TANATOS 12

CAPÍTULO 39
El agua de la ducha caía por mi espalda. Era la mañana siguiente, jueves, y era mi penúltimo día en mi puesto de trabajo, ya que el lunes empezaría con mis nuevas funciones. Y María aún no lo sabía.
Me sentía cansado, soñoliento. El desgaste mental era tremendo, y además nos habíamos acostado tarde después de nuestra locura con Carlos.
Cogí mi esponja y comencé a enjabonarme, y no sé por qué pensé en que a María no le gustaba usar esponja, y me di cuenta de que unas cinco horas antes, mi novia había estado exactamente en el mismo sitio que yo, también enjabonándose el torso, aunque con sus manos. Y me excité. Me la imaginé, bajo el agua, acariciando sus pechos, su cuello y su vientre, para quitarse el semen de Carlos, y mi miembro apuntaba al frente. Me la imaginé lavando su coño… por lo que ella había soltado y por lo que yo había depositado, y mi miembro se endureció aun un poco más.
Mi mano fue automática a envolver mi sexo que se vigorizaba y pensé en qué pensar. En qué es lo que quería yo. Qué me excitaba a mí; pues el juego de María sin duda era morboso y potente, pero no era realmente lo que yo más ansiaba. Lo que sin duda más me excitaba a mí era ver como alguien la follaba… y pensaba que daría lo que fuera porque Carlos follara a María si algo, alguien, un ente superior o una verdad absoluta, me asegurase que sería solo sexo.
Y por qué no otra noche como la de Roberto. Eso sí, con otro amante, más normal. Era cierto que contactar por internet con alguien era quizás demasiado pactado y perdía morbo… pero por qué no, eso, lo de Roberto, pero con un chico que no resultara ser tan inestable.
Pensé entonces en irnos de fin de semana. No ya al día siguiente que era viernes, pero sí el viernes siguiente. Después de cenar ir a un pub, o a una discoteca… dejarla sola… verla atacada, y, si alguno de los pretendientes le gustase, ir los tres al hotel.
Sí, mi polla palpitaba bajo la ducha, y me decía que mi fantasía era esa; todo se había iniciado tras conocer a Edu, pero eso no podía ser… así que aquello era lo más parecido y deseado, para mí.
Desayunaba frente a María, que solo tomaba café y miraba su teléfono móvil, a tres metros de donde Carlos la había follado con el arnés… y de donde se la había chupado como si le fuera la vida en ello.
Yo estaba cansadísimo. Ojeroso. Y ella espléndida. Con un pantalón oscuro y una camisa de seda malva.
Dudé en soltar sin más lo de mi ascenso. Y es que siempre que la veía especialmente guapa me gustaba decirle, o bien una buena noticia, o bien algo gracioso; pues si a su esplendidez le acompañaba una sonrisa, yo ya me caía de la silla. Y me encantaba la sensación de esa caída.
Pero sabía que no podía decírselo así. Tenía que fingir que la noticia era de aquel mismo jueves. La llamaría por la tarde y haría como que acababa de saberlo.
—¿Bajas conmigo? —preguntó María, recogiendo su taza.
Miré el reloj y le dije que aún tardaría un poco, así que en un par de minutos María me dio un pequeño beso en los labios y se fue. Se marchaba con aquella conocida entereza post locura que a mí siempre me asustaba un poco.
Me ponía los zapatos y recordaba que ella, la noche anterior, había mencionado a Begoña… y comencé a pensar en cómo sabría ella de nuestra charla en la panadería. Y también pensé en aquello de que a María se le hacía sospechoso aquel súbito vínculo entre Carlos y Edu, y quizás, sobre todo, aquella puntería de llamarle dos veces estando él en nuestra casa.
Todo ello me obligaba, con la coartada perfecta de mi ascenso, a salir a cenar con ella aquella misma noche y así aclarar los máximos temas posibles.
En el trabajo tenía que cerrar algunas cosas, pero no era capaz de sacarme de la cabeza todo lo que estaba viviendo: tras la noche Roberto había venido lo de la canallada de Edu, la casi ruptura, la reconciliación y después todo lo de Carlos… los dos besos con Begoña… y todo en dos meses. Dos meses que estaban llamados al sosiego, a la paz tras la tormenta, a la tranquilidad tras el susto, a la justificación de la suspensión de la boda… y, sin embargo, no había descendido el ritmo de nuestras vivencias como consecuencia de nuestros juegos. Ritmo que se había acelerado en octubre, con la boda aquella, es decir, con la noche de Edu… y que no había parado hasta aquel día, treinta de mayo.
A media tarde decidí que era el momento de llamar a María. Me levanté de mi asiento y tuve que pasar por delante del departamento de marketing para alcanzar la zona de la ventana, donde la máquina de café, para allí conseguir intimidad, y fue casualidad que una de las chicas de ese departamento le dijo a una compañera:
—Haz como siempre. Busca patrones de clientes.
Aquella frase se quedó rebotando en mi cabeza y yo no sabía por qué.
Llamé entonces a María para contarle mi promoción y su alegría fue inmensa. Más que cuando ella ascendió hasta el puesto de Edu. Y me llegó a reñir porque yo no mostrase mucha alegría, pero me costaba fingir que aquella noticia tenía diez minutos de vida.
Le dije que quería invitarla a cenar y me preguntó si quería pasar a recogerla a su despacho. Ante esa propuesta mentí, y le dije que seguramente saldría tarde, que era mejor vernos en el restaurante. Pero lo cierto era que quería evitar la posibilidad de encontrarme con Carlos, pues me imponía ya casi tanto como lo había hecho Edu… Y también quería evitar a Begoña, ya que me imaginaba hablando con ella, o simplemente saludándola, estando María presente, con los dos besos y con mis confesiones con aquella niña pija por medio… y no podía concebir una situación más incómoda.
Llegamos a la terraza del restaurante prácticamente a la vez. El sol había caído, pero la temperatura se mantenía uniforme; ni reverberaba el calor de la tarde ni refrescaba, por lo que era tan obvio que no había ni que votar: cenaríamos allí, al aire libre.
Dos besos. Un abrazo sentido. Y un oler de su pelo y de su nuca que me puso los pelos de punta.
María quería que le desarrollara la versión larga de lo que le había contado por teléfono y, ante mi síntesis, protestaba con varios “pero cuéntamelo bien”. Y lo cierto era que me abrumaba su exceso de atención.
Se pidió sus habituales espaguetis con gambas. Y yo, siempre que lo hacía, le preguntaba que cómo era posible que no se quedase con hambre, pues la cantidad que hacían allí de ese plato era escuálida. Y ella ni se lo solía terminar, alegando que estaba llena, y yo le decía que tenía el estómago de un gorrión. Esa era la liturgia cada vez que íbamos a aquel restaurante y así sería también aquella noche.
Aún no nos habían traído la comida y la llamaron por teléfono. Se disculpó y susurró un: “Es Amparo, es por una cosa que estaba terminando. Es un minuto”. Y se levantó de la silla y comenzó a hablar con ella, a tres o cuatro metros de nuestra mesa, en paseos desordenados.
Alcé la mirada y la escudriñé: con sus tacones, su pantalón negro de traje, y la camisa malva sedosa que delineaba su busto, en un contorno fabuloso, bien metida por el pantalón; lo cual permitía ver su trasero despejado y compacto. La consecuencia era que no te dejaba coger aire, ni de frente, ni de lado, ni de espaldas.
Y a mi mente le llegó una señal de que allí había algo. Y ese algo era Begoña diciéndome que un día ella y María habían ido al despacho con ropa similar y que desde aquel día Edu le pedía a veces que se vistiera así… y fantaseaban con que ella era María. La ropa era precisamente la que María vestía mientras paseaba y hablaba. Pensé que ni en aquella noche íntima podría tener descanso.
María caminaba y daba la vuelta. Se tocaba el pelo. Miraba hacia abajo. Se metía una mano en el bolsillo, y vuelta a empezar. Y yo le daba la razón a Begoña en que todo era como un oscuro juego de roles y de ropas, como si esas representaciones aderezadas fueran la regla primera, obligatoria y turbia, de un club privado.
Y me preguntaba si Begoña habría disfrutado de aquella fantasía con Edu o si solo lo habría hecho por complacerle. Al fin y al cabo la relación de las dos mujeres no parecía demasiado buena y Begoña sin duda tenía su carácter. Me preguntaba si era posible que a Begoña le gustase ser María para sobreexcitar a Edu o para sobreexcitarse a ella misma… y de golpe me pareció un error no habérselo preguntado, pues podría haberlo ofuscado en aquellas charlas informales. También, antes de que María se volviese a sentar, me dio tiempo a imaginar cómo Edu le clavaría su miembro impresionante en aquel liviano cuerpo, cómo aquella cintura de avispa podría resistir las embestidas de un Edu desatado. Y me excitaba imaginando que la follaba con vehemencia, llamándola María, vestida tal cual mi novia me mostraba en aquellos paseos inocentes.
Mientras mi miembro palpitaba y mi novia seguía errante, unos chicos que portaban con ellos unas carpetas, quizás viniendo de estudiar de una biblioteca próxima, pasaban cerca de María, y realizaban un escáner, individual y descarado, con escorzo de cuello incluido. Y entonces, uno de ellos, cuando parecía que pasaban de largo, se acercó a María y obligó a ésta a tapar su teléfono con una mano, y a responderle. Dos observaban agazapados y uno hablaba, y ella le indicaba, y el chico, con las mejillas sonrojadas, le miraba a la cara cuando seguro quería mirar mucho más y muchos sitios más, nervioso e impactado, y se daba la vuelta y se iba, cuchicheando con sus amigos, y yo sabía que la pregunta había sido una excusa, y me preguntaba por qué no era todo más fácil: Por qué no un chico así, o mayor, pero así de outsider, no podría entrar en nuestro juego, follarla, que María se desahogase, y seguir con nuestras vidas, y estabilizarlo, y programarlo, y disfrutarlo…
—¿Qué quería? —le pregunté cuando por fin se sentaba.
—¿Amparo?
—No, el chico ese.
—Ah, nada, el bar ese de tapas, ese que siempre decimos de los camareros gritones, que dónde estaba.
—Y no lo sabía…
—Pues digo yo que no —decía María, como si tal cosa, metiendo el teléfono en el bolso.
Nos trajeron la comida. María, con las piernas cruzadas, mostraba un sutil canalillo cada vez que se inclinaba un poco hacia adelante y bebía con estilo de la copa de vino. La conversación era tan agradable como la noche. Era todo un impasse de calma que yo, tan pronto se hizo un pequeño silencio, hice saltar por los aires.
—¿Sabes algo de Carlos? —pregunté.
—Pues… No.
—Igual se ha cansado de nosotros —dije y la miré, y vi que no respondía de palabra, pero de su gesto facial se desprendía que ella creía que no.
Tras otro breve silencio le espeté:
—¿Qué te pone de él?
María no alzó la mirada, pero si con mi primera pregunta sobre él su semblante relajado no se había alterado, ahora sí sucedía. Y es que ella entendía que se cambiaba definitivamente de tema.
—¿Es necesario hablarlo aquí?
—No nos oye nadie —respondí, y era cierto, no había nadie tan cerca como para escucharnos si hablábamos en un tono normal.
—El olor.
—¿Qué?
—Cómo huele… Y las manos.
—¿En serio? ¿Qué le pasa a cómo huele?
—No lo sé. No sé si es la colonia o cómo huele él. O la mezcla. Pero es… No sé… Sobre todo cerca, claro.
Me quedé en silencio un instante. Desde luego no esperaba algo así.
—¿Y qué le pasa a las manos?
—Pues son… no sé. Son bonitas. Son masculinas pero a la vez… eso, son bonitas, y cómo las mueve no sé. No es amanerado. O casi sí. Es como, sí, como amanerado pero masculino, no sé, una cosa rara.
—Vaya…
—Qué.
—No sé. Creí que dirías otras cosas.
—¿Como qué?
—No sé. La polla.
—Shh. Hala. Animal —dijo María, sin sonreír, pero graciosa.
—Qué. Es verdad. De eso está bien.
—Sí. No sé.
—¿Cómo que no sabes? Yo le veo… por encima de la media.
—Pues no sé. Igual es normal. Tampoco es solo cuestión de tamaño, pero si hablas de eso… creo que… bien armados… Álvaro y sobre todo Edu. Los demás, bien, normal. A ti te parecen todas grandes —dijo, queriendo sonar distendida, pero me hirió un poco.
—Quizás me parecen todas grandes porque todos los días veo la mía —dije, y lo pensaba tal cual, no era por hacerme la víctima.
María me miró, cogió un poco de aire, y finalmente dijo:
—Vaya conversación… Por cierto, Paula te vio con Begoña, al lado del despacho, ayer.
—Ya supuse. En la panadería. Qué rápido te lo dijo.
—Sí. Ya ves. Así somos.
—No sé por qué me has dicho varias veces de quedar con ella. Al principio, para que le sonsacara qué andaba contando Edu, pues aun, pero…
—Edu… qué pesadilla, de verdad, está en todas partes —interrumpió— Yo alucino. ¿A qué vino lo de ayer? Esas llamadas. ¿Te imaginas que Carlos le haya dicho que tiene trato conmigo o con nosotros y que Edu le haya contado algo de lo que pasó?
—Le veo capaz.
—No sé. Me parecería ya saña —decía María, pensativa —aunque en ese caso Carlos habría cambiado su actitud y yo le vi como siempre.
—¿Como siempre? —pregunté— Yo ayer le vi algo gilipollas.
—¿Sí? —levantó María la vista, extrañada, y bebió de su copa.
—Sí. Bastante chulo.
—No sé. Un poco encendido sí que iba. Chulo no sé. Igual es porque estaba… ¿cómo es que le llama él?
—No sé a qué te refieres.
—Eso que repitió varias veces… algo en plan… enfadado.
—Frustrado —dije.
—Eso.
Un camarero interrumpía aquella conversación que era una mezcla entre charla distendida y confesión de dudas, que yo no sabía si me ayudaba a sacar algo en claro y, tras pedirle la carta de postres, y una vez estuvimos solos de nuevo, le pregunté a María:
—¿Algo más que te ponga de él?
—Ya te lo he dicho.
—Pero algo sexual.
—No sé…
—Piensa. A ver —insistía yo y la convencía para que hiciera el esfuerzo, de recordar o de confesar.
—Pues… cómo mira… y… cómo… eso, cómo se corre.
—¿Cómo se corre?
—Sí… parece una fuente. Ya lo has visto. Nunca vi cosa igual. Lo de anoche no fue normal. Estuve pringosa hasta esta mañana.
—Ya… Es verdad —respondía yo, recordando aquella tremenda corrida que se había pegado sobre ella.
—Y… nada, eso. Y que sabe lo que hace… las caricias en las… en las tetas… que hay que saber hacerlas también. No es un… bruto. O sea es… agresivo cuando hay que serlo, pero no un torpón. No sé cómo decirlo.
—¿Torpón? —sonreí y nos reímos. Lo cierto era que nunca le había escuchado pronunciar aquella palabra y hasta ella se había sonado extraña al decirla.
Ya en los postres dudaba en preguntar algo que sí me importaba y me afectaba personalmente. María se hacía la loca, pero yo sabía que ella sabía que yo estaba rumiando algo.
Finalmente me lancé:
—María. Hubo un momento en el que… te lo estaba haciendo. Ya sabes, tú apoyada contra la mesa, ayer, cuando te estaba, bueno, simulando que era Álvaro, cuando lo de dar en el culo y tirar del pelo, y sí que gemías… ¿Estuviste cerca de correrte… en aquel momento… o durante…?
—No —interrumpió, tajante.
—¿Y por qué gemías?
—Era morboso.
—¿Porque él miraba?
María se calló entonces, pero su silencio me confirmaba que sus gemidos eran más por la mirada de Carlos, por obsequiarle y gustarse, que por tener mi polla dentro.
—Bueno. Creo que podemos cambiar ya de tema ¿no? —protestó María.
Pero mi cabeza seguía a pleno rendimiento, y entonces recordé aquel momento en el que Carlos me había dicho que si se la chupaba, ya que ya se la había chupado a Roberto. Aquello me tenía muy descolocado.
—Solo una cosa más. ¿Qué le contaste a Carlos de la noche con Roberto?
María resopló. Miró su reloj. Notaba como se cerraba.
—Poca cosa, Pablo.
Y recordé el momento en el que Carlos le había metido las bragas en la boca, lo cual recordaba mucho a cuando Roberto había hecho lo propio con sus calzoncillos… cuando le había metido sus calzoncillos en la boca…  mientras… le daba por el culo…
María se fue al baño y me dejó allí, dándole vueltas, y ella sabía que me dejaba haciendo precisamente eso.
Y gracias a su ausencia me pude concentrar y concluir que aquello demostraba patrones de comportamiento de Carlos con respecto a Roberto. Patrones. Aquella palabra que había escuchado de casualidad aquella tarde en el trabajo. Y entonces pensé en los patrones de María y sí, los había, Roberto, Edu, Carlos, Álvaro… todos eran, cada uno en su estilo, agresivos, chulos, déspotas, dominantes…. Por el contrario, el señor de Estados Unidos o Marcos no habían tenido aquella fuerza y María los había descartado. Parecía que ella, consciente o inconscientemente, buscaba aquel amante provocador y arrogante, incluso cretino. Víctor era caso aparte, pues le desagradaba físicamente hasta el extremo.
Lo que sucedía era que Edu se comportaba como un cretino casi siempre, pero Carlos solo durante el acto. Por lo que quizás Carlos era el ideal, para todo, para follarla y para que ella se enganchase a él.
María volvió entonces. Se sentó. Algo contrariada. Sin aquel buen rollo del principio de la cena. Y le dije:
—Te quiero pedir un favor.
—¿Cuál? —resopló, temiendo que siguiera con el tema.
—Follar normal. Esta noche —le dije, y me di cuenta de que aquella frase era de María, de la María de unos meses atrás. Las tornas habían cambiado.
—¿Eres tonto? Solo faltaba que yo no quisiera eso —dijo ella, exagerando su indignación, y yo no la creí…
…Ni tampoco podía ella ya, creerse a sí misma.

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