ESTRELLA GRACIA GONZÁLEZ

Cinco días

Si algo amaba Henry, eran sus botas. Cada vez que las boleaba le gustaba quemar la grasa y dejarlas reposar, para después, cepillarlas vigoroso hasta dejar en ellas ese lustre perfecto que siempre le gustó. ¡Jamás boleo sus botas con las agujetas puestas!
Desde su dormitorio, vio correr las nubes, pero el hermoso paisaje del ocaso se distorsionó cuando la lluvia comenzó a resbalar por la ventana; entonces, prefirió perder su vista a cualquier otro punto de la habitación, hasta quedar dormido. La enfermera entró sin cuidado alguno, dando las buenas noches:
—¿Cómo estas Henry? ¿Cómo te has sentido hoy? —mientras le colocaba el termómetro en la axila, el baumanómetro en el brazo y el oxímetro en el dedo.
—Bien, yo siempre estoy bien. —respondió raspando su garganta.
—Muy bien Henry. ¿Ya cenaste?
—Sí, ya cené. Poquito, pero cené.
La enfermera retiró los aparatos, anotó los números en la bitácora y se despidió.
A las seis de la mañana, Henry encendió el televisor en el canal de noticias, y por el interfón exigió su periódico que le llevaron acompañado con un vaso de té de manzanilla y otro de avena. El enfermero en turno, le hizo sus respectivos chequeos y dejó la puerta abierta.
Yo llegué justo cuando inició el turno de visitas, y estoy segura de que Henry, escuchó cada paso que di con mis stilettos, porque ya miraba hacia la puerta cuando yo entré. Al verme al pie de su cama, dejó el periódico a un lado, he inclinó su cabeza para mirarme sobre el marco de sus lentes.
—Henry, te traje este libro, vine a leerte historias. Estaré cinco días contigo, después, si así lo quieres, podremos irnos juntos. —Él asintió con su mirada, no pudo ocultar su felicidad al verme.
—Creí que no te volvería a ver, y mírate, ¡aquí estás! tan delgada en ese traje sastre, te sienta muy bien el color beige, te conservas igual que cuando te conocí. —me dijo, y caballeroso me invitó a sentar.
A partir de ese día, Henry me prestó toda su atención, escuchaba y se adentraba en cada historia y me platicaba sus anécdotas de infancia. Él estaba muy feliz. Durante tres días, cuarenta y cinco historias le conté, algunas historias no le gustaron, otras le hicieron sonreír, y con otras…solo musitaba. Pero hubo una, que alteró su ser y con furia se levantó de su cama. Inundado de coraje insultó a toda esa gente que él veía y les advirtió que no quería verlos más. Quise tomarlo del hombro, pero no me atreví. Sólo le susurré al oído pidiéndole que se tranquilizara, que ellos ya se habían ido, que ya no estaban allí. Volteó a verme, su mirada parecía perdida y un auxiliar lo ayudó a regresar a su cama.
—Soy como una oruga — me dijo —siento que estoy cambiando.
—Cuando seas mariposa te llevaré a volar. —le sonreí.
—Nunca entenderé porque los gobiernos mandan a sus hombres a pelear en guerras que no son suyas. —frunció su ya surcado entrecejo y me miró fijamente —Tú sabes a lo que me refiero, en mis manos cargué con un poder que no me pertenecía y asesiné a tantos grabando en mí, el horror de sus muertes. —decía enjugando sus lágrimas. —el recuerdo de ese olor ferroso de la sangre en los cuerpos destrozados por mis propias manos, es algo que nunca se olvida y te duele el vivir.
Esas fueron sus últimas palabras, porque a partir de esa noche, ya no quiso hablar. Al cuarto día, tampoco dijo nada. Su cuerpo se encogió, y yo seguí vigilante de él, seguí contándole cuentos, historias y anécdotas sin importar si los escuchaba o no. Dormido o despierto… cuarenta historias más le conté.
Al inicio del quinto día, Henry dormía plácidamente entre la tibieza de su frazada, su rostro… ya era mío. En cinco días, no quiso probar agua, en cinco días, su metamorfosis comenzó, en cinco días, todas sus historias le conté. Entonces me acerqué a él, toqué su mano y besé su frente. Cuando vio a su madre, corrió hacia ella y se olvidó de mí, ya era un bebé feliz. No hubo familiar que lo despidiera, solo hubo quién lo recibiera, siendo ese, su gran regocijo.

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