TANATOS 12

CAPÍTULO 38
Una vez nos quedamos solos Carlos no dijo absolutamente nada. Y yo no sabía qué decir mientras me cerraba los pantalones y me vestía; y miraba de reojo como él buscaba sus calzoncillos y sus vaqueros.
Escuché entonces el ruido de la ducha, el sonido del agua cayendo, y comprendí que María tenía que lavarse, sobre todo después de todo lo que aquel hombre había vertido sobre ella, pero maldije que me dejara a solas con él durante más tiempo. Yo le seguía mirando con disimulo, viendo como él se vestía con cierta parsimonia. A la vez parecía pensativo.
Fui a la cocina, pero no le ofrecí agua a un Carlos al que veía desde allí cómo se ponía la camisa, muy erguido, rígido, orgulloso, con su perenne soberbia, aunque quizás tan indeciso y sorprendido como María y como yo.
Bebía de mi vaso de agua y hacía tiempo, esperando a que María nos sacase de aquel silencio incómodo, si bien yo parecía ser el único violentado.
Me alegré cuando escuché los pies descalzos de mi novia acercarse por el pasillo. Y acabó apareciendo con un pijama blanco, de pantalón y chaqueta, de los que tenía de varios colores.
Carlos, entonces, casi sin mirarla, susurró:
—Me tendré que ir.
—Pues sí —dijo ella, que recogía sus bragas.
Y se fue. Sin más. Ni con buenas vibraciones ni con malas. Y yo no sabía si aquello era lo que quería María o si estaba en las antípodas de su plan.
Mi novia iba a mi encuentro en la cocina, no en busca de mí, sino de agua… Y yo la miraba, mientras bebía… Y veía sus pezones marcando su pijama y cómo sus mejillas ardían; indicándome que no estaba ni cerca de haberse repuesto.
—¿Qué… ha pasado? —pregunté.
María me miró. Dudó. Y dijo:
—Bien ¿no? Más o menos.
—¿Bien? No lo sé…
—Bueno… No me ha… eso.
—Si te refieres a que no te ha follado… pues no.
—¿Entonces? —preguntó altiva y llena de razón —si lo dices porque al final… se la he… eso… un poco… tranquilo, que porque… yo que sé, que porque le haga una felación durante veinte segundos no me voy a enganchar a él —dijo, y yo alucinaba, pues parecía no ser consciente de la importancia de lo que estaba dejando caer.
—¿Pero es esto lo que quieres? —pregunté.
—No sé por qué hablas en singular.
—Bueno. Ya me entiendes —dije, resoplando, aún muy afectado.
—No lo sé, Pablo…
—¿Entonces?
—A ver. Te lo voy a decir sin… medias tintas, ¿vale?
—Dime.
—Hemos hecho lo justo como para que crea que puede… eso… Eso que no ha podido hacer.
—¿Y eso es bueno o malo?
—Es lo preciso para que podamos seguir jugando con él un poco más.
—No creo que aguante  una vez más sin cabrearse y mandarnos a la mierda. Se muere por follarte y está jodido porque otros lo han hecho.
—Ya. Por eso. Que se… eso, que eyacule en mis tetas… Eso le encanta… O en mi cara… Si le hace ilusión, pero mientras no me… eso, cosa que no va a hacer, le vamos a tener ahí hasta que quiera dejarlo él.
—¿Y cuando se canse?
—Pues otro encontraremos. Mira, ya sé que no es… quizás la solución perfecta… pero sin duda es mejor que que me folle nadie más —dijo, verbalizando por fin la palabra que parecía darle vergüenza pronunciar, lo cual no dejaba de ser extraño después de lo que acabábamos de vivir.
—Porque eso se acabó —prosiguió —ya te lo dije después de lo de Roberto y de lo de Edu… y la dichosa foto… Que, por cierto, no sé qué coño se trae éste con Edu, pero empieza a olerme fatal.
—Ya… —suspiré.
María parecía tenerlo bastante claro. Y parecía querer decirme que no quería que aquel hombre la follara, pero por orgullo, o porque era una locura que teniendo novio lo siguiera haciendo con otros hombres, y de ahí todo su juego que era la modificación del mío. Pero lo que me preocupaba era si ella no querría evitar que la follara porque sabía que, el día que ella cometiera un error, no podría negarse a caer repetidas veces con él.
Y es que yo temía con Carlos, como había temido con Edu, que si consiguiera hacerlo con ella varias veces me la podría arrebatar.
Pero fue curioso que, cuando me metía en la cama, recordé aquel “No sé cómo la soportas” que Carlos me había dicho, y me llegó a aliviar, pues podría significar que, aunque María sucumbiese una vez, la intención de Carlos podría ser la de abandonar tras conseguir su objetivo.
Y me intentaba quedar dormido, eso sí, martirizándome, ya que me daba cuenta de que quizás confiaba más en que él no se enganchase a María, si efectivamente ella cometía el error, que en que ella no se enganchase a él.

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s