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—Hombre, nos volvemos a ver vecina. —Llega hasta donde estamos, sonriendo.— Vaya, ¿averiado? ¡Qué lástima! —por su actitud parece no sorprenderle que esté averiado. ¿Ya lo sabía? ¿O esa reacción es fruto de la simple presencia de ella?

Mi madre ve como no puedo abarcar todas las bolsas. Sin contestarle a Don Fernando —está bien hijo, déjame coger alguna bolsa y subamos por las escaleras, pero rápido que llego un poco tarde —la presencia de Don Fernando hace que su cara se vuelva otra vez muy seria.

Sin embargo, el viejo se aproxima a nosotros—o te ayudo si quieres vecina —e intenta coger una de las bolsas que tiene ella.

—No gracias. Mi hijo y yo ya podemos—evita que coja la bolsa de su mano.

Ella se fija en qué lleva él en las manos. Sostiene una única bolsa, pero para su sorpresa, dentro de ella ve que hay unas 6 lastas de comida de gato… ¿Qué significa eso?

—Venga vecina. —sonríe —¿acaso crees que no soy un caballero y no ayudo a las señoritas? —dice intentando parecer amable.

—No soy ninguna señorita Don Fernando.

—Vámonos mamá —digo aturado con tantas bolsas. Mi único objetivo es salir de ahí lo antes posible y alejar a mi madre de ese indeseable.

Pero en el momento que nos encaminamos hacia las escaleras, Don Fernando introduce dos dedos por el asa de una de las bolsas de mi madre.

—Insisto.

—¡Deje la bolsas! ¡Yo puedo!— Grita, aunque se reprime un poco. Ella no quiere dar el espectáculo delante de mi. Aún así no puede evitar mirarle con cara de malas pulgas, en silencio.

Ella nota sus dedos en contacto con los dedos de él. El cual al mirarlo solamente observa una sonrisa.

—¡Deja a mi madre! —digo en mitad de las escaleras.

Para no armar un escandalo delante de mi, ella baja el tono, respondiendo.

—Don Fernando, usted ya está mayor y ya tiene bastante con lo suyo. Venga déjenos que tenemos prisa —yo lo observo todo, pero algo me impide actuar con decisión. Solamente puedo asistir y ver como mi madre intenta deshacerse de ese hombre. Veo como la bolsa la tienen cogida entre los dos. Veo como sus dedos tocan con los suyos e imágenes del último encuentro empiezan a volver a mi cabeza.

—Vamos, soy un caballero Alejandra.

Ella al dase cuenta que su mano en contacto con la del viejo, su acto reflejo es mirarme y se da cuenta de que les estoy mirándolos. Como acto reflejo, aparta esos dedos del asa de la bolsa, ahora es él quien tiene la bolsa cogida. Se le nota el gesto de querer recriminárselo, pero no quiere armar un escandalo y ella sabe que ese viejo es capaz de hacerlo. Un suspiro de hace que se aparte de él, lo mira con condescendencia y empieza a subir las escaleras.

—Está bien, pero dese prisa, tengo que irme enseguida —dice dejándolo atrás —vámonos hijo, subamos rápido —yo al ver a mi madre como le deja la bolsa al vecino, trago saliva y me maldigo por dentro por no haber actuado y haberla ayudado. Ella parece visiblemente afectada mientras se pone a mi altura.

Don Fernando observa a mi madre mientras sube las escaleras, mirándole la silueta que le marca esa falda roja que tan bien le queda. Coge la bolsa y se encamina detrás de nosotros.

—Tranquila vecinita, te la subo enseguida —dice mientras sube el último.

—ALEJANDRA, SEÑORA ALEJANDRA. —dice a mi lado mientras suben, girándose un momento a contestarle.

Yo la miro, ¿cómo es posible que este viejo pueda sacarle tanto de sus casillas? Realmente lo odia. En los días posteriores a que llegara a ver a mi madre en ese posición junto a Don Fernando, llegué a pensar varias veces en la posibilidad de si fue ella la que lo hizo por decisión propia. Siempre he rehuido de ese pensamiento, pero no dejaba de atormentarme esa posibilidad. Estas acciones me dejaban claro que me estaba equivocando.

—Venga, sube hijo — su frase me saca de mis pensamientos, mientras ella empieza a subir las escaleras detrás de mi con una bolsa.

—S-sí mamá… —Empiezo a subir mientras ella me sigue a dos escalones.

Don Fernando, con mas dificultad por su físico está subiendo a unas cuantas escaleras de distancia de Alejandra. Ella no se gira a mirarlo, no quiere hacerlo.

—Alejandra, un momento.—Visiblemente sudado, aminora su ritmo. 

Ella se gira y lo ve. Ve como se sienta en una escalera. Su camiseta verde empieza a estar sudada.

—¿Qué le pasa? Anda deme la bolsa y vaya a su piso. Allí podrá descansar —le contesta mientras se para y se gira hacia él con la intención de cogerle la bolsa.

Esta interrupción hace que me pare a unos 5 o 6 escalones por encima de ellos.

—Tranquila Alejandra, solo necesito descansar un momento.

Ella lo observa, esperando unos instantes mientras me oye decir. —¿Mamá? ¿Donde estás?

Ella gira su cabeza hacia arriba. —Aquí estoy hijo. Un momento que Don Fernando no puede con su vida. Espérame.

—¿Bajo?

—Nono, cojo la bolsa y subo. Un momento. —dice alzando la voz, comunicándose conmigo. Vuelve a girarse a Don Fernando, que está sentado en la escalera. Se está secando la frente con su camiseta. Es inevitable que ella no vea un poco su barriga mientras lo hace. Intenta quitar esa imagen de su mente. Una barriga llena de pelos, mojados debido al sudor.

—Venga Don Fernando, deme la bolsa. Mejor váyase a su casa y échese un poco en la cama —le contesta con intención de coger su bolsa.

—Estoy bien vecina, no te preocupes —se resiste a darle la bolsa. No la suelta. —Te dije que te iba a ayudar, ¿no?

Ella aún no puede quitar de su mente esa barriga sudorosa. Mientras le contesta con una reprimenda.—Pues vaya ayuda es usted…

—¿Por qué no te sientas aquí y me haces compañía? —con descaro, el viejo aprovecha cualquier situación para tensar la cuerda. Ella lo sabe, y por primera vez actúa con calma. Sabe que si le contesta mal, estará jugando a su juego.

—Tengo prisa y no estoy para monsergas.

—Está bien, está bien… Anda, ayúdame a levantarme… —dice mientras le ofrece su mano.

—Ya se levantará solo. Seguro que puede —dice sin hacer caso a esa mano que pide ayuda.

—¿Mamá?

—¡Ya subo! —dice alzando la voz.

—Mire Don Fernando, haga lo que quiera, pero yo tengo prisa y mi hijo me está esperando. No quiero hacerle esperar más.

—Ahora cuando me recupere te subo la bolsa.

Pero ella no quiere dejarle la bolsa, aunque no puede esperar mucho más. Sabe que no le va a dejar que se lleve la bolsa. —Por favor, deje estar la bolsa ya. Sino, mandaré ahora a mi hijo a que la coja.

—Vamos ayúdame y la subo. —Don Fernando sigue ofreciéndole la mano. Quiere tener contacto con ella, quiere que ceda. Quiere tensar la cuerda.

Sin embargo, y ante su sorpresa, Alejandra se gira y deja a Don Fernando allí tirado, sube las escaleras hasta encontrarse conmigo. Yo la veo subir hasta que llega a mi altura, no me mira prácticamente y yo sé que es un momento delicado para ella. se le nota tensa, se lo nota que no está para bromas.

—Venga, sube.

—¿Y la otra bolsa?— digo al verle solo con una.

—La tiene él. Cuando llegue el Don este le coges la bolsa y guardas las cosas. Me voy al trabajo que llego tarde —ambos subimos por las escaleras hasta que llegamos a casa y dejamos las bolsas en la cocina.

—¿Puedes encargarte de guardar todo, cariño?

—Sí, no te preocupes mamá.

—Me voy pitando que llego tarde —me dice mientras me da un beso en la mejilla.

—Qué tengas un buen día mamá.

—Gracias, nos vemos luego.

Ella recuerda que tiene que bajar las escaleras. Por suerte, y si todo va bien, él no estará allí y podrá irse a trabajar. Dentro de lo que cabe no le importa no tener esa bolsa. Sin embargo, cuando baja, lo ve en el mismo sitio, en la misma posición. Alejandra se pone histérica, pero disimula.

Él la ve llegar. Sonríe. —¿dónde vas con tanta prisa?

Ella lo ve sudado. Con la camiseta sudada. 

«A ver si ahora este se muere aquí de un infarto.»  piensa al verle en ese estado. —¿Qué le ocurre?

Sin contestarle, vuelve a ofrecerle la mano, ¿en busca de su ayuda? No lo creo, seguramente en busca de su contacto.

Ella lo mira, mientras piensa. «Joder, no puedo negarle la ayuda… está fatal…»

—¿Has venido a ayudarme?

Le coge la mano e intenta levantarlo sin decirle nada. Pero ella se da cuenta de que con una mano no puede levantarlo. «No puedo dejarlo aquí así, si le da algo…» piensa. 

—Venga, ponga algo de su parte Don Fernando —no puede levantarlo, no tiene fuerzas suficiente.

Poco a poco consigue incorporarlo, mientras piensa «Joder con el asco que me da, pero no es más que un pobre viejo demente…». 

Sin embargo, ella nota el contacto de sus dedos con los suyos… Intenta no pensar en ello…

—¿Ve como si puede Don Fernando?

—Gracias cariño, sabía que volverías a por mi.

—No se equivoque, nos hemos encontrado porque tengo que irme a trabajar y el ascensor está averiado, no lo olvide. Venga cójase fuerte. —Le dice mientras piensa «Joder que sudado está, como huele… Pero no puedo dejar una persona así en este estado por mucho asco que me dé..»

Él se incorpora del todo. —Gracias cariño —le contesta una vez incorporado, intentando que sus manos y las suyas sigan en contacto…

Ella lo suelta, mientras le pregunta.—¿Cree que puede llegar solo a su piso Don Fernando?

—Por supuesto cariño. Muchas gracias. Estás guapísima —dice mirándola de arriba abajo.

—Me voy a trabajar Don Fernando, tome su bolsa. —Dice dándole la bolsa con las latas de comida de gato. «Aún en su lecho de muerte, mirará como un cerdo..». Piensa al verle como la mira de arriba abajo.

—Llevábamos muchos días sin vernos…

—Tome su bolsa. Tome.

Pero él no la coge aun.

—Tengo prisa Don Fernando, tengo que irme. —dice mientras hace el gesto de pasar a su lado para seguir descendiendo los escalones. Sin embargo, Don Fernando pone la mano entre tu paso y la pared e impide que siga bajando las escaleras.

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