QWERQ

Lo primero que me pide el cuerpo es salir pitando de allí, evitando así que mi madre lo llegue a ver. Pero sé que si lo hago, puedo llamar la atención. Me giro hacia ella y la veo inclinada, se le marcan las nalgas, pero no le digo nada. Rezo para que no nos vea. Indeciso, nervioso, me siento bloqueado, no sé que hacer. 

Demasiado tarde, Don Fernando mira a través del pasillo y nos ve. Me doy cuenta, pero no sé como actuar, presa del pánico. Don Fernando con paso tranquilo se acerca. Con una actitud cobarde, casi propia de mi, no aviso a mi madre de quien se acerca… Mientras ella por fin se ha decidido por una botella, que sostiene en la mano. Ella se incorpora poco a poco, con tranquilidad y sosiego, sin saber que esa persona indeseable  se acerca a nosotros, hasta que su voz le sorprende.

—Hombre, ¿Cómo está mi vecina favorita?— Sonríe mientras llega a nuestro lado.

Alejandra reconoce la voz. Se sorprende. Tanto que se le cae la botella al suelo al oír su voz. Yo me mantengo callado, con una cara entre miedo, sorpresa y rencor.

—Alejandra, señora Alejandra, Don Fernando. —Le contesta cuando se gira a mirarle, mientras la leche aun está en el suelo. Aunque se siente aturdida, con una mezcla entre asco y temor, ella se muestra firme y decidida, como haría en cualquier situación de su profesión.

—Está bien, está bien, ¿qué tal estás Alejandra?—Rebaja el tono para no armar un escandalo. —Cuantos días sin verte…

Me mantengo callado, mirándolos.

—Bien. Gracias ¿y usted? Espero que bien. Tenemos que irnos. —Responde seca y esquiva a la par que educada.

Sin embargo, Don Fernando parece muy tranquilo y no le sorprende su actitud. —Bien, estás guapísima Alejandra.

Ella evita responder a eso. No delante de mi, no en mitad de ese supermercado.

—Recoge la leche, por favor hijo. —Solamente se atreve a contestar. Ella no quiere agacharse delante de él.

—S-sí mamá.— La recojo y la meto en el carro.

—Bueno Don Fernando, ya nos íbamos, que pase una buen día.—Contesta mientras se da la vuelta. Ni siquiera sigue la conversación. Se gira, mientras le sigo. 

—¿Ya Alejandra? —ella lo deja ahí plantado. Con la palabra en la boca.

Observo de soslayo mientras nos alejamos de él. Veo una cara muy seria de mi madre. Tan seria que no me atrevo a preguntar. Se le nota enfadada. 

Cuando llegamos a la cajera, me atrevo a preguntarle. —¿Mamá, estás bien?

—Sí. —Responde escuetamente. —Vámonos ya. —Su tono de voz cambia, de ser normal y dulce durante la mañana, a este tono seco. Parece dolida.

—Esto apesta —dice con tono seco dejando la compra en la cinta de la caja.

La miro sin atreverme a contestar. Por un momento, observo un pequeño temblor en la mano de su madre mientras deposita la compra. ¿Todo viene provocado por ese indeseable? Necesito que salgamos de aquí, y apuesto a que ella quiere salir corriendo igual que yo. En tono serio paga la compra, guardamos todo en las bolsas y salimos a la calle. Estoy preocupado por ella, no quiero verla así.

—Entonces… ¿vas a hacer el risotto? —Digo para rebajar la tensión.

Ella sin mirarme, me contesta. —Vamos a casa y dejemos esto. Yo tengo que marcharme y no quiero entretenerme. Volveré sobre la una del medio día, antes de comer. —Me contesta sin volver a hablar. Se le nota enfadada, y yo sé que estos momentos es mejor no molestarla.

Todo el trayecto lo hacemos en silencio. Miro a veces hacia ella, concentrada en la carretera, en sus pensamientos, ¿qué se le pasará por la mente? ¿cómo puede una simple persona trastocarla tanto? ¿de verdad puede influir tanto en ella? Se le nota irritada, la presencia simple presencia de ese viejo ha alterado toda la mañana a mi madre. Y para mas inri, al entrar en el portal, vemos un cartel en el ascensor que lee:

“AVERIADO”

—¿Averiado? —me atrevo a decir.

—Joder, ¿ahora como subimos todo esto? Lo que me faltaba. —Responde ella.

Yo quiero actuar como su hijo protector, frente a ella que veo como cada vez se va torciendo más cosas durante la mañana. —Tranquila mamá, yo puedo con todo.— E intento coger todas las bolsas.

Ella me observa, sabe que no podré.  Pero sabe lo que estoy intentando hacer, que estoy intentando ayudarla para que no se le tuerzan más las cosas. Sabe que la quiero proteger, y un atisbo de compasión surge hacia mi.

—¿Seguro que vas a poder cariño? Tranquilo.—me dice medio sonriendo. —No vas a poder con todo, no te preocupes por mi, si hace falta haremos varios viajes, ¿vale hijo? —dice mientras pone una mano amablemente mi espalda mientras intento abarcar todas la bolsas inútilmente.

Pero justo en ese momento, mientras hablamos y vuelve un poco la complicidad entre nosotros, se abre la puerta del portal. Ambos giramos la cabeza al unísono y lo vemos entrar. Don Fernando, con una pinta horrible, desaliñado, descuidado, si lo vieran por la calle, podría pasar por un vagabundo perfectamente.  Entra por el portal y nos mira. Por su expresión, creo que sabía perfectamente que nos vería aquí…

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