GABRIEL B

Dicen que cuando uno muere, recuerda los detalles más significativos de su vida, como si se tratara de una película. Ese domingo por la tarde no me morí, sin embargo, un montón de imágenes se agolparon en mi cabeza. La mayoría de ellas, relacionadas con ella, con Anastasia. Mamá zambulléndose en una piscina de un hotel en San Luis. Llevaba un bikini verde, y todos los huéspedes que se encontraban alrededor, se habían dado vuelta a mirarla. Mamá en cuatro patas, con el pomposo culo levantado, buscando algo que se había caído debajo del mueble del televisor. Mamá vestida con un conjunto de ropa interior blanca, limpiando la casa, moviendo su exquisita figura de aquí para allá. Mamá duchándose, mientras yo escuchaba cómo frotaba el jabón en su hermosa piel desnuda. Mamá con el vestido negro que le había regalado Julio, caminando por la calle, despertando la lujuria de todo el que se la cruzara, incluso la mía. Mamá debajo de Miguel, mientras él la cogía…

                La apuesta se nos había ido de las manos. Miguel me había desafiado a que no podría besarle el culo a ella, sin hacer que se despierte. Me subí a la cama torpemente, creyendo que iba a resultar fácil hacerlo. Después de todo, al primo le había salido a la perfección. Había saboreado el hermoso culo, y hasta se había dado el lujo de darle un largo beso negro. Ella había dormido con una pastilla de clonazepam, así que su sueño era extremadamente profundo. Entonces no había nada que temer ¿cierto?

                Me subí a la cama. Ya desde el principio tendría que haberme dado cuenta de que, a diferencia de Miguel, yo había hundido mucho el colchón, pues mi peso no estaba bien distribuido. Pero en ese momento no pensé mucho que digamos.

                Levanté el camisón y me encontré con los macizos glúteos de Anastasia. Ahí estaba lo que tanto quería. Lo tenía a centímetros de mi vista. Hasta creí poder ver los poros de esa tersa piel. Una de las nalgas conservaba la humedad que había dejado el primo cuando la lamió. Así que besé la otra. Se sentía agradable, pero no era lo que esperaba. Para saborear realmente ese tremendo ojete, debía usar la lengua. Así que así lo hice.

                Lamí el glúteo todo a lo largo, dejando también una huella de saliva. La lengua se deslizaba lentamente por esa superficie circular. La piel era tibia y suave, y sabía levemente salado. Era lo más rico que había saboreado en toda la vida.

                Totalmente dominado ya no solo por la lujuria, sino también por la locura, me dispuse a correrle a un lado la tanga, para practicare un inevitable beso negro, tal como lo había hecho el primo. El sagrado agujero de su orto estaba al alcance de mis manos.

                Y ahí fue cuando todo se fue a la mierda. Porque al usar la mano para correr la tanga, ahora quedé apoyado en un solo brazo. Perdí el equilibrio, y si bien no caí de costado, hice un movimiento lo suficientemente brusco como para que la cama se moviera, generando que el cuerpo de Anastasia se hamacara.

                Entonces la escuché. Esa voz representaba el fin de algo que apenas había empezado. No tuve tiempo de meditar, ni de hacer nada. Sólo me aparecieron en la mente todas aquellas escenas en donde había visto a Anastasia con ojos con los que no debería haberla visto. Luego me envolvió un oscuro miedo.

— ¿Qué? ¿Qué pasa? —Había preguntado mamá.

                Ella estaba de costado, y yo todavía con mis labios a centímetros de su apabullante orto. Luego giró, para ver qué sucedía.

                Y entonces sucedió lo impensable.

                Sentí una fuerte mano apoyarse en mi hombro, empujándome hacia atrás. Miré al costado. El primo se subía a la cama. Todo ocurrió en una fracción de segundo. Cuando Ana estuvo a punto de girar lo suficiente como para verme, él la detuvo, apoyándole una mano en la cabeza.

— No aguantaba las ganas de cogerte —dijo, al tiempo que me empujaba con los pies, para que termine de salirme de la cama.

                Los movimientos que hacíamos, tanto yo al bajar, como él al subirse encima de mamá, eran muy bruscos, por lo que temía que se diera cuenta de que no era Miguel el único en la habitación. Pero por suerte, si bien ella se había despertado, la pastilla la había dejado en un estado tal, que parecía más dormida que despierta.

— No, ahora no. Estoy muy cansada. Por favor… —murmuró.

                No pude evitar sentir pena por ella. Pero no pensaba hacer nada al respecto, más bien al contrario. En ese momento Anastasia no sólo se había convertido en víctima del primo, quien se la iba a coger fuese como fuese, sino también de mí, quien tenía muchas ganas de ver de cerca nuevamente cómo se la culeaban.

                Miguel se encargó de que mantuviera la cabeza pegada a la almohada, con la vista en dirección opuesta a donde me encontraba. Yo estaba en cuclillas, a un costado, preparado para meterme debajo de la cama si fuera necesario.

De un solo movimiento agarró la tanguita blanca, y en lugar de quitársela, la desgarró, convirtiéndola en hilachas.

— ¡No! Tito está en casa. Ahora no podemos —se quejó ella.

— Tu hijito está viendo la tele abajo. Dale… uno rapidito —pidió Miguel, aunque no esperó respuesta. Se bajó el pantalón y liberó su poderosa verga. El imponente instrumento estaba todo colorado y con las venas marcadas. Luego pareció darse cuenta de que algo lo molestaba. La tela desgarrada estaba en su mano. La tiró hacia donde yo estaba. La agarré en el aire. Sería un lindo recuerdo de esa tarde calurosa.

— Entonces no tardes. Por favor, uno rápido y ya —dijo mamá, pronunciando las palabras con torpeza, como si tuviese que meditar antes de pronunciar cada palabra.

                Su cuerpo estaba inmóvil. Por un momento creí que se había quedado dormida nuevamente. Pero cuando el primo arremetió, metiéndole la mitad de la poronga de un solo movimiento, su espalda se arqueó y soltó un gemido.

                Mamá sólo vestía ese camisón, y su culo estaba al aire, mientras era penetrada salvajemente por su sobrino.

— Despacio, estamos haciendo mucho ruido —se quejó, pero como única respuesta, el primo le dio una fuerte nalgada.

                Fue en ese momento cuando se me ocurrió una brillante idea. Era muy probable que nunca volvería a tener una oportunidad como esa, así que debía aprovecharla. El estado particular de mamá lo permitía, sólo por esta vez, pues estaba atontada, y por lo visto, mientras mantuviera su cara mirando al otro costado, sería fácil que siguiera creyendo que se encontraba sola con Miguel.

                Me puse de pie, y me subí, esta vez con mucho cuidado, a la cama. El primo me miró con extrañeza. Parecía divertirle el hecho de ver hasta dónde era capaz de llegar.

                Mientras se la cogía, cuando retiraba unos centímetros la verga, a la vez que separaba su abdomen del cuerpo de mamá, sólo para luego metérsela de nuevo, yo aproveché para dar una nalgada sobre el escultural culo de Anastasia.

                Ella ya no se quejaba, quizás resignada al saber que Miguel no haría caso a sus súplicas. Entonces, mientras él la seguía penetrando, yo le daba más y más nalgadas.

                Sentía que mis manos estaban haciendo contacto con el paraíso. Más tarde me haría una paja mientras me lamía la palma, ahí donde había hecho contacto con ese perfecto orto.

                Ella parecía recibir con apatía las embestidas del primo. Sin embargo, cuando él se la metía hasta el fondo, no podía evitar largar un intenso gemido, para luego caer de nuevo en el absoluto mutismo. Su cuerpo estaba extendido a lo largo de la cama. Las piernas apenas flexionadas, un tanto separadas, para dar paso a la enorme poronga que la violaba. Miré muy de cerca cómo las grandes y peludas bolas de su sobrino chocaban con el suave y firme culo de mamá. Ella estaba depilada, por lo que su impecable piel blanca, contrastaba violentamente con la enmarañada selva negra que cubría tanto los testículos como la pelvis de él.

                Me dispuse a hacerme una paja, sin perder detalle de lo sucedido, aprovechando cuando podía, para darle una nueva nalgada. Definitivamente, había cruzado cualquier límite moral, si es que realmente los tuve alguna vez. En parte me daba pena por ella, pero en parte pensaba que se lo merecía. Eso era lo que ella quería ¿No? Un pendejo fortachón que se la cogiera a todas horas. Bueno, ahora debía hacerse cargo de las consecuencias.

— Voy a acabar —advirtió Miguel.

                Yo sabía que no era un aviso para Anastasia, sino para mí. Asentí con la cabeza, dándole a entender que yo también estaba listo para hacerlo. Iba a ser muy difícil eyacular sin hacer ruido, pero tenía que hacer todo lo posible para reprimir mis gemidos de excitación. Ya de por sí era complicado no hacer ruido mientras me pajeaba, pues mi verga estaba toda húmeda, y lo más natural era que emitiera algún chasquido cuando la frotara.  

                Entonces apunté mi humilde verga al culo de anastasia. Miguel emitió un bufido de toro, al tiempo que empezaba a eyacular. Las dos eyaculaciones impactaron en el trasero de mamá. La mía fue menos abundante, pero más certera, pues logré que un grueso chorro de semen impactara justo en su ano, logrando incluso que un poquito se metiera adentro. Lo demás fue a parar a las nalgas, las cuales quedaron manchadas del líquido blanco.

— Quedate quietita, te voy a limpiar —dijo después Miguel.

                Me hizo señas para que lo hiciera yo, mientras me alcanzaba una hoja de papel de cocina, que por lo visto ya tenía preparada. La tomé, y empecé a pasarla por todo lo largo y ancho del trasero, sintiendo su firmeza en todo momento. Literalmente, le estaba limpiando el culo a mi mamá.

                Ella parecía haberse vuelto a dormir.

…………………………………………..

                A partir de ahí, la eterna enemistad que había tenido con el primo, pareció quedar atrás. De alguna manera, yo me estaba coinvirtiendo en el villano de esta historia. Ahora, lejos de sentirme su rival, me consideraba su aliado.

De todas formas me daba cuenta de que él no me trataba aún de igual a igual. Todavía conservaba ese aire desdeñoso al dirigirse a mí, y seguía viéndome por encima del hombro. Para colmo, ahora que tenía a mamá totalmente dominada, no necesitaba molestarse en disimularlo, como hacía antes.

                Así y todo, la relación mejoró mucho. La lujuria nos unía cada vez más.

                Yo por mi parte, sentía cómo se acrecentaban las ideas retorcidas en mi cabeza. La experiencia que había tenido esa tarde, lejos de haberme saciado, me instaban a querer más. Incluso estuve a punto de meterme otra vez en el cuarto de Anastasia, y esta vez cogérmela sin miramientos. Pero fue el propio Miguel quien me detuvo.

— ¿Estás loquito? —dijo, agarrándome del brazo—. Una cosa es darle besos mientras no te ve, y otra muy distinta cogértela. ¿Te pensás que no va a sospechar nada? Nuestros cuerpos son muy distintos, bebé. Además, ya vas a tener tu oportunidad —agregó después, enigmáticamente, con un maléfico brillo en sus ojos.

                El primo tramaba algo, y pronto me enteraría de qué se trataba.

…………………………………………..

— ¿Te enteraste Bebé? —preguntó Miguel en una cena, unos días después de ese demencial domingo.

— De qué —dije.

                Mamá escuchaba, sin acotar nada. Estaba ensimismada, y algo retraída, al igual que lo había estado las últimas semanas. Asumí que su relación con el primo la ponía un tanto incómoda cuando estábamos los tres juntos. En su afán por esconder su chanchuyo, o bien exageraba su buen humor, o bien se sumía en un inquietante silencio. No terminaba de entender por qué seguía haciendo el papel de juguete sexual de su sobrino, si la historia que tenía con él la contrariaba tanto como parecía. Quizás era demasiado bueno en la cama.

— De que el viernes voy a festejar mi cumpleaños —aclaró él.

— ¿Ah sí? ¿Y a dónde vas a ir? Hay algunos bares buenos en el centro —le informé.

— Le dije que podía festejarlo acá —dijo mamá, pronunciando una frase completa al fin.

—¡¿Qué?! ¡Pero si a mí nunca me dejaste hacer una fiesta acá! —me quejé yo.

— Por esta vez vamos a hacer una excepción —dijo ella, intentando simular que estaba completamente segura de la decisión que había tomado. Sin embargo, a mí no se me escapaba que todo era idea de él—. Además, no te quejes. Vos también vas a disfrutar de la fiesta.

— Es cierto bebé, vos también estás invitado —acotó él—: de hecho, sos el invitado de honor.

                Al otro día, cuando quedamos solos en la casa, lo encaré en su cuarto.

— ¿Qué estás tramando?

                Él estaba recostado plácidamente en su cama. Me pregunté si alguna vez se había cogido a mamá ahí.

— Ya te vas a enterar —dijo—. Pero ya que estamos, vamos a acordar algunas cosas, para que todo salga bien el viernes

— Qué cosas —pregunté.

— No le vamos a decir a nadie que sos el hijo de Anastasia. Y para mis amigos, vas a ser Ramiro. De todas formas ellos nunca vieron una foto tuya. Sólo les conté que vivo con una tía que está buenísima y con un primo mojigato.

— Pero qué boludes estás diciendo —dije yo, sin poder evitar asombrarme. Ese pendejo hijo de puta siempre se inventaba alguna cosa nueva.

— Tranquilo bebé, va a salir todo bien —dijo. Y luego, como recordando algo, agregó—. Ah, y otra cosa. En algún momento te voy a decir que le digas a tu mami que te vas de la fiesta. Que vas a pasar la noche en la casa de tu novia. Qué se yo.

— ¡Pero si no tengo novia!

— Bueno… de tu novio. ¡Da lo mismo!, la cuestión es que crea que te fuiste. Después cuando yo te diga, volvés, y listo. Ah, y va a ser mejor que uses mi perfume en lugar del tuyo.

— Qué carajos vas a hacer —exigí saber.

— Nada que no le guste… y que no te guste a vos —respondió él.

…………………………………………..

                Durante los días siguientes mamá me esquivaba, como si no quisiera verme a la cara. Yo seguí con mi rutina de ir a trabajar hasta el mediodía, y a la facultad por la noche. Pero mi mente estaba todavía en el recuerdo del sabor de su trasero, e imaginando qué era lo que iba a suceder el viernes por la noche.

                Tenía una vaga idea de lo que Miguel estaba tramando. Pero de ser así, el sometimiento de mamá había llegado a límites que hasta el momento, ni siquiera yo había imaginado.

                El día anterior a su cumpleaños, Miguel golpeó la puerta de mi cuarto. Era de noche, y extrañamente Anastasia había salido de copas con unas amigas.

— Qué pasa —quise saber.

                Miguel tiró sobre mi cama un bodoque de ropa, que en principio no logré identificar. Eran sólo un montón de telas de diferentes colores. Pero enseguida me di cuenta de que se trataba de la ropa interior de mamá.

— ¿Qué hacés? ¿Para qué traés esto acá? ¡Mamá puede llegar en cualquier momento! —dije, escandalizado.

— ¡Siempre preocupado por todo vos chabón! Vas a terminar muriendo de un ataque al corazón a los veinticinco años—contestó él, exasperado—. Tu mami está de joda con unas amigas suyas. ¿Pensás que son tan putonas como ella? —preguntó después.

                Me di cuenta de que sus palabras iban cargadas de resentimiento. Por lo visto no le había gustado nada que mamá lo dejara plantado esa noche. Además, hacía días que no los escuchaba coger, cosa que llamaba mucho mi atención.

— No sé —dije, respondiendo a su última pregunta—. Lo que sí es seguro, es que ninguna de ellas está tan buena como mamá.

— Eso no hacía falta que me lo digas —comentó él.

— Aunque Mónica tiene buenas gomas. Unos kilos de más, pero para un polvo está.

— Quizás se fue a culear con otro, y me mintió.

— ¿Estás celoso primito? —Me burlé. Me divertía mucho su inseguridad. Jamás creí que se mostraría de esa manera frente a mí—. No me vas a decir que pensás que es tu novia. Vos sólo sos el chongo con el que se saca la calentura, hasta que encuentre a un hombre de verdad.

                Miguel se acercó a mí y me agarró del brazo con violencia.

— No te hagas el vivo, pendejo. Que yo te hable bien no te da derecho a desubicarte. Mirá que no tengo problemas en cagarte a trompadas acá mismo.

                Me dio miedo. Pero era la primera vez logré sacarlo de las casillas, así que estaba contento. De todas formas, no podía olvidarme de que él conocía un secreto mío, que de ninguna manera podía permitir que saliera a la luz. Así que habiéndome divertido lo suficiente con su enojo, cambié de tema.

— Por qué en vez de hacerte el macho, no me decís para qué mierda trajiste las bombachas de mamá acá.

— Para que elijamos cuál le quedará mejor…

— Vos estás medio loco ¿No? —dije yo.

— Mirá quién habla. El que se pajea con su mamá —retrucó él.

                Ahí me había agarrado. Yo era el menos indicado para acusarlo de estar demente. Dejando eso de lado, vi el montón de prendas que estaban sobre mi colchón. Agarré una de ellas. Una tanga blanca con encaje, muy parecida a la que había desgarrado Miguel, y que yo guardaba como un tesoro.

— Esta no está nada mal —dije.

— Está claro que con cualquiera se vería perfecta. Con ese ojete no necesita mucho esfuerzo para mostrarse sexy.

— Eso es cierto.

— ¿Y qué te parece esta? —dijo, agarrando un culote negro.

                Esa prenda me parecía muy sensual. Si bien era la que más piel cubría, también era la que más insinuaba. Recordé ver a mamá varias veces con uno parecido. La mitad del cachete del culo quedaba al aire. La diferencia era que el que tenía ahora el primo era con encaje de puntillas en los bordes.

— Me parece que sería una excelente elección —afirmé, sintiendo cómo se endurecía mi pija de solo imaginar a Anastasia con eso puesto.

— Tranquilo Bebé, si te ponés así vas a terminar queriendo cogerme a mí —comentó él. Evidentemente se había dado cuenta de mi excitación. ¿Tan obvio era? —Además, acá tenemos algo mejor.

                Extendió el brazo y puso delante de mis ojos la prenda que acababa de tomar. La agarré y la desdoblé para verla bien. Se trataba de una microtanga negra. Estaba formada por tres tiras exageradamente angostas, que eran para rodear la cintura y para “cubrir” la raya del culo. En la parte delantera, una pequeña tela triangular con encaje cubriría su pelvis.

— Está buena. Pero para usar eso, mejor que no use nada ¿No? —acoté.

— Y mirá, con estas medias estaría perfecta —dijo, sin dar importancia a mi opinión.

                Lo que me estaba mostrando ahora era unas pantimedias de red con portaligas. Tenía una abertura tanto en la zona de las caderas como en la pélvica.

— Bueno. Es cierto. Con eso estaría muy bien.

— Perfecto, ya tenemos la lencería que va a usar nuestra muñequita.

…………………………………………..

                El día siguiente se hizo muy largo, pues estaba muy ansioso por ver qué me deparaba la noche. Mamá y Miguel se habían ido a comprar bebidas para la fiesta. No iba a haber mucha comida, más que unos bocadillos. Después de todo, la cosa iba a empezar después de que todo el mundo ya había cenado.

                La heladera no daba abasto para guardar todas las cervezas. Así que tuvimos que congelar algunas, para luego ir sacándolas de a poco.

— A cuántos invitaste —pregunté.

— Sólo a algunos pibes. Pero viste que siempre hay alguno que se cola —dijo él.

                A todo esto mamá parecía nerviosa. Se notaba que había algo de esa fiesta que no terminaba de cuadrarle. Pero como de costumbre, hacía todo lo que su sobrino le pedía —o mejor dicho, le ordenaba, porque sus pedidos no eran otra cosa que órdenes veladas—.

                En un momento, incluso los escuché cuchicheando acaloradamente. Parecían estar discutiendo sobre algo relacionado con la dichosa fiesta. Quizás el control que ejercía sobre mamá, después de todo, ya no era absoluto.

                Para las diez de la noche empezaron a caer los invitados. He de reconocer que me había hecho la idea de que las amistades del primo provenían de los lugares más oscuros y marginales de Buenos Aires. Pero me encontré con gente común, de buen vestir, y en general, de excelentes modales.

                Para mi sorpresa, mamá se había ido a hacer no sé qué cosa, y dijo que volvería más tarde. Que nos divirtamos, pero que no causemos destrozos.

                Para la medianoche había una treintena de chicos y chicas de unos veinte años en la casa. La mayoría ya habían tomado mucho alcohol antes de llegar. Los parlantes estaban a todo volumen. Como era viernes, supuse que los vecinos nos tendrían algo de paciencia, pero eso sólo duraría un par de horas. Después, podría haber problemas.

— ¿Bailás? —me preguntó una chica rubia, muy petisa. Tenía una cara bonita, aunque de rasgos aniñados, con un montón de pecas en las mejillas.

— Sí, bailo. Lo hago muy mal, pero bailo —respondí.

— Lo que importa es la actitud —dijo ella.

                Tenía un lindo cuerpo esbelto. Sus pechos no eran la gran cosa, pero su trasero era hermoso. Vestía un short negro y un top dorado.

— Y de dónde lo conocés a Miguel —le pregunté, mientras nos movíamos en medio de la sala de estar, al ritmo de la música.

— ¿Quién es Miguel? —preguntó ella.

— No importa —respondí.

                Lo último que había imaginado que iba a ocurrir esa noche, era que tendría una aventura con una desconocida. La chica se llamaba Florencia, y ya para cuando se escuchaba el segundo tema, se había dejado comer la boca.

— ¿Vamos a mi cuarto? —le pregunté.

— Ah ¿Esta es tu casa? —dijo ella.

                Había olvidado por completo lo que Miguel me había dicho sobre que no diga quién era en realidad. Pero qué importaba, si Florencia ni siquiera lo conocía a él.

                La llevé a mi cuarto. Para mi disgusto, nos encontramos con otra pareja cogiendo en mi propia cama. Por suerte ya estaban terminando.

                Me había dejado llevar por mis impulsos incestuosos a tal punto, que casi había olvidado que en el mundo había más mujeres aparte de Anastasia. Con Florencia fue todo suavidad y ternura. A pesar de que estaba bastante alcoholizada, demostraba estar conectada conmigo.

— ¿Bajamos? —preguntó cuando estábamos abrazados, semidesnudos en la cama.

                Me grabó su número de teléfono en mi celular, y se perdió por ahí con unas amigas. En ese momento vi que mamá ya había vuelto. Cuando reparé en ella me quedé con la boca abierta.

                Llevaba el vestido negro que yo bien conocía. Era muy corto, y se ajustaba perfectamente a la voluptuosa figura de Anastasia. Tenía la espalda desnuda. Su cabello negro estaba atado en un rodete, cosa que hacía resaltar las hermosas facciones de su rostro. Esa cara de ojos negros solía quedar opacada por el exuberante cuerpo, pero era por sí sola una maravilla digna de ser retratada, con esos pómulos afilados y los labios gruesos. Se había puesto un collar dorado, y una pulsera que hacía juego con él. Usaba tacones altos, y después de todo se había puesto las medias de red con portaligas que había elegido Miguel el día anterior. No me cabían dudas de que dentro de ese vestido llevaba la microtanga negra que tuve en mis manos.

                En cuestión de segundos, Florencia había quedado en un lejano pasado.

                Si bien mamá parecía mucho más joven de lo que era, contrastaba notablemente con la extrema juventud que había invadido la casa. No obstante, todos los pibes, envalentonados por el alcohol, la invitaron a bailar. Hubo un rubiecito muy pequeño que hasta se había animado a apoyar la mano en su cintura, para después bajarla más de lo debido. Pero Miguel no tardó en aparecer para quitárselo de encima.

                La casa era un quilombo. Estaba llena de gente que no conocía. No terminaba de entender qué pretendía hacer el primo en una situación como esa. Lo mejor hubiera sido hacer algo similar a lo que habíamos hecho antes: yo escondido en algún lugar de la casa, para poder ver cómo cogían.

                De repente noté que Miguel me hacía señas. No entendía qué quería, hasta que después me mostró su celular, y luego me señaló a mí.

                Me había mandado un mensaje quién sabía hacía cuánto. “Ya es hora de que te vayas” decía. “Yo te aviso cuándo podés volver”, agregó después. “Espero que todo este tejemaneje valga la pena”, le contesté. “Mañana me vas a decir si valió la pena o no”, puso él, siempre enigmático.

                Me dirigí a mamá. El primo se había ido a buscar otra cerveza, y a ella ya se le estaban acercando algunos buitres.

— Me voy a dormir a lo de Fabi —le mentí, nombrando a uno de mis amigos de la facultad.

— Pero ¿Hace falta que te vayas justo ahora? —dijo mamá.

                No terminaba de entender si sentía alivio o pena por mi partida. Probablemente se trataba de ambas cosas.

— Estás muy linda —dije antes de irme.

— Gracias bebé —me dijo ella al oído, para hacerse escuchar. Luego me dio un tierno beso en la mejilla.

                Me fui al mismo bar al que había ido aquella vez en la que confirmé que Miguel se estaba cogiendo a mamá. Lejos estaba de pensar en ese momento, que de todas las experiencias que tendría en relación a esos dos, esa sería la más soft.

                Ahora Miguel estaba elucubrando algo que me incluía a mí, como de costumbre. Pero no entendía para qué había armado toda esa payasada de la fiesta. Quizás lo mejor hubiera sido invitar a Florencia a ir a algún lugar junto con sus amigas, y alejarme por una vez de toda esa locura. Pero ahí estaba, aguardando el mensaje de mi primo.

                Ya de por sí, el tiempo transcurría demasiado lento. Para colmo ya había pasado una hora, y no me había llegado ningún mensaje. Decidí escribirle yo. Quizás el hijo de puta se había entusiasmado cogiéndose a mamá en su cuarto, mientras yo estaba esperando como un boludo.

                Enseguida me llegó la respuesta. “Esperá un poco más. Todavía queda gente por despachar”, me escribió. “Y para qué carajos los invitaste en primer lugar”, puse yo, y por esta vez no obtuve respuesta.

                Esperé y esperé. En un momento me agarró mucho sueño y casi me quedo dormido. Pero el sonido del celular me despabiló. “Venite ahora. No uses la llave, tocá el timbre. Y no digas una palabra. Le dije a todos que estabas completamente afónico”, decía.

La cosa se estaba poniendo cada vez más bizarra, y eso era mucho decir.

                Pagué la cuenta y fui volando a casa. Ya no se escuchaba música. Toqué el timbre y me encontré con la primera sorpresa de la noche. El que me había abierto la puerta no era Miguel, sino el rubiecito petiso que había sacado a bailar a mamá.

— Ah, vos debés ser Ramiro —dijo.

                Estuve a punto de decirle que sí, pero de repente recordé lo que me había dicho el primo, así que me limité a asentir con la cabeza.

— Yo soy Alex.

                En la sala de estar había dos chicos más. Uno era un tipo con sobrepeso, que sin embargo tenía sus buenos músculos, sobre todo en los brazos. Se presentó como Leandro, y más tarde diría que era jugador de Rugby. El tercero se llamaba Mariano. Se trataba de un muchacho callado, lleno de tatuajes en los brazos. Usaba el pelo largo y lo tenía peinado para atrás.

—Miguel nos contó que estás sin voz —dijo Alex—. Sentate donde quieras.

                Obviamente no sabía que se trataba de mi casa. Realmente no comprendía a qué venían todos esos detalles, pero ya me enteraría.

— ¿Tardará mucho Miguel? —preguntó Leandro, impaciente.

— Primero hay que ver si la convence. Se la notaba reacia —acotó Mariano.

— Tranquilos, si Miguel convence hasta a un gato de ladrar —dijo Alex—. Además, ya la tiene comiendo de la mano ¿No? —preguntó después, dirigiéndose a mí.

                Por toda respuesta, me encogí de hombros.

                Era obvio de que estaban hablando de mamá. Así que por ahí venía el juego del degenerado de Miguel, pensé para mí.

                Yo no estaba tan convencido como Alex, pero tampoco compartía el escepticismo de Mariano. A estas alturas podía espera cualquier cosa de mamá. Pero qué carajos pintaba yo ahí. Revisé mi celular. Se suponía que debería esconderme en algún lugar, como lo había hecho las veces anteriores. Pero el primo no me mandó ningún mensaje.

                Estaba nervioso. Y para aumentar el dramatismo, se escucharon los ruidos de tacones contra el suelo.

                Segundos después, Miguel apareció en escena. Bajaba las escaleras. En su mano sostenía una cuerda negra.

Totalmente anonadado, vi que dicha cuerda terminaba en una correa que estaba abrochada al cuello de mamá. Ella bajaba detrás de él, agarrándose del pasamano, dando pasos vacilantes y lentos, como si temiera tropezarse y caer.

Una vez que bajaron unos cuantos escalones, me di cuenta del motivo por el que ella lo hacía con tanto cuidado: sus ojos estaban vendados.

                El primo se acercó a la sala de estar, tironeando de la cuerda, como si estuviera llevando a una mascota con él.

— Muy bien. Que empiece el juego —dijo.

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