LLUN ROC

VII

Claudia intentó animar a su amiga y le propuso ir a ver a las tres chicas argentinas, que al parecer se habían juntado en la casa de una de ellas y a Lina le pareció bien. Aquellas tres chicas se llamaban Mica, Ceci y Flor. Al parecer padres de las tres trabajaban en la misma empresa y vivían cerca uno de otro. El hecho de ser del mismo país les había hecho amigos y sus hijas se habían hecho inseparables, iban juntas a todas partes. Las tres vivían en casas grandes, pero la más impresionante con diferencia era la de Flor. Era un chalé con varias plantas y un jardín enorme con piscina privada. Al parecer se habían ido sus padres de viaje hacía unos días y las tres estaban pensando en organizar una fiesta la semana siguiente. Las dos amigas llegaron a casa de Flor y las tres chicas las saludaron efusivamente, en especial a Claudia. Tenía verdaderamente un don con la gente, pese a su aspecto excéntrico, Claudia era capaz de llevarse bien con todo tipo de gente. Era capaz de pasar la tarde en un chalé como aquel, luego charlar en el parque con gente del barrio y terminar el día en un recital de poesía o algo así. Hay que tener amigos hasta en el infierno, solía decir ella. Les acompañaron hasta el salón, donde Lina y Claudia se acomodaron en dos grandes butacas mientras las tres amigas se sentaban frente a ellas en un mismo sofá. No podían ser más diferentes entre sí. Mica era algo más gordita y tenía cara de buena persona, o eso le pareció a Lina, aunque hablaba poco. Ceci era bastante guapa, con pómulos muy marcados y ojos y pelo muy negros. Tenía una sonrisa que a Lina le parecía algo maliciosa y mirada inteligente. Flor era con diferencia la más guapa de las tres. Tenía el pelo largo y rubio, iba siempre muy maquillada y tenía una belleza algo misteriosa.

Las tres empezaron a contarles lo planes que tenían para la fiesta de la semana siguiente a la que, por supuesto, Claudia y Lina estaban invitadas. Lina seguía la conversación algo ausente, mientras que Claudia derrochaba simpatía con aquellas tres chicas. En un momento dado, sin que Lina lo esperase, Ceci se dirigió a ella.

—Por cierto, ¿qué tal están las bolas de tu amigo? —las tres amigas estallaron en sonoras carcajadas. A Lina le hubiera gustado poder reírse también o responder con alguna broma, pero dadas las circunstancias, no supo qué decir. Sin embargo, a Claudia le faltó tiempo para intervenir.

—¡Ey! ¿os podéis creer que no se hablan desde entonces? —Oh, no, Claudia… pensó Lina. Las tres amigas hicieron gestos de asombro y se miraron entre ellas.

—¿Tan mal se tomó el codazo? —preguntó Ceci sonriendo con incredulidad.

—Si yo os contara…—dijo Claudia con voz de paciencia —Y por cómo se está portando con la pobre Lina, yo creo que se quedó con ganas de más—. Las tres volvieron a reír de nuevo.

—¿Así que te está haciendo sufrir ese pibe, minita? —dijo Flor con un aire de condescendencia que incomodó a Lina.

—Ya le digo yo que no se permita, que se haga respetar—dijo Claudia con determinación.

—Un tiro en las bolas, total no le sirven para nada—respondió Ceci con total naturalidad. A Lina le horrorizó ese comentario, pero a sus dos amigas pareció divertirles mucho y también Claudia le rio la gracia.

—¡Me meo! —gritaba Claudia mientras se tapaba la boca como intentando contener la risa.

—¿Cómo no amar a mis amigas? —señaló Flor, divertida.

—Bueno, ese comentario es bastante homófobo, ¿no crees? —intervino Lina mirando directamente a Ceci.

—¡No es homofobia! —exclamó Ceci sorprendida—pero si las bolas de un gay no sirven de nada—añadió sonriendo como si señalase una obviedad.

—¡Oh, eso me recuerda a un chiste! —dijo Flor. Lina pensó que miedo le daba…—¿Saben en qué se parece un gay a un árbol de navidad? ¡En que solo tienen las bolas de adorno! —Risas histéricas de nuevo por parte de las tres y en esta ocasión Claudia no pudo contener también una sonora carcajada.

—¡Me da! —gritó mientras se quitaba las gafas para secarse las lágrimas de risa. Lina en aquel momento estaba ya visiblemente incómoda. Ceci, que había sido la que inició todo aquello, miró a Lina con su sonrisa maliciosa.

—¿Para qué le sirven las bolas a un gay? —le preguntó a Lina como si estuviera poniéndola a prueba, mientras las dos amigas sonreían esperando su reacción.

—¡Para que el novio se las toque! —se adelantó Mica, en su única intervención, con una risa que a Lina le pareció increíblemente estúpida.

—¿Para donar semen? —razonó Lina. Las tres amigas se quedaron calladas, como sorprendidas por la respuesta. Lina ya tuvo suficiente, puso los ojos en blanco, se levantó y se fue sin despedirse lo más rápido que pudo.

—¡Eh!, ¿pero qué te pasa? —preguntó Claudia, alzando las manos y encogiéndose de hombros, mientras Lina salía de la casa.

—No, ¿qué te pasa a ti? —dijo Lina volviéndose hacia ella, furiosa. —¿por qué has tenido que contarles eso? Es un problema personal mío, ¿vale?

—¡Solo intentaba ser simpática! Ya te dije que no tienes que vivir esto como un drama. Además, nos conviene encajar con estas… tienen piscina—susurró mientras ponía un gesto gracioso. Lina resopló con hartazgo.

—Esas tres tías están locas, Claudia. ¿Has visto qué clase de bromas a costa de mi amigo? Vale que ahora estemos mal. Y sí, no te lo voy a negar, empiezo a estar un poco enfadada con él, yo también tengo mi orgullo y ya estoy harta de disculparme constantemente mientras me ignora, pero esas taradas estaban bromeando con dispararle en los huevos, ¿te parece a ti eso normal? —Lina se derrumbó llorando y sentó en el suelo, mientras Claudia se agachó a consolarla.

—Ya no sé ni en quién creer, cada uno me dice una cosa, ya no sé ni si hago bien o si hago mal…—Claudia intentó abrazarla. Mientras, las tres amigas observaban la escena desde una ventana en la parte superior de la casa. En cuanto estuvo un poco mejor, se despidió con cierta frialdad de Claudia y se fue a su casa.

“No es mala chica del todo”, pensó Lina por el camino, “pero desde luego no es de fiar y nunca podría ocupar el lugar de Iván”.

VIII

Iván estaba en el pub con sus nuevos amigos. Esa noche tocaban con su banda y él les estaba acompañando. Le habían invitado ya a unirse al grupo, pero todavía necesitaba practicar más hasta que pudieran hacer la prueba, a ello estaba dedicando la mayor parte de las tardes durante la última semana. Hacía tiempo que no le dedicaba tanto esfuerza a la guitarra y se sentía bien. El pub estaba oscuro y fresco, aunque fuera pegaba fuerte el sol. No había apenas gente porque aún era pronto, pero había que hacer preparativos. En aquel momento estaban en un descanso, sentados al borde del escenario con un botellín de cerveza en la mano mientras reían entre bromas. Iván les conoció ya meses atrás y de vez en cuando quedaba con ellos, pero durante aquella última semana les veía casi a diario y se sentía ya uno más. El futuro cuarto miembro de la banda, pensó Iván. Los otros tres se llamaban entre sí siempre por apodos. Eran JH, Vini y Luv. Los tres eran altos y tenían cuerpos muy fibrados y llevaban siempre maquillaje en los ojos. Luv era quien tenía un físico más masculino, con la mandíbula cuadrada y un hoyuelo en la barbilla, tenía el pelo muy negro, como el de Iván, y le caía alborotado sobre la frente. En aquel momento llevaba unos vaqueros negros, a juego con el chaleco que llevaba sobre su ajustada camiseta blanca y apuraba un cigarrillo. Lo único que contrastaba con ese aspecto tan viril era la línea de rímel en sus ojos. Vini era el líder del grupo y posiblemente el más atractivo. Llevaba una camiseta ajustadísima sin mangas que revelaba un par de tatuajes en sus brazos tonificados. Su aspecto era algo más andrógino que el de Luv, con el pelo rubio y ondulado, más corto por los lados que por arriba, cara angulosa, labios muy gruesos, un collar con pinchos y un pendiente largo de mujer en una de sus orejas. Aquella mezcla de elementos rudos y femeninos a la vez fascinaba a Iván. Y luego estaba JH, que era quien tenía un aspecto más extraño y quien más le gustaba. Tenía unos rasgos dulces y femeninos, un rostro casi de mujer con ojos azules y boca pequeña, el único elemento que distorsionaba la dulzura de sus rasgos era una nariz grande y masculina. Sin embargo, la melena rubísima y con rizo artificial que le caía hasta los hombros reforzaba aún más el aspecto femenino de su cara, que sin embargo contrastaba con un cuerpo muy trabajado, con músculos muy definidos, seguramente más que ninguno de los tres, y unos brazos llenos de tatuajes. Iván y él ya se habían enrollado varias noches en el pub.

Cuando JH pasó por delante de él para ir a revisar el equipo de sonido, Iván le detuvo con la mano le palpó sus tonificados abdominales que casi se podían ver a través de la fina y ajustada camiseta de tirantes que llevaba. JH se volvió hacia Iván y le acarició la nuca con una mano mientras le sobaba el paquete con la otra. Iván sonrió. Después, fue al lavabo a beber aguar porque sentía la garganta seca por el humo de cigarro de sus tres amigos. Estando allí, frente al espejo, pensó un momento en Lina y en todo lo que había pasado desde aquella tarde en el parque. Intentó reprimir el pensamiento, pero no podía evitarlo. Recordó el momento en que volvió a casa después de aquello y todas las ideas que vinieron a su cabeza aquella noche. Por supuesto que sintió vergüenza al recibir aquel golpe bajo y ser objeto de risa, pero aquello fue solo la gota que colmó el vaso. Llevaba ya tiempo sintiendo esa sensación, pero intentaba ignorarla o reprimirla.

La adolescencia de Iván no había sido fácil. En realidad, ningún momento de su vida lo había sido. Apenas tenía recuerdos de sus padres, quienes le criaron fueron sus abuelos. Con su abuelo la relación siempre fue complicada, sobre todo en el momento en que Iván empezó a descubrir quién era y a vestir y comportarse como quería. Su abuelo había sido legionario, era un tipo serio y algo sombrío, con tatuajes en los brazos, algo nada habitual para un hombre de su edad. Lanzaba miradas de reprobación con algo de desprecio cuando veían entrar y salir de casa a su nieto con aquellos gestos amanerados y esa ropa chillona. Pero aquello ya terminó, su abuelo había muerto un año antes y ahora Iván estaba solo con su abuela, para quien seguía siendo como un niño y nunca le cuestionaba nada. Ya en el instituto, a Iván le resultó evidente que no podría encajar con los demás chicos. Recibía burlas constantes por vestirse como le gustaba y comportarse como quería, que sin embargo nunca le afectaron demasiado, pero sí le impidieron forjar amistades masculinas. Fue entonces cuando empezó su relación con Lina. Empezó a quedar constantemente con ella y sus amigas, como Claudia o alguna más que iba con ellos de vez en cuando, casi siempre amigas de Claudia. Pronto notó que para encajar en aquel mundo femenino tenía que adaptarse a algunos de sus gustos y forma de ser, desaprendiendo todo lo que le habían enseñado desde que era pequeño. Todas aquellas lecciones que le daba su abuelo sobre hombría y sobre lo que significaba ser un macho debía olvidarlas por completo para que aquellas chicas le aceptasen, tenía que ser una más. Al principio aceptó el pago encantado, si el precio por tener amigas era renunciar a aquella hombría que por otra parte los otros chicos le negaban, estaba dispuesto a hacerlo encantado. El problema fue que poco a poco tuvo la sensación de que las chicas le aceptaban, pero al mismo tiempo le perdían el respeto. Es como si ellas vieran que él nunca sería para ellas una más, pues nunca sería una chica, pero al mismo tiempo tampoco le veían como a un hombre del todo, sino como algo solamente parecido. Y era por eso que Iván sentía que a veces aquellas chicas se atrevían a decirle las cosas que no se atreverían a decir a alguno de esos chulos que quizá las trataban mal en el instituto. Es lo que pensaba cada vez que Claudia le lanzaba alguno de sus dardos, que casi siempre le parecían desproporcionados. Recordó aquella vez en que estaban bromeando y en tono de broma ella le preguntó si buscaba pelea.

 —No, que me llegas por la rodilla—contestó él, continuando con la broma.

—Oh, qué gracioso eres, eh. Igual a los huevos sí que llego y dejas de hacer tanta gracia—respondió ella. Las otras chicas rieron y Lina también… y él rio con ellas.

Aquella clase de piques eran habituales con Claudia y a Lina siempre le hacían gracia, pero Iván sabía que no había maldad en ella. En realidad, si Iván aguantaba a Claudia y sus amigas era sobre todo por Lina. Sabía que el aprecio que sentía por él era sincero. Era una chica tan buena y tan inocente… él la conocía de sobra como para saber que no había nada maldad en ella. Durante aquellos últimos años de instituto, Lina había sido el centro de su mundo. Era alguien con quien podía hablar de cualquier cosa, podía compartir con ella sus inquietudes, todo aquello que podría hablar con nadie más. Había sido una parte importante de su vida en un momento es que no tenía a nadie y estaba agradecido por haberla tenido a su lado. Cuando Claudia o alguna otra chica hacía comentarios como aquel, Lina se reía con la ingenuidad de quien no ve mala intención, e Iván se había acostumbrado a reírse también… no le quedaba más remedio, por otra parte. El mundo masculino del instituto, con sus chulerías y bravuconadas le estaba totalmente vedado, así que se tenía que conformar con aquel mundo femenino en el que lo peor que le podía pasar era sufrir alguna broma de mal gusto de vez en cuando. Tampoco era tan terrible, podía adaptarse a ello, o eso pensaba.

Algunas veces, sin embargo, le entraban dudas. Recordó aquella vez, poco antes de que su abuelo muriera, en que volvió a casa por la noche después de quedar con Lina. Su abuelo estaba sentado en su sillón, medio dormido, con el periódico sobre sus rodillas. Iván pasó por delante de él con cuidado para no despertarle.

—Lo tienes crudo, chaval—dijo su abuelo sin apenas abrir los ojos.

—¿Cómo? —preguntó Iván desconcertado. No era muy habitual que su abuelo hablara con él.

—En ciertos ambientes y circunstancias lo tienes crudo. Por eso un toro capado y sin cuernos sólo sobrevive entre vacas.

Su abuelo últimamente deliraba con frecuencia, por eso Iván trató de no hacer ni caso, pero aquellas palabras se le quedaron grabadas y pensó en ellas durante algún tiempo. ¿Eso era él? Un toro capado y sin cuernos que tiene que juntarse con hembras para sobrevivir. Sintió un escalofrío al pensarlo. Él podía tener cuernos si hacía falta, ya lo había demostrado defendiéndose de algún que otro idiota en el instituto. Y desde luego, no estaba capado.

Por todo ello, fue para Iván toda una revelación conocer a aquellos chicos hacía ya meses. Se quedó fascinado nada más verles y cuanto más les conocía, más le gustaban. Podían ser amanerados, maquillarse y llevar pendientes femeninos, pero al mismo tiempo eran duros, rebosaban seguridad en sí mismo y una sexualidad orgullosa y desbordante. Ninguno de los tres tenía pareja estable ni creía en eso y aunque Iván y JH en ese momento se llevaran especialmente bien y se enrollasen, JH también se morreaba con sus otros amigos de vez en cuando. Era como si no les importase nada, fumaban, bebían, decían tacos y se retaban a pulsos. De ellos estaba aprendiendo una forma totalmente nueva de ver la vida, le fascinaba la facilidad con la que eran capaces de ser tan machos siendo maricas. Iván había experimentado por fin la sensación de la camaradería masculina que le había sido negada en el instituto. Se sentía fuerte con ellos. A veces pensaba que de haberles conocido un par de años antes nadie se hubiera atrevido a meterse con él. Aquellos chicos grandes, musculados y seguros de sí mismos imponían a cualquiera a pesar del rímel, la melena rizada y los pendientes de mujer.

Después de conocerlos, Iván siguió quedando como siempre con Lina. El vínculo que tenían era fuerte después de tanto tiempo y, además, cada vez se juntaban menos con Claudia y con las chicas que traía ella, con lo cual Iván se sentía cómodo. Habló alguna vez a Lina de sus nuevos amigos y a ellos en alguna ocasión les hizo alusión a su amistad con la chica, pero sin profundizar mucho en ello. Nunca se planteó presentarlos porque le gustaba mantener las dos relaciones como mundos separados. Con Lina tenía aquella confianza especial, aquellas bromas y confidencias, mientras que con ellos se divertía y se sentía más cómodo, más seguro, más viril.

Sin embargo, fue aquel día en el parque lo que lo cambió todo. El fino codo de Lina puede que le golpease entre sus piernas, pero el golpe de verdad lo sintió en su mente. Todos aquellos pensamientos que de vez en cuando afloraban pero que él intentaba contener, se desbordaron de golpe. No sabría decir qué fue exactamente, pero diría que no fue el golpe en sí ni las risas de toda aquella gente, sino la poca importancia que pareció darle Lina. Incluso después de aquello, en los días siguientes, Lina insistía en que no había sido para tanto. ¿Golpear a un tío en los huevos no es para tanto? Quizá no si no es un hombre del todo. Esa sensación que Iván había tenido alguna vez, se hizo totalmente presente para él. Para Lina, él era como un ser sin sexo. Alguien que estaba ahí para hablar con ella, apoyarla y para hacerla reír cuando hacía falta, como una especie de muñeco. Un muñeco Ken que vestía bien, era apuesto y encantador… pero era un hombre de mentira sin nada debajo de sus ajustados pantalones. Durante días estuvo evitándola. De repente se sentía incómodo con su compañía. Sabía que ya no sería capaz de entender su actitud y pensó muchas veces en hablar con ella, que se lo debía después de tanto tiempo, pero realmente no sabría qué decir. Así que optó por intentar olvidarse de ella, una forma de huir algo cobarde, pero que le hacía sentir bien. Comenzó a quedar más con los chicos, se juntaba prácticamente todos los días con ellos en el pub. Al fue difícil, uno de los primeros días su móvil sonó varias veces, porque Lina no dejaba de llamar y al final tuvo que irse aparte y descolgar, pero cortó en cuanto pudo. Los chicos le preguntaron intrigados quién le llamaba tanto y él dijo que Lina. Ellos bromeaban a menudo sobre la gran cantidad de chicas que iban detrás de ellos quedándose frustradas y le preguntaron si era su caso. Él no supo qué decir, le supo mal mentir sobre algo así pero desde luego no les pensaba contar el vergonzoso incidente del parque, así que dijo que sí. Los tres rieron violentamente y le dieron palmadas en la espalda. Hicieron bastantes bromas sobre ello, dijeron que se iba a quedar con las ganas o que tenía que decirle que lo sentía pero que le faltaban ciertas partes para poder gustarle. Él se sintió incómodo, pero rio también.

Durante días no tuvo claro qué hacer con Lina. Aunque hubiera descubierto que estaba mucho mejor con sus nuevos amigos, era esa una forma fea de terminar una amistad. Un día sonó el teléfono y lo cogió. Lina parecía muy alterada, habló mucho y muy deprisa. Al parecer había estado contándole su problema a su prima Cat, a quien él conocía mucho de oídas. Le soltó un desordenado sermón sobre por qué no debía sentirse mal por aquello que pasó, que era irracional… mencionó muchos términos técnicos que no eran propios de Lina y que claramente había escuchado a su prima, pero hubo uno que le golpeó como una piedra “miedo a la castración”. Se supone que debía perderlo. ¿Era eso lo que pensaba Lina? Que perdiera el miedo a ser capado, que pudieran córtale los huevos sin que se quejara. ¿Así era como le querían todos? Eso era lo que le dijo aquel chaval bajito haría un par de años. Iván no lo olvidaba. Deseó que le cortasen los huevos. Y así era como le querían también Lina y el resto de chicas, sin huevos, como un muñeco Ken. Una chica se ve que solo puede confiar en alguien sin huevos, o sea, en otra chica o en un capado. Y él nunca podría ser una chica, ni lo quería, así que tendría que ser un capado. Y así le querían también todas aquellas personas del parque, que rieron como hienas cuando un codo se clavó en sus huevos. Y Lina decía ahora que él no debía darle importancia, ¿le diría eso también a cualquier otro chico? Una parte de él, la que intentaba seguir aferrándose a lo que hasta ese momento había sido su vida, intentaba calmarle, pero la otra estaba harta y deseaba liberarse, sentir que era él mismo y no lo que otros, incluyendo a Lina esperaban de él. No era un toro capado y no necesitaba esconderse entre vacas. Tenía huevos y le encantaba que JH se los acariciara. Le encantaba cuando se metían detrás del escenario, ya de madrugada, poco antes de cerrar y allí se desnudaban y se amaban con furia y él se sentía como un toro con unos huevos muy grandes que JH a veces le chupaba y se metía en la boca.

 Iván salió del lavabo y volvió al escenario encontrándose allí con una persona que no esperaba ver. Claudia estaba allí delante, hablando animadamente con sus amigos, a quienes parecía haber caído muy. “Claudia cae bien a todo el mundo…” pensó cierta sorna. Sintió algo de tensión, pues le preocupaba que supiera algo de su problema con Lina y que estuviera allí para hacer de intermediaria o algo así. No quería que sus amigos se enterasen de nada de aquello. Aquel era su mundo ahora. Aunque sintiese algo de pena por Lina, pensaba que ya era hora de pensar más en sí mismo y que al fin y al cabo Lina tenía a Claudia y a algunas chicas más. A lo que había venido Claudia era a invitarles a todos a una fiesta que iba a organizar en su casa uno de aquellas chicas argentinas que acompañaron a Lina a su casa aquel día.

—No conozco apenas a esas chicas, igual no es buena idea—intentó poner Iván como excusa. No le gustaba la idea, no quería juntar a sus amigos con aquella otra gente.

—¡Tranquilo! Es una casa enorme y con piscina, estamos invitando a todo el que podemos, muchos no se conocerán allí, pero hay espacio de sobra para todos y cada uno estará a lo suyo— dijo Claudia, muy persuasiva. Aquello pareció gustar a sus amigos. —Y a ver si consigues convencer a Lina para que venga, yo lo he intentado, pero no quiere, aunque supongo que a ti te hará más caso—. Eso tranquilizó a Iván, Claudia no sabía nada de sus problemas, eso era bueno.

Cuando Claudia se despidió y se fue, los cuatro chicos quedaron solos y los tres amigos de Iván parecían encantados con la idea de la fiesta, y sobre todo de la piscina. Iván no terminaba de estar convencido, pero suponía que no podía ir mal. Lo verdaderamente incómodo sería coincidir con Lina, pero al parecer no iba a ir… y por supuesto él no la iba a convencer.

IX

Lina se había resignado ya por completo a estar sola. Desde la visita a la casa de las argentinas, no había vuelta a hablar con nadie, ni por móvil ni en persona. No quería de momento saber nada de Claudia, ni de la gente que conocía… ni había vuelto tampoco a intentar hablar con Iván, ya lo daba por imposible. Aun así, esperaba que pasara algo, que se arreglara de alguna manera. Había sentido ganas varias veces de ir a su casa y esperar allí, pero una parte de ella le decía que no. Posiblemente lo único sensato que le dijo Claudia fue que no se arrastrase. Pero si hubiera alguna forma… si se le encontrase alguna vez por casualidad… Como ya no le quedaba nadie más con quien hablar, había empezado a hacer algo que le parecía bastante vergonzoso, entraba en foros de internet que conocía y abría hilos contando la historia, para ver qué consejos le daba la gente, pero dejó de hacerlo enseguida. Era más de lo mismo de lo que le habían dicho todos… unos que hablase con él, otros que le mandase a la porra y más de uno que sencillamente se reía o bromeaba preguntando si había dejado estéril a su amigo.

Lina se tumbó en la cama, miró al techo y empezó a imaginar lo diferente que hubiera sido ese verano si todo hubiera transcurrido de otra manera. Se imaginó tener Iván a su lado en aquel momento, en su habitación, como tantas veces, sin hacer nada en concreto y hablando de chorradas. Se imaginó a sí misma aquella tarde en el parque, frente a todas aquellas personas, haciendo el idiota. Se imaginó las risas de todos por algo que había pasado, a ella misma dándose la vuelta y viendo a su amigo reír a carcajadas mientras se llevaba las manos a la entrepierna, a ella abrazándole entre risas y los dos volviendo juntos a casa mientras recordaban la anécdota riéndose.

El teléfono la devolvió a la realidad. Era Claudia. Pensó no cogerlo, pero al final cedió. La voz de Claudia sonaba tan alegre como siempre.

—¡Hola! Oye, mira, me siento un poco mal por lo que pasó el otro día, siento ser tan bocazas, de verdad… y esas tres no se lo tengas en cuenta. No hace falta que me lo agradezcas, pero he pensado hacerte un favorcito para compensar… ¿te acuerdas que hoy es la fiesta en casa de Flor? Pues me dijo que como conozco a tanta gente, que me encargase yo de invitar… ¿y a que no sabes a quién invité? ¡Exacto, tu amiguito del alma! No te avisé antes porque no estaba segura de que fuera a venir, pero veo que acaba de llegar. Ya sé que Flor y las otras no te caen bien, pero no tienes ni que verlas si no quieres, aquí hay mucha gente… y por fin tendrás ocasión de hablar con ese a la cara y ver si lo puedes arreglar. Estaremos aquí hasta tarde, ¡pásate cuando quieras! ¡Y no olvides el bañador!

Lina no fue muy efusiva al darle las gracias a su amiga y despedirse, pero el corazón le latía a mil por hora. Eso era justo lo que estaba esperando. Por fin vería a Iván cara a cara… le daba un poco de miedo qué pasaría, pero creía que era algo muy bueno. Coincidirían aparentemente de casualidad, en un entorno relajado, en esa casa tan grande había un montón de rincones y podría hablar con calma. Por primera vez sintió una oleada de optimismo. “Todo iba a salir bien”, pensó, “por fin”.

De un salto, fue al armario a buscar su bañador, se puso encima de él unos vaqueros y una camiseta y fue para allá casi corriendo. Sentía la misma emoción que el día antes de Navidad cuando era pequeña. No tardó en llegar a la casa, la puerta estaba abierta y seguía entrando gente en ese momento. Se paró frente a ella, cogió aire y entró. Atravesó el enorme salón y salió hasta el jardín. La última vez no tuvo ocasión verlo, pero era cierto que era espectacularmente grande y daba la vuelta a toda la casa, la piscina era muy grande, pero había tanta gente allí que estaba casi llena. En previsión de eso, habían colocado alguna que otra piscina desmontable repartida por el inmenso jardín. No tenían mucha capacidad, pero cumplían su función y se formaban pequeños grupillos dentro de ellas.

Lina vio a Iván en una de esas piscinas, al fondo del jardín. El chico estaba fuera de la piscina, apoyado de espaldas sobre ella, con los brazos descansando sobre el borde, mientras tenía la cabeza girada para hablar con los otros tres chicos que estaban dentro. Lina comenzó a acercarse, recorriendo los aparentemente interminables metros que los separaban. Por la familiaridad con la que parecía estar hablando y riendo Iván con aquellos chicos, dio por hecho que serían sus nuevos amigos. “Vaya, eso no me lo dijo Claudia”, pensó Lina, que hubiera preferido encontrarlo solo. Iván vestía solo un pequeño bañador negro, lo que contrastaba con su piel blanca y lampiña, y muy ajustado, marcando claramente todo el contorno de sus genitales. Lina continuó avanzando hacia él, pero parecía tan entretenido en su conversación con uno de los chicos que no la veía venir. A Lina le pareció incongruente el aspecto del chico con el que Iván estaba hablando, que en ese momento se encontraba de pie dentro de la piscina, con rasgos femeninos y pelo rubio y rizado con permanente como el de una mujer, pero con músculos bien marcados y brazos tatuados. Los dos chicos reían, los otros dos parecían también decirles participar en la conversación, sentados en el interior de la piscina detrás del de los rizos. Iván tenía un aspecto relajado, mientras reía apoyado en la piscina desmontable, se tocaba el pelo distraídamente con la mano, revelando una axila con poblado vello negro como el de su cabeza, que destacaba sobre su piel clara.

Iván no vio a Lina hasta que la tuvo justo frente a él, su cara entonces se transformó, dejando de reír de inmediato. Sintió una punzada de pánico al tener delante de sí a su amiga, que intentó disimular con una sonrisa fingidamente despreocupada.

—Hola, Iván… ¿podemos hablar a solas? —dijo Lina con voz insegura.

Iván no sabía cómo reaccionar, lo último que esperaba era ver allí a Lina. Claudia le había asegurado que no iría. ¿Qué hacía allí? Sintió también un punto de rabia ante aquello que parecía una intrusión. No quería que se arruinara el buen ambiente que había con sus amigos, así que trató de hacer que se fuera.

—No hay nada de qué hablar, Lina… déjalo ya—dijo fingiendo tranquilidad mientras evitaba mirarla a la cara.

Aquellas palabras golpearon a Lina como una bofetada. Por teléfono era una cosa, pero en persona aquella frialdad, aquella indiferencia de su mejor amigo la hirieron como no esperaba. Durante unos segundos no supo ni cómo reaccionar, intentó mover los labios para decir algo, pero no le salían las palabras.

—Iván, yo… no sé ya qué hacer para que volvamos a estar bien, has estado siempre ahí y… eres muy importante para mí—acertó a decir entre balbuceos, sin apenas pensar en lo que decía, pero intentando conmoverle.

Los amigos de Iván se miraron entre sí en ese momento y comenzaron a sonreírse entre ellos. Los dos de atrás parecieron decirse algo al oído y reprimieron una risa, mientras el musculado del pelo con permanente se volvía para mirarles a ellos y sonreía también a Iván. Que no sabía ni dónde mirar. Lina miraba intermitente mente a su amigo y a los chicos, con el rostro cada vez más tenso por el dolor, la vergüenza y la rabia.

Mientras tanto, Claudia contemplaba la escena desde un lateral. Estaba recostada al sol en una tumbona, con un bikini de rayas blancas y negras, y unas gafas de sol tan grandes como las que llevaba normalmente. Había invitado a todo tipo de gente. Tumbadas en toallas en suelo, junto a ellas, estaban las mismas chicas de pendientes de aro que estuvieron en el parque la tarde que empezó aquel pequeño drama cuya conclusión estaba siguiendo con atención. Un rato antes, cuando Iván llegó con sus amigos, una de las chicas preguntó a Claudia sin disimulo:

—¡Hostia! ¿ese no es el de los huevos?

A lo que Claudia asintió sonriendo. Desde ese momento, las chicas no quitaron ojo de encima a Iván y sus amigos, entre cuchicheos y sonrisas, y ahora parecían especialmente intrigadas por la escena con Lina.

Claudia no perdía detalle. Desde su privilegiada posición, podía ver a la pareja de perfil justo frente a ella, analizando cada movimiento. Iván continuaba apoyado en la piscina, tratando de fingir naturalidad, aunque se le veía cada vez más tenso e incómodo. Evitaba a toda costa, “cobardemente”, pensó Claudia, el contacto visual directo con Lina, que parecía a punto de derrumbarse. Visto de perfil, el prominente bulto de su entrepierna resaltaba aún más en su cuerpo delgado y se notaba más la diferencia de altura. A Claudia se le ocurrió una posibilidad divertida y rio para sí.

Lina no podía creer lo que estaba ocurriendo. ¿A qué se debían aquellas miradas y sonrisas cómplices entre los chicos? Esos murmullos y risas contenidas… Iván miraba en todas direcciones menos a Lina. Fijaba sus ojos en el suelo, miraba a lo lejos o dirigía un rápido vistazo a sus amigos, devolviéndoles alguna sonrisa, no sin cierta incomodidad. El de la melena rizada miraba en ese momento a Lina como si estuviese viendo algo gracioso, con una amplia sonrisa que revelaba todos sus dientes, todos iguales, perfectos, pero algo grandes para aquella boca. Lina pensó que tenía sonrisa de caballo. No podía creer lo que estaba pasando. ¿Aquellos chicos se estaban riendo de ella? ¿qué significaba aquello? ¿habría estado Iván hablándoles de ella? ¿criticándola? ¿qué pudo decirles? ¡Ella siempre se había portado tan bien con él! No podía tener quejas… ¿se habría inventado algo? Todas aquellas ideas estallaban violentamente en su mente, como si fuera una tormenta. Nunca se había sentido tan avergonzada. Iván estaba ignorándola, apenas la miraba… mientras sus amigos se reían y él les sonreía. Aquello le pareció tan inconcebible y humillante que no pudo soportarlo y rompió a llorar. Intentó reprimir el ruido del llanto, pero su cara se puso roja. Intentó taparse la cara por la vergüenza, pero eso solo hizo que llamara más la atención. Los pequeños grupos que había alrededor, se volvieron a mirar, lo que hizo que más gente se diera cuenta de la situación y mirase en esa dirección también.

Iván se quedó paralizado al ver el llorar a Lina. Las sonrisas de sus amigos comenzaron a apagarse a medida que el llanto de la chica se fue volviendo más y más desconsolad. Y, sobre todo, al ver que se empezaban a convertir en el centro de atención. Pronto, prácticamente todos los asistentes, miraban con curiosidad, unos con más disimulo y otros con menos, esa escena en la que aquella chica bajita lloraba desconsolada delante de aquel chico, que parecía fingir indiferencia. Se empezaron a producir murmullos de curiosidad entre los grupos de invitados. “¿Problemas de pareja?”, susurró alguno. “No creo, él se estaba dando el lote con uno de esos chicos hace un rato”, murmuraba otro. “Quizá haya sido ese el problema”, apostillaba un tercero. Lina tenía a toda aquella gente detrás y permanecía totalmente ajena a la curiosidad que estaba suscitando, pero Iván los tenía delante y supo que tenía que hacer. Aquella situación se había descontrolado mucho más de lo que hubiera querido. Tenía parar de alguna manera aquel numerito, aquello iba a arruinar la tarde con sus amigos… y también pensó que se lo debía a Lina. Hasta ese momento no había sido del todo consciente de lo que estaba sufriendo. Había buscado excusas para no pensar demasiado en ello, le había restado importancia, había pensado primero en sí mismo. Por primera vez, miró directamente a su amiga. La vio allí plantada, delante de él, parecía más pequeña y frágil de lo que él la hubiera visto nunca, se intentaba tapar su cara enrojecida por el llanto con la mano izquierda, mientras su otro brazo colgaba inerte en su costado, abriendo y cerrando el puño compulsivamente, como si estuviese sufriendo una crisis. Iván supo que debía hacer algo para consolarla, se lo debía. Dejó de apoyar su espalda en la piscina, se irguió y se acercó un paso a ella. Después de dudar un instante, le posó la mano en el hombro.

Claudia debió ser la única que vio venir lo que estaba a punto de pasar, llevaba ya un rato valorando la posibilidad y en ese momento lo vio claro, sintiendo un cosquilleo en el estómago como el de quien ve un tren a punto de descarrilar.

—Ahí va los huevos, ahí va los huevos…—susurró para sí.

Lina en ese momento no podía ni pensar. Tanto tiempo de amistad, tantas experiencias, tantos momentos, toda la confianza que tenía puesta en su amigo, rota en un instante. Se sintió humillada y ridiculizada. Todas las personas que le dijeron cosas que ella se negó a admitir durante los días anteriores, acabaron teniendo razón. Recordó a su prima diciéndole que debería buscarse otra nueva mejor amiga. Recordó a Claudia diciendo que quizá Iván fuera su mejor amigo, pero ella no fuera lo mismo para él. Sintió una rabia incontrolable. En ese momento le hubiera gustado volatilizarse, desaparecer por completo de allí. Cuando notó la mano de Iván en su hombro, sintió como si un fuego fuese a quemarla por dentro. No quería volver a saber nada más de él nunca más y, a ser posible, tampoco de ninguno de los que estaban allí. Su mano derecha dejó de abrirse y cerrarse compulsivamente, se cerró con fuerza formando un puño y lo lanzó hacia arriba lleno de ira, sin apenas pensar, sin ninguna intención en particular. El puño pudo haber subido hasta golpear la mano que Iván acababa de colocar en su hombro, podría incluso haberse golpeado a sí misma o podría haber golpeado simplemente el aire… pero alcanzó de lleno el abultado paquete de Iván.

El puño venía en trayectoria ascendente con incontenible fuerza, Iván ni siquiera lo vio venir. Al golpear su entrepierna desde abajo, impactó directo en sus testículos, aplastándolos brutalmente contra la ingle. Iván aulló de dolor y cayó de rodillas al instante, agarrando sus doloridas partes viriles con ambas manos. Todos los asistentes estaban observando y se sobresaltaron al unísono. Los tres amigos de Iván, desde el interior de la pequeña piscina, pusieron una exagerada mueca de sorpresa y dolor. No tardaron en empezarse a oír las risas de algunos invitados. Flor y sus dos amigas, que habían contemplado la escena desde lejos, dentro de la piscina principal y apoyadas en el borde, se miraron entre sí mientras reían y fruncían el ceño. Las chicas de los enormes pendientes de aro, junto a Claudia, rieron con violentas carcajadas. Y la propia Claudia arrugó el gesto con desagrado. Lina permanecía ajena a todo aquello, ni siquiera era del todo consciente de lo que había pasado, solo quería desaparecer. Se dio la vuelta inmediatamente y salió de allí a grandes zancadas mientras la multitud observaba a Iván. Solo sentía dolor.

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