GARBRIEL B

De repente me encontré en medio de la calle. Un auto tocó bocina. Me hice a un lado. Ni siquiera sabía en dónde estaba. Miré a todas direcciones. El lugar me parecía familiar, pero no lo recordaba con exactitud.

Estaba agitado, el corazón apenas empezaba a desacelerarse. Caminé hasta la esquina para ver sobre qué calles me encontraba. Las piernas me temblaban. Sanabria y Necochea, corroboré. Eso era a aproximadamente un kilómetro de casa. Había salido huyendo de ahí, como si fuese yo el que había hecho algo malo.

Bueno, en realidad, sí lo había hecho: me había masturbado viendo una película porno amateur, donde mamá salía de protagonista. Lo había hecho mientras miraba cómo Julio le hacía el culo. Julio… Si no se hubiera separado de mamá, nada de esto habría sucedido. Pero Miguel había jugado muy bien sus cartas.

Estaba indignado, pero sin embargo, la furia que creí que me iba a embargar, quedó oculta debajo de un sentimiento mezcla de fascinación y repulsión. Dos sensaciones opuestas que no me abandonaban, por más esfuerzo que hiciera.

Era increíble cómo, cada vez que parecía que por fin iba a derrotar a mi primo, y lograría deshacerme de él, Miguel no sólo salía bien librado, sino que me dejaba a mí en una situación incómoda cuando menos. Creo que fue en ese momento, en esa noche estrellada, en esas calles que pocas veces transité, sumergido en esa total ambigüedad, cuando, por primera vez, me di cuenta de que  sentía una gran admiración por Miguel. Una admiración que se deformaba por la bronca que le tenía, pero admiración al fin.

El primo siempre caía parado. Primero había quedado totalmente libre de su primera falta: espiar a mamá mientras cogía con Julio. Después resultó que sus antecedentes penales, esos que tanto esfuerzo me habían costado averiguar, para Anastasia no significaban nada, más bien al contrario, la instaban a proteger a ese chico descarriado. Luego se dio el gusto de filmar un encuentro sexual de mamá, y no sólo había salido indemne de ese hecho, sino que había dado vuelta la cosa de tal manera, que era yo mismo el que corría el riesgo de quedar como un depravado ante ella. Se volvía a repetir la historia de cuando éramos chicos. Cada vez que yo pensaba que podía ganarle en una pelea, terminaba apaleado igual a las veces anteriores. En esta nueva batalla no recibí puñetazo alguno, pero aun así, sentía que estaba recibiendo paliza tras paliza.

Y ahora esto…

Cuando, escondido en mi cuarto, vi cómo Miguel entraba sin permiso al cuarto de mamá, justo unos segundos después de que ella saliera del baño y entrara, sólo cubierta con una toalla, estaba completamente seguro de que por fin se la había acabado la joda. Estaba convencido de que el imbécil había confundido la amabilidad de mamá con permisividad, pensando que dejaría pasar semejante conducta, pero terminaría chocando contra una pared.

Yo salí de mi cuarto, sigiloso. Cuando estuve a unos pasos del de mamá, la escuché decir:

— No, Miguel. ¡Basta! Por favor, ¡Soltame!

El primo estaba a punto de violarla, era obvio. Era el momento oportuno para hacer acto de presencia y rescatarla. Sin embargo algo me detuvo.

No terminaba de entender qué era eso que me instaba a quedarme pegado a la pared, a unos centímetros de la puerta semiabierta, sin actuar. En la calle volví a preguntármelo. El tono de su voz, me dije. El tono de su voz, había algo malo en él.

En efecto, Anastasia pedía que por favor la soltara, pero en su forma de decirlo no atisbé indignación, rabia, ni decepción. Nada de eso. Sus palabras llevaban apenas el énfasis necesario como para sonar convincente. Además, no se oía ruido de forcejeo. El colchón no rechinaba, las palabras no salían entrecortadas, de manera que indicaran que estuviera esforzándose por soltarse de las garras de su sobrino. No, nada de eso.

— Miguel, en serio…

Un aplauso sonó como un estruendo. Fue uno solo, muy fuerte. Me hizo sobresaltar, casi haciendo que me descubran.

Por supuesto, no había sido un aplauso. Miguel le había dado una fuerte nalgada a Ana, haciendo que dejara de quejarse. Me preguntaba si mamá estaba desnuda. Imaginé que Miguel la había despojado de la toalla que la cubría, con suma facilidad, y ahora la tenía en la cama, totalmente en pelotas. Mi verga, por supuesto, estaba completamente al palo.

— Lo siento tía, pero no hay nada en el mundo que me haga detenerme —dijo el primo, y de inmediato se escuchó otra nalgada.

No podía dejar de fantasear con cómo se sentiría dar una nalgada a ese culo tan redondo, firme y voluminoso. Llevé mi mano a mi verga.

—   No. Esto está mal. No Miguel, no… —La frase de mamá se cortó estrepitosamente, interrumpida por un gemido—. No, no hagas eso. No quiero. No quiero. No…

Sin embargo sus palabras ya ni siquiera tenían el énfasis que tenían al principio. Ese “no quiero” resultaba poco convincente incluso para mí, y supuse que mucho menos para mi primo, que habría de estar sobre ella, con la pija estallando, queriendo meterse en ella cuanto antes.

— Que delicioso culo —dijo él, ignorando por completo la negativa.

Se escuchó otra nalgada.

— Puede venir Tito en cualquier momento —dijo ella.

— El bobo de tu hijo debe estar en la facultad tragándose algún libro —respondió Miguel—. Tranquila, esto te va a gustar… sí, así, quietita.

Hubo silencio. Escuché los cuerpos moverse sobre la cama. Mamá había dejado de quejarse por el momento. Y entonces la oí. El mutismo prolongado por extensos segundos, fue cortado por una exclamación, corta pero contundente, que ya no me dejaba lugar a ningún tipo de dudas.

— Aah —largó Anastasia, en un gemido más claro que el primero—. Despacio, la tenés muy grande —agregó.

Si faltaba algo para sentirme derrotado por él, era saber que tenía una verga grande. Y que ese comentario viniese de alguien como mamá, que habría de conocer montones de vergas, de todo tipo y tamaño, no era un detalle menor.

— Aah, Aah, Aah —los gemidos de ella eran cada vez menos espaciados entre sí, y se escuchaban más fuerte.

— ¿Ya ahora? ¿Querés que pare? —preguntó Miguel, mientras seguía moviéndose a mamá—. Decímelo y paro ya mismo.

Pero la puta de Ana ya no dijo nada. Aunque para mi alivio tampoco se rebajó a pedirle que no dejara de cogérsela.

Mientras escuchaba el inconfundible sonido del sexo,  yo seguí pegado a la pared, acariciando mi verga por encima del pantalón. Finalmente mis temores se habían materializado. Pero si bien me sentía tan humillado como un hombre que descubre a su pareja cogiendo con su peor enemigo, también sentía una calentura de otra dimensión que me obligaba a quedarme ahí, disfrutando del ruido de los cuerpos encontrándose, de las sábanas removiéndose a la par de ellos, de los resortes del colchón rechinando, de Ana soltando un gemido enloquecedor cada vez que era penetrada por su sobrino.

Estaba maravillado. Pero teniéndolos tan cerca, a apenas un par de metros, no podía conformarme con oírlos. Necesitaba verlos. Quería saber qué expresión tenía mamá en el rostro, cómo le brillaban sus hermosos ojos negros mientras era montada por su sobrino, y sobre todo, en qué posición se había puesto mientras él la violaba.

Sabía que si me veían, se terminaba todo. Pero si ese fuera el caso, yo tenía todo el derecho de armar un escándalo, e incluso era probable que mamá comprendiera que la única solución para obtener mi perdón, era expulsar a Miguel de la casa, de una vez por todas.

Pero, al menos en ese momento, no era eso lo que quería. En todo caso, si se daban cuenta de mi presencia, usaría la carta del escándalo, más si no me veían, tanto mejor.

Supuse que Miguel estaba encima de ella, boca abajo, por lo que lo más probable era que no notara mi presencia. Anastasia por su parte, podía verme o no, eso dependía más que nada de la suerte.

En todo caso, estaba decidido a llevarme una imagen mental de esa escena. El morbo le había ganado a cualquier otro sentimiento.

Di un paso adelante. Los sonidos se intensificaban. Otra vez se escuchaba algo parecido a unos aplausos. Pero ahora ya no eran producto de las nalgadas propinadas por el primo, pues el ruido era menos contundente. Supuse que Miguel la había penetrado por completo, de manera que con cada embestida, ahora su pelvis chocaba con los glúteos de Ana, produciendo ese efecto.

La boca se me hizo agua.

Estiré el cuello. Arrimé la cabeza al umbral de la puerta. Mi sombra se proyectó adentro del cuarto, pero por lo visto estaban tan ensimismados que no la notaron. Unos centímetros más, y pude ver la habitación. Y a ellos…

El musculoso cuerpo de Miguel cubría casi por completo el de mamá. El primo tenía la espalda ancha, y esta se arqueaba cada vez que la penetraba. Vi cómo su culo se movía adelante atrás, cada vez que hacía un movimiento pélvico. Su torso estaba completamente apoyado en ella. Estaban pegados, como si fueran uno solo, ambos totalmente desnudos. Un brazo la rodeaba y se metía por debajo. Si bien no alcanzaba a ver en dónde terminaba, asumí que le estaba estrujando la teta. Sentí cómo mi verga pegaba un salto adentro de mi pantalón, pues la imagen era demasiado erótica como para soportarlo.

La otra mano del primo estaba apoyada en la cabeza de mamá. Su precioso cabello negro que tanto cuidaba, estaba desparramado sobre la almohada. La cara mirando a la pared, fuera del alcance de mi vista, casi completamente cubierta por las garras del nefasto pendejo que le estaba dando maza como si fuese lo último que iba a hacer en su vida.

Quedé estupefacto viendo aquello que en cierto punto representaba mi peor pesadilla, pero a la vez, significaba también el cumplimiento de una fantasía: ver cómo se cogían a Anastasia. Esta fantasía ya había sido cumplida cuando Miguel me envió aquel video, pero verlo de tan cerca era otra cosa. Resultaba una experiencia mucho más intensa que la anterior. El escultural cuerpo del primo transpiraba, mientras arremetía sobre el exquisito cuerpo de ella, el cual, lamentablemente, estaba casi por completo oculto de mi vista. Sólo podía atisbar con claridad las torneadas piernas, que estaban semiflexionadas, y bien separadas una de otra.

Me alejé lentamente, volviendo a donde estaba, contra la pared, aún muy cerca de ellos. La eyaculación de Miguel no tardó en llegar. Largó un sonido gutural, más propio de un animal que de una persona.

— Esperá, quédate así que te limpio —dijo él.

Supuse que había acabado sobre ella. Me pregunté en qué parte del cuerpo lo había hecho. Imaginé que lo hizo sobre sus nalgas, ya que parecía el destino obvio de toda su leche. Entonces ahora el primo le estaría limpiando el culo a mamá. Me moría de ganas de ver esa escena, pero me contuve, pues ahora estarían en una posición desde la cual, seguramente me verían si yo me asomaba.

Noté que mi verga estaba mucho menos hinchada que antes. Mi calzoncillo se sentía empapado. Había eyaculado mientras veía cómo el primo montaba a Ana, y eso que en ese momento ya ni siquiera me estaba tocando.

— Me voy a lavar esta parte —dijo ella, refiriéndose seguramente, a su sexo y a la parte de su cuerpo donde había recibido la eyaculación.

Mi corazón dio un vuelco. Mamá quería meterse en la ducha nuevamente. Volví sobre mis pasos, y me metí en mi cuarto. Mis manos transpiradas me jugaron una mala pasada, ya que el picaporte se me resbaló y debido a esto, hizo un sonido metálico.

Miré, como de costumbre, a través de la cerradura. Me preguntaba si habían escuchado el sonido, y de haberlo hecho, si lo relacionaron con mi presencia. Pero mis dudas se disiparon enseguida. Anastasia salió totalmente en pelotas de la habitación, con una toalla seca en la mano. Creí notar en la expresión de su rostro cierta contrariedad. No me cabía dudas de que había disfrutado de lo que acababa de pasar, pero quizás ya estaba meditando sobre sus consecuencias.

Era la primera vez que la veía desnuda de frente. Sus muslos eran carnosos, sus tetas, enormes, apenas estaban caídas, en su pelvis comenzaba a crecer una hermosa mata de vello oscuro.

Miguel salió tras ella. Su mano se posó en el culo de Anastasia. Ella lo regañó, pero no hizo nada para sacárselo de encima. Ambos se metieron en el baño.

Se iban a bañar juntos. Y por supuesto, el primo aprovecharía para cogérsela de nuevo. Me di cuenta de que ella no había acabado. Probablemente él pensaba resarcirse. Me tentó espiarlos nuevamente. Pero ya había corrido demasiados riesgos, y probablemente no tendría otra oportunidad de irme sin que lo notaran.

Agarré las zapatillas, y me colgué la mochila al hombro. Salí del cuarto. Bajar las escaleras iba a ser lo más difícil, pues los escalones de madera solían crujir. Bajé por ellas en puntitas de pie, sin calzarme las zapatillas aún. Los primeros pasos los di sin producir ruido alguno, pero el quinto escalón me jugó una mala pasada. No soportó mi peso, y crujió bajo mis pies.

Esperé un instante, a ver si aquellos dos se habían alarmado. Pero seguramente el agua que caía sobre ellos amortiguaba los sonidos. Seguí bajando. Una vez en la sala de estar me coloqué el calzado, y salí de la casa.

Ya era de noche, pero todavía faltaba más de una hora para que se hiciera el horario en el que supuestamente volvía de la facultad.

Aturdido, caminé, caminé, y caminé. Hasta que me encontré ahí, en Necochea y Sanabria. Medité sobre lo ocurrido. Pasé de la indignación, a la humillación, y luego a la admiración, y después a la calentura, a una velocidad de vértigo.

Fui a un bar que quedaba cerca. Me senté en un rincón oscuro. Pedí una cerveza. No presté la menor atención a mi alrededor. Estaba completamente concentrado en el recuerdo de lo que acababa de pasar. Miguel se estaba cogiendo a mamá. Lo había visto con mis propios ojos, y mientras yo estaba sorbiendo el primer trago de cerveza, él seguramente estaría penetrándola nuevamente, o dándole un beso negro debajo del agua de la ducha, o metiéndole la pija en la boca…

Me puse al palo de nuevo. Me pregunté por qué no actué en ese momento. Era la oportunidad de sacarme de encima a ese cretino, y no la utilicé. Me respondí que la experiencia había sido superlativa, y la esperanza de poder vivir algo parecido en el futuro me hacía inclinarme a mantener la boca cerrada.

Sentí que mi verga crecía nuevamente. Repetí la escena que había visto hacía unos minutos, una y otra vez en mi cabeza: Miguel encima de mamá. Ella le había suplicado que no lo hiciera, pero ahí estaba él, y Anastasia ya no se quejaba. El primo, transpirado, metiéndose en el lugar más privado de mamá, ahí por donde me había parido. Anastasia gimiendo. Miguel, transpirado, ejecutando esa danza repetitiva en la que se balanceaba una y otra vez, adelante atrás, a la vez que ella soltaba un gemido. El pelo mojado de Anastasia, desparramado sobre la cama. Las piernas abiertas, que se separaban un poquito más cuando él se la metía hasta el fondo. “Por favor, soltame”, había dicho. Pero bien que en cuestión de segundos había cerrado la boca para entregarse completamente a la lujuria.

Mi pija parecía querer romper el pantalón y salir afuera. A los recuerdos le sumé la imaginación. Me preguntaba qué estarían haciendo en la ducha. ¿Mamá le entregaría el culo? Nunca sentí tantos celos y admiración a la vez. El hijo de puta de Miguel lo había conseguido.

Me preguntaba cuándo había comenzado todo. A todas luces se notaba que el primo había empezado a tejer su telaraña desde hacía bastante tiempo. ¿Había sido incluso antes de arribar a casa? Quizás le venía endulzando el oído desde antes. Pero ¿Cómo lo había conseguido? Si hasta hacía unos días atrás Ana lo trataba casi como un niño al que debía proteger y consolar. Tal vez ella fingía de manera espectacular.

Lo dudaba. Algo había pasado en los últimos días, o incluso, en las últimas horas. Recordé el video donde ella salía con Julio. ¿Se lo había mostrado? Quizás le dio a entender que tenía ese material, y la extorsionó… Quizás ni siquiera fue necesario extorsionarla. Ella simplemente se vio en la obligación de complacerlo, sabiendo que guardaba ese video.

Pero ¿Desde cuándo mamá era tan manipulable? Nunca imaginé que podía llegar a dejarse seducir por un adolescente de dieciocho años, y mucho menos permitir que la intimide. Anastasia, la mujer que todo hombre se daba vuelta a mirar, incluso cuando iban de la mano de sus esposas, la hembra que todo el mundo deseaba, el juguete sexual por el que muchos estarían dispuestos a vender su alma para tenerla, aunque fuera por una noche, había sido dominada por mi peor enemigo, un muchacho fanfarrón lleno de músculos, con el ego hasta el cielo.

Evidentemente había muchas cosas que yo desconocía, y no estaba seguro de si quería desentrañarlas. Lo que sí sabía con certeza era que espiarlos había sido la experiencia sexual más intensa que había tenido hasta el momento.

Vi que ya se acercaba la hora en la que tenía que volver a casa. Me concentré en otras cosas para que mi pija se deshinchara, lográndolo con dificultad. Fui al baño para hacer tiempo. Me limpié la verga. Había derramado un montón de semen. Mi calzoncillo estaba todo pegoteado.

Volví a mi hogar, caminando despacio.

Ambos estaban en la sala de estar. Mamá se levantó para darme un abrazo.

— ¿Cómo te fue bebé? —me preguntó.

Estaba exageradamente efusiva, como una esposa infiel que exageraba el cariño hacia su marido para que no notara su sentimiento de culpa.

— Eso, ¿cómo te fue en la facultad, bebé? —dijo el primo con tono burlón—. ¿Aprendiste a levantar una pared?

Mamá lo miró con gesto de reproche, pero no dijo nada.

— De esas cosas no nos encargamos los arquitectos. Para eso están los obreros —expliqué—. Cuando me reciba te aviso, seguro serías muy útil para cargar los ladrillos.

— Bueno Tito, no empieces —intervino mamá.

— ¿Y a él no le decís nada? —pregunté, indignado.

— Los dos, se tranquilizan —dijo. En ese momento sonó el timbre—. Ya llegó el sushi.

— ¿No tuviste tiempo de cocinar? —pregunté, conociendo perfectamente la respuesta.

— Sí, pero a veces no tengo ganas de hacerlo —contestó ella, y se fue a abrir la puerta.

Anastasia no trabajaba, pues papá nos había dejado una herencia decente, que en general estaba invertida en bonos del estado y en acciones que pagaban dividendos, lo que nos permitía tener ingresos permanentes. Era por eso que le dedicaba todo su tiempo a la casa y a mí. Pero ahora el tiempo también debía repartirlo con el imbécil de Miguel, así que me tenía que empezar a hacer a la idea de que algunas cosas iban a cambiar. De momento, por lo visto ya no podía contar con una buena comida casera a diario.

Mamá entró de nuevo con la caja de sushi. Era increíble cómo, incluso con las prendas más comunes, se veía despampanante. Llevaba un pantalón elastizado negro y una remera blanca. Sus tetas parecían querer estallar adentro de ella. Su pelo negro, todavía húmedo, estaba suelto. Me miró con sus preciosos ojos negros, como intuyendo que estaba cavilando algo.

— ¿Vamos al comedor? —preguntó.

Lo hizo mirando a Miguel, como pidiendo su aprobación. Luego, como dándose cuenta de su error, dirigió su mirada a mí.

— Sí, vamos —me adelanté a decir. Suponía que el primo prefería cenar en el living, frente al televisor, pero por esta vez no se haría lo que él quería.

— Voy a buscar los platos —dijo ella, una vez que apoyó la comida en la mesa.

— Te ayudo —dijo Miguel.

Fue tras ella, como oliéndole el culo. Miré hacia la entrada de la cocina, donde se encontraban, aunque ya los había perdido de vista. No escuchaba ningún sonido, cuando se suponía que debían estar sacando los platos y los vasos de sus respectivos compartimentos.

Me fui con ellos. Como lo supuse, andaban en algo. Pero no alcancé a engancharlos infraganti. Simplemente los vi cuchicheando, muy juntitos, diciendo algo que no alcancé a entender.

— Saco la bebida —dije, dirigiéndome a la heladera.

— Podríamos acompañarlo con un vinito blanco ¿No? —propuso Miguel.

— Eso es exactamente lo que iba a sacar —dije.

— Está bien, pero sólo una copa. No quiero lidiar con ningún adolescente borracho —intervino mamá.

— Pero si ya no somos unos niños, tía —se quejó el primo.

— Por eso, ya son grandes, y tienen que saber controlarse.

— Si yo sé controlarme —dijo él. La miró con complicidad. Ella no pudo evitar esbozar una sonrisa nerviosa, seguramente recordando que hacía poco Miguel le había demostrado el poco control que tenía sobre sus deseos.

Inesperadamente, mamá se acercó a mí, me abrazó y me dio un beso en la frente.

— Pero qué imagen tan conmovedora —se metió Miguel—. Y para tu sobrino preferido, ¿no hay beso?

Mamá pareció sentirse incómoda. Pero enseguida esbozó una enorme sonrisa, y fingió creer que el primo se lo había dicho con toda inocencia.

— Claro — dijo. Fue hacia él. Vi cómo sus pechos se apretaban en el tórax de Miguel. Le dio un sonoro beso en la frente—. Me alegra ver que te sentís contento acá, con nosotros.

— ¿Y cómo no iba a estar contento? Si son tan buenos conmigo —dijo él. Le retribuyó el abrazo, rodeando sus brazos en la cintura de anastasia. Me miró y me guiño un ojo—. Mirá qué cintura —comentó—. Si es toda una kim Kardashian de Buenos Aires.

Ella rió. Era cierto, tenía una contextura física muy parecida a la de la conocida socialité. Eran igual de petisas, igual de voluptuosas, con una cintura ridículamente angosta, que contrastaba con sus enormes traseros y caderas. Pero mamá tenía la piel blanca y su rostro era mucho más bello. Si quisiera, podría ser una influencer famosa. O podría ganar miles de dólares extras vendiendo packs de fotos en donde salía desnuda.

Miguel se puso a hablar de las refacciones que haría en la casa. Parecía estar enamorado de su propia voz. No demostraba interés por lo que pudiéramos decir al respecto, simplemente hablaba y hablaba.

Me costaba ver con los mismos ojos que antes a mamá. Ya de por sí, desde aquella vez que me la encontré por la calle, erotizándome con ella, sin darme cuenta de que se trataba de mi madre, me costaba no mirarla con ojos diferentes con los que debía mirarla. Luego sucedió lo del video con Julio, y ahora esto…

Anastasia era un volcán que necesitaba hacer erupción. Todo indicaba que su apetito sexual era enorme, y ahí estaba Miguel para saciarlo.

Cuando terminamos de comer, mamá levantó la mesa, y fue a lavar los platos. Creí que el pajero de Miguel iba a ir detrás de ella, para fingir ayudarla, cuando en realidad aprovecharía para meterle mano. Pero en cambio, se quedó conmigo.

— Es hipnótico ¿No? —preguntó.

— Qué —dije, desconcertado.

—El culo… es hipnótico. Te juro que no puedo dejar de mirarlo. ¿Viste como menea las caderas cuando camina?

— No me rompas las bolas. No quiero hablar de eso con vos —contesté, sintiendo cómo la sangre me subía a la cabeza.

— Vamos Tito —dijo, con tono sobrador, alargando la o, de Tito—. Si ya sabemos que a vos también te calienta. ¿Para qué vamos a mentirnos entre nosotros?

— Nada que ver… —dije, tartamudeando—. Lo que pasa es que yo no sabía que la del video era ella. Y cuando me di cuenta, bueno… ya era demasiado tarde.

Miguel soltó una carcajada que seguramente mamá alcanzó a oír. Me sentía totalmente humillado.

— No te calentés primo. Es normal que seas curioso. Además, cualquiera que tuviera a Ana como madre se volvería un degenerado.

— Si seguís levantando la voz, te voy a cagar a trompadas —lo amenacé. Y era una amenaza real, pues de nada serviría todo el esfuerzo que estaba haciendo por hacer la vista gorda al hecho de que se estaba culeando a mi mamá, si el imbécil me mandaba al frente.

— Tranquilo primo. Esto es un secreto entre nosotros dos. Además, yo también voy a compartir un secreto con vos.

— ¿Cuál? —pregunté, intrigado.

— ¿Sabés qué voy a hacer esta noche? —Acercó sus labios a mi oreja, y habló en un susurro—. Me voy a coger a tu mamá.

El hijo de puta no estaba bromeando. La revolcada que se había pegado hacía un rato, le daba la seguridad de que de verdad iba a hacerlo. El primo no perdía el tiempo, seguramente pretendía aprovechar el momento, ya que mamá se encontraba con la guardia baja.

— Estás delirando —dije.

Miguel tenía una sonrisa de oreja a oreja. Me dieron muchas ganas de borrársela con una trompada, pero quería saber si podía sacarle información. Me preguntaba si había notado que los había espiado durante unos segundos cuando él estaba encima de mamá, dándole maza, pero parecía que por eso no debía preocuparme.

— ¿No me creés? —dijo él, desafiante.

— Claro que no —respondí—. Y salvo que lo vea con mis propios ojos, no lo voy a creer nunca.

— Así que esas tenemos eh, primito —comentó—. Todo se reduce a que querés ver cómo se cogen a tu mami —estuve a punto de responderle, pero él me interrumpió—. Tranquilo, el voyerismo es muy normal, y te sorprendería saber cuántos pibes como vos tienen el complejo de Edipo.

— No me vengas con esas pendejadas filosóficas —lo corté—. Mamá nunca se dejaría coger por un niñato como vos.

— Si eso creés… —hizo un silencio teatral—. Hoy no te quedes con nosotros hasta tarde. Ya vas a ver cómo me la cojo una vez que nos dejes solos.

— Claro, claro —dije, condescendiente, como quien está hablando con un demente—. ¿Y yo cómo lo voy a saber? ¿La vas a grabar de nuevo?

El primo miró en derredor.

— No hay un buen lugar para poner el celular —dijo.

Meditó unos segundos, y de repente se le iluminó la cara.

— Y qué tal si te escondés acá en la cocina.

La cocina tenía acceso directo al comedor y la sala de estar, los cuales estaban en un mismo espacio abierto. Lo mejor de todo eso era que al fondo estaba el lavadero, donde se encontraba el lavarropas y los artículos de limpieza, lo que significaba que si a mamá se le daba por meterse en la cocina mientras yo me escondía, sólo era cuestión dirigirme sigilosamente hacia allí, para encontrarme en un nuevo escondite. Era un plan simple, pero perfecto. Por una vez el primo estaba siendo engañado por mí, y la cosa se estaba yendo a donde yo pretendía que fuera.

— ¿Te pensás que estoy loco? —Fue, no obstante, mi respuesta—. No me voy a quedar ahí esperando a ver si te vas a coger a mi mamá o no. Además, ¿Qué ganaría yo?

— ¿Ya están peleando de nuevo? —dijo mamá, apareciendo de repente.

— No tía, si estamos hablando de lo más bien —dijo Miguel, con el cinismo que lo caracterizaba.

— Está todo bien má —lo apoyé yo.

— ¿Preparo té para todos? —preguntó ella.

— Ya lo preparo yo tía, no tenés por qué hacer todo.

— Ojalá uno que yo sé fuera igual de atento —comentó ella con ironía, dirigiéndose a mí.

— Ya colaboraré en otra ocasión —prometí.

Nos sentamos, como todas los noches, en el sofá de tres cuerpos. Bebimos el té mientras elegimos una película para mirar.

— Uno de estos días podríamos salir juntos —propuso Miguel—. Digo, para cortar un poco con la rutina.

— Me parece una idea excelente —Apoyó mamá—. ¿Cierto? —agregó, dirigiéndose a mí.

— Sí, claro, no estaría mal.

— Voy a apagar las luces —dijo ella.

Miguel la siguió con la mirada, y se mordió el labio inferior. Anastasia se sentó entre nosotros. En un momento sentí que había más movimiento del que debería en el sofá. Me preguntaba si se estaban toqueteando.

— Yo ya me voy a dormir —dije—. Que desfruten de la película.

Le di un beso en la mejilla a mamá.

— Que descanses bebé —dijo.

— Seguramente en unos minutos ya esté dormido. Por algún motivo estoy muy cansado.

Subí por las escaleras, pero sólo unos escalones, hasta llegar al primer descanso, ya oculto de la vista de mamá. Puse el teléfono en silencio. Le envié un mensaje a Miguel: “Distraela para que me pueda meter en la cocina. Si no te la cogés, me vas a pagar quinientos pesos. ¿Aceptás o no?”.

Quinientos pesos no era ni mucho ni poco dinero. Era un monto razonable para darle mayor credibilidad al hecho de que yo no creía que iba a poder cogérsela, y a la vez, no me dejaría en banca rota si perdía, lo cual era lo más probable.

  Enseguida me llegó la respuesta del primo: “metete ahora, que está distraída con la película y estando todo oscuro no creo que te vea”.

Bajé nuevamente los escalones, y me metí en mi nuevo escondite. Si todo salía bien, tendría una visión mucho mejor que la de hacía unas horas atrás. Desde ahí podría acercarme varias veces a ver cómo Miguel se cogía a Anastasia. Esperaba que la luz del televisor fuera suficiente para iluminarlos.

Me llegó un nuevo mensaje del primo: “Cada vez que diga la palabra putita significa que ella va a estar en una posición desde donde vas a poder asomarte sin correr riesgos. Así que estate atento bebé. Estás a punto de ver cómo me cojo a tu mami”.

“Sólo me voy a quedar esperando acá para ganarme esos quinientos pesos”, le respondí. “Y te aviso que sólo lo voy a hacer durante una hora. Transcurrido ese tiempo, voy a considerar que gané”.

Era todo muy bizarro. Hasta hacía un rato todavía no me caía la ficha de lo que estaba sucediendo entre esos dos. Y ahora estaba coludido con mi enemigo, para poder ver cómo se montaba a mamá.

— ¿Qué pasa? Estás muy distraído con tu celular —escuché que dijo ella.

— Eran sólo mis amigos. No te pongas celosa —dijo él.

— No seas tonto, mirá si me voy a poner celosa… Además, no me gusta que hables como si fueras mi pareja.

Hubo un momento en donde sólo oí el sonido del televisor.

— No, ahora no —dijo ella—. Sacá la mano de ahí.

— Pero si tu bebé ya debe estar dormido —dijo él.

— No lo nombres mientras me manoseás —pidió Ana.

— Tranquila, que por nombrarlo no va a aparecer.

— Te estás equivocando, lo de hoy sólo fue una situación excepcional. Eso no te da derecho a meterme mano cuando se te ocurra.

— Pero si el día todavía no termina… así que sigamos con esta situación excepcional—retrucó él.

— ¿No te bastó con lo de hace un rato?

— No. No me bastó —respondió él.

— Sos un pendejo dominante, e insaciable. ¿Ya estás caliente de nuevo? Es muy grande…

Escuché el sonido de un cierre abrirse. Ya estaba, así de Fácil, Miguel se iba a coger de nuevo a mamá.

Iba a aprovechar esa oportunidad. Estaba convencido de que nunca viviría algo tan estimulante. Sin embargo estaba equivocado. Tanto a Anastasia como a mí nos esperaban situaciones que en ese momento me resultaba imposible imaginar.

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