ANTONIO LÓPEZ VALLEJO

La mañana había sido lenta y dulce, como corresponde a un domingo ocioso y ufano, de paseos sin rumbo y pensamientos suaves.

La tarde había llegado casi sin darme cuenta, después de una comida menos frugal de lo aconsejable y una siesta más larga de lo acostumbrado. Con el sol cayendo bajé a la avenida para encontrarme con la ciudad medio dormida de los domingos por la tarde, y el narcótico y placentero aroma a café me fue atrayendo, llevándome hasta la cafetería que hace esquina con el parque. Una vez dentro, con la pesadez y el amuermamiento de la larga siesta, me dejé caer en una silla y pedí un café y un dulce, que una joven camarera, de pelo castaño ensortijado en sendas trenzas, dejó sobre mi mesa con una sonrisa en los ojos. Sin darme cuenta, parapetado tras de mi café, comencé a seguir los movimientos de la joven, de la cual no podía ver el rostro, pues una mascarilla, impuesta por extraños virus, ocultaba el tamaño de su nariz, sus mejillas y el grosor de sus labios; pero sus ojos hablaban por su boca: saludaban, inquirían, agradecían, y tenían aún ese brillo que una vez habitó en todos nosotros, antes de que el mundo, la vida, la experiencia, los años y la desgana nos lo robaran; era el brillo de la ingenuidad, de las ganas, de los pocos años, el brillo de una vida aún por vivir.

La observaba esforzándose por amoldarse a sus tareas, afanándose en manejar la máquina del café, esmerándose en limpiar las mesas y en dar un buen servicio, esperando siempre encontrar el reconocimiento a su trabajo en clientes y compañeros.

Cuando pasaba entre las mesas, cargando una bandeja con cafés sobre su mano izquierda, sus trenzas se balanceaban de uno a otro lado, queriendo soltarse y bailar, como bailan los árboles de la costa con la brisa del mar.

Me quedé mirándola de reojo mientras atendía a una pareja de clientes que acababan de llegar y que ocupaban una mesa junto a la mía. Llevaba en las manos el pudor de la juventud y el miedo a equivocarse de la inexperiencia, que le conferían a sus dedos un ligero temblor de rocío en rama.

Yo observaba el ajetreo de cafés, clientes y aromas desde la atalaya en que se había convertido mi persona, mirándolo todo de soslayo, a escondidas, siempre tratando de no ser descubierto, viendo la vida desde fuera. Hacía tiempo que, viviendo a través de la vida de los demás, el mundo, la vida, los años, los miedos, me parecían más llevaderos, menos pesados.

En un par de ocasiones mi mirada y la de la joven camarera se cruzaron, de la misma forma en que, a veces, coinciden en su órbita dos astros que hasta entonces vivían distantes, ajenos el uno del otro. Yo aguantaba la mirada lo justo para no parecer maleducado, apenas el tiempo de verla pestañear y bajar la vista. Eran sus pestañas como dos abanicos que se movían abajo y arriba con la gracia de la indiferencia y la picardía de la juventud, como pequeños toldos bamboleándose con el viento suave con el que suelen acabar los días de otoño, a esa hora en que el sol, cansado, comienza a buscar cobijo tras las montañas del oeste, y el viento trae a la luna, y trae también el recuerdo de otras tardes. Recuerdos otoñales de los que no se puede escapar, que nos hacen añorar todos los momentos de gloria que no vivimos, todos los tragos a los que dijimos que no y todas las noches a las que renunciamos por urgencias laborales o recomendaciones fraternales.

Después de pagar y verla marchar, llevándose el platillo con el dinero de mi merienda y su propina, salí a la calle tratando de imaginar los deseos de conocer, de saber, que debían habitar en la juventud de su mente, las ansias de tablas, de calle, de flirteos, de besos con amor y de besos sin amor. ¡Qué envidia de ese mundo nuevo que debía de ser todo anhelos, imaginación, ansias, ganas, aventura…!

https://antoniolopezvallejo.wordpress.com/

2 comentarios sobre “Pestañas como abanicos

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