ALMUDENITA

1

Sara por un momento se sintió incómoda… A cuatro patas, sobre su cama, con la camiseta aún puesta y las braguitas en sus rodillas. Así, a cuatro patas y con Álvaro saboreando su sexo.

Solo un par de horas antes estaban sentados en el restaurante, rememorando viejos momentos vividos y pequeñas aventuras. Hacía tiempo que no se veían… tal vez demasiado. La vida los había separado en plena juventud y con el tiempo se volvieron a encontrar. Y ahí estaban, sentados al sol, entre sonrisas, un buen vino y mejor compañía.

Habían quedado para almorzar, que no era tan romántico como cenar. Y Sara intuyó que Álvaro estaba ocultando este encuentro a su mujer. A ella le dió igual. Ya hacía tiempo que se había separado y ella no tenía explicaciones que dar ni cuentas que rendir.

Una cosa llevó a la otra. Y finalmente habían acabado en casa de Sara para tomar un último café. Entre ellos había mucha “tensión sexual no resuelta”… De jóvenes se habían besado, tal vez acariciado medio desnudos. Pero poco más. Su juventud e inexperiencia dejaron algunas cuentas pendientes. Pero en esta soleada tarde se iban a saldar todas juntas.

Al llegar al piso se abrazaron, se besaron, sus manos buscaron sus cuerpos debajo de la ropa y finalmente habían acabado en la cama. Ella a cuatro patas, medio desnuda y él, como un perro en celo, oliendo su sexo, lamiéndolo, degustándolo…

Si estaba casado, que más daba. Sara no pensaba ni sentía más allá de ese momento que había soñado a veces, esperado otras.

Álvaro se paró y se levantó. Sara con los ojos cerrados sitió como la ropa de su amante caía al suelo. Sintió también la humedad en su sexo y sus muslos. Esa dulce mezcla de sus propios flujos y la saliva de su amante casi chorreaba por sus muslos. Aún estaba con los ojos cerrados y la respiración entrecortada cuando sintió que Álvaro acariciaba su espalda y le dijo con voz firme: “Ahora me toca a mí”.

Su amante se tumbó sobre la cama, desnudo. Sara le observó por un momento. Tal vez lo recordaba más delgado, más joven, pero su polla le resultó grande y jugosa. Su atención se centró en ese miembro, que era todo para ella. Comenzó a pajearlo con suavidad, con una mano, y con la otra acariciaba con suavidad sus pelotas.

Las caricias y la visión de Sara arrodillada frente a él, a Álvaro le resultó tremendamente morbosa y excitante. Su pelo rubio, sus gafas de montura oscura y sus braquers, le daban a Sara un aire de Lolita caliente. Además, con el movimiento de sus brazos se intuía el movimiento de sus senos desnudos bajo la camiseta. Le habría gustado ser más tierno, tal vez más romántico, pero no pudo evitar agarrarla del pelo y acercar su polla a su cara y meterla en su boca. Sus labios rojos besaron la roja cabeza de aquel miembro con suavidad. Después mordió levemente esa polla y finalmente, con la presión de las manos de Álvaro entró hasta el fondo. Sara se resistió un poco, necesitaba tal vez un momento par engullir todo aquello, pero llevado por la excitación, el amante acabó por agarrar su pelo con ambas manos y hacerla que se tragase todo su miembro… “Hasta la empuñadura”.

Sara se sintió más mojada aún, se sentía dominada, querida y deseada y eso despertaba hasta su más oscuro deseo… Chupó, chupó y tragó todo lo que pudo y más. Con una mano acariciaba las pelotas de su amante y con la otra acariciaba su sexo con ansia y pasión.

Durante unos momentos la habitación se llenó de los gemidos de él y de los atragantos y gemidos callados de ella… Sara paró y miró a Álvaro: “fóllame”, le dijo limpiando las babas y fluidos de su boca y barbilla.

Ella se tumbó boca arriba esperando a su amante con las piernas abiertas, pero él optó por voltearla y ponerla de nuevo a cuatro patas… Pensó: “Te voy a follar como una perra” pero le pareció demasiado decirlo en voz alta. Y sin dudarlo ni un momento se arrodilló tras de ella, agarró sus generosas caderas y le clavó la polla en su más que húmedo coño de una sola envestida. Comenzó a follársela sin piedad, empujando, apretando su polla en su interior. Se agachó sobre su espalda y con una mano agarró sus pechos que “cantareaban” con los empujes de su amante y con la otra comenzó a acariciar su clítoris… Sara hacía tiempo que no “follaba” y todo aquello le hizo correrse rápidamente, exhalando un profundo gemido y arqueando su espalda cuando alcanzó el orgasmo.

Álvaro se paró por un momento… Y Sara le dijo: “en el cajón de la mesita”… Álvaro dudó por un momento y ante la duda de su amante, Sara añadió: “En el cajón, hay lubricante… fóllame por el culo. Quiero que te corras ya”. Álvaro extendió una buena capa de lubricante sobre su miembro que aún se endurecía más ante la visión de aquel ojete que le estaba esperando, prieto, solo para él. También se dedicó por unos momentos a lubricar aquel agujero. Repitió la operación, cogió a Sara por las caderas y esta vez, con más cuidado, con cariño, penetró su culo hasta que pudo insertar toda su polla en aquel apretado orificio. Sara, con una mezcla de cansancio y dulce dolor, decidió acelerar el proceso y apretó con ímpetu su ojete y aceleró sus movimientos. Era ella la que mantenía el ritmo de la cabalgada. Se agitaba con fuerza adelante y atrás y apretaba su culo hasta que sintió un cálido lecharazo en su ojete. Álvaro no gimió… se quedó agarrado a las nalgas de su amante con la cabeza arqueada hacia el techo y los ojos en blanco… Finalmente ambos amantes quedaron tumbados en la cama. Sara sintió el cálido abrazo de Álvaro lleno de ternura y al tiempo el chorro de semen que chorreaba desde su ojete por su culo.

Álvaro, con la respiración entrecortada, solo alcanzó a decir: “¿Nos vemos la semana que viene?

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