GABRIEL B

Las expectativas eran muy altas. Si bien al principio se había levantado cierto clima de hostilidad, principalmente de parte de Mariano hacia mi primo, después del segundo juego a todos nos quedó en claro que la cosa iba a ir en aumentando en cuanto a lo que Miguel nos permitiría hacer con mamá.

                Se la había llevado al baño de la planta baja, para limpiarle el semen que había ensuciado su rostro. Pero estaban tardando más de la cuenta, haciendo que nuestra ansiedad se fuera por las nubes.

                Por momentos se escuchaba también la voz de mamá, esa voz que había estado casi tan acallada como la mía mientras jugaba a ser la sumisa del primo. Parecía agitada.

                A esas alturas ya ni si quiera me preguntaba cómo era que todo había ocurrido de esa manera, ni cómo ella había sucumbido ante su sobrino, dejándose humillar por él a su antojo. Si bien durante la fiesta no había bebido mucho, me sentía en un estado parecido al de la embriaguez. Estaba atontado, y aunque había presenciado con lujo de detalles todo lo que había ocurrido, sentía que mi mente estaba en ese lugar y a la vez se encontraba muy lejos, como si estuviera viendo todo a través de una pantalla de televisión.

— Se están tardando ¿No? —preguntó Alex, haciéndose eco de mis propios pensamientos.

— Dejalo, ya van a volver —apuntó Leandro, removiendo su enorme cuerpo en el asiento. A pesar de sus palabras, se lo notaba tan ansioso como al resto—. Si Miguel está disfrutando tanto como nosotros de esto —agregó.

— Es cierto, el hijo de puta es un friki tremendo. Para empezar ¿Quién se coge a su tía? —preguntó Mariano.

— En primer lugar, dudo que alguno de nosotros tenga una tía como ella —acotó Alex—. Además, Miguelito no es ningún tonto. Bien que de a poco nos está vaciando los bolsillos.

— ¿Y vos de dónde conocés a Miguel? —me preguntó después Mariano.

— Dejalo en paz, ¿no ves que está afónico? —me defendió Alex.

                Menos mal que lo dijo, haciéndomelo recordar, porque en ese momento estaba distraído, y estuve a punto de responderle a Mariano.

                Se escuchó la puerta del baño abrirse. El sonido de los tacos de los zapatos de Anastasia nos confirmaba que se aproximaba a nosotros. Apareció primero el primo. En una de sus manos sostenía un vaso de plástico. Con la otra traía a mamá, tirando de la cuerda.

— Al fin —dijo Mariano, con la alegría pintada en la cara.

— A ver Miguelito, ¿Qué tenés entre manos ahora? —quiso saber Leandro.

                Miguel se sentó. Tiró de la cuerda, haciendo que mamá se acercara a él. Ella tanteó con las manos hasta encontrarse con las rodillas del primo. Luego se sentó sobre él. No era una mujer pequeña. Además, su trasero era grande y musculoso, pero el primo era lo suficientemente fuerte como para recibir todo el peso de esa hembra en su rodilla.

                Anastasia se cruzó de piernas. Las tremendas gambas enfundadas en medias de red se veían en extremo sensuales. Con el movimiento, la tela del vestido se contrajo, y ahora le cubría apenas hasta los muslos. Sólo sería cuestión de levantarla unos centímetros más para que su microtanga negra quedara a la vista nuevamente. Su rostro volvía a tornarse inexpresivo, más cerca de la indiferencia y la resignación que de la excitación.  Aunque al no poder ver sus ojos, debido a la venda que los cubría, resultaba difícil adivinar cuál era su verdadero estado de ánimo.

                Miguel dejó el vaso de plástico sobre el apoyabrazos del sofá. Ahora tenía las manos en las caderas de ella. Las bajaba y subía una y otra vez, deslizando las yemas de los dedos sobre la tela que se ajustaba a su cuerpo. En un momento la movió hasta llegar al culo de Anastasia y lo pellizcó. Ella dio un respingo. Miguel observó mi reacción al hacerlo. Pero a esas alturas tendría que hacer mucho más que eso para causarme alguna impresión.

— Y eso qué es, cabrón —preguntó Mariano, señalando el vaso.

— Es una urna mágica que cumple deseos —dijo el primo, enigmático—. Acá hay muchos papelitos, y por esta vez no les costará ningún peso. Pero si se pasan de listos, tendrán que pagar una multa de mil pesos.

— ¡Tanto! —se escandalizó Alex.

— Es solo en caso de que se excedan y hagan algo más allá de lo que indican los papelitos —dijo el primo—. Cada uno de estos papeles les otorgará el derecho de hacerle algo —dijo, acariciando las piernas de mamá.

— Muy bien. Me gusta el juego —se entusiasmó Leandro—. Además, me imagino que esto sólo es el calentamiento para el juego final —agregó después. Pero el primo no soltaba prenda.

— Y quién empieza —preguntó Mariano.

— Que empiece Ramiro, que hasta el momento no pudo hacer nada el pobre —intervino Alex.

— Me parece lo más justo —comentó el primo.

                No me veía venir eso. Después de tanto esperar, al fin me tocaba participar de esa retorcida velada organizada por Miguel. Él extendió el brazo. En su mano sostenía el vaso que había convertido en urna. Lo agitaba de un lado a otro. Me puse de pie. No me extrañó sentir cierto temblor en mi cuerpo, pues era algo que venía experimentado desde el principio. Cuando me puse frente al primo, mi pierna rosó la de mamá. Ella levantó la cabeza, como intentando verme, aunque claro, no podía hacerlo. Dentro de la urna había montones de papelitos hechos un bollo. Miguel dejó de agitarlo.

— Son ocho papelitos. Y cada uno de ustedes tendrá un turno. Pero desde ya les aviso que algunos son mucho más interesantes que otros —explicó, y después, con exasperación me dijo—: ¡Dale, agarrá uno!

                Metí la mano adentro. No tenía idea de qué decían aquellos papeles, pero estaba seguro de que ninguno diría que tenía derecho a cogerme a Anastasia, ni nada parecido. Eso seguramente quedaría para el final de la noche. Agarré uno. Miguel me lo quitó de la mano y lo desenrolló.

— Vale por una lamida en cualquier parte del cuerpo de Anastasia, durante dos minutos —leyó en voz alta. Luego me entregó el papelito, para que yo viera que realmente era eso lo que decía.

— ¡Muy Bien Ramirito! —me felicitó Alex.

                Los otros dos también vitorearon. Estaba claro que el juego se ponía cada vez mejor, y encima por esta vez nadie perdería dinero. No estaba seguro, pero sospechaba que el primo había cambiado alguna regla en el último momento, para evitar que los otros se molestasen con él.

— A ver, escribí qué parte le querés lamer, así se pone en la posición que le resulte más cómoda — dijo el primo.

                Lo pensé un rato. No sabía si luego iba a tener una oportunidad como esa, así que debía elegir sabiamente. Las opciones eran obvias. Sentí cómo mi pija se ponía dura de solo imaginar lo que estaba a punto de hacer. Agarré la birome y el bloc de notas que me había entregado el primo hacía un rato. Cuando terminé de escribir, le entregué el bloc a Mariano, para que lo lea por mí.

— La teta —dijo—. Le quiere lamer la teta.

                Ella se puso de pie. Se acercó a mí, haciendo que mi respiración se detenga durante un instante. Metió la mano adentro del vestido y liberó uno de sus senos.

— No lo vayas a morder, por favor —dijo.

                Noté que había cierta exasperación en su forma de decir esas palabras. Me daba la impresión de que el juego le parecía una tontería. Pero eso reforzaba mi confusión. ¿Para qué había aceptado estar ahí en primer lugar?

                Anastasia era más baja que yo, así que me tuve que inclinar. Supuse que agarrar la teta sería una infracción, pero de algo me tenía que sostener mientras lo hacía. Así que puse mis manos en su cimbreante cadera. El pezón no estaba tan duro como lo había estado hacía un rato, ni las tetas tan hinchadas. Pero se veían hermosas, todavía rebeldes ante la fuerza de gravedad que aún no lograba tirarlas abajo. Eran enormes, y estaban coronadas por los hermosos pezones rosas. Saqué le lengua. Me di cuenta de que mi boca se había hecho agua, como cuando uno tiene ante su vista un delicioso plato, pero tiene que esperar para comerlo. La froté en la suave y pulposa piel. Sentí lo blando de la carne. Mis labios se cerraron y succionaron, para después abrirse y dejar paso nuevamente a la lengua, que embadurnaba todo a su paso.

                Mis manos sentían el impulso de deslizarse por las caderas para sumergirse en las profundidades de su orto. Pero me contuve. Si lo hacía, la lujuria ya sería insoportable, y me vería obligado a violarla ahí mismo, cosa que el primo me cobraría muy caro.

                Ahí estaba, mamando de esa teta con la cual Anastasia alguna vez me había alimentado. No sólo disfrutaba de su sabor, sino del delicioso perfume que manaba la piel de mamá. Podría haber estado ahí todo el día.

— ¡Tiempo! —exclamó Miguel.

                Muy a mi pesar, separé mi boca de esa deliciosa teta. El tiempo, ya de por sí corto, había volado. Pero aun así estaba contento por lo que acababa de suceder. Ya el otro día había disfrutado de sentir el tacto de sus turgentes glúteos. Ahora conocía el sabor y la textura de sus mamas. Durante esos instantes había sido mía y de nadie más. 

                Volví a mi asiento, sintiendo mi verga totalmente tiesa dentro del calzoncillo. Tuve que acomodármela, pues empezaba a dolerme debido a que mi ropa me apretaba. En una situación como esa, a nadie le importaba si hacía un gesto tan vulgar como ese.

— Vení Marianito. Mové el culo, que es tu turno —dijo el primo.

                El pelilargo tatuado fue corriendo. Metió la mano en la urna, y en lugar de entregarle el papelito a Miguel, lo leyó él mismo.

— Vale por cinco nalgadas a Anastasia —leyó, eufórico.

— Qué suerte —comentó Leandro.

                Miré a Anastasia. No estaba ni de cerca tan entusiasmada como Mariano. Pensé que iba a pedir que no le dieran con mucha fuerza, pero no dijo nada.

— A ver. Dejen espacio —dijo Mariano, dirigiéndose a sus dos amigos.

                Leandro y Alex se pusieron de pie. Ahora sólo se encontraba el pelilargo en el sofá de tres cuerpos. Miguel agarró la cuerda y se la ofreció. Él fue a buscarla y tiró de ella. La correa se apretó en el cuello de mamá, y ella se guio de esa manera, para ir al encuentro Mariano.

                Tanteó el sofá, y a él. Cuando pareció encontrar todo en su lugar, se subió, colocándose en posición de perrita encima del regazo del pelilargo.

                Este le levantó el vestido. Todos nos pusimos del lado desde donde podíamos ver con total claridad el hermoso orto de mamá. Las nalgas aparecieron casi completamente desnudas, apenas cubierta por el hilo dental que atravesaba la raya del culo.

                Él puso su mano en posición, haciendo tiempo para generar suspenso quizás, o para extender la experiencia lo más posible.

                Luego vino el latigazo. Fue más fuerte de lo que hubiera imaginado. La nalgada resonó en la casa. El glúteo izquierdo se puso inmediatamente colorado. Eso no me gustaba mucho. Hubiese preferido que no tenga ninguna marca en la piel. Aunque la nalgada en sí misma sí era algo que me resultaba fascinante. Anastasia soltó un gritito de dolor, pero no dijo nada. Su cuerpo se abalanzó hacia delante de manera impulsiva, y ahora volvía a su posición de perrita. Mariano soltó el segundo golpe. Realmente la cosa no era muy diferente a lo que antiguamente se usaba como un castigo a un hijo desobediente. Pero mamá no tenía nada de desobediente. Hacía todo lo que Miguel le indicaba que hiciera, y ahora soportaba estoicamente los cachetazos del pelilargo. Supuse que disfrutaba de eso. Evidentemente tenía una faceta de sadomasoquismo. Sadomasoquismo soft quizás, pero sadomasoquismo al final.

                Sonó la tercera nalgada. Al dársela, Mariano aprovechó para masajear el culo durante un momento, para luego arremeter otra vez, siempre en la misma nalga, la cual ya tenía la marca de sus dedos, como si se tratara de una quemadura.

                Cuando terminó, Anastasia se puso de pie como si nada. Se acomodó el vestido, y a tientas, fue en busca de su amo.

— Tu turno, Leandro —dijo el primo.

                El muchacho con aspecto de rugbier y panza cervecera se puso de pie. Recordé lo gruesa que era su verga y me pregunté cómo sería verla metida adentro de mamá. Puso su mano en la urna improvisada y sacó un papelito.

— Vale para que Anastasia le chupe en cualquier parte del cuerpo por tres minutos —leyó Miguel.

— Por tres minutos… —repitió Leandro.

                A todos nos llamó la atención ese detalle. El lugar obvio para que chupe sería la verga. Pero contar con sólo tres minutos era un despropósito. Leandro se quedaría sin poder eyacular. Ese vale era un arma de doble filo.

— Está bien. Que me chupe el cuello —dijo después de pensarlo un rato.

                Era una elección sensata. Después de todo, él había sido el único que ya había disfrutado de un pete de mamá, así que, dentro de su mala suerte, digamos que no le fue tan mal. 

                Leandro extendió su brazo y agarró de la muñeca a Anastasia, para que esta se pusiera de pie nuevamente. La tomó de la cintura y la acercó a él. Demostraba tener mucho tacto a la hora de tocar a una mujer, lo que demostraba que era el más experimentado de la sala, exceptuando al primo.

                Ella se abrazó a él y buscó el cuello grueso. A pesar de usar zapatos con tacones, tuvo que hacer un esfuerzo considerable para alcanzarlo, estirando sus piernas todo lo que pudo. Una vez que lo encontró, frotó su nariz en él, cosa que generó cosquillas en Leandro. Luego sus labios se separaron. Vi su lengua salir con velocidad. Sus cuerpos se apretaron. Desde donde estaba podía ver la erección de él, el cual frotaba su pelvis en ella, haciéndosela sentir.  Mamá rodeaba sus hombros con los brazos, y se restregaba en el rugbier. Parecía gustarle palpar la dureza de su verga.

— Bueno, no esperaba ver una escena romántica esta noche —se burló Mariano, a quien al parecer la cosa le parecía demasiado liviana.

— Bueno, Miguel avisó que algunos papelitos eran mejores que otros —acotó Alex—. Ojalá que a mí me toque algo más divertido.

— Tiempo —avisó el primo.

                Tardaron algunos segundos en separarse. No sé si mamá lo hacía porque realmente empezaba a disfrutar, al menos cuando estaba con Leandro, o porque simplemente quería molestar a Miguel, pero después de que avisó que habían pasado los tres minutos, siguió unos cuantos segundos chupando el cuello de Leandro.

                Finalmente, el primo agarró de la cuerda y tiró de ella.

— Muy bien, parecía que nunca iba a tocarme —comentó Alex, poniéndose de pie para ir al encuentro de la urna.

                Tardó un tiempo ridículamente largo en elegir el papelito. Agarrando uno para luego soltarlo, como si presintiera que el vale que había en él era algo simple o aburrido. Finalmente se decidió por uno y se lo entregó a Miguel.

— Vale para desnudar a Anastasia —decía el papelito.

— ¡Si! —festejó el rubiecito. Parecía un niño al que los reyes magos les había traído el regalo que había pedido—. ¿La puedo dejar totalmente en bolas? —preguntó después.

— Tenés que dejarla totalmente en bolas —recalcó el primo.

                Mamá se puso nuevamente de pie. Alex la ayudó a colocarse en el centro de la sala.

— Veamos —dijo el petiso, como si hubiera mucho que pensar—. Empecemos por lo más aburrido.

                Se arrodilló y agarró uno de los pies de Anastasia. Ella entendió a lo que se refería, así que lo levantó. Alex le quitó un zapato, y luego hizo lo mismo con el otro. 

— Perfecto —dijo, mirándola de arriba abajo, como sopesando en qué paso debía ser el siguiente.

                La verdad era que no había mucho para analizar. Mamá no llevaba mucha ropa que digamos. De hecho, ahora que se había quitado los zapatos, apenas contaba con tres prendas.

                Me urgía verla en pelotas, pero por lo visto los otros dos disfrutaban de la lentitud con la que el rubiecito se desenvolvía.

— La verdad es que me gusta mucho cómo te queda este vestido —comentó Alex—. Pero creo que sin él también te vas a ver muy bien.

                Agarró el extremo inferior de la prenda, y la fue levantando muy lentamente. Mientras lo hacía, aprovechaba para rozar los muslos de mamá. Cuando la subió hasta la cintura, nos miró a nosotros con picardía, como queriendo compartir ese dulce momento. Ella estaba de frente, ahora veíamos la pequeña tela negra que cubría su pelvis. Siguió subiéndoselo, quedando a la vista el abdomen plano, el cual conservaba así con mucho esfuerzo. Luego aparecieron las tetas, las cuales ya conocíamos muy bien, pero sin embargo no dejaba de ser fascinante verlas de nuevo, totalmente descubiertas. Al fin, le sacó el vestido por arriba de los hombros.

                Ahora sólo quedaban dos prendas. Las pantimedias portaligas y la tanguita negra. La verdad era que así como estaba lucía perfecta. Una completa puta, con dos prendas que más que cubrirlas, resaltaba su desnudez. Pero la orden del primo era dejarla totalmente en pelotas, y así debía hacerse.

Las pantis llegaban hasta su ombligo. Alex agarró de la parte elastizada que la rodeaba. Eran medias de red oscuras, así que a medida que las bajaba, con la misma parsimonia que había usado para el vestido, iba apareciendo la suave piel blanca de Anastasia. El rubiecito deslizaba las manos por las caderas de ella mientras la despojaba de una de sus últimas prendas. Ella, cuando sintió que el petiso ya estaba por sus tobillos, levantó los pies, uno a la vez, para que este se la terminara de quitar.

                Ahora mamá sólo estaba cubierta por la microtanga, lo cual era casi lo mismo que estuviera desnuda.

— El papel no decía que tenía que desnudarla usando mis manos ¿No? —preguntó Alex, dirigiéndose al primo.

                Este último no dijo nada. Sólo se limitó a sonreír. A esas alturas ya no tenía tantas pretensiones como antes. Supuse que se debía a que el desenlace de ese juego era inminente.

                Alex se arrodilló detrás de Anastasia. Acercó su rostro al macizo orto. Abrió la boca, mostrando unos perfectos dientes blancos, y los cerró en la tirita de la tanga. Al hacerlo, no pudo evitar mordisquear la carne.

                Con la angosta tela en los dientes, fue bajando, a la vez que aprovechaba para frotar su imberbe rostro en las nalgas. La tirita que estaba enterrada en la raya del culo iba saliéndose a medida que el rubiecito tiraba de ella.

                No dejó de usar los dientes hasta que se la quitó. Ahora sí, teníamos una perfecta visión de la completa desnudez de mamá, quien se exhibía frente a nosotros, como se exhiben las obras de arte en los museos.

— Uf, eso estuvo genial —dijo Alex, cuando volvió a su asiento.

                Hubo un momento de silencio. Sabíamos que la noche había llegado a su mejor momento. ¿Era hora de que todos nos cojamos a mamá? Esperamos, intrigados, por las palabras de Miguel.

— Ya decinos de qué va el último juego, cabrón —lo apuró Mariano.

— Decinos que vamos a poder cogerla —rogó Alex.

— Claro que se la van a poder coger. Si para eso vinieron —aseguró el primo—. Van a tener un turno de diez minutos cada uno, para hacer con ella lo que quieran.

— Y cuanto nos va a costar pasarnos de los diez minutos —preguntó Leandro.

— Mil pesos —respondió el primo.

                Era una suma elevadísima, pero no muy diferente a las que cobraban las escort del microcentro. Por esta vez no hubo quejas, probablemente porque todos habían llegado a la conclusión de que mamá valía el precio.

— En definitiva, vas a emputecer a tu tía por mil pesos. Podrías haber empezado por ahí —dijo Mariano. 

— Ya dejá de quejarte —se metió Alex—. Miguel sólo quiere hacer la cosa lo más divertidas posible —dijo.

                Lo que quería en realidad era usar a mamá como si no fuera otra cosa que un juguete sexual, pensé yo.

— Bueno ¿Puedo empezar? —dijo Mariano.

— Toda tuya —aprobó Miguel, entregándole la cuerda.

— ¿Podemos ir al cuarto? —preguntó Anastasia.

— Claro putita —dijo el pelilargo—. Vamos, yo te llevo.

                Tiró de la cuerda, haciendo que mamá fuera tras él.  Ella, totalmente en pelotas, subió por las escaleras, sin dejar de agarrarse por el pasamano. Yo iba detrás de ellos, al lado del primo, así que tenía una visión perfecta de su desnudez.

                Pensé que Miguel querría llevarla a mi habitación, y ufanarse frente a sus amigos de que se iban a coger a su tía en el cuarto de su hijo. Pero se decantó por el de mamá, seguramente debido a que era el más amplio de la casa.

                Una vez que entramos, ella se inclinó para sentir el colchón. Mariano se sintió tentado de darle una nalgada.

                Nos colocamos alrededor de la cama. A mí se me había bajado la erección, pero ya sentía cómo se me endurecía de nuevo, al estar a punto de ver cómo se montaban a mamá.

                Ella se acomodó en la cama. Tenía las piernas abiertas y una de ellas estaba flexionada. Desde el ángulo donde estaba no podía ver con claridad su sexo. Pero sí noté lo que ya sabía. Se encontraba totalmente depilada.

— Boca abajo, bebé —dijo Mariano.

                Ella obedeció.

— Muy bien, el tiempo comienza ahora —dijo Miguel.

— No te gastes en contarlo. Seguro que me quedo más de diez minutos —dijo Mariano.

                Ahora podía ver mejor que nunca las vertiginosas curvas de mamá. Su cintura era angosta, pero su cuerpo se ensanchaba increíblemente en sus caderas. El tremendo culo parecía invitar a dar algunas nalgadas. De hecho, aún conservaba las marcas que le había dejado Mariano, aunque ya no eran tan intensas.

                El pelilargo se subió a la cama. Besó el turgente glúteo de Anastasia, y luego lo mordió. Ella soltó un gritito de dolor. Pero como parecía ser su costumbre, no se quejó en absoluto. Él extendió su brazo tatuado y lo apoyó sobre el otro glúteo, para palparlo. Luego, sus dedos parecieron convertirse en garras, porque se cerraron sobre la carne con mucha fuerza, dejando marcas en esa parte que hasta el momento había permanecido intacta.

                Luego separó ambas nalgas. El agujero oscuro quedó totalmente visible para el resto de nosotros. El esfínter externo pareció palpitar. Mariano acercó su rostro y lo olió, con la misma intensidad de quien aspira cocaína. Parecía que de él salía aroma a flores, porque estuvo así un buen rato.

                Después lo lamió. La lengua pasó por todo lo largo de la zanja, para luego concentrarse en el ano. Los masajes linguales eran muy intensos. Parecía querer cogérsela con la lengua. Anastasia gimió.

                El pelilargo, siempre con las manos sujetando las nalgas, metía su lengua una y otra vez, frotando con intensidad.

                Miré a mi alrededor. Noté que todos, incluso el primo, se acariciaban sus vergas, aunque lo hacían por encima del pantalón.

                Mariano decidió soltar por un rato el culo. Ahora su lengua se deslizaba, como una babosa, lentamente por la espalda de Anastasia. Una vez que llegó arriba, le corrió el pelo a un costado y le chupó el cuello.

                Sus manos se metieron por debajo, para encontrarse con las enormes tetas de mamá. Como era de esperar, quería disfrutar de cada una de las zonas íntimas de ella. Los brazos se movían, evidenciando la manera intensa con que estrujaba los pechos. Luego liberó uno de ellos para manipular su verga. No se había quitado la ropa, y no pensaba hacerlo, por lo visto. Se bajó el cierre del pantalón y liberó su instrumento.

                Para mi sorpresa, lo apuntó al orificio más pequeño. A ese al que hacía un rato lamía intensamente. Miré al primo. No parecía que fuera a detenerlo. Después de todo, había dicho que podíamos hacer lo que quisiéramos con ella, y hacerle el orto no contravenía con ninguna regla. Por su parte, ella, al sentir cómo el glande se apoyaba, buscando el lugar exacto, no dio señales de temer al hecho de que estaban a punto de practicarle sexo anal. Más bien al contrario.

                De todas formas, el sexo de Mariano era uno de los más pequeños, así que no creía que tuviera muchos problemas para lidiar con una verga tan humilde como esa.

                Por fin empujó, haciendo un movimiento pélvico. La delgada pija se enterró unos centímetros. Mamá arqueó la espalda y soltó un grito, mezcla de dolor y placer.

                Su cuerpo estaba totalmente extendido sobre la cama. Mariano no dejaba de disfrutar la suavidad de sus tetas, mientras seguía enterrándole la pija en el culo. Ella recibía las embestidas con estoicismo. Los gritos, poco a poco, dejaban de traslucir dolor, y ahora sólo reflejaban el placer que sentía ella cuando le hacían el culo.

                Cambié de posición, acercándose más a la cabecera de la cama. Quería ver su rostro mientras era enculada. Sus labios se abrían cuando Mariano se la clavaba más y más. Sus dientes se apretaban una vez que soltaba el grito. Su actitud era pasiva, pues no hacía nada más que mantenerse en su posición, como si no fuera otra cosa que una muñeca inflable con la que los hombres desesperados se masturbaban.

— ¡Ay, ay, ay! —era lo único que repetía.

                De repente vi que la cara de Mariano se ponía toda roja. Parecía estar haciendo mucha fuerza. Al rato, de su garganta brotó un grito.

— ¡Mierda, ya me vengo! —rugió.

                Y entonces su cuerpo se retorció en movimientos espasmódicos. Largó un gemido de animal, mientras acababa adentro de mamá.

                Retiró su verga. Del culo brotó semen. Miró a Miguel como esperando a ver si tenía algo que decir, pero el primo no pronunció palabra.

                Me costó un rato comprender a qué se debían sus intercambios de miradas, hasta que reparé en el celular que Miguel sostenía en la mano. En él estaba controlando el tiempo que había estado cogiendo Mariano. Lo cierto era que no había pasado demasiado tiempo. Incluso era probable que no transcurrieran los diez minutos que había impuesto Miguel. Pero el otro se había pavoneado diciendo que seguramente duraría más. El primo estaría esperando a que Mariano se lo preguntara. De lo contrario, se haría el tonto para cobrarle los mil pesos. Por otra parte, el pelilargo de los tatuajes parecía demasiado orgulloso como para preguntarlo en voz alta. El imbécil prefería pagar todo ese dinero antes que quedar en ridículo, lo cual era absurdo, ya que seguramente todos albergaban la misma duda con respecto al tiempo que había pasado.

                Leandro y Alex cuchicheaban algo entre ellos.

— A ver linda, vamos —dijo el primo.

                Agarró de la cuerda y ayudó a mamá a ponerse de pie.

— Ya volvemos —agregó después.

                Cuando salían de la habitación, vi un hilo de semen que salía del culo de Anastasia, y ahora se deslizaba por su pierna.

                Supuse que se iban al baño para que ella pudiese limpiarse. Mientras tanto, los otros dos seguían cuchicheando.

— Muy bien ¿Quién sigue? —preguntó Miguel cuando volvieron a la habitación. Aunque cuando lo hizo no me miró siquiera, sino que se dirigió a los otros dos. Imaginé que quería dejarme para lo último.

— ¿Podemos ir los dos juntos? —preguntó Alex.

— Claro, pero las reglas son las mismas —luego, dirigiéndose a Mariano, agregó—. Bueno amigo, poniendo estaba la gansa.

                 A regañadientes Mariano metió la mano en el bolsillo y sacó un montón de billetes.

                Los otros dos no tardaron en empelotarse. Era gracioso el contraste entre el imponente físico de Leandro y el esbelto cuerpo del rubiecito.

                Alex portaba la verga más chica entre los cinco presentes. Pero como era de contextura pequeña, no parecía tan humilde como la de Mariano.

                Leandro se hizo cargo de la cuerda. Acompañó a mamá a la cama nuevamente.

— A ver —dijo, agarrándola de las caderas, indicándole la postura en que debía ponerse.

                Después de algunas indicaciones, Anastasia estaba boca arriba, con las piernas separadas. Pero ahora estaba en el medio del colchón, dejando la cabecera libre. El rubiecito se colocó ahí. Extendió el brazo y agarró con violencia una de las tetas.

                Leandro separó las piernas de mamá. Su verga gruesa estaba completamente al palo. Supuse que quizás no superaría los diez minutos, y la cogida le saldría gratis, pues después de ver cómo la culeaba Mariano, con una erección en todo momento, sería difícil no acabar pronto.

                La agarró de los tobillos y la arrastró unos centímetros más, para que estuviera más cerca de él. Después acercó su rostro a la entrepierna, y comenzó a besar sus muslos. Ella acusó recibo de lo que estaba sucediendo. Soltó un gemido suave. Su hermoso rostro ahora parecía consumido por la placidez. Leandro fue acercándose lentamente a su sexo. Primero apretó el clítoris con sus labios. Luego lo lamió. Mamá se estremeció.

                Alex, que parecía muy divertido jugando con sus tetas, ahora interrumpía su lasciva tarea sólo para agarrar su propia verga y apuntar a su destino. Ella no se percató de lo que pasaba, hasta que los labios hicieron contacto con la cabeza de la verga del pequeño rubio. Entonces abrió la boca, y se ayudó con una de sus manos para poder hacer su trabajo con mayor soltura.

                Por momentos le resultó difícil continuar con la mamada, porque Leandro le practicaba sexo oral con tal habilidad, que la hacía retorcerse de placer. El musculoso parecía un experto en comer conchas de veteranas.  

                Vi cómo mamá acariciaba con las uñas las pequeñas bolas peludas de Alex. Imaginaba que la sensación debía ser muy placentera. Más aun teniendo en cuenta que no dejaba de chuparle la pija.

                Por su parte Leandro se había decidido a cogérsela de una buena vez. Arrimó su pelvis, y de un solo movimiento le clavó su gruesa poronga.

                Ella soltó un gemido de hembra satisfecha, al tiempo que apretó con más fuerza de la aconsejable la tiesa verga de Alex.

                Mientras la cogían, sus tetas hacían un hipnótico movimiento. El rubiecito pareció tan embelesado como yo con ese movimiento, porque no tardó en volver a poner sus manos en una de las tetas.

                 He de reconocer que la escena, si bien era muy bizarra, resultaba muy sensual. Leandro, como un orco, con su enorme cuerpo hamacándose una y otra vez para enterrarle la monstruosa verga a mamá, quien parecía una hermosa e indefensa ninfa del bosque. Alex, como un bello pero detestable duende que aprovechaba la ocasión para profanar la sagrada boca de la ninfa.

                La coreografía era muy monótona, pero todos parecían disfrutar, por lo que no había motivos para modificar la postura.

                Estuvieron así un buen tiempo. Los dos chicos, quienes hacía no mucho tiempo eran unos desconocidos para mí y para ella, metían y sacaban sus babeantes vergas de los orificios de mamá.

                Primero acabó Alex. Lo hizo sin dar señales previas de ello. Tomó por sorpresa a Anastasia, quien recibió todo el semen adentro de su boca. Lo que me sorprendió fue el hecho de que una vez que Alex sacó su verga, ella se tragó todo el líquido viscoso. Vi cómo su garganta hacía un movimiento, acompañado de un sonido, al tragar.

                Leandro, quien ya había disfrutado de una buena mamada, se erigía como el único que ese día eyacularía dos veces sobre ella. Pero a diferencia de sus dos camaradas, tuvo la gentileza de no hacerlo adentro. Retiró su verga, totalmente empapada de los fluidos femeninos, para luego escupir su virilidad sobre el ombligo de mamá.

                Satisfechos, ambos se salieron de la cama, dejando a ella con el sexo hinchado y la boca con sabor a semen.

                El primo me miró.

— Bueno, por fin es tu turno —dijo.

                Se la llevó nuevamente a limpiarse. Mientras escuchaba el sonido del agua correr, me pareció también oír los latidos de mi corazón. Al fin era mi turno. Ya era hora. Después de todo, me iba a coger a mamá.

Continuará

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