones soy ligeramente más alta que él, aunque eso tampoco me afectaba. En pocos minutos sería una cuestión muy secundaria. Octavio, en cambio, sí estaba a mi nivel. Le besé en un escorzo, porque está a mi espalda.

Sentí su lengua en mi piel. Gemí como una gata en celo. Me gusta que me besen y me laman por el cuello y la garganta. Es una de mis zonas erógenas, como los senos o mi ombligo. Y si son dos hombres, mucho mejor.

Me despojé ya completamente de la blusa y Octavio me desabrochó la cremallera de la falda, que cayó al suelo. La aparté un metro o así, con un golpe de mi pie derecho. Estaba en ropa interior. Era blanca, muy bonita y me subía el busto. Octavio seguía con las manos en mi culo y sin girarme, porque ahora me besaba con Carlos, acerqué mi mano a su polla. Era grande…

Octavio se desvistió quedándose solo en calzoncillos. También los llevaba apretados para que se le notara el paquete. La polla es grande y algo más gruesa que la de Carlos. Este, ya estaba sin camisa y se le veían los tatuajes. Es otra cosa que le borraría, pero bueno, esa pinta de malote tampoco me termina de desagradar. Yo llevo uno íntimo, muy pequeño, una mariposa, en el inicio de mi culo.

Los pantalones de Carlos cayeron también a la moqueta de la habitación mientras nos enganchábamos en un beso largo y lento. Nuestras lenguas se enzarzaron en un jugueteo de roces y lametones. Con la mano le palpé el paquete y siento que se me eriza la piel al comprobar que aumenta su volumen. Octavio me acababa de bajar las bragas y se centraba en desabrocharme el bonito sujetador.

Palpo con suavidad la polla de Octavio. Era grande, pero no en el sentido excesivo, sino más bien en el de anchura. Tenía una circunferencia muy amplia que apenas alcanzaba a abarcar con mi mano. Y no era nada corta, aunque eso ya está en términos más normales. Carlos ya estaba desnudo y me giré para ver su aparato. Normal pero ancho. Con un glande grueso. La de Carlos más blanca, la de Octavio, más oscura. Acaricié cada una de ellas con una mano y noté cómo los huevos se les iban apretando y ambos falos tensándose.

Volví a gemir y dejé que Octavio me besara las tetas y terminara de desabrocharme el sujetador, que termina por caer junto a mis pies. Le mordí la tetilla izquierda a Carlos y él también suspiró. Fui bajando lentamente por su pecho, totalmente depilado, hasta su vientre que acaricié con las uñas de mis dos manos. Me mordí el labio solo de pensar en que me iba a comer su polla en menos de diez segundos. Octavio ya estaba desnudo y sentí el golpe con su miembro en mi nuca, llamando mi atención. Sonreí.

Me puse en cuclillas y le manoseé a Carlos, obviando por ahora a Octavio. Seguía con el calzoncillo apretado que utiliza siempre para marcar cuanto más paquete, mejor. Siempre se lo acariciaba suavemente antes de descender la prenda por sus piernas. Le pone mucho y a mí, más todavía. 

—Me encanta tu polla… —le dije dando un beso sobre la tela al capullo que ya se marcaba voluminoso.

—Joder, qué puto vicio tienes con mi rabo… —Ambos se rieron y Carlos abrió más las piernas. Adelantó la cadera para que yo tuviera el pene más cercano. Estaba deseando que le bajara el calzoncillo. Yo me relamía solo de pensar en ello. De nuevo tenía la punta de la polla de Octavio en mi nuca…

Lo del vicio por su polla es así. Bueno, en realidad por cualquiera que cumpla mis expectativas. Es cierto y lo corroboré con una sonrisa y un arrullo mientras, esta vez sí, le bajaba el calzoncillo. La polla, dura y grande, apareció como un muelle delante de mi cara, mientras la de Octavio seguía, empalmada detrás de mí. Me separaban de la de mi amante conocido escasos centímetros y extendí mi lengua para lamerle la punta de su polla. Di un ligero círculo ensalivándole levemente. Le mire y sentí que ponía la cara de la mayor viciosa que uno pueda imaginarse. Con un movimiento rápido, terminé de bajarle el slip y Carlos lo apartó también hacia atrás con un golpe de sus talones.

Le cogí la polla con la mano y se la froté descapullándole completamente. Le escuché suspirar y me acarició el cabello. Es la señal que siempre me hacía para que empezara a comérsela. Y nunca le hago caso, porque en ese momento me gusta contemplar su polla. Los huevos que le cuelgan ya hinchados y apretados y cómo mi mano no puede abracar todo su grosor.

—Cómetela… —me suplicó con una voz que denotaba deseo—. Entera…

Como toda contestación, volví a lamérsela despacio. De nuevo en pequeños círculos con la punta de mi lengua, en su glande. Le di varios y él hizo por empujar la polla dentro de mi boca, pero no le dejé. Tenía un toque de crueldad viciosa en ese momento y me excitaba con hacerle sufrir un poco.

Me volví para hacer caso a la de Octavio y la lamí, pero la suya, para hacerle sufrir un poco más a Carlos, sí me la introduzco un poco en la boca. Octavio gemía y sonreía.

Cuando escuché que Carlos volvía a suspirar y que su cuerpo se tensaba, lo mismo que su polla en mi mano derecha, me la metí en la boca. Despacio, saboreando ese líquido preseminal que ha ido saliendo poco a poco. Paseé la lengua por su glande de nuevo, pero esta vez con la boca llena y mis ojos cerrados. Me gustaba sentirla así, grande, llenándome entera y sintiendo el poderío animal de ese falo.

Con lentitud, empecé a chuparla, sin sacármela en ningún momento de la boca. Siempre guardando el capullo en mi interior. Disfruto mucho con una mamada y notaba como mis pezones se endurecen como diamantes. Respiré de forma ligeramente agitada, con ansia creciente.

Tras unos instantes con ella en la boca, me la saqué. La observé de nuevo, húmeda, vibrante y retadora. Me volví a la de Octavio e hice lo mismo. Con lentitud estudiada y llena de morbo.

Un minuto después de estar chupándosela, me incorporé y besé a mi hombre en ese momento. Nos fuimos a la cama, una de matrimonio grande y amplia, como siempre pido al hacer la reserva del hotel. Me tumbé en ella. Solo llevo los zapatos puestos y en un movimiento de mis pies, me descalcé cayendo ambos a uno de los lados de la cama.

Los dos se metieron en la cama. Los alterné con besos a ambos, de nuevo con ganas. Carlos me comió los pezones que ya cortaban de lo duros que están. Octavio volvió a besarme en el cuello y en el ombligo, haciendo que gimiera de gusto. Carlos paseó la lengua por las inmediaciones de mi coño y jugueteaba con sus labios en la entrada de mi coño. Me dio un par de buenas lamidas en el clítoris haciendo que me estiraba y arqueara la espalda en medio de un gemido.

Llevaba mi pubis depilado y tan solo un pequeño triángulo de pelo recortado se mostraba en la parte superior. Me imaginaba a mis compañeros del despacho viéndome en ese momento, gozando con dos hombres. Uno antiguo actor porno, y manoseando dos pollas de atractivo considerable, mientras uno me come el clítoris y el otro muerde mis pezones.

Seguro que a más de uno le excitaría ver a su compañera, tan seria, distante y poco menos que inalcanzable, follando con dos tipos como Carlos y Octavio. Dos cualquiera con polla decente y buenas maneras en la cama. Sería un shock para el bufete, me dije sonriendo, mientras me dejaba hacer por la boca y la lengua de Carlos y Octavio. Cambiaron los roles. Después de un ligero masajeo de mi clítoris por los dedos de Octavio, empezó a comerme el coño, ya tumbado entre mis piernas. Carlos se sentó a mi lado y metió su polla en mi boca.

Me inunda una sensación de sexualidad máxima cuando alguien me come el coño. No todo el mundo lo sabe hacer. En ese sentido, pensaba para mí, el hecho de haber actuado en el cine porno le da un plus a Octavio. Carlos, también sabe cómo. Es un buen profesional. Pero lo de Octavio es superior. O eso creo, porque el cabrón lo hace condenadamente bien. Si sumaba que mientras me lo comen, estaba con la boca llena de hombre, pues mucho mejor.

Ahora estaba tumbado en la cama, entre mis piernas, concentrado en comerme entera, mientras yo me apoyaba en el cabecero y las almohadas, pero con la polla de su amigo en la boca. Octavio mantenía abiertos mis labios vaginales con sus manos, y lameteaba con decisión mi clítoris que ya estaba encendido. Me subió una especie de electricidad de gusto por todo el cuerpo y sentía que no cambiaría nada de nada por lo que en este momento estaba sintiendo. Cerré los ojos y me dejé llevar por ese placer y el hecho de estar a la vez comiéndome una buena polla.

—¿Qué tal? —me dijo Carlos.

—En la puta gloria… —le contesté sacándome un segundo su polla de mi boca, para volvérmela a introducir de nuevo en cuanto terminé de contestarle. Es verdad que cuando estoy metida en el sexo me da por hablar mal. No me importa en absoluto.

Apoyé una de las plantas de mis pies en la espalda de Carlos, y la otra en su brazo. Me gusta sentir la piel del hombre cuando tengo sexo con él. Con mis manos me acaricié los pezones, que seguían duros y enhiestos, mientras continuaba lamiendo y chupando la polla de Carlos.

Sí, estaba en la gloria… En la puta gloria.

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