ALMUDENITA

3

Elisa estaba profundamente cansada de la contínua solicitud de su marido: “Cariño, ¿puedo darte por el culo?”.
Así que aquel día, intentando librarse de él le respondió… “Vale, pero primero te voy a dar yo. Si te gusta, entonces me podrás dar a mí”. Roberto accedió, pensando que era una excusa más de su mujer para poder librarse de él.
Elisa, superando su vergüenza, al día siguiente se decidió a visitar un sexshop para poder preparar su “venganza” particular. Gracias a Dios, encontró en el centro un sex shop de esos modernos coloristas, casi pensado para mujeres. Al entrar, lo que encontró distaba mucho de la imagen oscura y sórdida que tenía de este tipo de tiendas… Paseó un rato por la tienda viendo aquí y allá, sin saber exactamente que buscar… Pronto se acercó a ella una chica joven, pelirroja y tatuada que parecía ser le dependienta de la tienda. Tras explicarle que quería, la joven le llevó a una pequeña sala dentro de la tienda donde había varios maniquís vestidos de latex, látigos, fustas… La dependienta se acercó a uno de los maniquís y comenzó a masturbar un pene negro que parecía estar cogido a un arnés… Simulando que lo masturbaba, dijo: “Esto es lo que andas buscando. ¿Así o más grande?”. A Elisa le pareció lo suficientemente grueso como para hacer que Roberto se negase y al fin se pudiese librar del problema. Raquel, antes de salir de la tienda la pertrechó con todo el kit necesario para una “feliz enculada” a su marido: arnés, pollón negro de látex y la crema suficiente para convertir esa experiencia en un momento pringoso y deslizante. Raquel le convenció, como extra de llevarse una de esas mordazas de bola… “Por si se pone gritón”, le sugirió.
Varios días más tarde, llegó el momento. Roberto ya le había dado varios tiritos sobre el tema y esa noche parecía que sería el gran momento.
Roberto entró primero a la ducha… y mientras estaba allí bajo el agua, cubierto de espuma y vapor, a Elisa le pareció el momento ideal para comenzar su “pequeña venganza”… Se despojó del albornoz, y tras dejarlo caer al suelo, entró en la ducha. Comenzó a acariciar la espalda de su marido y le pidió susurrándole al oído que se apoyase en la pared de espadas a ella. Cuando estaba allí apoyado, Elisa se arrodilló tras él. Comenzó a untar su dedo corazón con la espuma que corría por la espalda de su marido y poco a poco comenzó a introducirle el dedo en su culo… La resistencia inicial de Roberto, con un leve gemido de dolor, se fue convirtiendo en suspiros de placer cuando Elisa comenzó a deslizar su dedo dentro y fuera a la vez que lo giraba levemente.
Roberto comenzó a apretar sus caderas como si estuviese follándose a una amante imaginaria delante de él. Pronto retiró una de sus manos de la pared y comenzó a masturbar su polla, tiesa y húmeda. Desde atrás, Elisa podía ver cómo los huevos de su marido de balanceaban con el movimiento de su marido y con la paja que se estaba brindando.
De repente, Elisa, sacó con rapidez el dedo del ojete de su amante y le dijo: “Me voy a terminar de duchar… vete a la cama”. Roberto, pensando que había cumplido su parte del trato, se secó y se tumbó en la cama, esperando ver salir a su esposa, su miembro duro, como una piedra, con la sola idea de encular a su mujer al fin. Cuando vio salir a Elisa del baño, su cara de sorpresa lo dijo todo. Elisa salió con su albornoz entreabierto, dejando a la vista la polla que le tenía reservada a su marido. “¿Qué esperabas? ¿Qué solo te metiese el dedo? Primero te voy a follar por el culo yo… y si te gusta, me follarás tú”. Antes de que pudiese decir nada Roberto, Elisa ordenó: “Ponte esto”… Ofreciéndole la mordaza. Roberto obedeció sin decir nada. “ Túmbate boca arriba y abre las piernas”. Ordenó de nuevo. Había pensado follárselo a cuatro patas, pero le apetecía ver la cara de su marido mientras le metía aquella polla por el culo. Siguiendo las instrucciones de Raquel, comenzó a untarle el ojete con el lubricante y poco a poco le introdujo un dedo, después dos… mientras Roberto se retorcía en la cama de placer, con profundos gemidos de placer ahogados por la mordaza. Paró Elisa su masaje. Apoyó sus manos en los muslos de su marido e hizo fuerza hacia debajo de modo que el ojete de su marido quedó a su plena disposición para ser follado. Y en aquella postura comenzó a meter el grueso miembro por el ojete de su marido. Roberto no pudo más que aferrarse a las sábanas con fuerza mientras Elisa observaba como entraba cada centímetro de aquel miembro en el culo de su marido. Elisa se sintió profundamente excitada ante la sensación de poder que le daba la vulnerable posición de su marido. La clavó hasta el fondo. Una vez clavada, comenzó de nuevo a sacarla lentamente, lo que pareció dolerle a Roberto más que que se la clavase. Tras un par de envestidas lentas, comenzó a encularlo cada vez más rápido y con más fuerza.
Poco a poco los gemidos de dolor iniciales de Roberto se fueron transformando en gemidos de puro placer. Roberto, en aquella posición, miró a los ojos de Elisa, viendo claramente como esta estaba disfrutando de aquella circunstancia. Intentó masturbarse él mismo, pero Elisa se lo impidió, quería prolongar al máximo aquel momento, que su marido no se corriese y dar por terminado aquella sesión de tortura.
Tras un rato, le pareció que Roberto ya había tenido lo suyo. “¿Te ha gustado, cariño?”. Roberto, no medió palabra con ella. La colocó a cuatro patas en la cama y le insertó la polla en la boca de un solo empujón. Agarró con las dos manos la cabeza de su mujer y comenzó a follarle la boca mientras le decía que sí le había gustado… y que era hora de que ella disfrutase tanto como él. Una vez sintió su polla lo suficientemente lubricada por las babas de su mujer, le puso la mordaza a ella y se colocó tras de ella de rodillas. Escupió en su ojete y le untó su saliva preparándolo para ser follado. Con las manos abrió bien las nalgas de su mujer y sin piedad, con ganas de vengarse del castigo recibido, empujó con fuerzas su polla en el ojete de su mujer. En principio, se contrajo y se resistió, pero Roberto estaba decidido a llevarse su premio y empujó con saña hasta que clavó todo su miembro en el dolorido ojete de Elisa.
Siguió su salvaje follada con golpes secos de su cadera contra el culo de su mujer. A cada empujón preguntaba: “¿Te gusta?”… “¿Te gusta?”… “¿Te gusta?”… “¿Te gusta?”… Algunas lágrimas de dolor corrían las mejillas de Elisa, mientras con sus gemidos y gritos, callados por aquella bola en su boca, sentía como saltaba la saliva sobre la sábana. Roberto agarró fuertemente a Elisa por sus hombros y por el pelo, poseído por una rabia incontenible comenzó a follar el culo de su mujer.
Elisa sentía la polla de Roberto pugnando por introducirse hasta sus mismas entrañas. Su dolor comenzó a transformarse poco a poco en placer, hasta que se corrió de puro morbo y gusto. Su orgasmo la llevó a contraer su ojete al máximo, lo que por un lado incrementó su propio dolor y por otro aceleró el orgasmo de Roberto. Elisa sintió como el frenético movimiento de su marido se paró en seco. La polla de Roberto se quedó insertada en aquel estrecho y contraído culo, apretando al máximo. Entonces Elisa pudo sentir la descarga cálida de leche que la llenó por dentro. La polla de Roberto salió de aquel ojete y ambos quedaron en la cama tumbados, jadeando, desfallecidos. Cuando pudo recuperar el aliento, Roberto dijo: “Lo siento…” a lo que Elisa respondió… “No te preocupes, la semana que viene repetimos los dos…”.

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