LLUN ROC

VI

Dos días después, Luna y sus amigas ya estaban de nuevo en la cafetería pasando la tarde. Durante los primeros días no hicieron más que hablar del asunto de Tristán, y a medida que veían que todo había salido bien, estaban más tranquilas y confiadas, constantemente bromeaban sobre todo lo que podrían conseguir si seguían chantajeando a Tristán, aunque Luna ya había dejado claro que mientras las dejase en paz, ella no pensaba volver a recurrir volver a recurrir a eso, lo cual siempre indignaba a Nuria.

—¡Luna, ese tío está forrado! Ya viste lo rápido que solucionó lo de Sahar, está claro que le acojonaste bien, ¡podría darte lo que le pidieras!

—Ya está bien, Nuria— dijo Luna con calma—. Ya hemos hablado mucho de ello estos días. No quiero seguir apretándole, no sabemos cómo podría acabar reaccionando.

-Con apretarle te refieres a los huevos, ¿no?

Anya soltó una carcajada y Sahar se atragantó con el café. Las bromas sobre los huevos de Tristán habían sido habituales durante aquellos días y Luna puso los ojos en blanco.

-Ese tío ha sido un cabrón con nosotras durante todos estos años, Luna. ¿Crees que él sería tan compasivo? Sabes de sobra cómo es, machaca a la gente hasta que no queda nada y si se compadece es solo para tenerlos donde él quiere. Bueno, pues por una vez es al revés, las tornas han cambiado y ha sido gracias a ti. Ahora ya no estoy de coña, Luna, lo digo en serio. Tienes tu mano alrededor de sus huevos, ¡apriétalos bien!

Luna se quedó callada observando a las demás, que no dijeron nada, pero por su gesto, vio que las palabras de Nuria no las disgustaban de todo.

—Además, nos lo debes. — añadió Nuria con rotundidad. Luna la miró sorprendida.

 —¿Qué es lo que os debo?

—Tú odias a Tristán porque nos aprecias y eres muy buena, pero a ti realmente no te ha hecho nada. Sobre Anya estuvo esparciendo rumores durante asquerosos que todavía circulan. ¿Te acuerdas verdad?

Sahar pareció confundida. Más de una vez le había contado lo de los rumores, pero nunca habían entrado en detalles. Anya, con su piel blanquísima y sus ojos claros, parecía frágil cuando estaba triste. Mirando al suelo comenzó a recordarles la historia.

—Dijo que era una puta y que le había contagiado una venérea a uno de sus amigos… lo cual parece ser que era verdad porque el resto de chicos lo vieron en el vestuario, pero obviamente no fui yo. Aquello dio igual, el tío en cuestión se sentaba a mi lado en algunas clases y eso fue suficiente para que resultara creíble. Además, el muy capullo confirmó la historia, aunque le culpo, no sabemos si fue por lealtad a Tristán o por miedo y… desde entonces ningún chico se me ha acercado—, terminó diciendo Anya, con los ojos bañados en lágrimas.

—Yo nunca os lo quise contar, pero en mi caso amenazó a mi madre —dijo Nuria muy seria, consiguiendo que las tres la mirasen con espanto. –Ya sabéis que mi madre trabaja en televisión, pues al parecer el puto padre de Tristán es accionista de esa cadena. Me llamó el director un día a su despacho, no tenía ni idea de para qué sería, y allí estaba Tristán. Dijo que yo le había faltado al respeto y que exigía una disculpa. El director soltó un rollo sobre la importancia del respeto, el compañerismo y toda esa mierda. Si Tristán quería una disculpa podía habérmela pedido en la calle, pero lo que quería era tener al director de testigo, como una demostración de fuerza, para que yo viera que ante cualquier conflicto, el director estaría de su lado. Y cuando me negué, me soltó lo de mi madre. Dijo que una llamada y estaría en la calle. Ahí el director intervino, pero simplemente para decir que las cosas no tenían por qué llegar tan lejos y que lo más sensato era disculparse y olvidar los conflictos, que esos eran los valores de la Academia. Pues vaya puta mierda de valores, sinceramente. Ante esa situación, no me quedó más remedio que soltar una disculpa y largarme. Con aquello fue suficiente.

Las otras tres amigas se quedaron conmocionadas. Anya la abrazó, Sahar tenía los ojos llenos de lágrimas y Luna estaba muy seria, aferrada a los brazos de la butaca en que estaba sentada.

—Yo no tendría piedad con ese cabrón, Luna— dijo Anya, con los ojos aun llorosos. — ¿Tú qué opinas, Sahar?

La chica se quedó callada, mirándose las manos y finalmente habló.

—Duro con ese cabrón.

Anya se echó a reír, aún con lágrimas en los ojos y Nuria aplaudió efusivamente. Luna comprendió que estaba sola. Pero también entendía la rabia que tenían sus amigas. Era consciente de que el chantaje al que sometió a Tristán estaba mal, pero en aquel momento era cuestión de salvar a una amiga de una situación complicada, ahora en cambio era pura venganza. Sin embargo, pensó sus amigas tenían razón, se lo merecían. El chantaje suponía cruzar una barrera moral para Luna, pero muchas otras eran las que había cruzado Tristán, había hecho daño a mucha gente y todavía podía seguir haciéndolo. Sus amigas habían sufrido en su momento más de lo que Tristán estaría sufriendo ahora. Después de pensarlo durante unos minutos, Luna habló.

-Está bien. Lo haremos, pero una única vez y no habrá más. ¿De acuerdo? Le pediré una suma de dinero razonable que repartiréis entre las tres, yo no quiero nada. No será una fortuna, pero sí suficiente como para que os deis un capricho que normalmente no podríais. ¿Qué os parece?

Anya y Nuria se miraron con satisfacción, Sahar parecía algo incrédula con la idea de recibir una gran suma de dinero. Las tres abrazaron a Luna y rieron mientras decidían la cantidad exacta que le pedirían a Tristán. Después de ponerse de acuerdo, Luna les dijo que quería quitarse aquello de encina cuanto antes, así que fue directa al estadio donde solía entrenar Tristán con sus amigos y le pediría que le hiciera un ingreso. No quería alargar aquello más de la cuenta. Sus amigas estaban entusiasmadas con el plan y dijeron que esperarían impacientes a que volviera.

—¡Sin piedad con sus pelotas! — gritó Nuria a modo despedida.

VII

Caía ya la tarde mientras Luna se dirigía al estadio. Se sorprendió a sí misma de ver lo tranquila que estaba. No puedo permitir que esto me acabe pareciendo normal, se dijo a sí misma. Desde luego no le hacía gracia la idea de convertir a Tristán en un cajero automático humano, pero aun así sentía que había algo que le gustaba de todo aquello de un modo que era capaz de describir ni de admitir. Por supuesto, había aceptado hacerlo por sus amigas, eso era lo que ella misma se decía, como una pequeña compensación por todo lo que han sufrido. Por eso no iba a quedarse nada de dinero para ella, pensaba. Pero todo eso eran solo intentos de calmar aquella sensación extraña e inconfesable. Una sensación de placer.

Esperó apoyada en la pared frente al estadio hasta que vio salir a Tristán con su grupo de amigos. Hubiera jurado que sonreía algo menos de los habitual. Nada más verla, una punzada de pánico sacudió la mente de Tristán. Despidió rápidamente a sus amigos y fue directo hacia ella.

—¿Qué haces aquí, puta?

La agresividad de la pregunta dejó bloqueada a Luna durante unos instantes.

—Teníamos un trato, ¿te acuerdas? yo solucionaba lo de tu amiguita marrón y nos olvidábamos el uno del otro hasta que acabara el curso. Yo he cumplido así que vuelve con las zorras de tus amigas.

Luna se dio cuenta de que aquello no iba a salir bien si no se imponía. Tenía que atacar su autoestima como hizo la otra vez. Hacerle sentir miedo. Presionar su punto débil. Y sabía de sobra cuál era.

—Eh, calma, solo he venido a hablar— Luna esta vez estaba distinta, Tristán lo notó al instante. La vez anterior estaba en pánico y soltó todo su discurso como robot. Ahora en cambio se la veía mucho más tranquila. La muy zorra se está acostumbrando, pensó Tristán.

—Para empezar, no teníamos ningún trato — continuó Luna. —Creo que te lo resumí muy claramente… te tengo cogido por los huevos.

Esta vez lo dijo mucho más tranquila y esbozando una pequeña sonrisa al final, lo que perturbó mucho más Tristán. Sus palabras sonaron tan amenazadoras que casi sintió su mano oprimiendo literalmente sus genitales a través de sus pantalones cortos de deporte. En aquel momento Tristán sintió que no podía mostrarse débil, hizo lo posible por seguir mostrándose desafiante.

—No vas a conseguir nada de mí con simples amenazas, niña. Te funcionó una vez, pero no volverá a pasar. Si tienes algo con lo que crees que puedes hacerme daño, enséñamelo y haz que me acojone de verdad… porque si no voy a empezar a pensar que vas de farol.

Luna sintió una punzada de miedo. Él la miró fijamente, con su mirada fría y su sonrisa, que cada vez se hacía más grande. Por un momento, había vuelto a ver al Tristán de siempre, y si flaqueaba en ese momento, estaría todo perdido. Tenía que humillarle de nuevo, tenía que atacar su virilidad.

—Mira, Tristán, — dijo sonriendo, intentando fingir seguridad— no intentes ir de chulo conmigo, ya sabes que eso ya no funciona. Las fotos están aquí—  dijo levantando el móvil —pero no te las voy a enseñar por la sencilla razón de que no voy a hacer nada de lo que tú me pidas, esto es más bien al revés. De todas formas… esta será la última cosa que te pida. Deberás hacerla ahora y lo más rápido posible, y a partir de entonces todo se habrá acabado. Tú por un lado, mis amigas y yo por otro.

Le explicó a Tristán con detalle lo que tenía que hacer. Había varios cajeros en el campus y el más cercano estaba casi al lado. Irían hasta allí, le ingresaría la cantidad exacta en su cuenta y todo se acabó. En cuanto Tristán oyó hablar de dinero, su mente entró en pánico. Pese a la vida que llevaba, él apenas disponía de dinero propio, se lo ingresaba todo su padre. La cantidad ciertamente no era excesiva para el dinero que estaba acostumbrado a manejar, pero sí era más de lo que tenía en ese momento. Tendría que pedirlo a su padre. No podía mostrar debilidad ante aquella chica, pero satisfacer su petición en aquel momento sencillamente no le era posible. Y, en cualquier caso, una cosa era pedirle hacer cosas que pudiera lograr con su influencia en la Academia, pero pedirle dinero ya era demasiado. La situación estaba llegando al punto que él temía. Ya no solo le tenía cogido por los huevos, los estaba apretando.

—No pienso darte dinero, pide cualquier otra cosa—. No debía haber dicho eso, pensó al momento, había sonado desesperado.

Luna se dio cuenta de la debilidad y sonrió. Se encogió de hombros, sacó el móvil y comenzó a escribir en él. Sabía que esto no iba a ser buena idea, sabía que era peligroso jugar a esto con Tristán, lo sabía, lo sabía. Salió bien una vez y gracias, mejor era no arriesgarse. ¿Por qué había sido tan estúpida como para acceder? Ahora estaba rezando para que manipular el móvil tuviera el efecto esperado. Intentó sonar lo más fría y amenazadora posible cuando le dijo que las fotos estaban a punto de ser enviadas a uno de los chats de la Academia.

Tristán intentaba mantener la calma, pero el corazón le latía a mil por hora. Algo raro había ahí. Algo no le cuadraba. ¡No tenían las fotos! Las habían visto pero no las tenían, o quizás las hubieran borrado por error, o quizás… no todo eso eran locuras, pero estaba seguro de que algo raro había. Le sostuvo la mirada a la chica casi hasta el final, pero cuando ella levantó el dedo índice lentamente y se disponía a pulsar la pantalla del móvil, entró pánico. Sintió como si Luna estuviera a punto de apretar el botón que activase un detonador colocado alrededor de sus pelotas.

—¡Está bien! — gritó. — Dame unos minutos, solo una llamada y estará todo listo.

Luna estaba casi al borde del infarto, pero aquella reacción la tranquilizó. No le hacía gracia lo de la llamada, así que le exigió que la hiciera en ese instante y junto a ella, y si era algún truco, apretaría la pantalla al instante.

Aquello para Tristán era extremadamente humillante. Hasta hacía solo dos días, su padre era la única persona en el mundo que sentía que tuviera poder sobre él… y ahora la otra persona era esa chica a la que sacaba dos cabezas y que iba a escuchar toda la conversación con su padre. Sacó el móvil y marcó el número. Siempre sentía una punzada de pánico al hablar con él. No pasa nada, pensó, simplemente es para pedirle dinero, lo he hecho muchas veces y con cantidades incluso mayores, no hay problema. Luna podía ver perfectamente lo nervioso que estaba y eso la hizo contener la risa. Él se dio cuenta. Se sentía totalmente vulnerable en aquel momento, como si estuviera desnudo delante de aquella chica. Totalmente indefenso, como si aquella chica le hubiera atado una cuerda a sus genitales y estuviera tirando de ella. Totalmente emasculado, como si sus genitales ya solo estuvieran unidos a su cuerpo por un fino hilo de carne que pudiera romperse en cualquier momento.

La llamada solo dio un par de tonos antes de que su padre contestara. Su cara se tensó al escuchar fría voz de su padre. Luna se dio cuenta y ahora ya no pudo reprimir la risa, lo que hizo que Tristán sintiera como si el hilo que unía sus genitales a su cuerpo se hiciera aún más fino. La conversación fue breve y rutinaria. El ingreso estaba hecho. A continuación, acompañó a Luna al cajero sin decir nada y procedió a transferirle el dinero. En ese momento, ya no se sentía como un depredador, sino como un animal de granja al que llevan resignado al matadero.

Una vez hecha la transacción, cada uno se fue por su lado, sin decir nada. Luna fue directa a la residencia, donde se reuniría con sus amigas, les contaría cómo había ido y transferiría el dinero a cada una. De camino, Luna no pudo reprimir la risa al recordar el grito agudo de Tristán cuando ella estaba a punto de apretar la pantalla de su móvil. Verdaderamente, la voz de alguien a quien están apretando los huevos debía sonar muy parecida, pensó divertida.

Sus amigas la esperaron al llegar y estallaron en carcajadas de euforia cuando les contó la situación con Tristán. Subieron todas a la habitación y les hizo la transferencia a cada una. Lo que más emocionó a Luna fue la reacción de Sahar al ver la cantidad. A la chica se le saltaban las lágrimas y a diferencia de sus dos amigas, ella no pensaba gastarlo en nada, sino guardarlo para sus padres. Luna se fue a la cama aquella noche con una extraña sensación de excitación. Será por los nervios, pensó. Y por primera vez en mucho tiempo, sintió ganas de masturbarse. Será para calmar los nervios, quiso creer.

VIII

Por la mañana se sintió extrañamente tranquila. Ese día lo tenían libre, así que ella decidió pasar ese día relajada. Dedicaría la mañana y parte de la tarde a leer y después se daría una larga ducha. Tanto Anya como Nuria pensaban aprovechar para hacer compras en la ciudad y Sahar quería hacer una larga llamada a su casa.

El día transcurrió con normalidad. Hacía tiempo que Luna no se sentía tan bien. Todavía no podía creer lo bien que había salido el plan con Tristán pese a lo cerca que había estado de fracasar. Sus amigas habían recibido su compensación en forma de dinero, pero Luna creía que ni todo el dinero del mundo podía igual la satisfacción que había sentido ella al ver a Tristán tan desesperado y humillado. Solo aquello ya compensaba todos los malos ratos que les había hecho pasar desde hacía ya tanto tiempo.

Sentía como si de alguna manera todo esto la hubiera cambiado, lo cual le daba también un poco de miedo. Se sentía mucho más segura al ver de lo que era capaz, al ver cómo podía someter a un hombre grande y orgulloso como Tristán. Se miró al espejo y aunque su cara era la de siempre, sí veía algo diferente en ella. Se quitó la ropa y se contempló totalmente desnuda. Luna no era ni muy alta ni muy baja. Se consideraba de talla media, no tan alta como Anya ni tan baja como Nuria. Su cuerpo no era todo lo esbelto que a ella le gustaría. No le sobraba kilos, pero era ancha de caderas y tenía el pecho más grande de lo que hubiera querido. En la adolescencia le avergonzaba y ahora solía ocultarlo con prendas anchas. Sin embargo, en aquel momento, al mirarse completamente desnuda frente al espejo, se encontró perfecta. No es que su cuerpo hubiera cambiado, sino ella.

Se metió en la ducha y cuando el agua tibia el empapó todo el cuerpo comenzó a recordar esa extraña sensación de placer que sintió el día anterior antes de su encuentro con Tristán. También recordó ese inesperado impulso de masturbarse por la noche. Llevaba días intentando negarlo, quizá desde el mismo momento en que tomó forma en su cabeza la idea del chantaje a Tristán, pero había algo que le gustaba en todo aquello, que le gustaba de una forma que le avergonzaba y horrorizaba admitir. Recordó toda la escena con Tristán, recordó lo poderosa que se había sentido… mientras pensaba todo eso su coño estaba tan mojado que apenas necesitó tocarse para correrse salvajemente bajo la ducha. Se sintió relajada y orgullosa de lo bien que estaban saliendo las cosas, aunque una vez pasada la excitación se esforzó en recordarse que todo aquello lo había hecho por unas causas muy concretas, para ayudar a Sahar y para vengar a sus amigas. Salió de la ducha, se envolvió en una toalla y abrió la puerta del baño.

En el centro de la habitación, de pie junto a la cama, se encontraba Tristán. Tenía el móvil y el ordenador de Luna destrozados junto a él.

—Los he comprobado antes, no hay ni rastro de las fotos—. Dijo con una amplia sonrisa mientras se acercaba lentamente a ella. Nunca había tenido un aspecto tan amenazador, sus ojos azul metálico parecían brillar y su sonrisa, tan grande como siempre, tenía un aspecto absolutamente perverso. Luna sintió una oleada de pánico, podría haber vuelto a entrar al baño y encerrarse allí, pero estaba totalmente bloqueada. Toda la seguridad y la sensación de poder que sentía se hacía añicos. Tristán llegó hasta ella y la agarró por los hombros mientras sonreía, luego sus manos fueron bajando y la palparon todo el cuerpo. Aquel joven era varias cabezas más alto que ella y todo músculos, en sus manos Luna parecía una muñeca.

—Ya no eres tan dura, ¿verdad?

La mente de Luna trató de pensar. Estaba absolutamente aterrada, envuelta solo en una toalla mientras aquella fiera la manoseaba.

—Tengo las fotos, tengo las fotos, no sabes lo que estás haciendo…—balbuceaba Luna inútilmente.

—No tienes una mierda—, le espetó él con despreció.

Sin dejarla decir nada más, le arrancó la toalla dejándola completamente desnuda. Luna intentó cubrirse con las manos y él se echó a reír. Hizo una exclamación obscena al comprobar el tamaño de los pechos de Luna. Ella tenía miedo, pero también sentía un enorme desprecio hacia él, a quien intentó desafiar incluso entonces.

—Me sorprende que te guste lo que ves — dijo Luna mirándole con cara de asco.

Él no esperaba un comentario así en aquella situación, su cara se contrajo de ira.

— Ven aquí, zorra, ahora verás lo que me gusta—. La agarró y la estrechó con fuerza contra sí. Luna pudo sentir claramente una enorme erección a través del pantalón.

—Escúchame bien, puta. Este jueguecito que has intentado ha sido el peor error de tu vida. Podría hacer contigo ahora mismo lo que me diese la gana, pero prefiero destrozaros la vida a ti y las putas de tus amigas. Le contaré a mi padre que habéis intentado chantajearme con unas fotos, no necesito ser sincero sobre el contenido, sé que se enfurecerá conmigo por haber sido imprudente, pero me da igual, porque con vosotras no tendrá piedad. La madre de esa enana pelirroja estará en la calle mañana, tenlo por seguro. La zorra esa rubia acabará expulsada, encontraremos gente mentirá y dirá que hace de puta en los lavabos de la Academia. Será un escándalo y no la querrán en ningún lado. Y la peor parte se la llevará la gorda mora esa con la que te juntas. Investigaremos a su familia y les acusaremos de cualquier cosa, narcotráfico, terrorismo… algo que suene creíble viniendo de esa gentuza. Y en cuanto a ti… todavía lo estoy pensando, pero me he estado informando sobre tu padre y ganó mucho dinero en muy poco tiempo. Mi padre tiene abogados que seguramente encontrarán algo turbio detrás. Le espera una buena temporada en los tribunales y con suerte, acabará en la cárcel.

Luna se dio cuenta de que Tristán se estaba frotando contra ella mientras le decía todo eso. Cuando terminó de hablar, la empujó contra la pared, Luna cayó al suelo de rodillas y entonces él se sacó su enorme erección del pantalón y eyaculó sobre Luna. Una generosa descarga de espesa leche blanca cayó sobre el pelo oscura y la cara de Luna. Él se rio con una sonora y violenta carcajada.

—Eso es para que tengas un recuerdo de mis huevos, zorra—. Se dio la vuelta sonriendo y salió de la habitación muy despacio. Luna se quedó sola, de rodillas, marcada con el semen de Tristán, intentando digerir todo lo que acababa de ocurrir. Antes de que pudiera si quiera pensar con claridad, vomitó sobre la alfombra.

IX

Las siguientes horas fueron como de pesadilla. Luna se quedó en el suelo mucho rato, hasta que oyó la puerta y entonces tuvo el impulso de entrar a gatas en el baño y encerrarse. Resultó ser Sahar, pero Luna no quería que la viera así. Se limpió en el lavabo la cara y el pelo, se puso un camisón que tenía en la percha y salió del baño intentando mostrar cierta entereza, pero se derrumbó al instante en los brazos de Sahar.

Anya y Nuria habían ido juntas a la ciudad, pero allí se separaron. Nuria quería ir a comprar una cámara profesional para un proyecto de cine que tenía que hacer para una asignatura optativa. Mientras, Anya se quedó mirando ropa en otra tienda. Pero alguien las había estado siguiendo. La tarde ya caía y mientras Anya esperaba en plena calle a que Nuria volviese, un individuo con capucha la atacó, le dio un golpe en el ojo y la robó el bolso. La calle estaba en ese momento poco transitada y aunque los gritos de Anya alertaron a algún viandante en la otra acera y a los empleados de las tiendas, nadie llegó a tiempo para atrapar al ladrón. Cuando Nuria apareció, fueron justas al hospital, intentaron contactar con Nuria y Sahar para contarles lo ocurrido, pero no contestaron.

Al día siguiente, cuando Luna se enteró de lo que le había ocurrido a su amiga, no tuvo ninguna duda, Tristán estaba detrás. No quería dejar ningún cabo suelto y como fue Anya quien supuestamente había sacado las fotos, necesitaba también su móvil por si acaso. Luna se sintió completamente culpable, por su culpa habían golpeado a su amiga y por su culpa todas las demás iban a sufrir las consecuencias. Había jugado con fuego y se acabó abrasando… y por el camino había arrastrado a sus amigas a las llamas.

Quedaron esa tarde en la cafetería de siempre, que ahora parecía un lugar distinto. Más oscuro, siniestro. No se atrevía ni a mirarlas a la cara, pero les contó todo lo que le había dicho Tristán. Lo único que omitió fue el grotesco detalle de la corrida, no quería que sus amigas lo supieran, eso se lo quedó para ella. Las cuatro chicas permanecieron en silencio. Sus vidas estaban a punto de quedar destrozadas, pero ninguna de ellas culpó a Luna. Ellas la empujaron a continuar con el chantaje, cada una de ellas se sentía igual de culpable que la propia Luna. Quizá por eso sacaron fuerzas para no llorar, se habían cavado su propia tumba y debían asumirlo. Si tan solo hubiera alguna salida, pensaban todas, si hubiera algo que se pudiera hacer… era la desesperación, la negación de la realidad que las hacía pensar así, pero no tardaron en compartir esos pensamientos en voz alta. Quizá negociar con él, quizá ofrecerle algo a cambio, quizá disculparse… ideas infantiles y ridículas, acababan concluyendo.

Pero entonces, pasó algo. Junto a la gran cristalera de la cafetería, pasó Tristán con otro chico. Fue Anya quien se dio cuenta y alertó al resto. Todas miraron con cierta indiferencia a los dos jóvenes pasar, pero Anya vio algo que ellas no veían. El chico que iba con Tristán era el que aparecía en las fotos. Cuando la chica compartió esa información, algunos engranajes empezaron a girar. Nuria dijo saber quién era, al parecer se llamaba Nico y se alojaba en una residencia diferente a la de Tristán. Entonces Luna se dio cuenta de que también le conocía, era el chico rubio que acompañaba a Tristán la primera vez que ella fue a hablar con él. Tenía todavía su imagen fresca en la mente. Algo más alto y más musculoso que Tristán, pero con una cara dulce y aniñada. Luna se dio cuenta de que salían juntos de la residencia de Tristán a primera hora de la mañana. Si el chico no se alojaba allí, significaba que habían pasado la noche juntos… Entonces Luna urgió a sus amigas a que le siguieran.

Mientras salían a la calle, les explicó su plan. Un plan absurdo y desesperado, pero no les quedaba otra salida así que todas se aferraron a él como a un clavo ardiendo. Les seguían a bastante distancia, suficiente para que ellos no se dieran cuenta. Tenían los dos un aspecto formidable, pese a la impresionante altura y musculatura de Tristán, en efecto Nico le superaba un poco en ambas, sin embargo, no resultaba en absoluto igual de amenazador. Además de la dulzura de su cara, tenía el pelo rubísimo, liso y peinado hacia un lado, con el flequillo cayendo levemente sobre su frente, lo que le hacía parecer un príncipe de cuento. Eso contrastaba con la dureza del corte de pelo casi militar de Tristán. Se detuvieron al confirmar que, en efecto, los dos se dirigían a la residencia de Tristán. Fue entonces cuando pusieron en marcha el plan.

Tristán caminaba junto a Nico con gran seguridad. Los dos jóvenes de vez en cuando compartían alguna broma. Tristán estaba tranquilo, por primera vez en varios días. Se había librado por fin de aquel problema y lo único que lamentaba era haber sido tan estúpido como para caer en el engaño desde el principio. Esa era una debilidad que no se volvería a permitir. La primera vez no llegó a sospechar nada, la chica le dejó totalmente noqueado, pero la segunda vez ya empezó a ver cosas que no le gustaban. Notó una duda en ella que no hubiera sido normal en alguien en esa posición sobre él. Aunque en el momento flaqueó, al día siguiente decidió actuar fiándose solo de su instinto. Y acertó. Sonrió para sí al pensarlo, era un auténtico depredador y aquellas insignificantes hembras no sabían con quién se habían metido. No fue difícil encontrar a alguien que le hiciera el trabajo sucio con Anya, Por un momento se llegó a plantear registrar las habitaciones y los móviles también de las otras, pero ya hubiera sido demasiado arriesgado y algo le decía que no había necesidad, como así fue. Lo que tenía claro era que de Luna se quería ocupar él en persona. Aquella zorra le había humillado como nadie en su vida, pero se la había devuelto, y eso que aún no había acabado con ella. Sintió como la erección le apretaba el pantalón al pensar eso. Se sentía de nuevo viril y poderoso. Desde luego, ya nadie le agarraba los huevos. Se los acarició brevemente con el dedo desde el bolsillo del pantalón. Ahí estaban, gordos como los de un toro. Esa idea le hizo sonreír. Aquella había sido una semana dura, esta noche le tocaba pasárselo bien.

X

Las chicas ya tenían claro lo que tenía que hacer cada una. Primero pasaron por el cajero y Anya, Nuria y Sahar sacaron una parte del dinero que les había ingresado Luna. Después fueron cada una a su habitación, se peinaron lo más rápido que pudieron, se maquillaron y se vistieron como si fueran a salir de fiesta. Sahar cogió un destornillador y algo de alambre que tenía en su habitación, restos de un proyecto para una asignatura de ciencias, y Nuria preparó la cámara que se había comprado el día anterior. Cuando estuvieron listas, las cuatro se dirigieron a la residencia de Tristán. El guardia de seguridad de la entrada las dijo que podían pasar si no se alojaban allí, pero ellas insistieron en que iban a ver a unos amigos. El hombre tenía claras las normas, pero la insistencia y el entusiasmo de las chicas le hicieron dudar. Las dudas se terminaron disipando cuando ellas le ofrecieron una generosa propina. No era la primera vez que sucedía, eran ventajas de vigilar una residencia para niños ricos. Lo único que las pidió fue que se identificaran y las advirtió de que si alguien denunciaba algún robo los días siguientes, las haría responsables. Ellas se rieron y saludaron al guardia con amabilidad… no, no era esa su intención.

Subieron hasta la habitación, trataron de abrir la puerta con mucha suavidad pero, tal y cómo sospechaban, tenía el pestillo echado. Era la puerta de una residencia, no estaba blindada y no suponía un reto grande para Sahar. Su hermano era cerrajero y la había enseñado alguna vez abrir puertas mucho más complicadas que ella. Solo necesitó un momento de concentración y con el destornillador y el alambre hizo su magia.

Abrieron lentamente la puerta y entraron en la habitación. Aunque el sol se empezaba a poner, la luz todavía inundaba la habitación. Avanzaron despacio mientras Nuria sujetaba encendida su cámara. Se detuvieron las cuatro frente a la cama y pasaron unos largos segundos hasta que quienes estaban en ella se percataron de su presencia. Los dos jóvenes estaban tumbados de medio lado, en pleno frenesí sexual. Los dulces y carnosos labios de Nico se entreabrían mientras Tristán le daba violentas embestidas por detrás. Nuria no perdía detalle con su cámara, la cara de Tristán se distinguía perfectamente con la estancia iluminada, pese a estar contraída de forma fiera por la fuerza y el placer. Vieron el enorme y grueso pene de Tristán entrar una y otra vez en el ano de aquel musculado efebo, como si fuera la pieza de un motor. Sahar se sintió horrorizada, la escena se clavó a fuego en sus retinas. Nunca en su vida había visto a un chico desnudo, ahora tenía delante de sí a dos, y además follando. Había escuchado alguna vez en su casa y en la mezquita hablar de eso, de ese horrible pecado, de lo malvados que eran los hombres que lo hacían y del castigo que merecían. Nunca había conocido a ninguno, pero en efecto, Tristán era muy malvado y en efecto, merecía un buen castigo. Lo que la hizo esbozar una sonrisa fue el aspecto, en su opinión bastante cómico, que tenían las pelotillas de Tristán cuando rebotaban en las nalgas del pasivo.  Son como cerecitas, pensó.

Tras unos segundos que parecieron interminables, los dos jóvenes se sobresaltaron casi al unísono al descubrir a esas cuatro chicas a los pies de su cama, serias y solemnes…y con una cámara encendida. Los dos intentaron salir de la cama de un salto, pero estaban tan nerviosos que prácticamente rodaron por el suelo. Intentaban taparse sus partes torpemente con las manos, pero de poco servía. Anya se avergonzó por sentir un punto de excitación al contemplar el cuerpo escultural de aquellos jóvenes. Nico tenía un físico verdaderamente admirable. Altísimo y con unos brazos y unos abdominales tan marcados que parecían hechos para una lección de anatomía, húmedos y brillantes por el sudor del coito anal que habían interrumpido. La mandíbula cuadrada y la nuez prominente le daban un aspecto viril parecido al de Tristán, pero aquel tan rubio, casi blanco, esos ojos tan azules, la nariz no muy grande y esos labios pequeños y gruesos, casi femeninos, le daban un aspecto angelical, que contrastaba con su cuerpo de coloso. Anya también se avergonzó al fijarse en sus miembros, aún en semierectos. El de Nico era muy grueso y con grandes huevos cuyo contorno se distinguía a la perfección, pero no era tan grande como el de Tristán, que aunque casi igual en grosor, era bastante más largo y estaba acompañado por aquellas dos pesadas bolas que colgaban casi tanto como el propio miembro dentro de su largo escroto.

Luna se acercó con determinación a Tristán, que la miraba con la cara desencajada de ira y no paraba de proferir insultos. Luna los ignoraba todos. Cuando estuvo a su altura, el joven atleta la agarró con una mano del hombro y la zarandó como una muñeca. Ella no hacía ni caso de lo que decía. Todo ocurrió muy rápidamente, en apenas segundos, sus amigas no tuvieron tiempo de reaccionar y Nico tampoco. Mientras Tristán tenía a Luna firmemente agarrada del hombro con una mano, con la otra se dispuso a abofetearla. Ella tenía claro lo que tenía que hacer. El joven estaba completamente desnudo frente a ella, con las piernas separadas, agarrándola con fuerza, dominándola físicamente como si ella estuviera hecha de trapo. Solo dos veces tuvo ocasión de cruzarle la cara antes de que la mano derecha de Luna se lanzara directa a por sus testículos. El gran tamaño del joven hacía que sus partes más vulnerables le quedasen muy a mano a la chica y había cometido el error de tener las manos ocupadas, con lo que el punto más débil de su anatomía quedaba desnudo y totalmente expuesto. Todos los músculos de la cara de Tristán se contrajeron. Su cara fue parecida a la que puso la primera vez que Luna le chantajeó, pero mucho más exagerada. Su boca estaba abierta como si fuera a gritar, pero no saliera nada, y hubiera sido físicamente imposible que sus ojos estuvieran más abiertos. Las grandes y fuertes manos del joven se dirigieron instintivamente a agarrar el antebrazo de Luna. Era capaz de apretar con extraordinaria fuerza, pero cuanto más apretaba él, más apretaba ella, y cuanto más apretaba ella, más le fallaban las fuerzas a él. Nico miró la escena con horror e incredulidad, trató de separar a ambos mientras pedía ayuda a gritos. Luna no tenía nada en contra de aquel joven con cara de ángel, pero no podía permitir que alertase a nadie, así que con gran rapidez, en un acto casi instintivo, agarró con su mano izquierda los testículos de Nico y los apretó con fuerza. El joven quedó petrificado, sus manos se detuvieron al instante en su torpe intento por separarles y sus dulces labios enmudecieron.

La cámara de Nuria siguió grabando toda la escena. Luna estaba de espaldas, con su negro pelo suelto, como siempre que salía de fiesta. El vestido ajustado que llevaba marcaba toda su silueta curvilínea. Frente a ella y a ambos lados, se alzaban como dos altas torres aquellos dos atletas, desnudos como héroes griegos, brillando de sudor. Héroes derrotados, en este caso. Sus caras no paraban de gesticular, reflejando pánico y desesperación. Sus cuerpos estaban ligeramente inclinados hacia adelante y sus manos se aferraban con impotencia a los antebrazos de Luna, que mantenía con firmeza su agarre. A Nuria le pareció divertido hacer zoom a los testículos de ambos, deteniéndose especialmente en los de Tristán. Los prominentes atributos del chico sobresalían apretados entre los dedos de Luna. Ella había ido con calma moviendo los dedos sin soltar el agarre hasta que aquellas bolas carnosas habían quedado perfectamente ajustadas en su mano, sin posibilidad alguna de liberarse. Las de los dos.

Nuria intentaba reprimir las carcajadas, pero ya era imposible. La imagen era grotescamente divertida, con su amiga sometiendo cruelmente a aquellos dos tipos varias cabezas más grandes que ellos. ¿De qué les sirve ahora su altura?, pensó divertida mientras recordaba las veces en que tipos como aquellos se habían burlado de su corta estatura. Aquellos atletas amigos de Tristán, cortados todos por el mismo patrón. Tan altos, tan fuertes, tan perfectos. Tan arrogantes y tan seguros de sí mismos. Tan masculinos y tan orgullosos de sus pollas. Pues allí estaba Luna demostrando lo que le impresiona todo eso a una mujer a la que han llevado al límite de su paciencia. Oh, sí, nena, ¡no los sueltes!, pensó sonriendo maliciosamente.

Anya contemplaba la escena sin creer lo que estaba viendo. Había algo casi artístico en aquella imagen, parecía un grupo escultórico o una escena de un cuadro. Es por la simetría, pensó Anya. Una figura en el centro, sometiendo con las dos manos a dos figuras casi idénticas que tiene a ambos lados. Todo le parecía tan irreal a Anya que no pudo evitar que su mente divagara y recordara escenas similares de las clases de arte. Los relieves babilonios con el héroe Gilgamesh sujetando a dos leones por la cola. Aquella metopa de Paestum, en Italia, donde se ve a Hércules cargando con los Cercopes, que cuelgan a ambos lados de él. O aquella terrorífica dovela de la Puerta del Juicio de la Catedral de Tudela, donde dos hombres cuelgan bocabajo, totalmente desnudos, amarrados a cada extremo de una vara que porta un demonio por una gruesa cuerda anudada a sus genitales. Sí, a eso a era a lo que más le recordaba, a Tudela. Desnudos y amarrados por los huevos. Anya continuó mirando la escena extasiada, analizando cada ángulo de sus cuerpos y sus caras, como hipnotizada.

A Sahar aquella escena le resultaba inconcebible. Nunca había podido imaginar que una mujer pudiera llegar a tener ese poder sobre unos hombres. Pero no eran hombres normales, se dijo. Eran aquello de lo que una chica nunca debe hablar. Hombres malos y rebeldes, que se alzan contra la ley Allah y de su Profeta. Alguna vez había escuchado a su padre y a su hermano hablando sobre ellos en casa. “Tendrían que caparlos como si fueran cerdos”, decían. Bueno, aquello era más o menos lo que estaba haciendo Luna. También recordó alguna prédica en la mezquita sobre ellos. Hombres malvados y sin ninguna piedad. Sí, como Tristán. A quienes Allah castigaría con dureza en el mismo órgano con el que pecaron. Justo lo que Luna estaba haciendo en aquel momento. Apenas podía Sahar ordenar sus pensamientos, pero de alguna manera sentía que aquello estaba siendo algo justo y bueno. Que Luna estaba haciendo cumplir la voluntad de Allah. En aquel momento, para Sahar la mano de Luna oprimiendo despiadadamente los frágiles órganos reproductores de aquellos dos jóvenes pecadores era la mismísima mano de Dios.

Tristán apenas podía pensar con la extrema agonía a la que estaba siendo sometido. En el momento mismo en que vio a las chicas frente a su cama, sintió una punzada de pánico que al instante se transformó en ira ciega. Ni siquiera se paró a pensar en las consecuencias cuando se abalanzó sobre Luna, la hubiera matado a golpes allí mismo si hubiera podido y luego hubiera hecho lo mismo con las otras… pero no pudo. En el instante en que notó aquella mano agarrando sus huevos, todos los músculos de su cuerpo se tensaron a la vez. Le costó unos instantes entender lo que estaba pasando. No sabía exactamente cuánto tiempo llevaban así, era como si el tiempo se hubiera detenido. Al fondo de la habitación, justo frente a él estaban aquellas tres chicas, con la cámara filmando en todo momento. Sus caras reflejaban diversión, incredulidad, desprecio y una pizca de placer sádico. Tristán no podía soportar aquellas caras con aquellas sonrisas. Aquella humillación estaba mucho más allá de lo que nunca hubiera sido capaz siquiera de imaginar. Él siempre había despreciado a las chicas en general. Había sobado y se había dado el lote con muchas, pero el sexo con ellas no tenía interés. Para él lo más excitante del sexo era la sensación de poder sobre la otra persona y aquello con esas criaturas frágiles y débiles no tenía demasiado encanto. Le excitaba mucho más la idea de penetrar a un igual, alguien que estuviera a su altura y que sin embargo se dejase someter. Y entre las chicas también había categorías, estaban los pibones que podían exhibirse en fiestas para dar envidia a los otros tíos, pero luego estaban chicas como aquellas. Anya era la única que podía entrar en la categoría de pibón, pero Nuria era de lo más insignificante y la mora prácticamente ni contaba… pues allí estaban las tres. Seres insignificantes, muy por debajo de él en la pirámide y que sin embargo estaban disfrutando al verle humillado, totalmente desnudo, sufriendo un dolor como nunca en su vida había sentido.

Notaba como si las pelotas le fueran a estallar de un momento a otro y todas las terminaciones nerviosas de su cuerpo estuvieran en llamas. Y justo frente a él, solo a unos centímetros por debajo de su cara… estaba ella. Apenas se atrevía a mirarla. Llevaba desde el principio tratándose de zafarse del agarre, pero era inútil, apretaba con sus dos manos el antebrazo y la muñeca de la chica, pero tenía todo su escroto rodeado con la palma de su mano y sus finos dedos se aferraban con fuerza en torno a sus testículos exactamente igual que los dientes de un cepo. Él abría y cerraba los ojos y cuando miraba a la cara de Luna sentía auténtico terror. Su cara era totalmente fría y sus ojos se clavaban en él como si le estuviera apuñalando con ellos. Las palabras que le dijo hace día aún sonaban en su cabeza. “Te tengo cogido por los huevos”. Nunca pensó que aquella frase que tan humillado le había hecho sentir acabaría volviéndose tan dolorosamente literal.

Luna tenía totalmente controlada la situación. En aquel momento era la única en aquella habitación que estaba tranquila y tenía en orden sus pensamientos. Todavía debía prolongar un poco más el sufrimiento del joven semental, era necesario llevarlo al límite de su aguante. Aquella debía ser una humillación que el chico no olvidase jamás. Luna clavó sus ojos en él. Tristán abría y cerraba los ojos, miraba a todas partes, rehuía mirarla directamente a la cara, pero cuando lo hizo, Luna pudo sentir perfectamente su pánico. Te tengo cogido por los huevos, pensó para sí, esbozando una leve sonrisa que a él debió parecerle absolutamente macabra. En ese punto Luna ya era plenamente consciente de que aquello la excitaba de alguna extraña y perturbadora manera. No el contacto físico en sí, que le parecía repugnante, sino la sensación de poder. Sentir su miedo y su angustia y saber que era ella quien lo provocaba. Le excitaba también pronunciar aquellas palabras. Decirle a la cara que le tenía cogido por los huevos la ponía cachonda. Tanto que en aquel momento su mente jugueteaba buscando sinónimos. Tristán, te tengo cogido por los huevos. Tristán, te tengo agarrado por las pelotas. Tristán, tengo tus testículos en mi poder. Tristán, voy a aplastarte los putos cojones. Tristán, tus gónadas son ahora mías. Tristán, si quiero puedo arrancarte los genitales. Tristán, si quisiera podría castrarte como el cerdo que eres sin que pudieras hacer nada. Tristán, quiero oírte gritar mientras te capo con mis propias manos. Le hubiera gustado decir cualquiera de esas frases, regodeándose en cada sílaba, pero en realidad lo consideraba innecesario. Antes tenía fuerza como metáfora, pero ya no necesitaba metáforas. Lo estaba haciendo de verdad.

Sentía el calor palpitante que desprendían aquellos órganos en ambas manos. Los de Tristán eran más fáciles de agarrar porque colgaban más, aunque los de Nico quizá fueran más gordos. Su atención estaba tan fija en Tristán que casi ni pensaba en el otro chico, le miró y vio que tenía la cara llena de lágrimas, pero no podía permitir que se le escapara, así que no aflojó. A continuación, se preparó para hablar, pero antes quiso llevar al máximo el sufrimiento, así que apretó con todas sus fuerzas y levantó las manos, obligando a los dos jóvenes a ponerse de puntillas sobre sus pies desnudos. Los ojos y la boca de Tristán se abrieron aún más, dejando escapar patéticos sonidos guturales, y su cuerpo se dobló todavía más hacia delante, hasta el punto en que su cara quedó al mismo nivel que la de Luna, a escasos centímetros, casi como si se fueran a besar. Nico, que era aún más alto, se dobló todavía más, sollozando. Visto en perspectiva, le hubiera gustado ocasionarle el menor daño posible al otro chico, pero en aquel momento era la última de sus preocupaciones.

—Ahora sí que tenemos un vídeo en nuestro poder y como puedes ver, es mucho peor que aquellas fotos. Ahora ya no tendremos ninguna piedad contigo. Ya no se tratará de un favor puntual, ahora estarás completamente a nuestras órdenes de aquí a que nos vayamos de la Academia o de lo contrario todos verán cómo te follabas a tu amigo segundos antes de que una chica te apretara sin piedad los huevos. Desde luego, si el vídeo saliese a la luz podría tener consecuencias para mí, pero la humillación que supondría para ti te perseguiría de por vida y estoy segura de que no es eso lo quieres. Y por supuesto no intentes nada esta vez. Nos has enseñado hasta dónde eres capaz de llegar, y gracias a eso ahora tomaremos medidas. Este vídeo estará alojado en un servidor online y ni aunque destroces nuestras habitaciones podrás dar con él.

La cara del chico estaba tan roja y contraída que parecía a punto de desmayarse, pero le pidió que asintiera si lo había entendido y él, obedientemente, lo hizo. Luna liberó el agarre y los dos jóvenes cayeron al suelo como si fueran sacos inertes. En el suelo, desnudos y destrozados, los dos se aferraban a sus recién recuperados genitales, con la cara contraída por el dolor, en el caso de Nico, llena de lágrimas. Ambos tenían la mirada perdida, clavada en el suelo, y ni se atrevían a mirarlas. Tristán era en aquel momento la viva imagen de la derrota. Luna se dirigió impasible hacia la puerta y sus amigas la siguieron, dirigiendo miradas curiosas y burlonas a aquellos dos cuerpos viriles que yacían en el suelo.

Antes de salir de la habitación, Luna se volvió una última vez hacia Tristán, que jadeaba aferrado a sus desafortunados testículos. 

—Y no te equivoques, Tristán, no te he soltado los huevos. Ni lo haré nunca.

XI

Ya nada volvió a ser como antes para ninguno de los que estuvieron en aquella habitación. Tristán se había pasado tanto con las chicas que ahora ellas no sentían ningún remordimiento por todo lo que le hicieron. Los meses siguientes, no dejaron de ordenarle que interviniera por ellas para cualquier cosa. La influencia de Tristán sobre la gente y sobre el director era total. Él era el amo de la Academia… y ahora ellas eran las amas de Tristán. Usaron aquel poder en primer lugar para evitar que pusiera a la gente en su contra, lo que hizo que comenzaran a socializar más. Organizaron sus propias fiestas sin que Tristán hiciera nada para impedirlo y comenzaron a ser populares. Por otra parte, también usaron a su ahora fiel Tristán para conseguir toda clase de favores que les dieron casi total impunidad, la misma de la que había estado gozando él hasta entonces. El vínculo de las cuatro amigas se estrechó hasta convertirlas casi en hermanas, o en algo más en el caso de Sahar y Luna. Además de admiración, respeto y gratitud, Sahar sentía hacia Luna un afecto que iba mucho más allá de la amistad, como tendría ocasión de comprobar durante los meses siguientes.  Y cuando el curso terminó, Luna ordenó a Tristán que interviniera para que el premio extraordinario se lo dieran a Sahar y no a él, que es lo que hubiera ocurrido. Aquello fue lo más doloroso de cumplir para Tristán, pero se vio obligado a hacer, como todo lo demás.

Tristán, por su parte, vivía en un infierno. De cara a los demás era el mismo de siempre, arrogante, confiado, dominante… pero en realidad era una máscara. Sentía como si estuviese interpretando un papel cuando acudía a las fiestas o era saludado con admiración por sus amigos después de ganar un partido. Después de aquellas ocasiones, cuando se quedaba solo, se daba cuenta de lo que era realmente. Era el sumiso siervo de aquellas cuatro. El recuerdo de aquella terrorífica humillación era tan fuerte y tan castrante que ni siquiera se atrevía a denominarlas de ninguna forma cuando pensaba en ellas. Ya no eran “chicas”, ya no eran “niñatas”, ni siquiera “putas” o “zorras”. Eran sencillamente “ellas”. Monstruos femeninos salidos de una pesadilla pero que habitaban en el mundo y que le habían convertido en su esclavo eunuco. Peor incluso, pensó. Al menos esos desafortunados hombres ya no tienen nada que perder. Él todavía conservaba sus bien dotados atributos intactos y aunque su aspecto no había cambiado, le parecían menos impresionantes que antes. Los huevos le estuvieron doliendo un día entero después de aquella tarde, pero incluso meses después, no había desaparecido todavía una sensación de presión permanente en el escroto. Era la certeza de que sus huevos ya no eran suyos, los tenía prestados, si todavía colgaban pesadamente entre sus piernas era solo por la generosidad de su verdadera propietaria. Después de aquello, no quería volver a sentir el tacto de una chica en toda su vida. Tampoco era capaz de conseguir ya erecciones completas. Se sentía tan emasculado que apenas conseguía endurecer su miembro lo suficiente como para masturbarse brevemente y con poca frecuencia. En cuanto a Nico, no volvió a hablar con Tristán después de aquello ni se juntó con su grupo. A sus compañeros de equipo y las chicas que les acompañaban les pareció extraño, pero dieron por hecho que por alguna razón había caído en desgracia ante Tristán, como tantos otros, y que por tanto lo mejor era hacer lo que se hacía siempre, evitar todo contacto con él, como si fuera un apestado, para no soliviantar al líder.

Meses después, llegó al fin el día de la graduación. Sahar subió al escenario del salón de actos para recibir su premio, mientras sus tres amigas aplaudían con entusiasmo desde la primera fila. Tenía preparado un discurso de agradecimiento, un mero formalismo, pero en el que tendría palabras en espcial para Luna, que tan importante se había vuelto para ella en los últimos meses. El premio venía acompañado también de dinero en metálico, que sería de gran ayuda para su familia. Desde lo alto del escenario, miró al fondo de la sala y vio allí el inmenso lienzo barroco que presidía el lugar, una representación de la patrona de la Academia, Santa Honorata, con aspecto bello y virginal, pero con determinación, sometía con ambas manos a un individuo musculoso y de rostro demoníaco, que simbolizaba el pecado. Ajena a toda iconografía cristiana, lo único que pensó Sahar al verlo era en lo mucho que le recordaba a Luna.

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s