MÓNICA ANALÍA ORTIZ

Lo observaba en medio de la gente. Imponente. Su figura esbelta ,sus cabellos algo canosos  opacaban a cualquiera que osaba a pararse a su lado. Las mujeres lo rodeaban, y el parecía sentirse complacido con eso. Había una especie de fuerza gravitatoria en su entorno, pronto se ganó con su elocuencia la admiración evidente de varios en la sala. Las charlas continuaron después del almuerzo, la pared de vidrio que daba al río estaba despejada y yo abstraída en el fulgor de sus aguas bravías. Pronto el día terminaría y daría paso a la serenidad de la noche. Hoy es luna llena , recordé, tomando un sorbo de agua helada.

El galán de la se acercaba lentamente, sonreía, sabía que era atractivo y buscaba conquistar.

Tomó la butaca vacía y me preguntó:

_¿ Por qué tan lejana?

Haciendo esto extendió su mano para presentarse

_Joaquín Guerrero para servirle

Lo miré con extrañeza, sonreí y extendí mi mano

_Ámbar Vázquez, averigüemos para qué.

Sus ojos azules centellearon con una mezcla de fuego e intriga. Tomé mi bolso y me retiré de la sala. Dejando al hombre observarme caminar a la salida.

Me despedí de todos , rechacé varias invitaciones a cenar y me alejé por el camino rumbo a mi hotel.

Tomé un largo baño, el calor del ambiente se hacía sentir. Misiones solía tener magia pero también calor y humedad en noviembre.

Iría a cenar, sola , como hace muchos eventos. Después de todo esa fue la decisión que tomó aquel a quien le di mi alma. No fui suficiente. Mi amor no alcanzó. Una especie de moneda sin valor que se arroja a la fuente. Pasaron dos años, ya no lo lloro, ya no lo amo, ya no creo en el amor.

Tomé el vestido negro , los zapatos amarillos y decidí cenar algo y ver qué había. Después de todo jamás dije que estaba prohibido el sexo.

Me senté en el restaurant del hotel, cerca de la ventana, nadie estaba ahí. La música sonaba de fondo, rock nacional, sería una buena noche.

Pedí un whisky mientras preparaban mi plato, saqué mi libreta y empecé a esbozar una poesía, palabras sueltas que hacía rato me daban vueltas en la cabeza. Una voz masculina me saca de mi estado casi onírico

_ Pensé que las chicas bebían daiquiris de frutilla

Levanto la mirada y me encuentro con un par de ojos azules que sonreían divertidos.

Sonreí seductora y respondí:

_ tienes razón, pero las mujeres bebemos whisky.

Sonreía, se sabía hermoso, seductor, pidió permiso y se sentó.

_ ¿Cenamos juntos? Y en un ademán pidió otro whisky. No me dio tiempo a responder. Tampoco quise oponerme.

La comida era deliciosa y él realmente me hizo olvidar mucho de las tristezas que traía en mi bolso.

Al terminar de comer lo miro, sonrío y de manera descarada le pregunto:

_ ¿cogemos?

Una mirada de confusión se apoderó de su rostro, no sonrió, estaba descolocado. No se suponía según sus reglas que esto fuera así.

Mudo, casi sin reacción.

Dejé el dinero de la cuenta, tomé mi bolso y salí.

Dos segundos después de cerrar la puerta de mi habitación escucho golpear. Abro y ahí, frente a mí, estaba don Joaquín Guerrero. No sonreía, me miraba fijo , sus ojos eran duros, llenos de deseo. Pero ahí, en mi mundo, yo tomaba las decisiones. 

Lo arrastré hasta mi cama, cerré la puerta con llave , tomé dos listones de mi cabello y sujeté sus muñecas al respaldo de la cama. Desprendí lentamente los botones de su camisa rosa, su pecho lampiño mostraba un color dorado , el hijo de puta era hermoso. Como una gata, jugando con su presa, ronroneé hasta agotar mis ganas.

Me deshice de su pantalón , puse música , mi vestido terminó al borde de la cama hecho un ovillo, junto a mi ropa interior de encaje negro.

Él no hablaba, me observaba , absorto, sus ojos brillaban.

Besé cada parte de su cuerpo, mordí sus tetillas, se retorcía de placer, pedía por favor tocarme. Le hice señas atravesando mi dedo índice sobre mis labios para que se callara. Lo hizo, lo felicité por ser tan obediente acariciando sus testículos suavemente. Pasaba mi lengua por su abdomen, que no era perfecto pero era hermoso, me detuve en el borde de sus interiores blancos , impolutos hasta hace unos minutos, húmedos ahora. Se lo quité suavemente , temblaba , movía sus manos, pero aún no le permitía tocarme, en cambio me acariciaba frente a sus ojos , encendiéndolo aún más. Acaricié sus muslos viendo como su miembro explotaba de deseo, mi lengua y mis labios se encargaron de él por largo rato, me detenía de vez en cuando , no quería que el juego terminara tan rápido, su voz ronca evidenciaba su nivel de excitación. Pero todo sería según mis reglas, o mis ganas lo que suceda primero.

Desaté una de sus manos, sólo porque se había portado bien. Se apoderó de mis senos, de mis pezones, yo también estaba excitada, necesitaba algo más que jugar, lo necesitaba a él junto a su belleza soberbia complaciendo mis ganas. Solté su otra mano y me tomó de las nalgas , me besó como un loco, como un hombre que no ha comido en mucho tiempo, tomó mi rostro en sus manos y me beso de manera diferente, su lengua invadía mi boca y su pene, hinchado y ardiente invadía mi interior de manera feroz . Con un movimiento ágil  quedó sobre la cama de nuevo , subí sobre él , lo besé , mientras apretaba sus manos y él no oponía resistencia.

Mis caderas marcaron el ritmo, cabalgué sobre él hasta agotar sus fluidos, mis gritos invadieron la habitación él sonrió antes de caer lentamente en el sopor de la noche. La mañana siguiente nos encontró durmiendo con las piernas  enredadas. Luego de una larga ducha junté mis cosas y sin hacer ruido me fui del hotel.

Tal vez jamás lo volvería a ver. Eché una última mirada  a la ventana de mi habitación. Y me fui con muchas ganas de quedarme.

Han pasado dos meses del encuentro. Mientras desayuno abro un paquete que acaba de llegar, dentro un conjunto de encaje negro, un par de zapatos amarillos y una tarjeta con la dirección de un hotel, En letras de hermosa caligrafía “ seré lo que desees que yo sea”…

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