GABRIEL B

Los tres chicos que acababa de conocer estaban sentados en el sofá grande, uno al lado del otro. Cuando Miguel Bajó por las escaleras, llevando a mamá de una cuerda que estaba abrochada a la correa que rodeaba su cuello, todos quedamos boquiabiertos, no solo por la belleza de la mujer que se acercaba a nosotros, totalmente sumisa detrás de su propio sobrino, sino por lo inusual que resultaba la escena que estaba transcurriendo frente a nuestros ojos. Ella, aparte de llevar la correa, como si se tratara de una mascota obediente, tenía los ojos vendados.

— Muy bien, que empiece el juego —sentenció el primo. Tironeó de la cuerda nuevamente, y agarró de la cintura a mamá, empujándola para que se coloque en medio de la sala, justo donde debía estar la mesa ratona, la cual había sido apartada a un costado.

               Ella no parecía en absoluto entusiasmada, pero sin embargo ahí estaba. Yo estaba sentado en uno de los sofás individuales, por lo que, a diferencia de los tres chicos, quienes la veían de frente, la observaba de costado.

               Los tacos altos de los zapatos hacían que su postura sea tal, que su exuberante culo se veía más parado que de costumbre. El vestido era tan corto que se podía ver la piel desnuda de los muslos, ahí donde la media con portaligas tenía su abertura. El collar y la pulsera dorada le daban cierto aire de distinción. Parecía una puta fina.

— Pero qué buena que está tu tía —dijo Leandro, removiendo su enorme cuerpo de rugbier sobre el asiento.

               Mamá no pareció sorprendida por el hecho de que supiera su parentesco con Miguel. Fueran cuales fueran sus dudas, el primo ya las había disipado. O tal vez la había intimidado de alguna forma para que nuevamente hiciera lo que él quería que haga.

— ¿Y qué juego es ese Miguel? Mirá que solo traje mil pesos, y no me quiero ir sin cogerme a esta preciosura —preguntó Alex, el rubio petiso que hacía unas horas se había atrevido a acariciarle el culo mientras bailaban.

— Si jugás bien tus cartas te va a sobrar dinero —dijo el primo.

               Al desgraciado le gustaban mucho los juegos, y por lo visto ahora había encontrado la excusa perfecta para sacarle dinero a sus amigos. Lo que ellos no sabían era que Miguel con mucho gusto hubiera aceptado ver cómo se cogían todos a Anastasia, sin cobrar un peso, pues él también se la cogería, y disfrutaba sobremanera cuando otros veían cómo lo hacía.

— A ver linda, por qué no das una vueltita para nosotros. Tus tetas son hermosas, pero quisiera ver qué tenés ahí atrás —dijo Mariano.

— Acordate de todo lo que me prometiste —susurró mamá, dirigiéndose a Miguel.

— No te preocupes, ya les confisqué a todos los celulares —aseguró el primo. Y luego, como recordando algo de repente, agregó—: Bueno, ahora que lo pienso, el amigo Ramiro todavía no me lo dio.

               Tiró de la cuerda, haciendo que mamá lo siga.

— Entregáselo a ella Ramirito —dijo después.

               Lo saqué de mi bolsillo. Noté que mis manos temblaban. Por lo visto ella no tenía idea de quién era yo. A eso se debieron todas las indicaciones de Miguel: que usara un nombre falso, que le dijera a mamá que me iba a pasar la noche fuera de casa, que fingiera estar afónico para no exponerme a ser reconocido por ella. Esto agregado a que Anastasia iba con los ojos tapados, hacían que yo pudiera estar presente mientras se desarrollaba ese juego, y con eso no sólo ella no sabía quién era yo realmente, sino que los otros tres tampoco sabían que el hijo de la zorra que tenían frente a ellos estaba ahí.

               Anastasia extendió su mano y yo le entregué el celular.

— Muy bien, todo en orden —afirmó Miguel. Apagó el teléfono y lo guardó en el bolsillo.

— Tranquila, que lo que pase acá, se queda acá —aseguró Leandro.

               Me pareció un comentario totalmente falso. Estaba seguro de que, si tuviera la oportunidad de filmar todo, lo habría hecho sin dudarlo, y como solían hacer los estúpidos como me parecía que lo era él, armaría un grupo para deleitarse con las mejores partes de la película. Luego sería cuestión de tiempo para que el video se filtrara y se armara un escándalo.

               Miguel no era ningún tonto, sabía que si la exponía de esa manera, perdería el poder que ejercía sobre ella. Cuidarla era la decisión más sensata.

               De todas formas, todo parecía indicar que la cosa no iba a ser una simple orgía. El primo había preparado un juego. Ahora no solo se daba el gusto de cogerse a mamá, sino que pensaba obtener todo el dinero que pudiera sacarle. Literalmente, la estaba emputeciendo. No podía creer que mamá hubiera caído tan bajo. Se la notaba un poco atontada, quizás debido a todas las pastillas que estaba tomando últimamente, y desganada, pues no mostraba ningún entusiasmo, pero definitivamente estaba ahí por su propia voluntad.

— Vamos preciosa, dale el gusto al niño.

               El primo la agarró de la mano, y la hizo girar sobre su propio eje, como si se tratara de un paso de baile.

— Que hermoso culo —la felicitó Alex.

— ¿Por qué no dejás que se siente acá en mi regazo? —Se ofreció Leandro—. Pobrecita, se va a cansar ahí parada.

— No le vas a tocar un pelo hasta que yo te lo permita —contestó Miguel.

               Si bien Leandro era un tipo enorme, parecía respetar su autoridad. Hizo silencio y esperó, al igual que el resto, a ver de qué iba ese juego.

— Empecemos por algo simple. Pero no se muevan hasta que termine de explicar —dijo. Luego se sentó en el otro sofá, mientras que mamá se quedó en su lugar, parada con las manos en sus caderas, sin decir nada. Ahora todos la rodeábamos, como si fuéramos cuatro depredadores arrinconando a su presa—. Durante cinco minutos van a poder tocarla todo lo que quieran.  Pero habrá algunas prohibiciones. El primero que le toca el culo o las tetas, o su parte íntima, pierde doscientos pesos.

— Qué cabrón sos —se quejó Mariano— ¿Y no nos vas a decir cuántos de estos jueguitos habrá hasta que nos la podamos coger?

— Las cosas buenas salen caras —dijo el primo, sin dar mayores explicaciones—. Bueno, empecemos.

               Ellos se miraron entre sí, y luego se pusieron de pie.

— ¿Vos no jugás Ramiro? —me preguntó Alex.

               Les hice señas para indicarles que quizás en la próxima ocasión lo hacía. Lo cierto era que solo tenía trescientos pesos en el bolsillo, y no podía desperdiciarlos tan rápidamente.

               Enseguida rodearon a Anastasia. Miguel veía todo con mucha atención. No iba a perderse la oportunidad de quitarle dinero a esos tres.

               Alex comenzó por acariciarle la pierna. Su mano era pequeña, como lo era su cuerpo en general, y parecía diminuta comparada con las carnosas gambas de mamá. Mariano le siguió el juego y empezó a masajearle la otra pierna. La verdad era que no había mucho por acariciar. Estando prohibido las nalgas y los pechos, las piernas eran la opción más obvia.

               Supuse que todos esperaban a que alguno de los otros no aguantara la tentación y masajeara alguna de las partes que no estaban permitidas. Una vez que esa persona perdiera, lo otros podrían manosearla a su gusto hasta que terminaran los cinco minutos que había establecido el primo. Pero por lo visto, todos habían llegado a la misma conclusión que yo. Si empezaban a perder dinero tan pronto, era probable que para cuando las cosas se pusieran más interesantes, no les quedaran suficientes billetes en los bolsillos.

               Leandro, por otra parte, comenzaba a acariciar el bello rostro de mamá. Vi cómo el dedo gordo se deslizó lentamente, desde la mejilla hasta los labios. Los frotó con intensidad, y después se lo metió adentro. Por lo visto no resultó ser tan estúpido como había creído, ya que fue el primero de aprovechar los puntos grises del juego. Anastasia empezó a chuparlo como si se tratara de un chupete.

— Miren que la pueden tocar, pero no pueden hacer que ella los toque, ni tampoco pueden usar otra cosa que no sean las manos —advirtió el primo. 

               Por lo visto la actitud de Leandro lo había alertado de que había cometido un error al planificar ese juego. Aunque ellos no pudieran tocarla, bien podrían agarrarla de la mano y obligarla a acariciarles la pija. Incluso, así como Leandro le estaba metiendo el dedo en la boca, cualquiera podría meterle la verga, y obligarla a mamársela. Pero con la última aclaración del primo, todo eso quedaba fuera de lugar.

— Mirá que te estoy viendo de cerca Alex —dijo después Miguel.

               El rubiecito había metido su mano por debajo del vestido, y parecía enamorado de los muslos de mamá. La boca se le hacía agua. Ella empezaba a acusar recibo de tantas manos tocándola en todas partes. Su boca se movía, y su respiración era agitada. Por lo visto, las caricias en las piernas no eran algo que su cuerpo pasaba por alto.

— Bueno, yo no le voy a tocar el culo. Mirá con qué cuidado le levanto el vestido —dijo Mariano, agarrando del extremo inferior de la prenda, para luego estirarlo un poco, evitando así que sus manos hicieran contacto con las nalgas. Finalmente la levantó hasta la cintura. Apareció el macizo orto, apenas cubierto por la microtanga negra—. Miren lo que es esto —agregó, eufórico.

               Leandro le sacó el dedo de la boca, el cual estaba empapado de saliva. Se agachó para tener de cerca esa escultura que ahora estaba a la vista de todos.

— Es tremendo —dijo. Se lo notaba con muchas ganas de tocarlo. Incluso tuvo que alejarse unos centímetros, por miedo a no poder controlar sus impulsos. Se notaba su pija totalmente dura debajo del pantalón.

               Alex siguió masajeando el muslo, mientras se tocaba la verga. Me puse de pie y me coloqué en una posición para ver mejor. La tela que cubría la pelvis de mamá era diminuta, y evidenciaba que se había depilado. Los labios vaginales y la rajita quedaban perfectamente marcados. Me daba la impresión de que su sexo se encontraba húmedo, aunque no estaba del todo seguro de que así fuera.

               Los chicos suspiraban y se miraban unos a otros, impotentes ante la situación. Todos estaban excitados, tal como lo evidenciaban sus cuerpos, pero ninguno se animaba aún a perder el juego.

— No te pases Mariano. Estás jugando un juego muy arriesgado, y no creas que no voy a ver cuando te equivoques —dijo Miguel.

               Mariano frotaba con fruición las gambas de mamá, de arriba abajo, para frenar justo al inicio de las nalgas. Pero a ninguno se nos escapaba que llegaba a tantear unos milímetros del carnoso orto.

— Si este sigue así yo, la voy a tocar donde quiera y listo —se quejó Leandro.

— Eso… jugá según las reglas, gil —apoyó Alex.

— Pero qué alcahuetes —se quejó Mariano, para alejarse, muy a su pesar, de esa zona.

               Era entendible la actitud de los otros dos. Todos hacían un esfuerzo inconmensurable por evitar rosarle las nalgas. Si Mariano tanto quería hacerlo, entonces que lo hiciera y ya, y que pagara lo que tenía que pagar. Ese era el pensamiento general.

— Muy bien. Se acabó el tiempo —sentenció Miguel.

— ¿Ya? —se asombró Alex, haciéndose eco del pensamiento de todos.

               Volvieron a su asiento, con las vergas totalmente al palo.

— ¡Alejate de mí, cochino! —dijo medio en broma Mariano, dirigiéndose a Alex, ya que al estar los tres tan cerca uno de otro, resultaba algo incómodo el hecho de que sus compañeros portaran sus vergas erectas, las cuales fácilmente podían hacer contacto con el otro al menor movimiento.

               Anastasia se acomodó el vestido, cosa quizás en vano, ya que dudaba que lo conservara así por mucho tiempo.

— La verdad que los felicito, todos ganaron. Resistieron estoicamente, y yo sé mejor que nadie lo difícil que es tener a esta hembra cerca sin sentir terribles ganas de meterle mano —comentó el primo—. Lo malo es que acá ganar no es lo mejor que les puede pasar. Si siguen así, se van a ir sin probar a este mujerón.

               Tiró de la cuerda, haciendo que mamá se acercara a él. Ella tanteó el camino, y cuando comprobó que se encontraba frente a Miguel, se sentó en el piso, y apoyó la cabeza en su regazo. El primo le acarició el cabello con ternura, como quien mima a su mascota.

               No podía terminar de creer el control que ejercía sobre ella. Pero por lo visto las habilidades de manipulación del primo no se limitaban a mamá, aunque quizás sí era quien más había caído en su hechizo. Pero en cierto punto, también había logrado dominarme a mí. Después de todo, le había seguido el juego, y había hecho cada cosa que él me había dicho que hiciera. Es cierto que en mi caso la cosa era mutua, pues yo también lo manipulaba a él, aprovechando su fetichismo, beneficiándome de él cada vez que podía. Pero de todas formas no podía negar que siempre terminaba actuando en base a su voluntad. Por otra parte, los tres amigos que se habían quedado después de la fiesta, si bien por momentos se mostraban rebeldes, siempre terminaban aceptando los designios del primo. Bien podrían haber manoseado a su gusto a mamá, a pesar de lo que él les había dicho. Después de todo, ellos eran tres, y ni siquiera Miguel podría ganar una pelea contra todos. Pero por lo visto, la esperanza de poder devorar el bocado que era Anastasia los mantenía a raya.

— ¿Y por qué mejor no nos decís cuánto nos cobrás para hacernos una fiesta con tu tía, y terminamos con estos jueguitos tontos de una vez? —propuso Mariano.

— Porque así me resulta más divertido —retrucó el primo—. Si no te gusta, ahí tenés la puerta —agregó después, señalando la salida.

               Por lo visto el hecho de que su amigo haya hablado despectivamente del juego, lo había molestado mucho. Miguel tenía sus formas de hacer las cosas, y no parecía disfrutar si no las hacía de esa manera.

— Tranquilo Mariano, la noche recién empieza —apaciguó Leandro. Aunque a mí no se me escapaba que detrás de su actitud serena había más violencia que la que mostraba Mariano—. Además, Miguel no nos va a dejar irnos sin haber hecho nada ¿No? —agregó después.

— Por supuesto que no. Y ya les dije que si juegan bien sus cartas, la van a pasar bien. Pero si se tiran a tacaños, y no quieren soltar un mango, se van a quedar con la leche en la pija.

               Mientras lo escuchaba, traté de encontrar alguna reacción en mamá. Después de todo, estaba siendo tratada como un mero objeto sexual. Pero por lo visto nada de lo que decía su sobrino hacía mella en ella. Seguía a sus pies, como una cachorra, mientras él le acariciaba la cabeza.

— Bueno, para que no sigan quejándose como unas niñas, vamos a hacer algo más interesante —dijo después— Anita, volvé a tu puesto.

               Mamá se puso de pie, y caminó hasta el centro del living.

— Un poquito más a la izquierda —indicó Miguel. Luego, dirigiéndose a todos nosotros, explicó—: Muy bien, el siguiente juego es así. Presten atención, que después no quiero que se quejen si pierden. La cosa es así. Yo soy el amo de esta puta. Como verán, ella hace todo lo que yo quiera. Pero hoy me siento muy generoso. Por un rato les voy a trasferir un poco de mi poder. En los siguientes minutos, cada uno de ustedes tendrá la oportunidad de darle una orden, y ella la cumplirá a rajatabla.

— Genial, ahora la cosa me gusta más —dijo Alex, frotándose las manos.

— Si, ya veo que Miguelito nos tenía una linda sorpresa —comentó Mariano—. Pero me imagino que hay alguna trampa ¿No? —preguntó después, con recelo.

— Yo no hago trampas. Lo que sí hay son reglas. Y más vale que presten atención. La primera regla es que solo tendrán un turno cada uno. La segunda es que la orden debe ser sumamente concisa. No pueden dar una orden que implique que haga varias cosas. Por dar un ejemplo, si le piden que abra la puerta, primero le tendrán que pedir que camine hasta ella.

— Pero qué cabrón sos Miguelito —dijo Mariano, aunque se lo notaba divertido.

               Eso nos obligaba a que colaboremos entre todos, pues uno debía sacrificarse y usar su turno para que mamá camine hasta ellos. Luego el otro le podía dar una orden que beneficie a todos. Si los amigos de Miguel no eran estúpidos, en cuestión de minutos podían estar cogiéndose a mamá, aunque sospechaba que había más reglas que dificultarían eso.

— La tercera regla es que ustedes no podrán moverse de sus asientos mientras dure este juego —luego, dirigiéndose a mí, agregó—: Ramiro, podés acercar tu sofá al lado de ellos.

               Perfecto, pensé, pues ese detalle me estaba molestando, ya que, si me veía obligado a quedarme ahí, sería muy difícil participar.

— Otra cosa. Queda terminantemente prohibido ordenarle una mamada. Quien incumpla con cualquiera de estas reglas, deberá pagar quinientos pesos.

               Hubo un coro de “oooooh” en señal de desaprobación a las normas rígidas que imponía el primo. Él, sin hacer caso, se puso de pie y le entregó el extremo de la cuerda a Alex.

— Empezá vos —dijo— la última regla es que el juego dura diez minutos. Así que úsenlos sabiamente.

— Mierda. Más vale que después sean solidarios con las órdenes que le den —se quejó el rubiecito, sabiendo que estaba condenado a dar la primera orden, la cual no le traería demasiados beneficios.

— Tranquilos, todos vamos a ordenarle cosas que nos beneficien a todos —prometió Leandro.

— Muy bien gatita. Seguí la voz y vení con nosotros —dijo el rubiecito, tirando de la cuerda.

               Mamá dio pasos seguros hacia su momentáneo amo. Me llamaba la atención que estuviera tan callada, pero por otra parte, suponía que no tenía mucho para decir. Se detuvo cuando sus piernas chocaron con las rodillas de Alex.

— Como verás, no me estoy moviendo de mi asiento —dijo Mariano—. Así que no estoy incumpliendo con ninguna regla.

               Después de pronunciar estas palabras, metió su mano por debajo del vestido, y acarició con fruición el trasero de Anastasia.

— Esto se siente tan bien como se ve —dijo.

               Yo veía cómo la tela se movía, mientras el brazo lleno de tatuajes actuaba. Me preguntaba si Miguel lo consideraría una infracción. Pero el pelilargo tenía razón, el primo en ningún momento nos dijo que no podíamos tocarla. Finalmente, no se pronunció al respecto. Yo me preguntaba si había sido un error de su parte, después de todo, en el juego anterior nos había prohibido meter mano en esas partes. Sin embargo, parecía disfrutar viendo cómo manoseaban a su tía. Ahora Leandro había imitado a Mariano. Su musculoso brazo se extendió y se metió por detrás, para acariciarle la otra nalga a mamá. Este, a diferencia del primero que frotaba con desesperación, haciendo movimientos circulares sobre el glúteo, optó por estrujarlo.

—  No puedo creer que semejante ojete sea natural —dijo.

— A ver, dejen espacio, yo también quiero —pidió Alex.

               Al estar frente a mamá, justo entre el medio de los otros dos, estaba en la posición más incómoda. Pasó su mano entre las piernas de Anastasia, intentando alcanzar las nalgas, pero no sólo tenía el problema de que sus amigos las estaban abarcando, sino que era sumamente difícil hacerlo desde su posición.

               De todas formas, el que la tenía peor era yo, pues si bien había puesto el sofá pegado al de ellos, no me encontraba lo suficientemente cerca como para alcanzarla. 

— Bueno, supongo que ya tendré oportunidad de sentir su trasero —se resignó el petiso. Luego estiró las manos hacia arriba, al encuentro de las tetas—. Mierda. Estas también son naturales. O al menos eso creo —comentó cuando tuvo a su alcance una de ellas—. Lo siento Ramiro. Pero ya ves a tener tu oportunidad —dijo, solidarizándose conmigo, quien era el único que no podía disfrutar de la suave textura de las partes más voluptuosas de mamá.

               Alex masajeaba las gomas con una sonrisa boba en su rostro. Parecía un niño jugando con su nuevo juguete favorito. Me di cuenta de que ella no llevaba corpiño. Los pezones no tardaron en marcarse en la tela negra.

— Miren eso —comentó el petiso, cuando se dio cuenta de lo mismo que me había dado cuenta yo —¡Hey, las tetas son mías! —se quejó después, ya que Mariano se había sentido atraído por la parte delantera, y había dejado por un momento de magrearle el culo para dedicarse a los pezones.

               De todas formas, este último no le hizo el menor caso al rubiecito. Apretó uno de los pezones, y estiró, hasta que mamá hizo un gesto de dolor. Entonces lo soltó, y la enorme teta cayó por su propio peso. El movimiento resultaba hipnótico, y evidentemente Mariano compartía mi opinión, porque repitió la acción una y otra vez. Apretaba el pezón, lo tiraba para su lado, haciendo que el pecho se estirara. Luego, cuando notaba el gesto de dolor de ella, lo soltaba, y la teta caía, para volver a quedar en su posición, después hacer un movimiento tembloroso.

               Mientras tanto, Alex había metido la mano por debajo del vestido, y ahora empezaba a sentir la suave y carnosa piel desnuda en su mano. Hizo un movimiento, y liberó así el busto, dejándolo a la vista de todos. Era enorme, estaba hinchado, y el pezón rosado totalmente puntiagudo.

— Bueno chicos, es hora de que alguien dé la segunda orden —dijo después, sin sacar la mano de encima de Anastasia—, o si no, nos vamos a quedar con las ganas de hacer más cosas, y encima el pobre Ramiro ni siquiera pudo tocarla.

— Eso es verdad —apoyó Leandro—. ¿Quién sigue Miguel? Y ya que estamos, ¿cuánto tiempo nos queda?

— Bueno, les quedan siete minutos. Si siguen así, se les va a acabar el tiempo y ni siquiera van a poder usar todos sus turnos. Y desde ya les aviso que solo quedan dos juegos más.

               Hubo un suspiro generalizado. Si no aprovechaban todos los juegos, se irían con las manos vacías. Y yo estaba en la misma posición que ellos.

— El próximo es Mariano, después Leandro, y finalmente Ramiro —dijo. Se puso de pie y rebuscó en una mochila que se encontraba sobre la mesa de luz—. Así vas a poder dar la orden —dijo después, entregándome un bloc de notas y una birome.

— Muy bien. Entonces sigo yo —dijo Mariano, agarrando del extremo de la cuerda—.  A ver zorra, masturbame.

— Imbécil, le hubieras dicho que nos masturbe a todos ¿No? —se quejó Alex. Luego miró a Leandro, buscando su apoyo.

— Ya está hecho —dijo este último, resignado—. Además, quizás Miguel lo consideraría una infracción —agregó, mirando de reojo al primo.

— Claro que sería una infracción, porque sería como darle cuatro órdenes al mismo tiempo —confirmó.

— De todas formas, yo estoy disfrutando mucho de esto. Así que relajémonos y veamos a la puta en acción —agregó después Leandro.

               Mariano se dasabrochó el cinturón, y luego se bajó el cierre del pantalón. Con un movimiento liberó una verga delgada, no muy grande que digamos. Y eso que estaba en su máximo esplendor, totalmente erecta. Un montón de vello pubiano sobresalía, algunos casi tan largos como la propia verga.

— Vamos, preciosura, seguí la voz y no tardarás en encontrar tu premio.

               Mamá se inclinó y estiró la mano a la derecha, donde se encontraba Mariano. Tanteó hasta hacer contacto con el abdomen plano del pelilargo. Luego fue cuestión de bajar hasta encontrarse con la verga dura.

               Empezó a masajearla, al tiempo que Leandro volvía a meter mano por debajo de su vestido, y Alex seguía jugando con la teta desnuda. Lo pajeaba con suavidad, y muy lentamente, sintiendo la textura de ese instrumento.

— Tu tía sabe lo que hace —dijo Mariano, entre jadeos, dirigiéndose al primo.

               Era cierto, mamá se desenvolvía con mucha soltura. No era para menos. A sus treinta y ocho años había adquirido mucha experiencia, y sabía cómo complacer a los machos, solamente utilizando sus manos. No me imaginaba lo hábil que sería también con su boca.

— Mierda, esto se siente muy bien. Si sigue así, voy a acabar enseguida.

— ¿Tan pronto? —se burló Alex.

— No seas cabrón, si desde que esta apareció que tengo la pija dura.

— Bueno, de todas formas, yo quiero usar mi turno antes de que se acabe el tiempo —dijo Leandro.

— Esperá, hijo de puta, no la distraigas que vamos muy bien —se opuso Mariano.   

— Vos fuiste el primero en cagarte en los demás —intervino Alex—. Así que ahora no te quejes. Vamos Lean, dale tu orden, así este se queda con la leche adentro.

— Si serás hijo de puta, enano maldito.

               Anastasia, sin darle importancia a las tonterías que decían, seguía masturbando al pelilargo tatuado. De la verga ya salía presemen, el cual hacía brillar al glande.

— Pajeame a mí también —dijo Leandro. Luego, dirigiéndose a mí, agregó—: Lo siento amigo, pero sería imposible que te masturbe a vos también. Ya tendrás oportunidad más adelante.

               Me encogí de hombros. La verdad era que estaba disfrutando de ver a mamá convertida en una puta sumisa. Además, suponía que ya tendría oportunidad más adelante. Dudaba de que Miguel se perdiera la oportunidad de ver en acción a Anastasia con su propio hijo.

               Mamá extendió la mano izquierda, y cuando sintió la rodilla de Leandro, siguió adelante hasta encontrarse con su verga. Esta era gruesa, aunque no muy larga. A diferencia de Mariano, se encontraba totalmente depilado en sus partes íntimas.

               Ahora ella manipulaba las dos pijas, y no parecía que la tarea le resultara muy difícil. Agitaba ambas manos, haciendo movimientos idénticos, al mismo ritmo. Alex seguía jugando con sus tetas, aunque tampoco perdía de vista la mano que trabajaba tan ágilmente en esas pijas.

— Solo falta un minuto —advirtió Miguel.

               Como si las palabras del primo fueran una señal, Mariano se estremeció, y largó un gemido ahogado al tiempo que de su verga salía su leche en chorros. El semen salió con mucho impulso, y fue a parar al piso. Pero el sexo del pelilargo todavía largaba los últimos chorros, que ya salían sin ninguna potencia, y se deslizaban por el tronco, hasta llegar a la mano de mamá, que todavía masajeaba la pija, ya menos tiesa, aunque aún no fláccida, como queriendo exprimirle hasta la última gota.

— Ya fue, chúpame la pija —dijo Leandro, de repente.

               Me sorprendió escuchar esas palabras. El juego ya estaba a punto de concluir, y dentro de todo, los tres habían sacado algún provecho de la situación. Además, ya no quedaba tiempo. Supuse que el enorme Leandro tenía dinero de sobra, pues esa mamada le iba a costar muy cara.

               Mamá, consciente de que el juego llegaba a su fin, y que una vez que Leandro rompió una regla, ya no tenía sentido apegarse a ellas, dio unos pasos a la izquierda y se arrodilló frente a él. Ahora estaba aún más lejos de mí, pues yo me encontraba al lado de Mariano, al otro extremo. Aún así, tenía una visión perfecta de ella, que ahora acercaba su boquita a la verga, para olerla. La frotó, como para confirmar que seguía erecta, se humedeció la mano con su propia saliva y acarició el glande. Luego sacó la lengua, como si se tratara de una víbora. Fue un movimiento rápido, con el que la frotó con el prepucio. Leandro apretó los dientes, como si el placer que estaba sintiendo fuera demasiado intenso, casi doloroso. Mamá lo lamió una vez más, y luego otra, y otra. Mientras lo hacía no dejaba de masturbarlo.

               Un hilo de baba unía los labios de Anastasia con la cabeza de la verga de Leandro. Ella hizo una mueca muy parecida a una sonrisa. Luego abrió su boquita y engulló la verga. Era la primera vez que percibía entusiasmo en ella. ¿Le había gustado tanto el instrumento grueso del rugbier? Como no era muy larga, desapareció de la vista de todos una vez que ella se la metió adentro. Entonces él apoyó su mano en la nuca de mamá y empujó. Ahora los labios se apretaban con los testículos depilados.

               Alex aprovechó que ahora la tenía en una posición más cómoda para acariciarle las nalgas. Le levantó el vestido, y dejó a la vista de todos su perfecto trasero entangado.

— Hey Miguel, ahora que Leandro rompió las reglas, ya podemos hacer lo que queramos ¿No? —preguntó Mariano, aunque por las dudas todavía no se movía de su lugar.

— Para nada. Quedate en el molde, salvo que quieras pagar —dijo el primo.

— Este cabrón cambia las reglas sobre la marcha —se quejó el pelilargo.

               El clima se estaba poniendo un poco tenso entre ellos dos. Si Mariano no hubiera acabado hacía poco, era probable que no hubiera soportado quedarse ahí, sin hacer nada.

               Yo estaba hipnotizado viendo cómo mamá se comía esa poronga. Era la primera vez que la veía practicar sexo oral, y tenía mucha suerte de estar tan cerca. Nunca llegaría a entender cómo era que se había prestado al juego del primo, convirtiéndose en una mera puta. Pero estaba disfrutando mucho de eso. Mi cuerpo así lo evidenciaba, ya que, al igual que Alex, portaba una tremenda erección.

               El rubiecito, a diferencia de mí, se había animado a sacar la pija a fuera, y se había empezado a masturbar frenéticamente, mientras no dejaba de magrear las tetas de Anastasia.

— Mierda. Ya no aguanto más —dijo. Y entonces largó su eyaculación.

               No se había levantado de su asiento. Aunque un impulso casi lo hace hacerlo. Pero se detuvo en el momento justo, aplastando el culo en el sofá. A nadie le cabían dudas de que el primo aprovecharía cualquier oportunidad para sacarles dinero. La leche saltó en el aire y fue a parar al piso, manchando así la alfombra.

               A todo esto, ella seguía mamando. En la cara de Leandro se notaba que estaba conteniendo el orgasmo todo lo que podía. El brazo que tenía sobre la nuca de mamá, marcando el ritmo de la felación, tenía las venas marcadas, como si estuviera haciendo mucha fuerza. Supuse que sus músculos ya se encontraban contraídos. Sólo era cuestión de unos instantes para que el muchacho grueso soltara su virilidad.

               Ella pareció también notarlo. Con un movimiento brusco se liberó de la verga.

— Yo no trago —aseguró, diciendo una de las pocas frases que pronunciaría ese día.

— Entonces tomá —dijo Leandro.

               Como en venganza al hecho de que le negara acabar adentro, escupió su semen en la cara de Anastasia. Fue la eyaculación más abundante hasta el momento. Cuando terminó de gemir como una animal, en el rostro de ella se deslizaba el viscoso semen, desde la mejilla hasta la barbilla. La venda de sus ojos también había resultado manchada.

— Eso estuvo muy bien —comentó después, mientras guardaba nuevamente su pistola.

               Miguel se puso de pie. Durante toda la acción había tomado una postura muy parecida a la mía. Silencioso y observador. Ahora agarró el extremo de la cuerda nuevamente.  Extendió la otra mano frente a Leandro. Este le entregó varios billetes, los cuales el primo no guardó en su bolsillo hasta que los contó.

               Luego ayudó a mamá a levantarse. Le acomodó el vestido, aunque igual quedó medio arrugado.

— Vamos —dijo, tirando de la cuerda. Y luego, dirigiéndose a nosotros, agregó—. Enseguida volvemos.

               Supuse que la llevó al baño, para que se limpiara la cara. Esperamos, impacientes, por ver cómo seguía la cosa. Estaba seguro de dos cosas: la primera era que, a juzgar cómo había subido la vara en el segundo juego con respecto al primero, era de esperarse que los próximos fueran incluso más extremos. Mamá sería obligada a hacer cosas más humillantes. Por otro lado tenía la certeza de que el primo no dejaría que terminara la velada sin hacerme participar.

               Sentía mi cuerpo tembloroso, mis manos transpiradas, y mi corazón latía mucho más rápido de lo normal. Me preguntaba cómo terminaría la noche.

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