GABRIEL B

— ¿Qué hacés vestida así? —le pregunté a mamá. 

Era domingo, y hacía mucho calor. Anastasia vestía un top que parecía apenas poder contener sus enormes tetas, y un short diminuto que cubría sus nalgas con lo justo. Las interminables piernas estaban completamente desnudas. 

— Hace mucho calor, y sabés que no me gusta tener el aire acondicionado prendido todo el día —contestó ella. Después, como cayendo en la cuenta de algo importante, agregó—: Además, nunca te di explicaciones sobre cómo me visto, y no pienso empezar ahora. 

— Ya lo sé má, pero… — miré de reojo hacia el patio de afuera, donde estaba Miguel sentado, haciendo quién sabe qué cosa con su celular. 

Cuando vivíamos solos, mamá solía andar con menos ropa de la que llevaba ahora, pero me sorprendía verla tan suelta de vestimenta mientras estaba su sobrino viviendo con nosotros. Si bien yo sabía que ya se estaban encamando, se suponía que ella no sabía que yo lo sabía, y por ende, me parecía sumamente extraño que decidiera ponerse esas prendas que apenas la cubrían, y dejaban la mayor parte de su piel a la vista. 

— No seas tonto, Miguel es de la familia. No hay nada de malo con que me vea así —contestó. Aunque me pareció notar que no estaba del todo convencida de lo que ella misma afirmaba, cosa perfectamente entendible—. ¿Querés un vaso de té helado? —me preguntó después. 

— Está bien. 

Se metió en la cocina, ahí mismo donde hacía un par de días me había escondido para poder verla nuevamente en acción. 

Cuando agarró la jarra de vidrio tuvo que inclinarse. Su pomposo culo sobresalía, en esa pose que inevitablemente inducía a cualquiera a tener pensamientos libidinosos. Recordé el sonido del cierre del pantalón de Miguel bajar, anunciando el desenlace que yo tanto esperaba, no sin sentir aún cierta repulsión, que quedaba enterrada sin embargo, debajo de mi lujuria enfermiza. 

— ¿Ya estás caliente de nuevo? Es muy grande —había dicho la muy puta. 

Se escucharon algunos susurros de Miguel. Supuse que le estaba diciendo al oído que le chupara la pija. Luego todo fue movimiento de ropa, suspiros, chasquidos, respiraciones entrecortadas. 

— Tomá —dijo Anastasia, entregándome el vaso con el té helado, a la vez que me sacaba de mi ensimsimamiento—. Acomodate el pantalón, Tito —me dijo después. 

Al principio no comprendí a qué se refería. Luego seguí la dirección de su mirada, la cual iba a mi entrepierna. Tenía una erección, y era totalmente visible. Me sonrojé inmediatamente. 

— En quién estarás pensando —dijo mamá, con una sonrisa que no llevaba sarcasmo. Supuse que quería hacer que la situación parezca natural. 

De todas formas, el comentario me descolocó. Siempre fuimos muy unidos, pero nunca habíamos hablado abiertamente sobre sexualidad, y mucho menos me había hecho comentarios como el que acababa de hacer. Supuse que quizás se debía a que era la primera vez que me enganchaba con una erección en un momento inusual, por así decirlo. O quizás me quería evitar el momento de vergüenza que podía llegar a pasar si era Miguel el que me descubría, ya que seguramente no perdería la oportunidad de burlarse de mí. Pero más allá de estas hipótesis, no dejaba de llamarme la atención lo que me dijo. A lo mejor los polvos que le había echado el primo la estaban haciendo más osada en todos los aspectos. 

— En nadie —le respondí. 

Ella me dio la espalda. Llevaba otro vaso de té helado en su mano, y se dirigió al fondo, allá donde estaba Miguel pasando la tarde en soledad. Me arrimé a la puerta del lavadero, que era la que daba al patio. Él estaba sentado ahora bajo la sombra de un árbol. Su torso desnudo, mostrando su imponente físico de hombros anchos y abdominales marcadas. Ella se acercó a él, quien no se molestó en levantarse. Anastasia se inclinó, dejando sus pechos muy cerca del rostro del primo. Los ojos verdes del degenerado parecieron brillar bajo la resolana. Escuché que le dijo algo, pero no alcancé a entender sus palabras. Mamá no dijo nada, pero se quedó unos segundos inclinada, escuchándolo. Luego le dio la espalada y se dirigió a la casa de nuevo. Miguel puso su mano abierta por encima de sus ojos, como una visera, y sin ningún pudor, se deleitó mirándole el culo a mi mamá, quien, a cada paso que daba, parecía menear más las caderas. 

Pasó a mi lado. Sentí el olor de su pelo y el perfume de su piel. Todavía me costaba asimilarlo, pero la cosa era así, mi querida madre se había dejado coger por su propio sobrino, y yo lo había presenciado en dos ocasiones distintas, hasta el momento. 

— Me voy a dormir una siesta —dijo. Acto seguido, me dio un beso en la mejilla, cosa que últimamente hacía con más frecuencia que antes. Esto era, a mi parecer, debido a que sentía culpa por culearse a mi primo, y en un acto no del todo consciente, intentaba resarcirse siendo más cariñosa de lo normal conmigo—. De repente me agarró mucho sueño. Debo estar vieja. 

— No seas tonta —dije, mirándola arriba abajo—. No solo sos joven, sino que ni siquiera parecés de la edad que tenés. 

Ella sonrió, y en ese gesto pude ver algo de tristeza. Subió a su cuarto. Miguel me levantó el pulgar. Todavía sentía aversión hacia él, pero lo ocurrido nos había unido indefectiblemente. Él era el único que conocía mi más retorcido secreto, y no sólo lo mantenía guardado por el momento, sino que me había ayudado a cumplir parte de mis fantasías. Sabía que no lo hacía por altruismo, ya que eso no estaba en sus genes. Supuse que se sentía mucho más excitado cuando alguien lo observaba mientras mantenía relaciones sexuales, y el hecho de que quien lo estuviera viendo fuera el hijo de su amante, probablemente representaba un afrodisíaco sin igual para aquel depravado. 

Si me lo ponía a pensar, todos parecíamos salir ganando. Miguel se movía a mamá, ella a su vez era consolada por la reciente separación de julio, y yo disfrutaba de verla en pleno acto sexual, lo cual era lo más cercano que lograría llegar en lo que respecta a mis enfermizos deseos. 

Pero no me terminaba de cerrar la manera en la que Miguel había logrado que ella accediera. Si bien parecía haberla seducido, también se notaba que ejercía una enorme manipulación sobre ella.

Me metí en la sala de estar. A pesar de lo que pensara mamá, encendí el aire acondicionado, pues los últimos días del verano parecían querer hacerse sentir.

Los días solían transcurrir así. Cada uno haciendo sus cosas, por separado, compartiendo sólo algunos momentos determinados, como la cena, el desayuno, y algunas horas delante de la tele. Pero creo que todos coincidíamos en que necesitábamos cada cual nuestro espacio, y ese domingo era la prueba de ello. Mamá en su cuarto, Miguel en el patio, y yo en el living. 

Me senté en el sofá grande. Ahí mismo había sido donde por primera vez vi cómo Anastasia se comía una verga. 

El cierre del pantalón se había abierto. Miguel había sacado su portentosa verga, y ella se había inclinado para metérsela en la boca. 

Hasta el momento, toda esa escena era producto de mi imaginación, la cual era estimulada por los ruidos producidos por ellos. La boca ensalivada de mamá hacía un sonido gutural que llegaba perfectamente hasta la cocina. Se suponía que yo estaba durmiendo arriba, pero ella no tenía ningún reparo en comerse la verga del sobrino mientras su hijo supuestamente descansaba a apenas unos metros de distancia. 

Pero claro, no estaba durmiendo. Me encontraba entre las sombras, totalmente apartado de la vista de los amantes, pero lo suficientemente cerca como para comprender casi cualquier palabra que pronunciasen. Aunque por algunos minutos no dijeron nada. Hasta que por fin Miguel habló. 

— Así putita, tragátela toda. 

Putita era la palabra clave para que yo saliera de mi escondite y me acercara a ver en vivo y en directo cómo se cogían a mamá. Miguel había dicho que cuando dijera eso, significaría que ella se encontraba en una posición tal, que no notaría mi presencia si me acercaba. 

Pero el primo jamás me generó confianza, y nunca lo haría. Además, ¿putita no es una palabra muy común cuando alguien está cogiendo?

— Sí putita, no dejes de hacerlo. 

Había repetido la palabra en voz más alta que la primera vez. Ya no había margen para la malinterpretación. Esa era la señal. 

Sabiendo que todo podría tratarse de una trampa, y que sus verdaderas intenciones podrían ser exponer a mamá frente a mí, haciéndole saber que los había atrapado infraganti, salí de la oscuridad de la cocina. 

La sala de estar también estaba sumida en penumbras, sin embargo, el televisor encendido iluminaba una pequeña parte del lugar. Lo primero que vi fue a Miguel, todavía vestido, incluso con los pantalones puestos, con la cara trastocada por un rictus de placer. 

Di unos pasos más. De ella no se veía nada, el respaldo del sofá la dejaba fuera de mi vista. Él en cambio, estaba parado, dándole la espalda a la televisión, realizando movimientos pélvicos. Pensé que ya la estaba cogiendo, pero pensándolo mejor concluí que si así fuera, Anastasia debería estar en una posición desde donde podría ver al menos sus piernas, y este no era el caso. 

El primo se percató de mi presencia, y sonrió, triunfal. No solo se estaba ganando los quinientos pesos que habíamos apostado, sino que me estaba humillando de la manera más degradante posible. 

Rodeé el sofá, manteniendo considerable distancia de ambos. No sólo no debía hacer ruido, sino que tenía que evitar que, por ejemplo, el olor de mi cuerpo, o incluso de mi ropa, llegaran a la nariz de mamá, lo que significaba que estaba obligado a mantener cierta distancia en todo momento. 

A cada paso que avanzaba, podía ver un poco más de lo que estaba sucediendo. Ella estaba sentada, de frente al televisor, y su cabeza subía y bajaba constantemente, cuando iba al encuentro de la pija. Sus movimientos estaban en perfecta sincronía con el bamboleo pélvico del primo, el cual no se conformaba con la mamada que ella le estaba propinado, sino que se la estaba cogiendo por la boca. 

No pude ver del todo bien su cara, porque de acercarme más, corría el riesgo de entrar en su campo visual. Pero sí pude vislumbrar su boquita abrirse mientras engullía la verga que le estaba siendo servida. 

Mi corazón se aceleró. Me acaricié la verga. La garganta de Anastasia hacía un movimiento, como si ya estuviera tragando semen, mientras su lengua salía al exterior, y se frotaba con la cabeza de la pija. Miguel la agarró de la cabeza, y se introdujo aún más en ella. Extendió una mano, y con cierta dificultad, empezó a magrear esas tetas que tanto me hipnotizaban. 

De repente ella hizo un movimiento brusco que me hizo pensar que me había descubierto. Retrocedí unos pasos, con el corazón en la boca. 

— No me entra toda —se quejó, pues el primo pretendía meterle su enorme verga por completo, cosa que por lo visto era físicamente imposible. 

— Pero no dejes de chuparla —dijo él, con voz suplicante, arrimando su verga a los labios de Anastasia. Los mismos labios con los que todos los días me daba un beso en la mejilla. 

Ella agarró el tronco. Miguel rió, contento de que mamá seguiría cumpliendo sus caprichos. 

Yo me metí de nuevo en la cocina, pues suponía que en cualquier momento ella se cansaría de mamarla y cambiaría de posición a una que podría comprometerme. No obstante, escuchaba cada vez mejor el sonido de la felación. La verga de Miguel estaba totalmente empapada de su saliva, por lo que cuando su lengua y labios se frotaban con el sexo del primo, hacían un ruido húmedo que evidenciaba lo que estaba sucediendo. 

— Vení para acá —escuché decir a Miguel. 

— No, no me quiero desvestir. No, basta Miguel, basta… —un suspiro de resignación fue seguido de esa última palabra. 

Por lo visto mamá no quería correr el riesgo de ponerse en pelotas en el living de la casa. Cosa totalmente entendible, puesto que si yo bajaba de repente, tardaría su tiempo hasta que se vistiera, y entonces todo podía terminar en que fueran descubiertos por mí. 

Pero el primo sabía que de todas formas yo los estaba escuchando, y no veía la necesidad de que ella siguiera vestida. Habría de considerar un despropósito tener a la hembra más sensual del planeta a su merced, y no poder despojarla de sus prendas. 

Mamá se llamó a silencio, mientras él la ponía en bolas. Hubo un movimiento brusco. Se habían apartado de donde estaban. Una nalgada resonó en esa semipenumbra. 

— Despacio —pidió ella—. Por favor, haceme lo que quieras, pero seamos discretos. 

Miguel acató el pedido. Ya no escuché nalgadas, sólo el chasquido producido por los chupones que le estaba propinando. Seguramente le estaba comiendo el culo. 

— Ah —la escuché gemir a mamá—. Sí, dale. Ah… 

— Tomá esto putita —dijo él. 

Paré la oreja. En efecto, Miguel había dado la señal nuevamente. Tenía la mano adentro del pantalón. Así como estaba, me acerqué otra vez a la cocina. Esta vez la pareja se encontraba contra la pared, ya más cubiertos de negrura, pues la luz del televisor apenas servía para que yo pudiera ver la silueta de sus cuerpos. 

Ella tenía las manos apoyadas en la pared, levemente inclinada. Él, detrás, la penetraba con furia. Una mano le rodeaba la cintura. Con la otra le tapaba la boca, para sofocar los gemidos de Anastasia, los cuales, aun así, se oían. 

Ella estaba completamente desnuda. Sus pechos se agitaban y se frotaban contra la pared. El pelo negro estaba atado en una cola de caballo, que cada tanto el primo tironeaba. Su pija morcillona entraba y salía de adentro de mamá. No estaba usando preservativo, y a ella no parecía importarle. 

Mi pija estalló de calentura, largando un montón de semen caliente, ensuciando nuevamente mi ropa interior. 

Me alejé de ellos. Pensaba que Miguel ya iba a acabar, pero tenía mucha resistencia, y estuvo mucho tiempo dándole maza a mamá contra la pared. De hecho, antes de que él acabara, fue la propia Anastasia la que alcanzó el clímax. Un gemido intenso fue apagado por la mano del primo, con la que le tapaba la boca. Una vez que tuvo la certeza de haberla satisfecho, el primo pareció sentirse en la libertad de liberar su eyaculación. Esa escena me habría gustado verla, ya que estaba seguro de que había acabado en su boca, y ella se había tomado toda la leche, pues eso sería lo más práctico en una situación como esa. 

Los escuché vestirse.

— Voy a cerrar mi cuarto con llave. No quiero que vuelvas a visitarme. Con lo de hoy ya tuviste más que suficiente —dijo ella—. Ay Miguel, basta. Sos incansable.

Por lo visto el primo ya estaba metiéndole mano otra vez. Ciertamente parecía que tenía muchas energías, y a todas las canalizaba a través del sexo. 

Finalmente subieron por las escaleras, y cada uno se dirigió a su cuarto. 

Me quedé un buen rato en la cocina, esperando a que mamá se durmiera. “¿Te gustó cómo me cogí a tu mami, bebé?”, decía un mensaje que me envió Miguel. “No te olvides de pagarme los quinientos pesos”, advirtió después. 

La dominación de Miguel sobre mamá me sorprendía incluso más que el hecho de que se la estuviera cogiendo. Cuando el domingo ella estuvo con ese diminuto short y el top como única vestimenta, no pude evitar pensar que él tenía algo que ver con eso. 

Terminé de tomar el té helado, y salí afuera, para encontrarme cara a cara con él, cosa que normalmente evitaba.  

— ¿Todo bien bebé? —saludó él. 

— No me gusta que me digas así —dije con sequedad.

A pesar de que en teoría yo estaba siendo totalmente humillado por él, aún conservaba mi dignidad. 

— Pero qué susceptible che. Encima que la hice vestirse así para vos —dijo, confirmando mis sospechas. 

— ¿Cómo lo hacés? —pregunté—. ¿Cómo hacés que te haga caso en todo lo que le digas? Es por el video, ¿No? La amenazás con eso, como hiciste conmigo. 

 El primo esbozó una sonrisa sarcástica, pero cuando vio la seriedad con la que le hablaba, se le borró. No importaba que fuera mucho más fuerte que yo. Seguramente sabía que si hacía enojar mucho a una persona, de todas formas corría peligro. Y en lo personal no me costaría mucho trabajo aparecerle en medio de la noche, mientras estuviera durmiendo plácidamente, para romperle la cabeza de un palazo. 

— Yo no tengo necesidad de hacer esas cosas. Es más, olvidate de tu video. No me interesa mostrárselo a nadie. 

— Hipócrita. Si no te interesaría usarlo, no hubieses hecho toda la tarea de espionaje que te habrá costado hacer para grabarme. 

— No seas exagerado primo. Sólo estaba aburrido. Pero ahora ya no lo estoy. Y por lo que veo vos tampoco. ¿Por qué no te relajás y disfrutás? ¿Tenés idea de cuántos pibes de nuestra edad sueñan con vivir lo que nosotros estamos viviendo? Tu mamá es una mujer entre un millón. No, es una entre cien millones. Porque minas que estén tan buenas que parten la tierra cuando caminan, hay muchas. Pero que además sean así… tan putas, tan sumisas… son muy pocas.

Me miró de reojo cuando llamó puta y sumisa a mamá, como esperando a ver si me molestaba. Sin embargo me di cuenta de que no usó esos adjetivos de manera despectiva, sino que lo hizo porque no había palabras que la describieran mejor. 

— Cuál es la relación que tienen exactamente —pregunté. 

— La que viste —respondió él—. Cada tanto cogemos. Ella primero se niega. Que soy su sobrino, que soy muy chico, que esto está mal, etc, etc. Pero cuando le digo las palabras justas, y la toco en los lugares adecuados, termina accediendo. 

— Pero si la presionás pueden terminar como lo hiciste con esa profesora de inglés. Ella terminó pidiendo una restricción perimetral. Y yo no puedo permitir que la cosa llegue a ese punto —dije. 

— La profesora de inglés era una loca bipolar. Y yo no supe detenerme a tiempo, lo reconozco —dijo el primo—. Pero tu mamá es diferente. Ella es dócil. Lleva la sumisión en su alma. 

— Las mujeres son volátiles —retruqué. 

— En vez de preocuparte tanto por lo que podría pasar, deberías disfrutar de las posibilidades que se abren frente a nosotros. 

— Y cuáles son esas posibilidades. 

— Llevar a Anastasia a límites que ni ella misma imagina —dijo, con total seguridad—. Vení, seguime. 

— ¿A dónde? —pregunté. 

— Al cuarto de tu mamá. 

Sin esperar a que le responda, se puso de pie y me dejó atrás. Cuando se metió en la casa, yo lo seguí. 

— ¿Sabías que tiene problemas para dormir? —preguntó.

— No, no lo sabía —respondí, sorprendido. 

— Hace unas horas se tomó un clonazepan, y ahora le hizo efecto. Es por eso que se fue a dormir —dijo, atravesando el living. 

— Y qué tenés pensado hacer —quise saber, aunque ya me estaba dando alguna idea. 

— Callate. No hagas ruido. 

Con el mayor sigilo posible, abrió la puerta de la habitación de mamá. Cuando comprobó que efectivamente estaba dormida, me hizo señas para que me acercara. Dubitativo, lo hice. Anastasia parecía un ángel durmiendo profundamente. Ella no roncaba, ni dormía con la boca abierta, ni tenía un gesto extraño en su rostro. Incluso entre sueños se veía impecable. 

Fiel a su austeridad, el aire acondicionado estaba apagado. La habitación era ventilada gracias a una ventana abierta. Una brisa tibia se metía y refrescaba apenas el cuarto. 

Las sábanas estaban a un costado. Por lo visto se había cubierto con ellas, pero entre sueños las había corrido a un lado. Vestía un camisón blanco, muy corto. Estaba de costado, en algo parecido a una posición fetal, pero sin llegar a serlo. 

— Silenciá tu celular —me dijo él. 

Me di cuenta que de hecho, el volumen estaba activado, cosa que podía hacer que todo se fuera a la basura. Sin evitar sentirme un estúpido, quité tanto el sonido como la vibración de mi celular. Después él escribió algo en su propio teléfono. Inmediatamente me llegó un mensaje. 

“Cien pesos a que no adivinás el color de su tanga”, decía.

El juego que me planteaba el primo no sólo era arriesgado —pues a pesar de que Anastasia estaba sumida en un profundo sueño debido al fármaco que había tomado, nada nos garantizaba que no se despertaría—, sino que era moralmente deleznable. Ya de por sí sabía que espiarla mientras tenía relaciones sexuales era algo que hacía difícil que se me catalogue como una persona normal. Pero aprovecharme de su estado de indefensión sería ya sobrepasar mis propios límites. 

Sin embargo, si yo no me quedaba a jugar el juego que él me proponía, quién sabía qué perversiones iba a llevar a cabo Miguel mientras se encontrara a solas con ella. 

Le respondí que la prenda íntima de mamá seguramente era blanca. 

La verdad era que la pregunta no había sido muy difícil de responder. El camisón era de una tela fina, y si llevaba debajo una prenda negra, o roja, o de cualquier color diferente, seguramente se notaría. Lo que me daba intriga era el hecho de que Miguel parecía estar convencido de que mamá dormía con una tanga, en lugar de con cualquier otra prenda. 

El primo se acercó a la cama. Yo en cambio, di un paso atrás, quedando lo más cerca posible de la puerta, para salir huyendo si era necesario. Mamá no daba señales de haber notado nuestra presencia. Seguía durmiendo como si nada. Su nariz hacía ruido cuando largaba aire por ella, pero más allá de eso, se mantenía totalmente inmóvil. 

Miguel agarró el camisón por la parte inferior. Al hacerlo, su mano hizo contacto con las piernas de Ana. Ella hizo un movimiento. Sentí escalofríos, pero me resultó imposible salir del cuarto. Por suerte, sólo se había removido entre sueños, quedando prácticamente en la misma posición que antes. El primo me miró divertido. Actuaba como si no tuviese nada que perder. Todo parecía importarle un carajo, y lo peor de eso era que su filosofía de vida parecía resultarle efectiva, pues las cosas tendían a salirle como él quería. 

Viendo mi expresión, Miguel levantó el camisón. Los hermosos muslos de Anastasia quedaron a la vista. Siguió levantando, hasta que ambos descubrimos que, efectivamente, la prenda que usaba era blanca. Una pequeña tela cubría su pelvis. Como las piernas estaban cerradas, no pudimos ver su sexo en todo su esplendor. No obstante, debido a algún movimiento que habría hecho mientras dormía, había generado que parte de su carnosa vulva saliera del resguardo de la diminuta tanga, y quedara a la vista. 

El primo soltó el camisón, dejándolo caer. Quedó desprolijo, pero ahora cubría la pelvis de mamá nuevamente. 

“Si seguís así, quizás puedas recuperar los quinientos pesos que perdiste el otro día”, me escribió Miguel. Esta vez ni se molestó en enviarme el mensaje, sino que me mostró lo que había puesto en la pantalla del celular. 

Una vez que lo leí, volvió a escribir. “Doscientos pesos a que puedo besarle el culo sin que se despierte”. 

Le indiqué que aceptaba la nueva apuesta, con un movimiento de cabeza. Si ella se despertaba, ya llevaría ganando trescientos pesos, y entonces sí estaría cerca de recuperar lo perdido. Pero antes escribí mis condiciones, y le envié el mensaje para que las leyera. “El beso tiene que ser con lengua, y tiene que durar al menos diez segundos”. El primo rió y asintió con la cabeza. Sus ojos verdes evidenciaban lo divertido que se sentía, pues tenían un brillo que aparecía sólo en esos momentos. 

Esta vez me puse en el umbral de la puerta, pues estaba casi seguro de que Anastasia se despertaría a causa de lo que el primo le haría. Además, para llegar a ella, Miguel estaba obligado a apoyarse sobre la cama. Eso ya de por sí podía producir un movimiento en el colchón que la hicieran salir del sueño. Aunque por otra parte, el clonazepan parecía ser una droga muy fuerte. 

Como me lo había imaginado, él apoyó su cuerpo en la cama. Fue astuto, porque lo hizo con mucho cuidado, imprimiendo sólo la fuerza necesaria. El colchón no se hundió tanto como había imaginado. Mamá no hizo un solo movimiento, al menos por el momento. El primo apoyó la mano en la nalga de Ana, por encima de la tela. Me miró, burlón. Pero a esas alturas ya poco me importaba que un depravado como él manoseara a mamá. Mientras me dejara presenciarlo, estaba todo bien. Fue en ese momento en el que me di cuenta de que el odio que sentía por él, si bien no había desaparecido por completo, sí había disminuido considerablemente. 

Miguel levantó otra vez el camisón de mamá. El portentoso orto quedó a la vista de ambos. Como era de esperarse, la diminuta tela blanca que la cubría por detrás, aparecía totalmente hundida en la zanja de su culo, entre las dos monumentales nalgas. 

El primo arrimó su rostro. En ese momento no reparé en poner el cronómetro del celular para contar los segundos que duraba el beso. Pero supongo que en fondo eso me importaba bien poco. 

Sacó la lengua y la frotó en el firme glúteo, dejando la piel húmeda. Apoyó la mano en las caderas de Anastasia, y siguió lamiendo. Mi pija me estaba torturando de lo caliente que estaba. Me empecé a masajear, mientras observaba detenidamente, cómo el primo le comía el culo a mamá. Luego sucedió algo que no me esperaba. Miguel agarró la tela de la prenda íntima, y la corrió a un costado, sin dejar de saborear el orto en ningún momento. Luego metió la lengua entre las nalgas, y le dio un intenso beso negro. 

Ella se removió nuevamente, y esta vez incluso pareció murmurar algo. Pero dicho murmullo había sido entre sueños. Nada había pasado. 

Evidentemente ya habían pasado hacía mucho tiempo los diez segundos. Creo que estuvo al menos un minuto entero degustando ese sabroso ojete. Una vez que se sintió satisfecho, le acomodó la tanga y le bajó el camisón. Ella seguía durmiendo, ajena a todo. 

“Qué lástima. Ahora estás cien pesos abajo”, me escribió el primo, encogiéndose de hombros. “Pero te voy a dar la oportunidad de que no te vayas con los bolsillos vacíos”, puso después. Con un gesto de mano, le pregunté qué tenía en mente. 

“Hagamos la misma apuesta que antes. Pero esta vez el que la tiene que besar sos vos”, puso el primo. 

A pesar de que sabía que cada una de mis acciones las realizaba, en el fondo, para llegar a algo parecido a eso, no pude evitar sentir cierta aprensión cuando leí esas palabras. Si me hubiese hecho esa apuesta en otro momento, seguramente la rechazaría. Pero el caso era que yo estaba con la pija más dura que una roca, y Anastasia, completamente indefensa, dormía sensualmente a unos centímetros de mí. 

Por fin había llegado ese momento con el que hasta hacía no mucho ni siquiera me animaba a fantasear.

Me acerqué a la cama. Miguel se puso detrás de mí, para ver todo de muy cerca. Apoyé una rodilla en el colchón, sintiendo cómo se hundía. Luego hice lo propio con mis manos. Levanté una de ellas y acaricié el muslo. La piel era tersa y suave. Lentamente, levanté el camisón. Arrimé mis labios y, por fin, besé el impresionante trasero. Se sentía tibio y suave. 

Cuando me di cuenta de mi error, ya era demasiado tarde. Debí haber imitado a mi primo, y apoyar el torso, para luego arrimarme lentamente, como si fuera una serpiente. Pero todo el peso de mi cuerpo estaba concentrado en los dos puntos en donde me apoyaba: la rodilla y uno de mis brazos. Cuando quise correr a un costado la tanga, para darle un beso negro, perdí el equilibrio, lo que produjo no solo que los resortes rechinaran, sino que, debido al hundimiento del colchón, el cuerpo de Anastasia se moviera. 

Y entonces, lo inevitable. 

— ¿Qué? ¿Qué pasa? —preguntó mamá, al despertar.

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