GABRIEL B

Si apenas unos meses antes de todo lo acontecido, alguien me hubiera dicho que a mis treinta y ocho años estaría convertida en el juguete sexual de un adolescente depravado, me hubiese resultado imposible creerlo. Si además me dijeran que ese adolescente que jugaba con mi cuerpo como si no fuera otra cosa que un objeto, era mi propio sobrino, no solo no lo hubiese creído, sino que me vería en la obligación de pensar que esa persona que me lanzaba esas hipótesis tan fantasiosas estaba mal de la cabeza. Ya ni hablemos si a todo lo anterior le agregamos que, al menos por momentos, yo disfrutaría de la vejación a la que iba a ser sometida.

                Pero la vida da muchas vueltas, y lo cierto es que cosas aún más extrañas suceden en el mundo. Entre las cuatro paredes de una habitación, suceden todo tipo de depravaciones.

                Albergar a Miguel en mi casa después de la muerte de su madre, era una obligación moral para mí. Al poco tiempo del fallecimiento de mi hermano, les había dado la espalda, debido a los problemas de adicción de ella, y a la violencia que él ejercía contra el pobre de Tito. En ese entonces era muy joven, y decidí resignar mi relación con ellos, en beneficio de mi único hijo. Luego, cuando se mudaron, me resultó mucho más fácil mantener la distancia.

                Pero Miguel no era más que un muchacho que acababa de quedar huérfano. Legalmente mayor de edad, es cierto. Pero el mundo tenía muchos obstáculos para un chico agresivo y sin contactos como él. Era mi oportunidad para resarcirme de mi error, y no iba a dejarla pasar.

                Sin embargo, ya en los primeros días noté algo extraño en él. Para empezar, estaba claro que ya no era un niño. Si bien Miguel tiene la misma edad que Tito, la diferencia en el carácter es abismal. Mi sobrino resultó ser alguien con mucha calle. Astuto como solo podía serlo alguien que conocía los recovecos más oscuros de Buenos Aires. Sus penetrantes ojos verdes miraban todo con atención, y en su semblante podía ver que siempre estaba sacando sus conclusiones mientras lo hacía.

                Me miraba con ojos que ni de cerca eran los de un sobrino viendo a su tía. Lo que más me llamaba la atención de eso era que no se molestaba en disimularlo. Y eso que no me cabía dudas de que tenía la astucia suficiente para hacerlo. Sin embargo, parecía disfrutar de mi incomodidad al notar que cada vez que reparaba en mí, me desnudaba con la imaginación. Incluso lo hizo varias veces estando Tito presente. Una completa locura.

                No tardé en darme cuenta de que también se trataba de alguien que sabía sacar provecho de las situaciones.

                Se había dado cuenta de que mi relación con Julio, en apariencia sin sobresaltos, estaba tambaleante. El día que me mostró el mensaje incriminador de mi pareja con la peluquera, estaba tan escandalizada por la traición, que no me detuve a pensar en qué hacía Miguel con el celular de mi pareja. Cuando me detuve a pensar en ese detalle, muchos días después, ya era demasiado tarde.

                Pero lo peor de todo no era la actitud desvergonzada de mi sobrino, sino el hecho de que yo misma empecé a entrar en su juego. Miguel era de esos chicos que irradiaban masculinidad. De mirada salvaje e hipnótica, de físico imponente. Burlón e infantil por momentos, pero cuando se lo proponía hablaba con la seguridad y madurez de un adulto. Siempre estaba pendiente de mí, y de lo que necesitaba hacerse en la casa. Aprovechaba cualquier excusa para abrazarme, y cuando lo hacía, sentía sus fuertes manos deslizarse hasta llegar muy cerca de los lugares a donde un sobrino no debería aventurarse.

                Todo pasó demasiado rápido: la ruptura con Julio, el primer avance de Miguel, y el video. Ese nefasto video…

                Los momentos en los que Tito se encontraba en la facultad o en el trabajo, sentía cómo la tensión sexual en la casa aumentaba, hasta que se hacía casi palpable. Yo intentaba disimular, con una actitud afable, siempre en mi posición de señora de la casa, y sobre todo, de tía. Pero algo habría notado Miguel. Mi impostura no habría de haber funcionado con la eficacia que yo esperaba. A pesar de la máscara de responsabilidad y seriedad con la que intentaba protegerme, debajo de ella había una mujer en llamas que, fuera de toda lógica, no podía evitar mirar subrepticiamente al chico de ojos verdes, de pectorales fuertes, abdominales marcadas, y actitud indomable.

                Conocí a Osvaldo, el padre de Tito, siendo muy joven. No tardamos mucho en enamorarnos. Él me llevaba diez años, así que no sólo era mi pareja, sino que también ocupaba un rol paternal en la relación. Fue mi primer hombre, y mientras estuvo con vida fue mi único amante. Todo lo que sabía del sexo era debido a lo que experimentaba con él. Le gustaba ocupar una posición dominante en la cama, y yo, sin más antecedentes que los que tenía con él, jamás puse reparos en tomar el lugar de la esposa abnegada y sumisa. Y de hecho no tenía por qué hacerlo, pues disfrutaba muchísimo de mantener relaciones con Osvaldo, un tipo muy diferente a su primogénito: de carácter amable y cordial, pero cuando era necesario imponente. Un macho de los de antes, de voz gruesa, de pecho lleno de pelo enmarañado, barba abundante, manos de dedos ásperos. Me encantaba cómo me sometía, usando sus enormes extremidades para ponerme en la posición que más le gustaba, y poseerme no como a una esposa, sino como a una puta.

                Eso me recalcaba siempre que yo me mostraba reacia cuando quería someterme a alguna nueva depravación: En la vida serás una señora, pero cuando estés en nuestra alcoba, a solas conmigo, automáticamente te convertís en una puta ¿Entendido?

                Cuando falleció, dejándome sola con Tito, hubo un vacío que necesité llenar con urgencia. El lugar de hombre de la casa podría esperar, pues me bastaba conmigo sola para criar a mi hijo, ya que mis ingresos me permitían cumplir con mis tareas maternales sin la necesidad de trabajar a diario. Pero cuando pasaron un par de semanas de abstinencia sexual, me sorprendí al notar que más allá de todas las penurias de mi alma, mi cuerpo necesitaba con urgencia gozar como lo venía haciendo con Osvaldo.

                Estaba tan acostumbrada a mantener relaciones con regularidad, que no me había dado cuenta de lo importante que era el sexo en mi vida, y sobre todo, poder llegar al clímax.

                De esa manera, sin ningún tipo de remordimiento, empecé a frecuentar a diferentes hombres. La mayoría se sorprendía por mi actitud gauchita. No estaba acostumbrada a no complacer a los hombres. Salvo el sexo anal, que era algo que sopesaba teniendo en cuenta muchas variables diferentes, por lo demás no veía motivo para negarle a mi compañero de turno los placeres que era capaz de brindarle. Osvaldo me había enseñado a disfrutar el goce del otro. Ver la cara de delirio de un hombre mientras le practico sexo oral, o su gesto cuando pone sus manos en una de las partes más atractivas de mi cuerpo, es una de las cosas más excitantes para mí.

                Sin embargo, pocas veces logré sentir un éxtasis cercano a lo que me producía estar con Osvaldo. Y los pocos hombres que lograban satisfacerme, luego, por un motivo o por otro —en general debido a que yo tenía un hijo—, terminaban desapareciendo.

                Mi camino de promiscuidad continuó por varios años, interrumpida por algunas relaciones pseudoestables, que no eran más que experimentos fallidos. Los celos, la inseguridad y la desconfianza eran los principales motivos por los que terminaba siempre sola. En la mayoría de los casos infundados, claro está. Producto de los miedos y las decepciones amorosas previas, cosas con las que yo no tenía nada que ver.

                Julio fue a poner un poco de orden a mi vida, la cual hasta el momento se asemejaba a la de una adolescente que recién empezaba a disfrutar de su sexualidad. No era el tipo más atractivo que conocía, pero el hecho de que se haya animado a encarar a una mujer fuera de su liga, me hacían admirarlo lo suficiente como para aceptar tomar algo con él.

                No tardó en percatarse de la necesidad que tenía de ser dominada. En realidad, mi sumisión en la cama había empezado por pura costumbre, y se había convertido en una necesidad sin que me diera cuenta de ello siquiera.

                Pero todo lo bueno llega a su fin. Aunque debo reconocer que nunca hubiese imaginado que sería de esa manera: mi sobrino mostrándome los mensajes incriminadores en el celular de Julio.

                Me costó deshacerme de él, pues era la pareja más importante que había tenido después de Osvaldo. Pero mi orgullo siempre fue muy grande, y aunque me desgarraba el alma, y aunque sabía que por más sensual que fuera, a mi edad sería difícil que un hombre tuviera intenciones serias conmigo, más allá de las sexuales, corté con él para siempre.

                Una tarde, después de que la cosa con Julio llegó a su fin, Miguel fue a mi cuarto a intentar consolarme.

— No te preocupes tía. Una mujer como vos debe tener a cincuenta tipos mejores que ese haciendo fila para que les des cabida —había dicho.

                Yo había estado encerrada en mi habitación, dando inicio a los primeros días de duelo. Después de todo, el final de una relación duradera no es muy diferente a la muerte de un ser querido.

                Miguel se subió a la cama y me abrazó por detrás.

— Además, yo nunca te voy a dejar sola —dijo.

                Sus brazos me rodearon, un poco por encima de la altura del ombligo. Después hizo un movimiento hacia arriba. Un movimiento que me sorprendió, ya que sus brazos hicieron contacto con mis pechos.

                No es que los estuviera estrujando. Simplemente los rozaba, mientras parecía intensificar el abrazo. Sin embargo sus brazos no dejaban de frotarse con mis tetas. No necesitaba pensarlo mucho para comprender que era algo inapropiado. Pero me dije que quizás no se daba cuenta de lo que estaba haciendo. Tal vez el contacto que tenía con mis senos apenas era algo notorio para él, cuyo verdadero objetivo era estrecharme entre sus brazos para ayudarme a sobrellevar ese momento triste. Si bien desde hacía rato había notado sus sentimientos inapropiados, tenía la ferviente esperanza de que, debido a mi estado de ánimo, me estuviera consolando desinteresadamente.

                Pero no tardé en darme cuenta de lo inocente que había sido. Una mano subió varios centímetros. Se apoyó en una de mis tetas, y luego los dedos se cerraron con enorme fuerza en ella. Miguel empezó a masajearla.

— ¡¿Qué hacés?! —pregunté, escandalizada.

                Cuando lo hice, giré para mirarlo a la cara. Entonces me comió la boca de un beso. Sus brazos ahora rodearon mi cintura. Apoyé mis manos en su fuerte torso, para empujarlo y alejarlo de mí, pero era demasiado fuerte.

                Sentía en mi piel el rasposo rostro de él, que estaba hacía dos días sin afeitarse. Yo esquivaba sus besos, sólo para que mi sobrino deslizara sus labios y lengua por toda mi cara, como si fuera un perro lamiendo a su dueña, para luego encontrarse de nuevo con mi boca, y meterme la lengua hasta la garganta.

                De repente sentí cómo una de sus manos bajaba de la cintura hasta mis nalgas. Desde hacía tiempo que había aprendido que para los hombres, un buen beso no podía dejar de ser acompañado por un intenso manoseo. Para colmo, mi trasero era algo que los enloquecía. Cuando bajé mis manos para correr la suya de mi culo, él aprovechó para arrimarse más a mí. Ahora frotaba su torso en mis tetas. Yo, por otra parte, empecé a sentir su enorme erección.

                Era impresionante. Si bien había conocido muchos falos grandes, cuando me encontraba con uno nuevo, no podía dejar de admirarlo. Y esa admiración resurgiría cuando rememorase ese encuentro. En ese momento, le di un fuerte cachetazo, y le grité que se fuera.

                Él se marchó con una sonrisa cínica pintada en su descarado rostro. Probablemente se debía a que había tardado demasiado tiempo en deshacerme de él, cosa que quizás le daba algunas esperanzas. En esos pocos segundos me había besado por todas partes, había tenido contacto con mis partes íntimas, y me había hecho conocer las dimensiones de su verga erecta.

                Los días que siguieron fueron los más bizarros que recuerdo. Mi sobrino fingía que nada había ocurrido. No se molestaba en pedirme disculpas. Pasaba mucho tiempo afuera, y cuando estaba en casa, Tito solía estar presente, por lo que me resultaba difícil tener la conversación que necesitaba tener con él. Se había pasado de la raya. Tenía que hacerle entender que yo era su tía, y que cualquier cosa que sucediera entre nosotros, estaba mal.

                Mientras esperaba el momento oportuno para ponerle fin a eso que nunca había empezado, no podía evitar retrotraerme a ese momento. El trabado cuerpo de Miguel aferrándose al mío. Sus labios por todos los rincones de mi rostro, y su mano bajando hacía mi nalga. Cada vez que lo hacía, sentía una electricidad atravesando todo mi cuerpo. Luego apartaba esos pensamientos, pues muy a mi pesar, percibía cómo mi cuerpo reaccionaba contra mi voluntad: mis pezones se endurecían, mi entrepierna se humedecía, mi respiración se aceleraba…

                Al poco tiempo de ocurrir esto, Tito me contó que había descubierto que Miguel tenía varias causas penales en su haber. Cuando le dije que ya lo sabía todo, se indignó como hacía mucho no lo hacía.

                Quizás hubiese sido ese el mejor momento para darle un ultimátum a mi sobrino y exigirle que abandonara la casa. Pero había varios motivos por los que no me animé a hacerlo: primero, a pesar de lo que había hecho, Miguel no dejaba de ser un chico que estaba solo en el mundo. No conocía a esos amigos suyos a los que visitaba casi a diario, pero temía que no fueran buena gente. No podía dejarlo a la deriva. Por más maduro que me pareciera, todavía tendría muchas cosas que aprender. Si se enfrentaba al mundo en soledad, tarde o temprano chocaría con una pared de hierro. No quería que cayera en las drogas o en la delincuencia. Por otra parte, la apremiante necesidad de que Tito no supiera lo que había ocurrido entre nosotros, me instaban a actuar de manera normal, y desde mi punto de vista, lo normal era defender a Miguel. Después de todo, ¿quiénes éramos nosotros para juzgarlo?

                Por supuesto, todo esto fue un garrafal error, que me harían caer en la relación más nociva que había tenido hasta el momento.

                Por fin había llegado el momento en el que me encontré un rato con Miguel a solas. Por lo visto, había decidido dejar de esquivarme, sabiendo que tarde o temprano se vería obligado a escuchar cómo le ponía los puntos.

                Yo estaba haciendo ejercicios delante del televisor, totalmente transpirada. Tito se encontraba fuera de casa.

— Hola —saludó Miguel.

                Apagué la cinta para correr. Él se acercó a mí y me saludó con un beso en la mejilla sudada.

— Es hora de que hablemos —dije.

— Yo creo que es hora de que actuemos —retrucó él.

                Quedé atónita ante su descaro. ¿Qué me estaba proponiendo?

— Necesito que me prometas que lo de la otra vez no va a volver a ocurrir —exigí, fingiendo que no había escuchado lo que me dijo—. Y ya no podés mirarme de la manera que lo estás haciendo ahora —agregué.

                Miguel me miraba arriba abajo con sus taimados ojos verdes. Caminó, haciendo un semicírculo a mí alrededor. No me cabían dudas de que cuando se colocó detrás de mí me dedicó una buena mirada a mi culo.

— Okey —dijo, sonriendo con sarcasmo.

— Te hablo en serio —dije.

                Él me dio la espalda y me dejó sola.

                Frustrada e impotente, subí a darme una ducha. Mientras frotaba el jabón en mi cuerpo, no pude evitar pensar en el hecho de que muy cerca de ahí andaba rondando ese pendejo que parecía obsesionado conmigo. Después del intercambio de palabras que habíamos tenido, seguramente él también estaría recordando todo lo que había hecho en ese corto lapso de tiempo en el que se había aprovechado de mí. No me extrañaría que en ese mismo momento se sintiera excitado. ¿Y si intentaba entrar al baño mientras yo estaba desnuda y abusaba de mí?

                La idea me hizo temblar de miedo. Pero no era un miedo hacia él, sino hacia mí misma, pues en ese mismo momento sentí un calor desatarse en mi entrepierna. ¿En qué carajos estaba pensando?

                Cuando terminé de ducharme, un malestar se apoderó de mí. En ese momento no alcancé a percatarme de qué se trataba dicho malestar. Ahora me doy cuenta de que era debido a que me acometió una punzada de decepción porque Miguel no había actuado como yo lo había ideado en mi imaginación.

                Salí del baño, envuelta en una toalla, para luego meterme en mi cuarto y vestirme con ropa limpia.

                Entonces escuché los pasos de alguien que subía por las escaleras. Parecía que ese alguien estaba apurado, ansioso. ¿Sería Tito que había llegado temprano? Esperaba que así fuera.

                Cuando escuché que los pasos se dirigían a mi cuarto, mi corazón se sobresaltó. Atiné a acercarme a la entrada de la habitación para ponerme detrás de la puerta y evitar que cualquiera pudiera entrar. Pero antes de que llegara a ella, esta se abrió de par en par.

— Miguel ¿Qué hacés? —pregunté, exaltada, aunque sabía perfectamente qué era lo que mi sobrino estaba haciendo en mi habitación.

                Instintivamente me tapé los senos. La toalla estaba atada a esa altura, y dejaba parte de ellos al desnudo. Además, me cubría sólo lo justo y necesario, apenas suficiente para esconder mis sexo y mi trasero. Estaba semidesnuda, a solas con él.

                Se acercó, sin decir una palabra. Esta vez no tenía su sonrisa odiosa, sino que estaba totalmente serio, cosa que me asustaba aún más.

                Me agarró de la cintura y me atrajo hacía él.

— No, Miguel ¡Basta! —rogué, pero sus manos seguían en mi cintura, y bajaban lentamente para ir al encuentro de mis nalgas—. Por favor, ¡Soltame! —agregué.

                Me empujó a la cama. Mientras intentaba recomponerme, aprovechó para agarrar la toalla que me cubría, y despojarme de ella. Ahora sí, me encontraba totalmente en pelotas frente a mi sobrino. Nunca me había sentido tan expuesta en la vida.

                Tomó de mi muñeca. Forcejeamos, y caí de lado.

— Miguel, en serio…

                No me dejó terminar la frase, y no es que tuviera muchos argumentos para frenar a un enloquecido adolescente que se encontraba totalmente dominado por la lujuria y la depravación. Dudaba que el sentido común y la lógica funcionaran con él. Sentí un fuerte latigazo en el culo.

— Lo siento tía, pero no hay nada en el mundo que me haga detenerme —dijo, pronunciando por fin algunas palabras. Acto seguido, me dio otra fuerte nalgada.

                Yo no dudaba de que lo que decía era cierto. Veía su potente erección y su gesto demencial. No había forma de que se detuviera. Y yo no tenía la fuerza suficiente como para ahuyentarlo. Estaba totalmente indefensa ante ese animal alzado.

                Pude pronunciar alguna que otra frase, intentando que recapacite, aunque sabía que nada lograría con ello. Entonces me besó el culo. Al principio me dio cosquillas —como siempre me pasaba—, pero después ya se empezó a sentir agradable.

                Como me temía, mi cuerpo empezaba a traicionarme, reaccionando de manera diametralmente opuesta a lo que me indicaba la cordura.

                Miguel reparó en ello, y ya no perdió más tiempo. Yo, resignada, quedé en silencio, boca abajo. Mi sobrino separó mis piernas, se acomodó y se puso encima de mí para comenzar a montarme.

                Si para ese momento ya estaba con la guardia baja, sometida y con el sexo lubricando, cuando sentí la preciosa verga meterse en mi cuerpo, ya todo rechazo por esa retorcida relación incestuosa había desaparecido.

— ¿Y ahora? ¿Querés que pare? —preguntó, sabiendo perfectamente cuál era la respuesta—. Decímelo y paro ya mismo —terminó de decir.

                Lo cierto era que el acto ya se había consumado. Miguel ya se había percatado de que yo —o al menos mi cuerpo— no podía evitar disfrutar de su ultraje. Por esto me pareció absurdo interrumpir lo que estábamos haciendo.

                Estaba conociendo un nivel de sumisión del que nunca había pensado que podía disfrutar. Mi sobrino me estaba tomando a pesar de mi explícita negativa, y ahora lo estaba gozando.

                Me cogió, como hacía mucho tiempo no me cogían: con la agilidad de un adolescente y la destreza de un hombre. Ni siquiera Julio me había hecho llegar a esos límites. Y si no lo comparo con Osvaldo es por respeto a su recuerdo.

                Acabó, eyaculando sobre mi culo. Me ayudó a limpiarme, y después, cuando fui a lavarme, me abordó en el baño y me cogió de nuevo. Y después por la noche otra vez. A pesar de que en ese momento mi hijo ya se encontraba en casa, me cogió en la sala de estar, con todos los riesgos que eso implicaba. Y yo acepté, aunque ahora me parezca ridículo, acepté, porque la adrenalina que sentía cuando estaba en sus brazos, no la había sentido nunca en la vida.

                Durante algunos días tuvimos una especie de romance. Yo jugaba con él, vistiendo de la manera que le gustaba. Disfrutaba de verlo excitado, y a de vez en cuando dejaba que hiciera conmigo lo que tantas ganas tenía de hacer.

                Pero cuando me detenía a pensar en ello, no podía evitar sentir que todo era una locura. Me estaba comportando como una adolescente caprichosa. Estaba cometiendo todos los errores que sabía que no debía cometer.

                De un día para el otro, le quité lo que hasta el momento le había entregado. Miguel, desesperado, aprovechaba cada momento para manosearme o para meterse en mi cama. En algunas ocasiones, cuando se mostraba tan resuelto que no había fuerza humana que lo hiciera dar marcha atrás, lo recibía. Pero esta vez, a pesar de que mi cuerpo seguía reaccionando a sus estímulos, no le daba el gusto de verme tan complaciente como otras veces. Me limitaba a tumbarme en la cama y dejar que él hiciera todo lo que quisiera. Esto no lo molestaba del todo. Parecía gustarle verme convertida en un objeto, en una cosa. Pero de todas formas ya no era lo mismo que antes.

— Esto se tiene que terminar —le dije una vez—. Ya cumpliste con tus caprichos. Ya me cogiste cuantas veces quisiste. No hay manera de que esto continúe y termine bien.

                Estábamos desnudos en la cama, después de que él me violara nuevamente. Me agarró del cuello y apretó con fuerza.

— No sabés de lo que soy capaz para tenerte —dijo.

                Me dio pavor. Era cierto, no tenía idea de hasta qué punto llegaría. De repente recordé a aquella maestra de inglés que había solicitado una restricción perimetral en su contra. Ya no me cabían dudas de que la mujer realmente había sido su víctima.

                Pero para mi sorpresa, no sería la violencia física la que usaría para doblegarme nuevamente.

                Tomó su celular, y me mostró un video.

— ¿La reconocés? —me preguntó.

                No hacía falta que le responda. En el video salía yo, mientras Julio me cogía. ¿En qué momento nos había grabado? Y sobre todo, ¿cómo lo había hecho? Esas preguntas me torturaban, pero no le di el gusto de demostrárselo. No me iba a dejar vencer por un pendejo degenerado como él.

— Mostráselo a todo el mundo si querés —dije. Mi inmutabilidad era cierta solo a medias. No sería nada gracioso ver ese video difundido por la red, y sería una verdadera molestia que cayera en manos de algún conocido. Pero estaba dispuesta a correr el riesgo si eso implicaba desligarme de esa relación tan nociva. Incluso si llegaba a Tito, eso ya no importaba—. Estamos en el siglo veintiuno. Si difundís eso, el que va a quedar mal sos vos, no yo —dije.

— ¿Ah, sí? —respondió él. Su seguridad me descolocó— ¿Y qué opinás de este otro video?

                Puso play a una segunda película. En ella estaba Tito masturbándose frente a la computadora. Al principio no entendí por qué me la mostraba. Todos los adolescentes se masturbaban. Era algo perfectamente normal. Necesitaría mucho más que eso para intimidarme.

                Pero luego reparé en las imágenes que salían en la computadora que mi hijo veía tan detenidamente. Se trataba del mismo video que mi sobrino me había mostrado hacía unos minutos. Eso se traducía lisa y llanamente, a que mi hijo se estaba haciendo una paja pensando en mí.

                Me quedé sin habla, totalmente superada por la situación. Derrotada como jamás me había sentido en la vida.  

Aunque lo cierto era que la sorpresa no fue tan grande como debería serlo. Desde hacía un tiempo que había pescado a Tito mirándome de una forma en la que ningún hijo debería mirar a su madre.

                Siempre fui desprejuiciada. Y me gustaba andar con poca ropa por la casa. Pero a medida que Tito fue creciendo, prestaba más atención a mi cuerpo cuando paseaba cerca de él.

                Me decía que solo eran miradas. Que mi cuerpo era muy llamativo, y ni siquiera él podía evitar prestar atención a él, pero que eso era todo. Sin embargo, esa tarde en la que me lo crucé por la calle, mis alarmas se activaron nuevamente.

                Yo iba camino a una cita con Julio. Me había puesto un hermoso vestido que él mismo me había regalado. Siempre llamaba la atención de los hombres cuando iba sola por la calle, pero esa tarde había despertado el interés del sexo opuesto a tal punto, que me sentía como una famosa. Cada uno que pasaba a mi lado se daba vuelta a mirarme. Las bocinas sonaban a cada rato en la calle, y no eran pocos los que se atrevían a decirme algo.

                Pero había una cosa que llamó mi atención. Alguien me seguía por detrás, sin decirme nada, manteniendo siempre la distancia.

                Me dio miedo. Pensé que podría ser un violador que estuviera esperando el momento oportuno para arrastrarme hacia un callejón y ultrajarme a su gusto. Pero el hecho de que las calles estuvieran tan transitadas, me dio algo de alivio. De repente sentí a esa persona demasiado cerca de mí. Casi pareció rozarme.

                Me di vuelta a mirarlo.

— ¡Tito! —dije sorprendida, al encontrarme con mi hijo.

                Él se sonrojó y empezó a hablar entrecortadamente. Me di cuenta de que tenía una erección. Por lo visto, el atolondrado no me había reconocido, y estaba actuando como la mayoría de los hombres actúa en esas circunstancias: dejándose guiar por su verga antes que por sus neuronas.

                Fingí que no me había dado cuenta de nada, pero la situación quedó grabada en mi memoria. Y ahora que veía el video en el celular de Miguel, las sospechas, por más ilógicas que parecieran, resultaban ser acertadas.

— Quedate tranquila —dijo mi sobrino, acariciando mi cabello con una inusitada ternura—. No falta mucho para que te deshagas de mí —agregó, enigmático—. Pero antes quiero jugar un poco más con vos.

— Que querés hacer. Si ya hiciste de todo conmigo.

                Él acercó  sus labios a mi oreja, y me susurró sus deseos.

                Y luego de unos días, cuando mi sobrino cumplió años, ahí estaba yo. Con los ojos tapados, rodeada por cuatro desconocidos que le seguían el juego al depravado de Miguel.

                Le había pedido que no grabara nada de esa noche, pero sabía que lo más probable era que no me hiciera caso. Lo único que me motivaba un poco era el hecho de que cuando me dijo que pronto me desharía de él, parecía totalmente sincero. Quizás ésa era la última vez a la que me vería obligada a someterme a él. En todo caso, de ninguna manera podía permitir que ese video de Tito se difundiera. Si llegaba a las manos equivocadas, su vida se destruiría, y con lo sensible que era, incluso podía llegar a pensar en el suicidio.

No, no iba a dejar que eso pasara. Si me tenía que dejar violar por medio Buenos Aires, lo haría. Por mi hijo lo haría.

Continuará

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