SILVIA ZALER

1

Ha sido un día duro. De mucho trabajo. Desde las ocho de la mañana con reuniones, firmas y negociaciones. Me merezco un poco de distracción…

A mis treinta y ocho años he llegado a un puesto muy alto dentro del despacho jurídico en donde trabajo. Mi fama de abogada seria, efectiva, fría y calculadora es real. Lo soy, y además me gusta parecerlo.

La ambición y el trabajo han sido la clave para llegar hasta donde estoy. Desde jovencita, y siempre con la meta de triunfar. Me gusta la buena vida, vivir bien, conducir un buen coche, ropa cara, tener una casa de vacaciones para el verano y disfrutar de los mejores restaurantes, viajes y caprichos.

Y sé que eso cuesta mucho trabajo. Lo sé y por eso he sido muy constante en ello. No me ha importado sacrificar una buena parte de mi vida personal. Ni estoy casada ni creo que llegue a estarlo. El divorcio de mis padres hace ya un par de décadas, me dejó marcada. Lo que parecía un matrimonio normal, con sus altibajos, pero al fin y al cabo parecido a los cientos que vivían a nuestro alrededor, de pronto se convirtió en una guerra.  

Los dos empezaron a pelear por cosas que ahora sé que no merecían la pena. Un piso pequeño, una pensión que apenas daba para sobrevivir, una presión sobre mí, su única hija para que eligiera entre papá y mamá… un infierno que ni quiero, ni voy a vivir.

—¿No sales a cenar con nosotros?

Fernando es otro abogado del bufete. Uno de los socios, como yo. Un señor de unos cuarenta y ocho o cincuenta años. Buen mercantilista y un tiburón a la hora de negociar con el contrario. Es tajante, directo y frío como el ártico. Y eso que, a simple vista, no lo parece. Gordito, aspecto bonachón y de sonrisa fácil y hasta simplona. Pero no me gustaría verle en mi contra en una negociación de compraventa o de valoración.

—Estoy molida, Fernando —le contesté con una sonrisa de cansancio.

—Pero si son solo las ocho…

—Llevo doce horas seguidas —me excusé con una media sonrisa. Él, sin embargo, sí ha podido parar a comer y relajarse un poco. Yo, en cambio, no.

Sí que estoy cansada. Llevamos desde muy temprano con el cliente y la empresa de su suegro. A punto de ser arruinada por un hijo estúpido y sin demasiada cabeza para los negocios, que solo ha sido jefe en su vida y no tiene ni idea. Nuestro cliente no es que sea un alma de la caridad ni un bendito. Ha comprado a la baja. En realidad, bastante a la baja, aprovechándose de que su suegro es mayor y su hijo apenas tiene recursos para mantener a flote el grupo de concesionarios de automóviles y motocicletas. Pero su mujer, si se me apura, peor. Vive alejada de la realidad, entre sesiones de masajes, visitas a la peluquería, cafés con amigas y polvos con un par de jovencitos que le sacuden la cama cuando el marido no está. Y se la deben sacudir bien, la verdad. Las fotos de los dos maromos son de tipos de buena pinta y jóvenes.

Como casi todos los infieles, piensan que sus escarceos están a salvo. Dentro de esa vida doble y que la llave que la guarda solo la tenía ella. Pero no. Es aquí donde entro yo. Su marido lo sabe y esa ha sido la segunda acción de nuestro bufete esta mañana. Su consolidación, más exactamente. Hemos hecho una buena labor, yo en concreto, la más complicada y la que ha colmado las aspiraciones de nuestro cliente. Ha sido negociar, además de la compra a precio de derribo del grupo de concesionarios, los aspectos del próximo divorcio. Unas fotos y un par de vídeos de nuestro detective han hecho el milagro de que nuestro cliente vaya a pagar muy poco por el trámite de separación definitiva y divorcio.

—Tengo que hacer, además, la transferencia al cabronazo de Manolo. Sin falta, me ha dicho. Menudo personaje… —dije entre una sonrisa afectada por la catadura moral de ese tipo, que no deja de ser un malnacido, aunque a nuestro servicio.

Manolo es el detective. Un expolicía municipal con más de un vicio a cuestas. Siempre me digo que tuvo que ser un tipo peculiar y peligroso en su vida de funcionario. Hasta que se fue tras sospechas y cierto tufo a delitos. Es un redomado cabrito, artero y pesetero como pocos, pero muy útil cuando se trata de conseguir este tipo de cosas. Me refiero a pruebas que hagan que el cónyuge pillado in fraganti no oponga resistencia monetaria. Salvo que quiera verse en chats, redes sociales y en boca de las madres y padres del caro colegio de sus hijos. Siempre terminan callando y aceptando unas condiciones, legales, pero seguramente inferiores a las que pediría su abogado.

Y es a mí a quien toca este tipo de cuestiones. Cargada con la artillería pesada, esta mañana, acompañada de nuestro cliente, nos hemos ido a ver a su mujer. Él no ha entrado ni siquiera al despacho, sabedor de su triunfo. He sido yo, quien con toda la frialdad y seguridad he activado el botón nuclear. Tenía la completa seguridad de que desplegaba en la mesa de caoba de nuestra sede en aquella ciudad, era una sorpresiva explosión en toda regla. Más que suficiente como para que se conformara con lo que el marido le ofrecía por callar el escándalo y dejar que la vida fluyera de forma apacible. O en apariencia apacible. Obviamente, tras una primera ristra de insultos en voz baja y de mentar a mis ancestros, a la mujer no le ha quedado más remedio que tragar. Sobre todo, cuando he pulsado el móvil para que escuchara una voz que decía ser alguien dispuesto —un periodista— a hacerlo público de inmediato. En este punto mentíamos. Pero quién se atrevería a comprobarlo… En realidad, era Manolo. Disfruta con esas cosas y se gana una buena propina añadida a su trabajo.

Pero hay más. Quien ha urdido la venganza completa del marido a su ya antigua familia política, he sido yo. Cuando nos contrató para el divorcio le diseñamos la estrategia completa. ¿Por qué no solo conseguir un buen acuerdo? La posibilidad de hacerse con la empresa era real. Y por poco debajo de su valor; en concreto menos de la tercera parte del dinero que podría costar. La única pega era que había que esperar a tener todo bien atado. A conocer la contabilidad real del grupo de concesionarios, saber sus trapos sucios y las trampas fiscales que no deseaban ser descubiertas. Incluso una operatividad ilícita con varios clanes de robos de vehículos y su posterior despiece. Seis meses más tarde, todo estaba absolutamente urdido, planeado y concretado. Y desde hoy, ejecutado con milimétrica precisión.

Por eso estoy donde estoy, y soy la socia más joven de uno de los mejores despachos de abogados del país, sin haber cumplido los cuarenta.

—Anímate, mujer, que ha sido un éxito. A Manolo podemos pagarle mañana. Yo me encargo.

Fernando me aprecia. Sabe que soy uno de los activos del despacho y que ejerzo de atractivo, incluso físico, a muchos clientes. Y, como no soy tonta, también lo utilizo para mis propios fines de ascenso. Porque buena, sigo estando. No soy el bombonazo de cuando tenía veinte años, claro. Pero sigo siendo una mujer atractiva. Visto con ropa ajustada, pero elegante. Por supuesto no como una poligonera, y sé sacarme partido cuando me maquillo y decoro. El gimnasio y el bisturí han completado mi restylling, ya que estamos hablando de concesionarios y vehículos…

La verdad es que me cuido mucho. No bebo, salvo algo de vino o en ocasiones muy especiales, no fumo, no me drogo ni como en exceso. Nunca dos platos y siempre buen producto a la plancha. Hago deporte todos los días, me ejercito en el gimnasio alrededor de una hora y algo, y salgo a correr por las noches, antes de cenar fruta y yogures. Es raro que no cumpla mi estricto plan. Hoy, sin embargo, será una excepción.

He dicho que no tengo vicios, y es verdad, pero todos tenemos algo que ocultar. En mi caso, no por vergüenza, que no me da ninguna, sino por pura discreción. Me encanta follar. Tener sexo es alucinante para mí… Me apasiona y cada vez que puedo, lo hago. Y digo follar, no hacer el amor, ni acostarme con alguien. Follar es diferente.

—Estoy reventada, Fernando. Ya sé que a Manolo se le puede pagar mañana y que no se va a quejar, pero prefiero dejarlo todo hecho ya. Pedir una ensalada al servicio de habitaciones y descansar.

Me miré el caro reloj de pulsera y respiré como si estuviera realmente cansada. Es cierto que lo estaba, pero saber que en poco tiempo iba a estar follando, me hacía resurgir las fuerzas.

—Trabajas demasiado —me dijo con esa sonrisa de abuelete que engañaría a cualquiera.

Le di un pellizco en sus mofletes y volvió a reírse. Nos llevamos bien. Sé que es de los que me mira el culo cuando voy por los pasillos. Pero no me molesta, al revés. Disfruto siendo el foco de atención.

El ascensor se detuvo en la planta de mi habitación. Siempre pido estar en una diferente a la de mis compañeros, si viajamos juntos. Los hoteles son mi coto de sexo y nunca es bueno estar en los mismos pisos, ya que una indiscreción, un ruido o la salida de alguien desconocido de mi habitación puede hacer sospechar. Y no es que tenga que ocultar nada a nadie. No tengo compromisos ni ganas. Pero mi imagen es sagrada. 

—Pasadlo bien y le dices a Sonia que lo siento. Otro día prometo ir. —Una de las razones, secundaria en todo caso, es que no me apetecía nada salir con ella.

Sonia es la nueva abogada del bufete, que ha entrado con un enchufe brutal. Es la querida, amante o juguete —me da igual— de uno de los socios más importantes y poderosos: el de fiscal. Se llama Víctor y es petulante, engreído, pagado de sí mismo, machista, anticuado, rico y muy buen abogado. Aunque lo disimulan, hay miraditas entre ellos. Creo que hay pocos en el despacho que no sepan o intuyan su juego. Él es un doble divorciado de vida de millonario. Sonia es también divorciada y está bastante bien recauchutada. Tiene buenos ingresos y la pensión de un ex que, dicho sea de paso, debe ser idiota porque ella cobra un pastón. Es verdad que son dietas y no es fijo, con lo que ha sabido aprovecharse de ese punto. Y también que, parte de lo que cobra lo hace a través de una empresa propia. Una pantalla fiscal que se ha creado y que el socio de derecho tributario acepta. E incluso, ampara.

No es buena en su trabajo. O lo que yo entiendo por buena, que es, excepcional. Trabaja lo justo, no es tonta, sabe lo básico y con eso se arregla. Pero para mí, es insuficiente. Va de diva o de estrella. Y se ha permitido contradecirme en un par de ocasiones. Una vez, incluso, en público, recibiendo una buena contestación por mi parte. Jurídica, por supuesto. Pero lo que en otro caso hubiera significado un toque severo, en ella, ha quedado como una gracieta. Pero sé que me pone a partir, y que sea cercana —en el aspecto más sexual posible— de uno de los socios, pues puede afectar a mi imagen. Sobre el papel, y de cara a la galería, no hemos pasado de ahí. Pero, como antes he dicho, otra cosa es lo que sucede sin luz ni taquígrafos. Algunos cotilleros que ha sido a mis espaldas los sé por Mercedes mi secretaria. Por ejemplo, que estén pensando en crear un departamento específico para ella, relativo a divorcios y separaciones, desgajándolo del mío. Otro de los rumores, y este es el que más me creo y afecta, es que quiere mi puesto. A toda costa y más pronto que tarde.

Y, claro, no me da la gana. Suelo evitar trabajar con ella y, aunque está en mi departamento, le doy las cosas más sencillas y básicas. No me fío de ella, sé que me hace vudú por las noches, no le faltan miradas que me asesinarían y, además, le falta cuajo, sacrificio y experiencia. Y mala leche, que es lo que a mí me sobra.

—Si te animas, me das un toque y te esperamos —insistió Fernando.

—De acuerdo, pero no creo. Me he descargado un par de capítulos de la serie que estoy viendo y me quedaré dormida enseguida.

Eso sí es verdad. Me encantan las series y siempre que viajo, lo hago, pero hoy, después de echar un par de buenos polvos. O más…

Le tiré un beso con la mano y salí del ascensor. Llevaba mi maletín de trabajo y el bolso. Vestía con un traje de chaqueta, bastante sobrio, pero entallado que me silueteaba el culo. Los tacones, bastante altos, me hacían andar de una forma sinuosa. Sabía que estaría mirándome. No es malo que una sea observada, a mí me pone muy cachonda y me viene bien para la follada que me pensaba meter esa noche.

Giré la cabeza hacia el ascensor cuando escuché que las puertas ya se habían cerrado y me encaminé a la habitación que abrí con la tarjeta metálica. Me descalcé nada más entrar y me quité la chaqueta y la falda. Lo siguiente fue la camisa. Me quedé en ropa interior pendiente del móvil, porque acababa de poner un mensaje.

En apenas tres minutos, tuve la respuesta y sentí que las próximas dos horas, iban a ser gloriosas… No lo he dicho. Pero ese día me iba a follar a dos tíos.

Me lo merecía…

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